Península de Dampier, la quinta esencia australiana

No hay tierra virgen como la del Western australiano, su mayor estado en extensión. Allí los desiertos vienen a morir al mar, no sin antes levantar castillos naturales en la roca. Además de Broome, el principal centro de la perla oceánica en la zona, la península de Dampier deja ver parajes únicos como el cabo Leveque, que resume la quintaesencia del entorno austral, pleno de belleza salvaje y de paisaje aborigen. Y es que hablamos de territorios sagrados...

Maurilio de Miguel

El antaño llamado Novísimo Continente, con isla mayor en Australia, sigue estando por descubrir. Por más que se hayan celebrado Olimpiadas en Sidney y barbudos ángeles del infierno ofrezcan servicios turísticos en Harley Davidson para recorrer los puentes futuristas de Melbourne, con sus avenidas bajo un paladar british , buena parte de su costa se mantiene virgen, ajena a promociones en kilómetros a la redonda. Nos referimos a la costa noroeste del país, que se ha mantenido al margen del desarrollo de las grandes ciudades australianas y lejos de la Gran Barrera de arrecifes que atrae a submarinistas en su litoral noreste.

Allí donde Australia mira ya a Nueva Zelanda, se inscriben en el mapa Sidney y Camberra. Al norte, las orillas coralinas de Cairns. Y, en el centro de este vasto territorio, los desiertos de Alice Springs y Ayers Rock, la roca sagrada de Uluru, que sostiene en activo la primitiva cultura de los aborígenes locales. Ahora bien, pocos, muy pocos habrían reparado en la península de Dampier y Broome, vértices de este viaje, si no fuera porque el ferrocarril Ghan llevó sus raíles hasta el encuentro entre el Océano Indico y el mar de Timor. El Ghan , el tren que hace nada se propuso por fi n recorrer Australia de punta a punta; un convoy mítico, inicialmente concebido para comunicar el litoral del país con sus desiertos interiores, que ha terminado llevando buenas nuevas al far west todavía vigente en nuestras antípodas...

Darwin es el último destino del "Ghan", prolongado desde hace pocos meses. Por tanto, a su estatura urbana y cosmopolita se ha añadido más movimiento aún. Así que deberá seguir litoral abajo el viajero que pretenda disfrutar como se merece el Western de Australia, su mayor estado, casi la tercera parte del país, con una superfi cie superior a la de México. Habrá de acostumbrar sus sentidos a los horizontes abiertos que traen aroma de lejano desierto, allí donde se mantienen en ruta los camellos que un día se trajeron de la India, Persia y Afganistán. Porque el desierto avanza y le planta cara al mismísimo mar, llegados al Western Australia, que sólo huele a húmedo una vez digiere su atracón de yermos interiores: el Gran Desierto Victoria, el de Arena y el de Gibson, más la inhóspita llanura de Nullarbor.

El desierto australiano avanza hasta el mar y así se explica que, a la hora del crepúsculo, el cabo Leveque presente caprichosas y fantasmagóricas formas de roca que recuerdan las del Wadi Rum jordano, por no hablar de las del Gran Cañón del Colorado. En cabo Leveque nos adentramos 200 kilómetros por la península de Dampier, acaso el territorio austral donde mejor se palpa una comunión paisajística única, en la que conviven los ecosistemas del bush o bosque bajo y el yermo rojo con salida a playas cristalinas y apenas frecuentadas por el hombre blanco. Un territorio en el que aún manda la tradición aborigen que deja crecer luengas barbas a sus mayores.

Para acceder hasta el cabo Leveque se hace necesario fatigar la llamada "autopista roja ", una amplia pista de arena que disecciona el bush del Western con un corte limpio y rectilíneo de bisturí sobre el mapa de la soledad australiana. Una generosa pista que, no por exenta de circulación, requiere una enorme precaución al automovilista.

A salvo de lluvias que la aneguen, condenando a embarrancar cualquier tracción de todoterreno, hay que recorrerla preferentemente entre los meses de mayo y octubre, momento en el que tampoco la temperatura llega a los 40 grados, aunque no baje de los 28. Entonces, alcanzando el campamento de Kooljaman, al pie del faro que pone fi n al cabo Leveque, la mejor manera de disfrutar el entorno pasa por hacer camping o bien ocupar los bungalós y "safaris tents ", levantados para el extranjero. Unafinis terrae a modo de islote, con playas de distinta topografía a izquierda y derecha, cuando la marea baja permite que se acceda a ellas por su propio pie. Porque al arenal de la Eastern Beach, protegida por acantilados de tono cobrizo, se mide la anchura de la Western Beach, que acaba en rocas impracticables por lo que tienen de ceremoniales para los aborígenes.

