Poitou - Charentes, sólo para inconformistas

La faz atlántica de Francia es una puerta a la aventura, al Nuevo Mundo. Hasta ese litoral, protegido por algunas islas, fluyen ríos caudalosos que arrastran la savia del país. Como el río Charente, en cuyas riberas maduran las uvas del cognac. Un aguardiente célebre que, al envejecer lentamente en barricas de roble, se evapora en proporciones alarmantes: es la "part des anges"; los ángeles "se beben" cada año 25 millones de botellas. La región de Poitou-Charentes es un reto para viajeros inconformistas.

Carlos Pascual

Decir que la región de Poitou-Charentes es uno de los grandes secretos de Francia sería un tópico fácil. Lo cierto es que muchos viajeros españoles descubren lugares de esa región, como Poitiers o La Rochelle, siquiera sea como etapas camino a otros destinos, como Bretaña, Normandía o Valle del Loira. Pero es cierto también que es éste un territorio para gente avezada. Para amantes de la letra pequeña, del detalle, de las sensaciones intensas y reposadas. Son muchas las hilazas que tejen su trama, y algunas son fibra de nuestra historia. Allí, por ejemplo, corre uno de los tramos más nobles del Camino de Santiago, escoltado de templos románicos luego copiados en España. Allí consumieron sus días monarcas mestizos, emparentados con Navarra, o el primer Borbón. Allí se hallan los muelles que sirvieron a los franceses para su aventura particular en el Nuevo Mundo.

El río Charente vertebra los departamentos de Charente y Charente-Maritime. Francisco I afirmó categórico que "la Charente est le plus beau ruisseau du royaume de France". Bonita frase, pero no hay que darle mayor crédito; primero, porque Francisco era paisano, nacido a la vera del río, y segundo, porque llamar ruisseau a la Charente es un insulto, por muy rey que se sea. En todo caso, rivière , pero todos allí están de acuerdo en asignarle la categoría suprema de fleuve , que sólo ostentan cinco o seis ríos de Francia.

Un río (fleuve ) que es navegable en algo más de 170 kilómetros, eso sí, salvando 21 esclusas accionadas a mano. Ahora sólo dan trabajo a los éclusiers gabarras y barcos de recreo, pero en sus buenos tiempos era este cauce una verdedra autopista por donde circulaban preciosas mercancías: sal, vino, piedras, telas, papel, y más tarde, café, especias, toneles y hasta cañones. Las gabarras eran a veces arrastradas a la sirga, siendo las mujeres las que tiraban de las sogas; los hombres se hallaban perdidos por los mares, o trabajando en los campos, las viñas o los molinos.

Molinos de harina, o molinos de papel. Todavía quedan dos artesanales, cerca de Angulema, que mantienen la tradición del siglo XVI y confeccionan papeles especiales para grabado y ediciones de arte. El papel de Angulema era otra de las mercaderías que fluían por el río. Cuando llega a Angulema, la Charente es ya un caudal adulto. Con porte suficiente para ceñir por el talle a la ciudad, que se empina sobre un teso otrora acordonado por murallas -hoy simples pretiles o miradores-. Desde esa muralla desmochada se cierne el barrio obrero del fauboug Lhoumeau, que Balzac disecciona en Les illusions perdues.

La acrópolis de Angulema parece que está suspendida en un tiempo preciso: el siglo XIX. Y es que fue entonces cuando se reventaron los corsés medievales y se imitó todo cuanto se cocía en París. Empezando por el Mercado, que copiaba a Les Halles parisinos, y siguiendo por mansiones burguesas, o el propio Ayuntamiento, que es un cóctel de arquitectura neo sobre la base del castillo medieval de los Valois. Los arquitectos responsables fueron Paul Abadie, padre e hijo; éste último es el autor del Sacré Coeur de París, un pastiche inspirado en las cúpulas típicas de esta región, bulbosas y carnales.

