Pedraza, la villa medieval salida de un cuento

Pedraza está en mitad de los páramos desabrigados de Segovia, a la sombra de las montañas de Somosierra y Guadarrama. Ligada históricamente a la Mesta, la villa parece salida de un cuento escrito en piedra.

Manuel Mateo Pérez
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A mediados del siglo pasado, en el letargo de la posguerra, los pueblos de Segovia quedaron abandonados, vaciados a su suerte. En Pedraza, bajo las sombras de Somosierra y Guadarrama, sólo dos o tres familias resistieron a la soledad. En medio de estos páramos silenciosos continuaron cultivando la tierra y cuidando de una cabaña merina que desde el Medievo había suministrado a la Casa Real española los mejores corderos de cuantos pastaban por sus dominios. Pero aquella clausura tenía los días contados. Pedraza renació en los sesenta y setenta del pasado siglo cuando artistas y bohemios de Madrid fijaron su residencia en las viejas casas abandonadas del pueblo. Las compraron por cuatro perras y hoy cuestan una fortuna.

Pedraza, sin embargo, nunca perdió su encanto, su magnetismo. Aquellos pintores y escritores de la Transición respetaron el aire medieval y decadente que siempre tuvo la villa. Establecieron sus estudios en casonas cuyas fachadas lucían escudos nobiliarios, entre calles tortuosas y calzadas alfombradas de piedra.

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Pedraza es un pueblo salido de un cuento. En apariencia, nada ha cambiado dentro de él. Aquí continúan sus palacios, las murallas, sus puertas, los arcos y la plaza Mayor. El tiempo no ha mancillado su espíritu, ni siquiera la fisionomía que heredó de sus siglos más pujantes, cuando la Mesta estaba en todo su apogeo.

Hoy aquellas tres familias que resistieron los tiempos del hambre andan más acompañadas. Son cerca de quinientos los vecinos censados, pero los fines de semana, al amparo de los mesones, Pedraza se llena de gente, en especial en verano donde los vecinos programan conciertos de música y exposiciones de pintura.

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La Puerta de la Villa, que en época feudal se cerraba a cal y canto, fue siempre la entrada más ilustre al pueblo. Sobre la puerta hay una hornacina con un Cristo crucificado y a su lado un museo local que entre los siglos XVI y XVII sirvió como cárcel. Queda a la vista aquellas sórdidas dependencias y los útiles de tormentos a los que eran sometidos los desdichados reos.

La calle de la Calzada sube hasta la iglesia de Santa María que es románica y sobria. En su campanario han encontrado morada una familia de cigüeñas. En sus mejores días, la iglesia acogió la visita del monarca Carlos IV que asistió a una función religiosa en su honor. La puerta de entrada conserva un juego de ocho piedras finamente labradas que hablan de la importancia que en su día tuvo el templo. Próximo a Santa María está el castillo que habitó a principios del siglo XX el pintor vasco Ignacio Zuloaga. Por él pagó 12.999 pesetas. Hoy su precio no es reconocible. Gestionado por los herederos del pintor, el castillo continúa exponiendo algunas de las obras más logradas de un Zuloaga cuyos óleos oscuros y vaporosos contrastan divinamente con este paisaje desnudo, desabrigado y frío que rodea al pueblo.

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La plaza Mayor de Pedraza es una de las más bellas de cuantas han sido construidas en España. Es irregular y poliédrica. Nadie la diseñó. Desigual y desnivelada por todos sus lados, la plaza acoge una hilera de soportales sostenidos por columnas todas ellas distintas. Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre su procedencia. Los más, aseguran que proceden de ruinas de casonas y viejos palacetes diseminados por toda Castilla. Incluso, una de las columnas está sostenida por un escudo nobiliario que hace las veces de capitel. Cuentan que el escudo de armas perteneció a la familia de los Pérex, un linaje con mucho predicamento por estos contornos. Las casas que quedan bajo su sombra están fechadas en el siglo XVI, como buena parte del pueblo.

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El ayuntamiento, que sirve a veces de sala de exposiciones, se abre en medio de una balconada desde la que se divisa la iglesia de San Juan Bautista, cuyo ábside ladeado viene a ser una metáfora de la cabeza de Jesucristo muerto en la cruz. Las casonas solariegas que siglos atrás acogieron a hidalgas familias han sido restauradas del olvido. Atrás queda aquella memorable frase de Miguel de Unamuno cuando se refirió a Pedraza en estos términos: "Ese pedernoso aguilar vacío que agoniza sin estertores". Ya no es tiempo de soledades. Pedraza está hoy más viva que nunca.