Qinghai, el Olimpo de los dioses chinos

Donde los desiertos de la Ruta de la Seda se encuentran con las heladas mesetas tibetanas y las tierras bajas se funden con el techo del mundo. Ahí está la provincia china de Qinghai. Hogar de los montes Kunlun, el Olimpo de los dioses chinos, en Qinghai se originan los tres grandes ríos de Asia: el Amarillo, el Yangtsé y el Mekong.

Pedro Ceinos
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El sonido del tambor se extiende monótono, reverberando en las pareces del templo. Un sonido dulce y claro que marca el ritmo de las plegarias de los peregrinos. Tibetanos llegados desde los confines de Asia dan vueltas alrededor del recinto sagrado, mientras la música y el aroma del incienso de ciprés, que todo lo impregna, les transporta a paraísos soñados. Un anciano monje, sentado sobre un almohadón bordado con signos misteriosos, bate el tambor incansable bajo una gran pintura budista, mientras murmura las escrituras del libro que reposa sobre sus rodillas. Tras él, la gigantesca escultura de uno de los guardianes protectores de la religión tibetana, con su cuerpo azul y un rosario de calaveras como collar, sorprende a los visitantes por su expresión feroz. Es la Sala de los Guardianes Celestes del Monasterio de Kumbum, el centro espiritual de la provincia de Qinghai, donde los peregrinos y visitantes de purifican antes de acceder al recinto sagrado.

 

El Monasterio de Kumbun (Taer para los chinos) es uno de los seis más importantes del mundo tibetano, especialmente para los creyentes de la escuela gelupta, la mayoritaria, a la que pertenecen el Dalai Lama y el Panchen Lama, pues su origen está ligado al nacimiento de Tsonkhpa, el gran reformador de la religión tibetana que en el siglo XIV fundó esta escuela. Cuenta la leyenda que en esas tierras se enterró su cordón umbilical, surgiendo un gran árbol que milagrosamente mostraba en cada hoja una imagen de Buda. Precisamente Kunbum significa “las mil imágenes del Buda iluminado”. El monasterio es hoy en día hogar permanente de varios cientos de monjes y objeto de peregrinación para miles de tibetanos que, caminando a veces o realizando su postración ritual a lo largo del camino en otras ocasiones, acuden a recibir la bendición de Tsonkhapa desde los confines de su mundo. Las salas del templo se han ido construyendo en un pequeño valle situado entre dos suaves colinas, como la cercana ciudad de Xining, capital de la provincia, como todos los asentamientos humanos de esta gran provincia que consiste principalmente en una interminable sucesión de montañas y unos pocos valles excavados entre ellas por los ríos a lo largo de milenios, donde se concentra la escasa actividad humana.

La sala principal del monasterio es la Sala de las Oraciones, en cuyo interior, que conserva las principales reliquias del pasado, pueden rezar hasta 2.500 monjes a la vez. Alrededor de esta construcción los peregrinos mueven las grandes ruedas de oraciones extendiendo su mensaje secreto por el universo. El monasterio de Kumbum es la encarnación de las ancestrales tradiciones tibetanas en las que el microcosmos y el macrocosmos se funden y confunden hasta recrear en cada objeto todo cuanto existe. Con su mezcla de estilos chinos y tibetanos, el templo habla de una frontera, de dos mundos que se abrazan y a veces se rechazan, de poblaciones surgidas de esa fusión de sangres, religiones y culturas. A la orilla del templo convivían hasta hace poco chinos, mongoles, tibetanos, uigures y gente de las minorías Yugur, Tu y Salar, características de esa zona. Todos los pueblos que habitan Qinghai. En una de sus salas más alejadas, raramente visitadas por peregrinos o turistas, se encuentran tres magníficos mandalas, tres representaciones del universo en las que desde una base cuadrada se van mostrando en creciente complejidad diferentes aspectos de la existencia humana, símbolos que sospechosamente recuerdan a la geografía también cuadrada de esta enorme provincia china.