Fue también Paul Abadie (padre) quien llevó a cabo una profunda restauración de la catedral, la joya de la ciudad. Una de las mejores catedrales románicas existentes, con una extraña solución para cubrir su nave central (en vez de bóveda de cañón se dispusieron bóvedas circulares). Pero lo que más admira es la fachada: un retablo de piedra lechosa (calcaire blonde ) que trenza dos episodios, la ascensión de Cristo y el juicio final. Al curioso viajero hispano le interesa fijarse en una suerte de friso de la parte derecha; allí se representa la toma de Zaragoza por parte de Rolando, que mata al moro Marsilio, seguido por un combativo obispo Turpín, quien aguanta la mitra en el fragor de la batalla. El hecho, si ocurrió, fue contemporáneo casi del alzado de la fachada (1118).

Pasada Angulema, comienza el llamado Valle de la Charente, la parte más placentera del río. Uno pien- sa en las telas de Auguste Renoir (o algunas películas campestres de su hijo Jean); la densa vegetación de ribera sofoca pueblos que se diría desiertos, donde nunca falta una iglesia románica, abierta a todas horas. En Bassac, no es una iglesia cualquiera, es una soberbia abadía que merece una visita (tiene museo). El pueblo de St-Simon es una referencia; allí se construían gabarras desde el siglo XV, y allí se encuentra ahora La Maison des Gabarriers, que no es exactamente un museo, sino un lieu de memoire (o centro de interpretación, pero suena más prosaico).

Conviene visitar la casa, antes de dar un paseo en gabarra. Se verán, entre algunas herramientas, los ojos tristes de los bateleros en fotos amarillentas. La última gabarra construida en St-Simon, en 1903, se llamaba La Patrie. En 1936 salió de Jarnac la última gabarra en circulación, La France ; el ferrocarril dejó obsoleto el tráfico fluvial. En 1988, guiándose por unos grabados en las piedras del embarcadero, Jean Jacques Delages y otro compadre carpintero, René Durand, construyeron una gabarra del XIX, bautizada comoLa Renaissance . En ella se puede pasear (entre abril y octubre) e incluso atender a las apasionadas peroratas de monsieur Delages, nombrado oficialmente animateur du patrimoine rural .

Cuando se llega a Cognac, sea en barco o por carretera, uno se da cuenta enseguida de que pisa terreno de ricos. Nadie sabe (o dice) cuántos millonarios hay entre los 20.000 vecinos de Cognac (40.000, si se cuentan los 14 pueblos que forman la mancomunidad), pero deben de ser bastantes. Su villa, en consecuencia, derrocha parques y jardines, opulencia, bienestar. Para colmo, la patria del célebre aguardiente es además una ciudad tocada por la historia.

Conviene, por tanto, dirigirse antes que nada al reciente Espace-Découverte, una especie de centro de acogida que, de forma gratuita, informa sobre las bazas posibles: visitas a bodegas, museos, iglesias románicas (unas 400 en la comarca), dólmenes, castillos... Pegado a este centro se encuentra el Museo de las Artes del Cognac, que resulta claro, didáctico y nada pesado. Allí se puede obtener una visión global y sobre todo imparcial (ya que las grandes marcas tienen sendos museos, pero con el ascua arrimada a su sardina). Hay unas 250 casas o firmas de cognac, pero sólo cinco o seis son antiguas e importantes: Otard, Hennesy, Rémy Martin, Martell, Courvoisier, Camus... Entre otras rarezas se puede contemplar una botella Elypse, de Hennesy, que cuesta 3.500 € (300 € la copa). Sólo hay en el mundo 2.000 botellas como esa (una de ellas, en un restaurante valenciano).

Los vapores del cognac y los efluvios de la historia se mezclan en el castillo de Cognac. Y es que esa fortaleza medieval, en la cual nació Francisco I y por la que deambularon reyes y personajes ilustres (como Voltaire), fue abominada por la Revolución, y puesta luego a la venta; la compró en 1795 el barón Jean Baptiste Antoine Otard, sólo pensando en lo bien que iban a envejecer sus cognacs en las cavas. Y no se equivocó: allí siguen los aguardientes de la firma Otard.

