Ruta 61: Blues, Jazz y Elvis junto al Misisipi

La Ruta 61 corta en vertical a Estados Unidos siguiendo el curso del Misisipi. El gran río atraviesa diez Estados y ha sido y es un elemento fundamental de la historia, la cultura y la economía norteamericana. Javier Reverte ha recorrido la Ruta 61 de sur a norte, con parada en lugares vinculados al Misisipi que han sido cuna y escenario de las vidas y obras de personajes como Ulysses S. Grant, Martin Luther King, Mark Twain, William Faulkner, BB King, Johnny Cash y Elvis Presley.

Javier Reverte
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La Ruta 66 es la carretera más afamada de los Estados Unidos, sin lugar a dudas. Pero no es ni mucho menos la más interesante. Más americana, más literaria y más musical es la menos conocida 61, llamada también la Blues highway, que corre de norte a sur del país siguiendo el curso del Misisipi, el gran río americano que parte los Estados Unidos en dos. 

D.R.

De modo que nos vamos a bordo de un coche alquilado siguiendo el curso del gran caudal de agua que, en cierto modo, ha trazado la historia de su país desde el momento en que el primer europeo pisó sus orillas, el español Hernando de Soto, el 8 de mayo de 1541. La gloria del descubrimiento le costó poco después la vida al conquistador hispano, cuyo cadáver, luego de fallecer a causa de unas fiebres, fue arrojado a la corriente por sus hombres tras rendirle honores militares.

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Hagamos, para empezar, una breve descripción del Misisipi. Es el segundo río más largo de América del Norte, tras el canadiense McKenzie, con un cauce que cubre 3.778 km. Pero si se le suma el curso del Misuri, con el que se une en la ciudad de San Luis, se convierte en el primero, con 6.275 km, y en el cuarto del mundo tras el Amazonas, el Nilo y el Yang-Tsé. Atraviesa diez Estados de la Unión viniendo de norte a sur: Minnesota, Wisconsin, Iowa, Misuri, Illinois, Kentucky, Tennessee, Arkansas, Misisipi y Luisiana. 

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A su arrimo han crecido ciudades como Minneapolis, Memphis, San Luis, Baton Rouge y Nueva Orleans. En sus orillas nacieron escritores como Mark Twain, William Faulkner y Tennessee Williams. Y en sus riberas se mecen los ritmos del jazz, el blues, el godspell, el rock y el country. Nace en el lago Itasca (Minnesota) y, después de cortar como un sable el tronco de los Estados Unidos, va a arrojar sus aguas en el Atlántico, en la pequeña localidad de Venice, algo al sur de Nueva Orleans.

El mardi grass

Decidí tomar el sentido de sur a norte, sencillamente porque, en su parte alta, el Misuri-Misisipi no ofrece la grandiosidad que en su parte inferior ni reúne la historia ni el vigoroso carácter que distingue al lado sureño. Y empecé remontándolo en Nueva Orleans, precisamente en plenos carnavales, en concreto el día conocido como Mardi Gras. Es una fiesta memorable. Todas las cofradías negras se echan a la calle y desfilan por la avenida de Saint Charles a bordo de vistosas carrozas, en donde las orquestas acompañan a los participantes en la parada con ritmos de dixieland, el jazz alegre del sur. 

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No muy lejos, en el Barrio Francés, los creoles, los blancos de Neworly (pronunciado niuórli), como llaman sus habitantes a la urbe, hacen su particular desfile, también con el jazz como protagonista. La ciudad, devastada por el huracán Katrina y el desbordamiento del río en el 2005, conserva aún las huellas de la tragedia. Pero aún subsisten muchos edificios del ayer, esas casas de dos plantas que nos remiten a la obra teatral de Tennessee Williams Un tranvía llamado deseo y, en la versión cinematográfica, a la remilgada y sensual Vivien Leigh y a los vigorosos músculos de un joven y sudoroso Marlon Brando en camiseta.

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Seguí por la Ruta 61, dejando a un lado Baton Rouge, que fue escenario de una de las primeras batallas de la Guerra de Secesión, y me desvié levemente para asomarme a Lafayette, una localidad en donde reina la cultura cajún, compuesta por descendientes de colonos franceses. Probé sus elaborados guisos y, en un local tradicional llamado Randol’s, asistí a una tarde de baile. La cajún es una música que parece mezclar ritmos celtas con el country y que se baila por parejas, que parecen desfilar militarmente en lugar de danzar enlazadas con melosidad.