Paisajes de fantasía en un mundo único

La provincia de Qinghai, con una extensión de 720.000 km2 (una vez y media la de España) y una población de unos 6 millones de habitantes, es una provincia poco poblada y escasamente explorada, que sin embargo ofrece tal impresionante variedad de contrastes geográficos y humanos que no dejará indiferente a ningún viajero. Una gran meseta desierta y helada en su centro, que se dulcifica lentamente según disminuye en altura hacia el norte y el este, ha sido punto obligado de paso entre el este y el oeste de Asia, atravesada como era por varios ramales de la Ruta de la Seda, y entre el norte y el sur, manteniendo abierta una comunicación continua entre el mundo chino, el mongol y el tibetano. Este carácter extremo y fronterizo proporciona a Qinghai unas atracciones geográficas, culturales y humanas únicas, que la convierten en destino obligado para viajeros de todo tipo, pues su parte oriental, cada vez mejor comunicada con las ciudades del centro de China, tiene suficientes méritos para ser incluida en los itinerarios que visitan China, y ser parada imprescindible en la Ruta de la Seda, mientras que las soledades de sus desiertos y montañas heladas, más al oeste, proporcionarán paisajes de ensueño a los viajeros más experimentados, algunos de los cuales se podrán vislumbrar con facilidad tomando el ferrocarril que une Xining con Lhasa. La provincia de Qinghai es un mundo mágico, celestial, irreal, con paisajes únicos que parecen salidos de una fantasía del fin del mundo, apenas modificados por la acción del hombre.

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El punto de llegada a este remoto corazón de Asia Central es la ciudad de Xining, una urbe moderna y bien comunicada a partir de la que la mayoría de los viajeros podrán explorar con cierta comodidad las maravillas que ofrece la provincia, pues a una distancia relativamente corta se agrupan sus atracciones más interesantes: el Monasterio Kumbum y el Lago Qinghai. Si el monasterio es el centro espiritual de la región, la joya de sus paisajes naturales es el Lago Qinghai, llamado Kokonor por los mongoles, o Gran Lago Azul. Un gran lago salado de 4.635 km2 de superficie situado a 150 km de Xining. Sus aguas azules se confunden con el cielo limpio y puro de la región, creando paisajes increíbles. Cuenta con varias islas, entre ellas la interesante Isla de los Pájaros, donde miles de aves realizan su parada migratoria durante los meses de mayo, junio y julio. El lago está bien adaptado al turismo, y los esfuerzos por conservar su ambiente prístino y recibir a la vez a miles de visitantes han sido bastante fructíferos, pudiendo visitarse en varios puntos distintos, tomar un barco para realizar un crucero por sus aguas o incluso invertir varios días en recorrer sus orillas en bicicleta: hay un circuito de 360 kilómetros que no dejará a nadie sin su excursión en bici. No muy lejos se encuentra el lago salado de Chaka, mucho más pequeño, con apenas 100 kilómetros cuadrados de superficie, una fuente de sal para los habitantes locales desde tiempo inmemorial, denominado por los viajeros del presente Espejo del Cielo, por los efectos especiales que crea la luz solar sobre su superficie salina. Desde el lago Chaka se pueden visitar los campos de colza de Mengyuan, que durante el mes de julio forman un mar de flores amarillas de increíble belleza.