La visita al castillo corre, pues, a caballo entre el fervor enológico y la pasión histórica. Se visitan algunos aposentos, no todos; en uno de ellos nació Francisco el 12 de septiembre de 1494. A los 21 años ya era rey de Francia, y ferviente mecenas de las artes. Para él diseñó Leonardo da Vinci la llamada Salle des Gardes , magnífica (aunque el pintor no llegó a pisarla). Bajo ella están las bodegas, y en el más secreto rincón, lo que llaman le paradis , un sótano negro donde reposan aguardientes centenarios en garrafas vendadas por telas de araña; la araña albina que allí habita es una inquilina diligente, devora todo insecto o bichejo que ose irrumpir en ese paraíso donde abrevan los ángeles.

Cuando uno llega a Saintes, sabe con certeza que está en una ciudad con pedigrí; la placidez provinciana de sus tiendas no engaña a nadie. Era capital de los santones, una tribu gala, y los romanos les regalaron un puente, un arco triunfal y un anfiteatro para 15.000 espectadores. El anfiteatro sigue por allí, más o menos mellado, el puente fue destruido por la fiebre modernista del siglo XIX, y el Arco de Germánico, que presidía la entrada al puente, se salvó gracias a Prosper Merimée, el creador de nuestra Carmen; además de novelista, fue el primer intendente que Francia dedicó a sus monumentos, y no sólo salvó esta puerta, llevándola piedra a piedra hasta la orilla en 1843, sino también ciudades enteras, como el doble anillo medieval de Carcasona. Gloria y honor a don Próspero, que tanto nos quería.

Las estatuas y sillares romanos que fueron aflorando aquí y allá quedaron recogidos en un Lapidario evocador, junto al Arco. Pero Saintes aún guarda otras sorpresas: la más descomunal, su catedral gótica, inacabada, y para colmo, sin obispo que la luzca, o sea, que no pasa del grado de parroquia, por escasez de almas. Otras dos buenas sorpresas son la Abbayeaux- Dames, cuajada de figurillas románicas, y el templo dúplice de Saint-Eutrope, una iglesia inferior (no exactamente una cripta) con otra superpuesta, a las cuales se añadió una aguja catedralicia en el siglo XV. Figura con todo derecho en la lista de la Unesco como Patrimonio de la Humanidad y uno de los hitos relevantes en las rutas jacobeas de Francia.
La Charente desemboca en el Atlántico junto a lo que no era más que un poblacho, Rochefort. Pero el ministro de Luis XIV, Colbert, decidió instalar allí un puerto militar y unos astilleros con los que hacer frente a la arrogancia naval de los ingleses, y encarar los desafíos del Nuevo Mundo. Desde allí salió La Fayette rumbo a América, en 1780, a bordo de la fragata Hermione . El Arsenal cesó su actividad en 1926. Pero allí siguen sus instalaciones, acaparando las visitas de quienes llegan a esta urbe bastante crecidita. El Arsenal es ahora un barrio de ocio en torno a la inmensa Corderie Royal; al lado se está reconstruyendo a la manera antigua, artesanal, la Hermione de La Fayette; se puede ver cómo lo hacen. Otra visita obligada (no queda lejos) es la Casa-Museo de Pierre Lotti, un oficial de marina, pintoresco el hombre, que viajó mucho y escribió no poco, siendo uno de los autores más apreciados de novelas y libros de viajes.

A 30 kilómetros de la desembocadura de La Charente, La Rochelle es el broche final, la más deslumbrante ciudad de este periplo. Construida sobre escollos a flor de agua -de ahí el nombre, rochelle - en plena Edad Media, ha cautivado y sigue cautivando a todo quisque. A pintores como Corot, Signac, Marquet y un ilustre ejército de paisajistas anónimos. También a los escritores: Rabelais la cita en su Pantagruel , el ingeniero militar Choderlos de Laclos escribió sus Liasons dangereuses (Las amistades peligrosas , 1782) merced a su peripecia en el acantonamiento local, Guy de Maupassant describe su atmósfera en L''Épave (1886) y Georges Simenon se sentaba en los veladores del Café de la Paix, frente a comisaría, a ver qué le inspiraban los caretos que entraban y salían.

