Tras la pista del oro azul y los juegos florales en el País de Jauja

Un recorrido por los palacios de Toulouse y el secreto de la hierba pastel

José Miguel Barrantes Martín
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Foto: Henrique Ferreira

Toulouse, el lugar de nacimiento de Carlos Gardel – con permiso de Uruguay -; la inconfundible «ciudad rosa» francesa, gracias al omnipresente ladrillo en las construcciones; la población más insigne de las que atraviesa el impresionante Canal du Midi, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco… Y así podríamos continuar, enumerando los incontables méritos y bondades de una de las urbes más importantes del país galo.

Matthieu Krieger

Pero, más allá de los numerosos atractivos que atraen a miles de turistas año tras año hasta este punto de la región de Occitania, Toulouse es un destino mágico que oculta secretos insospechados.

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Tesoros que nos llevarán en esta ocasión a descubrir las riquezas que originaron que esta zona fuera conocida como «el País de Jauja», recorriendo algunos de los palacios más extraordinarios de su centro histórico.

El triángulo del «oro azul»

Tras la división de Toulouse en capitulados a mediados del siglo XV, la ciudad se benefició como ninguna de la época dorada del cultivo de la hierba pastel o glasto, una planta de la que se obtenía un pigmento azul que servía de tinte para la industria textil de aquel entonces.

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El famoso «azul pastel» obtenido de la cocaña – como se conoce popularmente -, se convirtió en los siglos XV y XVI en el oro del momento por su elevado beneficio de su venta y el incremento de su valor con el tiempo, lo que propició que se aplicase a esta zona la leyenda del País de Jauja, en referencia a un lugar donde la población se hacía rica sin apenas esfuerzo.

Esta zona, que coincidía con el triángulo formado por Albi, Toulouse y Carcassonne, fue el área que mayor prosperidad alcanzó en aquellos siglos debido a la idoneidad de las condiciones físicas para que la plata se cultivara en condiciones óptimas. El País de la Cocaña – como se llamaba a este triángulo donde se concentraba este tipo de industria – tuvo a Toulouse como epicentro de las rutas comerciales que mercadeaban con el glasto.

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Este periodo de auge del «oro azul» proveyó a la ciudad de una riqueza excepcional que la burguesía de la época mostró a través de palacios que se convirtieron en una vara de medir del éxito de cada comerciante.

Bellos palacetes con secretos en su interior

Son decenas de palacetes los que se erigen orgullosos de aquella época de esplendor en la ciudad de Toulouse.

El centro histórico es un auténtico escaparate de estos palacetes que se alzaban hacia el cielo demostrando el poderío de sus propietarios.

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La calle Saint-Rome, una de las principales del casco viejo, antigua vía romana que recorría la villa de Tolosa de norte a sur, alberga dos célebres ejemplos como el de Pierre de Serta y el de Pierre de la Comède, dos de los capitolios que gobernaron la ciudad en aquella época.

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Ya fuera de esta vía, el palacete de Bernuy es un verdadero referente de la arquitectura de Toulouse y uno de los más altos de la ciudad. Jean de Bernuy, uno de los comerciantes más relevantes de glasto y capitol – nacido en Burgos – mandó construir este edificio con su característica torre, uno de los iconos turísticos de la capital occitana.

No todos los palacetes muestran su ostentación en sus fachadas. El de D’Astorg y Saint-Germain no llama la atención desde la calle, pero su fabuloso interior con las balconadas y su escalera suspendida de madera es realmente curioso y uno de los mejores ejemplos conservados del Renacimiento.

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Pero si hay un palacio imprescindible en cualquier visita a Toulouse es el de Assézat, creado según el deseo del capitol Pierre d’Assézat.

Su tamaño, grandiosidad y belleza lo convierten en el más celebrado de la ciudad. Además, su interior acoge varias sociedades científicas y la Fundación Bemberg - con una colección de arte compuesta por obras de los mejores artistas europeos -.

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Una de esas sociedades es uno de los mayores secretos de Toulouse para el turista, la Academia de los Juegos Florales, la sociedad literaria más antigua de Europa. Creada en 1323 con el fin de mantener viva la lengua de òc a través de la llamada «Compañía del Gai Saber», que premiaba con una violeta de oro a quien recitara la mejor poesía, perduró en el tiempo hasta que Luis XIV la transformó en la Academia de los Juegos Florales en honor a la flor que se otorgaba como premio. Hoy en día, en plena vigencia, entrega sus premios en forma de cinco flores: la violeta, la rosa silvestre, el amaranto, el lirio y la caléndula.