Rocaviva: arte inesperado en medio del bosque

En la comarca de La Cerdanya, al ladito de la aldea de Mussa, una montaña muestra sus mensajes cincelados en granito: es Rocaviva. Aquí las piedras hablan mientras contemplan el imponente Cadí al otro lado del valle. Este jardín escultórico que escucha y se funde con la naturaleza circundante es obra de Climent Olm, que estuvo 27 años viviendo con la máxima austeridad para crear este bosque pétreo.

Teresa Pinol i Domenjó
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Foto: D.R.

Un laberinto en pleno Pirineo permite descubrir el mágico universo de una parte de las más de 600 esculturas creadas por Climent Olm. Durante el recorrido se van revelando las obras del artista que ha hecho de altavoz de los mensajes de la montaña. En ocasiones las figuras están semiescondidas tras un árbol o un arbusto, como si fueran espías de nuestro paso. En otras se encuentran majestuosamente emplazadas junto al sendero para verlas y tocarlas. Rocaviva te pide que acaricies las rocas, para sentir las diferentes texturas de sus bajorrelieves y tallas profundas. El autor explica que “es un espacio donde perderse y reencontrarse”. Así empieza la dualidad de formas y mensajes que se desprenden desde esas piedras con formas orgánicas o geométricas, donde se plasma el dolor y la felicidad, la juventud y la vejez, el mal y el bien, lo masculino y lo femenino, el principio y el fin… 

Rocaviva

Este espacio naturo-artístico se abrió al público en 2011 (ya hacía más de 25 años que el autor estaba viviendo en la montaña como un eremita). Entonces era el mismo Climent quien lo mostraba, pero al cabo de un par de años tuvo que cerrarse por un conflicto familiar de propiedad de la tierra. Afortunadamente en 2017 llegó allí Esther Castilla, cofundadora de la Asociación Cultural Rocaviva, que ha reactivado el espacio y ha conseguido recuperar gran parte de lo destrozado años atrás, volviéndolo a abrir al público, aunque con algunas limitaciones. “Es importante preservar el entorno y que no se masifique demasiado, por eso hay que recordar ciertas pautas básicas. Acotando la entrada con las visitas guiadas podemos explicar mejor la obra de Climent y ayudar a que cada visitante encuentre su propio laberinto interior”, cuenta la eco-psicóloga.

Rocaviva

Arte e historia

Los ojos que miran desde las rocas son enigmáticos, intensos... nos preguntan quiénes somos y nos lo explican. Durante el paseo se descubren mensajes escritos en varios idiomas (incluso en latín), figuras que estimulan la reflexión y la imaginación, símbolos budistas y taoístas, mandalas y animales, lunas y soles, pero sobre todo hay caras, cientos de caras de piedra que nos cuentan la historia humana, la crónica del alma. Las figuras, aunque perennes, son cambiantes. “Depende de la estación del año, de la hora del día o de cómo la naturaleza interviene –por ejemplo, en forma de musgo– para que una misma escultura se vea siempre diferente”, afirma Esther Castilla.

D.R.

Cuando Climent llegó a la montaña no lo hizo con un propósito concreto sino que lo fue descubriendo conforme estaba viviendo en ella. “A medida que va trabajando siente como una misión y no puede parar de esculpir. En ocasiones de forma casi frenética, obsesiva”, cuenta Esther Castilla. Solo así se explica la profusión de figuras que hay, teniendo en cuenta que era un hombre solo que pulía, moldeaba y, en ocasiones, movía grandes piedras. Tanto esfuerzo acabó pasándole factura y su salud se resintió. Actualmente se dedica a promover Rocaviva virtualmente, desde su blog, Instagram o Facebook; aunque su corazón sigue mirando al Cadí y Climent define su creación como “un espacio para perderse y para encontrarse a sí mismo; un lugar para meditar, para pasear... donde hallar paz”. 

Rocaviva

El sueño de Climent

Climent nació en 1950 en el seno una familia de agricultores en Mussa. Con 11 años ingresó en un internado en La Seu y a los 15 ya estudiaba en Barcelona. Pasó brevemente por la Escuela de Arte y Diseño La Massana, pero la rigidez académica no iba con su espíritu libre. Con 21 años quería regresar a sus montañas para seguir su instinto artístico. Sus padres en un primer momento le denegaron el permiso para hacerse una casa en uno de los terrenos familiares (la montaña desde la que se contempla una espectacular vista del Cadí). Por eso siguió itinerante, enlazando diferentes trabajos;  hacía cerámica, pintaba, escribía...

Rocaviva

Cuando ya había cumplido los 35 sus padres accedieron a que pudiera construirse la ansiada casa en Mussa. Quizá tuvo que ver el hecho de que estaba planteándose emigrar a California con un amigo. De esta forma, el mayor de los Olm llegó a lo que en un futuro sería Rocaviva. Empezó abriendo caminos y construyendo su propia casa, tarea que le llevó tres años. En esa época trabajaba con cerámicas y madera, pero el duro clima y la falta de espacio para proteger las obras hicieron que empezara a fijarse en las grandes rocas de granito que salpicaban la ladera. Tenía tiempo de escuchar a esas masas pétreas: Climent observaba la piedra y aprovechaba las formas que ya tenía hasta decidir lo que iba a cincelar. Había encontrado el material idóneo con el que trabajar: podía durar años, siglos...

En su búsqueda del respeto por la Tierra, por los derechos humanos y por la paz, Climent hace hincapié en que Rocaviva es Tierra India y, como tal, se ha declarado Micronación, probablemente harto de que la Justicia no lo apoyara en su intento de recuperar y preservar su creación artística. El laberinto mágico de Rocaviva discurre entre la línea imaginaria que separa La Cerdanya y el Alt Urgell. Quizá este laberinto atraiga la magia de desterrar –por fin– las fronteras.