La bahía Karrakatta, siguiendo la costa más allá del Hunters Creek, trae a ojos del viajero los parajes más agrestes que se pueda imaginar. Y un mar temible a sus pies, tanto por las corrientes que lo zarandean como por los tiburones que suelen frecuentarlo. Es tierra de nativos supervivientes, dueños de los mitos que explican poéticamente la creación de mundos luminosos como éste... Y, puestos a rastrear su modus vivendi actual, nada mejor que hacerse idea de cómo el turismo les provee, pagando los 10 dólares australianos que cuesta visitar la población de One Arm Point. He ahí un núcleo de 400 casas poblado por miembros de las comunidades jawi y bardi, con dos calas por principal paisaje y una factoría de conchas por toda industria autónoma, suficiente, no obstante, como para que sus miembros aborígenes no vaguen subvencionados y alcoholizados por la periferia de las grandes ciudades de la costa australiana.

La península de Dampier tiene también digna de visita, en la Beagle Bay, una iglesia misionera de 1918. Joven arquitectura, teniendo en cuenta que al estilismo de las montañas que enmarcan esta comarca se les calculan 360 millones de años. De cualquier forma, su fachada aparece recubierta de nácar, palabras mayores dentro de los tesoros arrancados al mar por estas latitudes. Porque su brillo apunta en dirección a Broome, a través de playas aborígenes como las de Lombadina, otro asentamiento que exige al extranjero un billete de 10 dólares si quiere bañarse, atravesando la calle principal del pueblo y acaso reflexionando sobre la serpiente arco iris y el tiempo del sueño que rigen su mitología.

Broome es la capital mundial del cultivo de la ostra perlera. En su casco urbano, nacido al amparo de la exquisita cosecha ofrecida por su litoral playero, existe una chinatown donde las boutiques abigarradas ofrecen perlas de diferente grosor y calidad al comprador. Pero lo impagable está en observar a la distancia corta su manufactura, el periplo que sigue desde el fondo del mar hasta la diadema a través de ávidas manos pescadoras, orfebres y comerciantes, que en el Pacífico Sur compite con otros centros perleros como el de la isla polinesia de Manihi.

La playa de Broome se denomina Cable Beach y acoge tanto a jóvenes de parranda cervecera al atardecer como a parejas que celebran su esplendor en términos de honeymoon y pacíficas familias dispuestas para el picnic o la barbacoa de week end . Hablamos de una playa inmensa, donde el nudismo y las fiestas al claro de luna no necesitan de carteles con los que anunciarse. Si acaso, en sus proximidades, las señales de tráfico por pistas de tierra advierten al transeúnte sobre la presencia de camellos que pueden cortarla y acerca de las millas que le separan de cualquier atisbo de civilización verdaderamente urbana.

Abundan los ganaderos también por estas latitudes. Y el eco rico en presagios y hechizos que dejan sentir cuevas como la llamada Catedral Gorge, cerca del Fitzroy Crossing, a cuenta de la cascada que en la temporada de lluvias le pone fondo musical. El Parque Nacional Purnululu se ve recorrido subterráneamente por ella y la cascada se halla al final de su sendero, bautizando un colosal pináculo.

El Nitmiluk National Park, como santuario del reino vegetal, y, no lejos del Willare Bridge, el baobab que los aborígenes tienen por "árbol-prisión " constituyen otros tantos atractivos de esta región denominada Kimberley. La salida al mar de un estado que puede ser recorrido a distinto tempo , bien en avioneta, bien en camello, bien con perspectivas de crucerista desde un velero. Lo importante, en todo caso, está en la atmósfera montaraz y asilvestrada que propone al viajero que cree haberlo visto.

Siguiendo desde Broome la costa oeste de Australia, en dirección sur, se llega a Pilbara, un enclave con las mayores reservas mineras de hierro que guarda el país. Allí las rocas tienen 3.500 millones de años y se han encontrado restos de dinosaurios, lo que indica que pisamos tierra aún más antigua y longeva que la de la península de Dampier y Broome. Sin embargo, Port Hedland con su aeropuerto se cruza en el camino hasta Pilbara y a la magia del Occidente australiano le faltan ángeles al mismo tiempo que le sobran aviones, accesos fáciles al lejano far west de nuestras antípodas. En las antípodas, manda la visión del mundo al revés: la magia viene del Occidente, no del Oriente con sus rascacielos y sus impresionantes centros tecnológicos.