Diversidad geográfica, étnica y cultural

La montaña Ammye Machen es otra de las maravillas naturales de Qinghai. Situada en mitad del territorio tibetano –y tan sagrada para ellos que no permiten que se escale–, fue considerada por algunos exploradores hasta mitad del siglo XX incluso más alta que el Everest, pues sus tres picos helados se elevan hasta una altura de 6.100 metros. Otras montañas destacadas en Qinghai son los montes Qilian, en su frontera septentrional, con magníficas praderas, y los impresionantes Tangula, en el sur, que marcan la separación con el Tíbet. La diversidad geográfica de Qinghai va unida a una curiosa diversidad étnica y cultural, pues por los cuatro lados de ese gigantesco mandala que es la provincia llegaron cuatro de las culturas más carismáticas de Asia, que reflejan cuatro concepciones del mundo: los tibetanos por el sur, los uigures por el oeste, los mongoles por el norte y los chinos por el este. Cada una fue tomando conceptos e ideas de las otras, adaptándose a su vez a las características de estas tierras, surgiendo minorías con culturas únicas como los Tu, Yukur, Salar o Bonan. El viajero comprobará que en cuestión de kilómetros pasará de aldeas donde las mezquitas identifican a sus habitantes como musulmanes a otras en las que el brillo de los techos dorados de los templos y las estupas y banderas de oraciones en las montañas los identifican como tibetanos. Ambos son muestras de los vanos intentos de los hombres por dominar la naturaleza indómita de Qinghai, dominación de vida tan breve como la de las esculturas de mantequilla multicolores que han hecho famoso al templo de Kumbum.

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La Qinghai desierta y desolada, la Qinghai mágica e impenetrable, el gran corazón de esa Asia hogar de la mitad de la humanidad, durante mucho tiempo ignorada por el hombre, se desvela ahora como la gran guardiana de la vida en ese continente, la manifestación local de esa diosa Gaia que con su pulso vital mantiene la existencia de los hombres sobre el planeta Tierra. No en vano allí se encuentra el nacimiento de los tres grandes ríos que permiten la subsistencia a una cuarta parte de la población mundial, así como las montañas sagradas de los chinos, esos montes Kunlun que se creían habitados por los dioses, y las de los tibetanos (Amye Machen), y praderas inmensas de aguas heladas cuya función en el gran sistema que es el mundo solo ahora se empieza a sospechar.

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Los tibetanos de Amdo

El Tíbet se divide de forma geográfica y humana en tres regiones bien diferenciadas: Tíbet Central (U-Tsang), Kham y Amdo. Amdo, en el extremo nororiental del mundo tibetano, extendido por todas las zonas tibetanas de Qinghai y una parte de Gansu, es el hogar del 25 por ciento de la población tibetana, generalmente pastores nómadas o seminómadas, que vivían organizados en grandes tribus o pequeños reinos, y no dependían políticamente del lejano Dalai Lama y solo nominalmente de los chinos. Amdo tiene un significado religioso especial para todos los tibetanos, pues es la tierra de origen del reformador Tsonkhapa y del actual Dalai Lama. La variedad de tribus tibetanas y sus diferentes interacciones con las poblaciones cercanas ha creado numerosas leyendas en torno a ellas, así como un laberinto de lenguas y dialectos solo inteligible para los expertos. A mediados del siglo XX aún se creía que algunas tribus Golok, que atacaban sistemáticamente caravanas y poblaciones desprotegidas, eran gobernadas por una reina, y las hazañas militares de las tribus Hor alcanzaron hasta la lejana Yunnan. De hecho, los tibetanos de Amdo conservan características culturales que les diferencian perfectamente del Tíbet Central. Su lenguaje es distinto, así como su forma de vida, pues generalmente combinan la agricultura y la ganadería a lo largo del año, y siendo sus tierras no tan elevadas como las del Tíbet Central, pueden cultivar trigo, con el que hacen unos panes bien distintos a la tsampa de cebada siempre usada en Tíbet, y una buena variedad de vegetales. Algunos son completamente nómadas, y pasan su vida moviéndose con sus rebaños de yaks a lo largo de las inmensas praderas. Por razones históricas, Amdo ha sido el escenario de una gran variedad de entidades políticas tibetanas, mongolas o chinas, por lo que las investigaciones etnográficas deparan al investigador continuas sorpresas. Un viaje por carretera desde Xining a Yushu permitirá empaparse del espíritu de los tibetanos de Amdo.