Paxos: la isla de las cuevas azules

En esta diminuta ínsula del Jónico existe un paraje de extrema belleza con un misterioso origen divino

Noelia Ferreiro
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Imagínense una grutas barnizadas con su habitual carga de misterio. Unas grutas a las que se añade una extraña belleza como de fuera de este mundo. Unas grutas sobre las que, además, planea la mitología con su pulso entre realidad y fantasía. Todo esto encontramos en Paxos, una joya desconocida de Grecia a la que se ha dado en llamar, precisamente, la isla de las cuevas azules. 

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Solo en barco se puede acceder a este rincón al que, por suerte, las fotografías le hacen completa justicia. Porque este paisaje conjuga el intenso turquesa de las aguas con el blanco de la roca caliza y esta erosión ha moldeado un paisaje digno de adoración divina: acantilados de cientos de metros de altura, arcos rocosos y unas espectaculares cavidades marinas a las que llaman cuevas azules. Puede parecer insignificante, pero nunca el mar fue tan azul, ni los cortados tan inmaculados. Y en este juego cromático de la naturaleza, con la acción complementaria del sol, el reflejo envuelve al conjunto en un ambiente luminoso. Casi eléctrico, casi irreal. 

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Refugio de Poseidón

Las cuevas azules constituyen el reclamo natural de Paxos, la joya menor del archipiélago de las Jónicas, cuyo origen hay que buscarlo en las profundidades milenarias. A estas islas que se extienden por la costa occidental de Grecia las hallamos por vez primera en los versos de La Odisea con las peripecias de aquel Ulises arrastrado por las corrientes de la vida. 

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Concretamente para Paxos, hay un mito que explica su nacimiento. Según los ecos de antigüedad, esta isla era el refugio ideado por Poseidón para vivir su amor con Anfítrite. Cuenta la leyenda que, en busca de un rincón apartado, desgajó con su tridente un trozo de la isla mayor de Corfú. Así nació este botón de apenas diez kilómetros de largo y unos cuatro de ancho. Un territorio que, pese a su cercanía, ha logrado esquivar el turismo masivo que apremia a sus otras hermanas (Corfú, pero también Ítaca, Cefalonia, Leucade y Zante) para preservarse sosegado, alejado del mundanal ruido. 

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El mar más azul de Grecia

Paxos es sabor marinero, pura esencia mediterránea. Lo es en sus tres recogidas poblaciones (Gaïos, Loggos y Lakka), en sus puertos con animadas tabernas y mesas con manteles de cuadros, en sus casas venecianas de tonos pastel, en los caminos interiores entre olivos centenarios que devuelven un aceite de insuperable calidad. 

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Pero sobre todo, Paxos es mar. Y no un mar cualquiera sino, talvez, el mar más hermoso de los 1400 paraísos insulares que despliega el país heleno. Algunas playas de suaves guijarros y calas recónditas que hay que saber buscar dan buena cuenta de ello, aunque es en la menos accesible costa oeste donde se aprecia en todo su esplendor. Aquí, precisamente, se emplazan las cuevas azules que, volviendo al mito, fueron ocasionadas por las puntas del tridente de Poseidón al incrustarse en la roca.

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Navegar entre las grutas

En Paxos, una práctica al alcance de todos es alquilar una embarcación a motor y adentrarse por estas cuevas. Se trata de pequeños botes para los que no se precisa el permiso PER (Patrón de Embarcación de Recreo), sino tan sólo el pago de una licencia que será devuelta después. Los puertos de Gaïos y Lakka están sembrados de Rent a Boat donde adquirir estas lanchas (por un máximo de diez horas) y lanzarse a bordear la isla.

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En pocos minutos las cuevas azules aparecen ante los ojos y la vida cambia por unos instantes. Sobre todo cuando el bote penetra en el interior de las más altas y profundas para navegar entre sus paredes. Toca entonces darse un chapuzón porque los fondos marinos, incluso sin gafas, deparan nuevas tonalidades: las que proporcionan los rayos filtrados a través de las aguas con un efecto mágico.

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