La Provenza, o la luz que cautivó a Picasso

En esta región francesa de sol y lavanda el genial artista dejó su huella gigantesca

Noelia Ferreiro
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Era esa luz imposible de capturar, esa luminosidad que estimulaba diferentes experiencias cromáticas y que había sido fuente de inspiración para buena parte del arte europeo de finales del siglo XIX. La luz del Mediterráneo atrapó a pintores tan fundamentales como Monet, Matisse, Renoir, Sorolla y Van Gogh, que vieron en ella no sólo un símbolo de libertad creativa sino también una nueva forma de goce de la vida que marcaría el devenir de la pintura moderna.

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Cautivado por este efecto, la fuerza creadora de Picasso encontró terreno fértil en la más hermosa región del sur de Francia, donde dejó una significativa huella. Porque en La Provenza (como también en la Costa Azul) más que descubrir la paleta que alumbró a los impresionistas, los aromas a flores frescas y la magia de los pueblos de piedra, el genial artista quedó rendido ante las reminiscencias a su tierra que le evocaban estos parajes, ante el recuerdo de su España natal que le disparaba la nostalgia.

Toros y flamenco

Especialmente en Arlés, a donde llegó el pintor  en 1920 en busca de la luminosidad que destilaban los cuadros de Van Gogh. Aquí encontró corridas de toros, baile flamenco y soplos de aquella tierra a la que nunca pudo volver. Por algo dicen que es la más hispánica de las ciudades francesas, a la que Picasso homenajeó con la Arlesiana, una figura que fue crucial en sus lienzos y que puede admirarse en Museo Réattu, a orillas del Ródano.

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En Arlés el artista se dejó fotografiar en sus monumentos romanos (es la urbe con mayor número después de Roma) y dejó su huella en el Hotel Nord Pinus, en la Plaza de la República, donde también pervive el Café Le Soir que inspiró el famoso cuadro Terraza de café por la noche, de su referente holandés.

En busca de Cezanne

También en Aix-en-Provence encontró Picasso una fuente de belleza, materializada en esa piedra color miel que reviste los palacetes barrocos. Su frase  “yo soy el nieto de Cezanne” no puede ser más reveladora en su intención de viajar a este pueblo que había visto nacer al padre del arte moderno.

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En Aix-en Provence pasó momentos entrañables en la brasserie Les Deux Garçons y frecuentó el Festival de Arte Lírico en compañía de sus amigos músicos. La colección de Jean Planque, en el Museo Granet, da cuenta de esa sintonía: obras que permiten hacer un repaso a la historia del Cubismo, con alguna de las creaciones del artista malagueño.

Las señoritas de Aviñón

Otras obras de Picasso descansan en Aviñón, que también le sirvió de  inspiración. Muchas de ellas se encuentran en el Museo Angladon, dentro de la colección de Jean Doucet. Fue precisamente este mecenas quien compró Las Señoritas de Aviñón (ojo que, pese al nombre, nada tiene que ver con La Provenza) que, rechazada por el Estado francés, acabó en el MOMA de Nueva York.

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En Aviñon, además, tuvieron lugar dos míticas exposiciones del artista, dentro del Palacio de los Papas que es toda una virguería gótica. Una fue en 1970 y otra en 1973, seis semanas después de su muerte.

Sus queridos pueblos

La Provenza con su esencia de sol y lavanda, recoge la sombra de nuestro pintor más ilustre, desperdigada por sus pequeños pueblos. Como en Sorgues, donde retrató a un buen puñado de mujeres y dio a luz a obras cubistas tan hermosas como Guitarra y Botella de Pernod y copa. O en Vallauris, donde descubrió la cerámica en el taller del matrimonio Ramié y emprendió  una frenética producción con más de dos mil piezas.

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Pero sobre todo en Vauvenargues, con vistas a la montaña Sainte-Victoire. En el castillo de esta minúscula localidad acabó por instalarse Picasso. Fue su último hogar. Hoy sus restos, junto a los de su esposa Jacqueline, están enterrados en los jardines, bajo uno de los ejemplares de su estatua de La dama oferente.