Desde luego, no deja indiferente a nadie. La llaman algunos "la rebelde ", porque siempre ha sacado los pies del tiesto: fue la primera comuna de Francia que tuvo alcalde (1199); cuando Francia era católica, ella era refugio de protestantes (bien caro lo pagó), y cuando la mayoría de los franceses se miraban el ombligo y la peluca, La Rochelle miraba a la Nouvelle-France (Canadá) y a las Antillas; mandaba de todo a las colonias, porque de todo necesitaban, y al regreso, como los barcos no podían navegar sin lastre y lo que traían de vuelta eran pieles (preciosas, pero ligeras), pues llenaban las bodegas con pedruscos del Canadá, que son los que ahora mismo adoquinan las calles de La Rochelle como lustrosos meteoritos.

O sea, una ciudad echada para adelante, corajuda, optimista. Empezó con el Vieux Port -su tarjeta de visita y salón de estar- y ahora tiene cuatro puertos, uno de ellos, el deportivo (Les Minimes), el mayor de Europa. Desde 1993 tiene universidad, que no tenía: la más joven de Francia. La calidad de vida y la alegría de vivir saltan a la vista, y tienen su prueba del nueve: intenten, al caer la tarde, encontrar mesa libre en alguna de las terrazas que invaden muelles y calles en torno al Vieux Port. Y tampoco es que sean tantos vecinos: 80.000. Pero tienen 19 museos, un Ayuntamiento de cine, catedral tardía y sosa, palacetes de ricos (comerciantes) y algunos festivales de postín, como el jolgorio musical de las Francofolies.

Es fácil imaginar que a una urbe así hay que echarle tiempo y ganas. Hay más de lo que aparece a primera vista, ya se trate de casas del XV o barrios coloristas (como Le Gabut, fantasía de un arquitecto danés). Lo importante es impregnarse de su optimismo. En pocos sitios se entiende tan bien en qué consiste eso que tanto repiten los franceses: la joie de vivre .

Elaboración del cognac
El aguardiente del cognac se obtiene en exclusiva de uvas blancas, a base de destilar el vino en unos alambiques propios de la región. Se hace una doble destilación. El coeur (corazón) de la segunda destilación es lo que se convierte en cognac, tras haber envejecido en barricas de roble un mínimo de dos años y medio, antes de ser comercializado. Además del envejecimiento, el secreto de cada cognac dependerá de la mezcla de aguardientes que haga, en cada casa o firma, el maître de chais, verdadero mago y creador del producto final. Para saber la edad de un cognac hay que fijarse en las siguientes siglas de la etiqueta: *** y V.S. (very superior) significa que el aguardiente más joven utilizado en la mezcla tiene un mínimo de dos años y medio; V.S.O.P. (very superior old pale): el aguardiente más joven tiene al menos cuatro años y medio; Napoleon y X.O: el aguardiente más joven supera los seis años y medio. El cognac se toma sobre todo como digestivo, después de las comidas, pero en su propia región está extendida la costumbre de tomarlo también como aperitivo, mezclado con hielo, e incluso como cóctel, mezclado con hielo, tónica y otros refrescos.

El imparable ascenso del "Pineau"
El pineau es un aperitivo derivado del cognac que goza de Denominación de Origen (desde 1945). Su nacimiento se debió a una metedura de pata de un bodeguero del siglo XVI: vertió por error mosto en una garrafa que contenía aguardiente y, claro, apartó la garrafa entre maldiciones, olvidándose de ella. Pero al cabo de unos años, al vaciarla, comprobó que aquella maceración se había convertido en un líquido ambarino, límpido, maravilloso. Antes sólo hacían pineau por capricho, para consumo doméstico; ahora exportan más de doce millones de botellas. Y es que, de paso, esa producción alivia en parte la inmovilización financiera que supone tener los grandes aguardientes dormitando en las bodegas durante años.