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En Natchet dejé Luisiana y tomé de nuevo la 61 para dirigirme a Vicksburg, en el Estado de Misisipi. En 1863, en plena Guerra de Secesión, el general nordista Ulysses Grant puso sitio durante un año a la ciudad. Su victoria sobre los confederados consolidó el dominio del río por el Norte y supuso un duro revés para el Sur, que quedó partido en dos. Fue una batalla dura y cruel. Y todo el escenario de la lucha es hoy un museo al aire libre, repleto de estatuas de los principales generales y de cementerios en donde reposan los restos de miles de combatientes. En muchas de las lápidas figura la expresión soldado desconocido.

Godspell en Jackson

No muy lejos queda Jackson, capital del Estado de Misisipi. Hay todavía locales de música en vivo, sobre todo jazz, pero la mítica calle Farish, famosa por los numerosos garitos en donde tocaron los mejores músicos de los años 20, es hoy una turbia avenida en donde abundan las basuras, las ratas, los drogadictos y los borrachos. No obstante, para compensar la desoladora visión, al día siguiente, que era domingo, asistimos a una ceremonia baptista de la comunidad negra, en donde escuché genuino godspell cantado por voces cargadas de misticismo.

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Pero el Estado de Misisipi no acaba ahí. Hay una parada obligada en Clarksdale, un pequeño pueblo que se considera la cuna del blues. Aquí, en la confluencia de la Ruta 61 con la 49, el famoso Crossroads, se dice que el diablo se apareció al cantante Robert Johnson y le entregó los secretos del blues. Y así surgió esa canción fundadora casi del estilo, parte de cuya letra dice: “Fui al cruce de caminos y caí de rodillas y pedí a Dios: ten piedad de mí, salva al pobre Bob, por favor. El Sol se ponía, la oscuridad me atrapó...”. Allí en Clarksdale se encuentra también el Grand Zero, un famoso local hoy perteneciente al actor Morgan Freeman.

El pueblo de Faulkner 

La ruta tomaba un perfume literario. En el pequeño y bonito pueblo de Oxford vivió casi toda su vida, escribió la mayor parte de sus narraciones y se emborrachó con bourbon a diario el Premio Nobel sureño William Faulkner. Todo rezuma aquí Confederación y la estatua de un anónimo soldado rebelde presidía hasta hace poco el centro de la plaza principal. La casa del gran narrador, Roam Oak, rodeada de los bosques en los que solía cazar, es hoy un pequeño museo en su honor. 

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Casi toda su obra la dedicó a su Condado –Lafayette, convertido en la ficción en Yoknapatawpha– y una parte a la Guerra de Secesión, en la que su bisabuelo fue un destacado coronel de la Confederación y que en la novela Los invictos quedó idealizado por su bisnieto con el nombre de John Sartorius.  Faulkner no se sentía atraído por el mundo cultural y solía decir: “No conozco a gente literaria. La gente que conozco son granjeros como yo y cazadores y gente del mundo de los caballos. Y hablamos de caballos, de perros y de armas, o de cómo será la próxima cosecha del algodón, nunca de literatura. Yo solo soy un granjero que escribe”. Murió en su casa de Oxford en 1962, trece años después de haber sido galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Pese a ser nacido sureño y sentirse orgulloso de sus orígenes confederados, no era en absoluto segregacionista. “El Sur es mi patria –decía–, mi tierra nativa, y yo la amo. No la amo por sus virtudes, sino a pesar de sus defectos”. 

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Y añadía: “Estar contra la igualdad a causa de la raza y del color de la piel es como vivir en Alaska y estar en contra de la nieve”. Sus restos reposan en un cementerio al pie de una colina y a la sombra de tres robles. La gente que visita el sepulcro deja flores, dulces, caramelos y frases. Cuando me acerqué a visitarlo, alguien había colocado una botella de Jim Bean a medio llenar junto a su tumba. En un papel pude leer: “Ahora ya sabemos que todos morimos, ya que Faulkner murió un día”.

Sentía como un paso obligado desviarme hacia el este, dejar la 61, tomar la 40 y arribar a Nashville, en Tennessee, corazón de la música country. Aquí apenas se ven negros en las calles y las tiendas rebosan de botas altas y sombreros de ala ancha de cowboy, cinturones de cuero, zahones y sillas de montar. Las baladas llegan a la calle desde los locales de la calle de Broadway. Chris Kristofferson, Willie Nelson y, sobre todo, Johnny Cash componen el santuario de esta ciudad desgarbada que sueña con los días del legendario Oeste.

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Volvimos a la 61, camino de Memphis, población de un millón de habitantes, alzada sobre una colina que mira al río Misisipi. Aquí mataron a Martin Luther King en 1968 y la ciudad le recuerda con veneración y un cierto sentido de culpa.

Otra vez escuchamos el blues y añoramos al rey indiscutible del género en nuestro tiempo: B.B. King, nacido en la ciudad y muerto hace cuatro años. Su local, que lleva su nombre, sigue abierto en la famosa Beale Street y ofrece cada día música en vivo. Y otro milagro: a unas pocas millas del centro se encuentra Graceland, el rancho que Elvis Presley convirtió en su santuario particular y, al tiempo, en el templo principal del rock. 

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Hoy es una suerte de museo y la entrada cuesta 30 dólares. Allí dentro se exhiben el avión privado del mito, sus cuadras de caballos, su tumba, las de su familiares... y en las estanterías se muestran sus trajes de brillantes lentejuelas y la cantidad inmensa de discos de platino y de oro que ganó a lo largo de su vida. Dicen que, en toda su carrera, llegó a vender más de un billón de discos.

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Poblado fantasma 

Continuamos viaje rumbo al norte para cruzar junto a Cairo, una pequeña localidad del Estado de Illinois, en la confluencia de los ríos Ohio y Misisipi y citado en una novela de Mark Twain. Pensábamos detenernos allí, pero la que fuera una próspera localidad hace unas décadas se había convertido en un poblado fantasma, habitado por perros famélicos y pobres familias de color. Daba lástima solo con verlo desde el coche. 

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Otra populosa ciudad nos esperaba río arriba: San Luis, ya en el Estado de Misuri. Grandullona y desangelada, se la conoce como puerta del Oeste. No muy lejos queda Saint Joseph, el pueblo en donde Jesse James fue asesinado de un disparo en la espalda por Robert Ford. Aquí unen sus destinos el Misuri y el Misisipi, para formar el gran cauce de agua americano.

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Poco después cruzamos de nuevo un territorio en donde se asentaron hace unos tres siglos, como en Luisiana, grupos de colonos franceses, los llamados acadios, expulsados de Canadá a mediados del siglo XVIII y padres lejanos de la cultura cajún. Sus pueblos son muy hermosos, sobre todo Clarksville, Saint Genevieve y Cape Girardeu. Y hay numerosos grupos en los bares de música en vivo.

Homenaje a Mark Twain

Entrábamos en el Twain Country, como bien podríamos llamar al territorio en donde creció y situó sus mejores relatos el que fuera uno de los mejores novelistas americanos. Nuestro viaje terminaba allí, tras algo más de mil doscientos kilómetros recorridos. Y en concreto en el pueblo de Hannibal, donde se crió el escritor, aunque en sus libros lo rebautizó como Saint Petersburg, lo mismo que Faulkner hizo más tarde con el Condado de Lafayette, renombrándolo –ya lo hemos dicho– como Yoknapatawpha.

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La población es pequeña y cuenta con unos veinte mil habitantes. Y toda ella rezuma un homenaje permanente a Mark Twain. Ya no están en uso aquellos grandes vapores de rueda que han inmortalizado musicales como Show boat y el cine. Y no existe ningún barco de transporte de pasajeros que navegue sus aguas, ya que está prohibido por razones de seguridad desde los atentados del 11-S del 2001. Pero Hannibal conserva ese aire de poblado campesino del XIX, cuando América se estaba haciendo grande y el 90 por ciento de su población vivía en el campo.

En un extremo de la calle principal, la Main Street, se alza una estatua en la que caminan, hombro con hombro, Tom Sawyer y Huck Finn; no sabemos por qué fue excluido del homenaje el negro Jim. Y en el antiguo embarcadero de transbordadores hay un monumento que representa al escritor manejando una rueda de timón, cuando fue piloto de barco, durante año y medio, en los primeros años de su madurez.

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Hay en el pueblo hoteles que se llaman Mark Twain, hamburgueserías, gasolineras, comercios, bares e, incluso, su retrato figura en máquinas expendedoras de refrescos. Y, por supuesto, existe un museo dedicado al escritor. Además, todos los años, en verano, se celebra un concurso para nombrar la Becky y el Tom del año. Y un concurso de saltos de ranas vivas, afición que, en las novelas de Twain, era una de las favoritas de los chavales Huck y Tom. En el Condado de Marion, en donde se encuentra Hannibal, no hay rincón que no recuerde a Twain, como La Mancha a Don Quijote.

Buddy Mays / ALAMY

Me asomé a una baranda sobre el río y traté de imaginar las cabalgadas de los soldados rebeldes de la Guerra de Secesión y la embarcación hecha de troncos de Huck y del negro Jim llevada por la corriente del gran Misisipi, sin duda un río literario, como los que nos gusta siempre navegar.

“Es maravilloso vivir en una balsa –decía Huck–. Teníamos el cielo allí arriba, todo salpicado de estrellas...”.