París, el Barrio Latino

Alma y memoria de la capital gala. Se han cumplido 50 años del Mayo del 68 o Mayo Francés, cuando los estudiantes parisinos detonaron un proceso revolucionario que cuestionaba la política, la cultura, la sexualidad y la educación. Un movimiento con esloganes rebeldes, juveniles y utópicos  –"Prohibido prohibir", "La imaginación al poder", "Sed realistas, pedid lo imposible"...– que transformó la vida cotidiana y la manera de afrontar el futuro. El Barrio Latino de París, epicentro de este movimiento, sigue encarnando hoy, junto a las hordas de turistas que se agolpan en los alrededores de la catedral de Notre Dame, esa parte del alma culta, académica, literaria y revolucionaria de Francia.

Enrique Domínguez Uceta
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Foto: Oficina de Turismo de París

Las ciudades, como el cuerpo humano, tienen anatomía. Si a París le extrajeran el Barrio Latino, perdería buena parte de su cerebro –la universidad y los editores–, pero también una porción de su alma. En sus calles se percibe el amor por los libros y las ideas, y se mezcla con un sentido lúdico de la vida que se expresa en los mercados, cafés, bares, bistrós y brasseries que son, desde hace siglos, escenarios de la bohemia. En la orilla sur del Sena, frente a la Île de la Cité, el Barrio Latino posee el mirador más bello hacia el skyline gótico parisino, con la mejor panorámica sobre la catedral de Notre Dame, en el que todos los románticos del mundo han soñado con besar a su pareja o contemplar el crepúsculo junto a los habitantes del barrio más genuino y seductor de París.

El pretil de los paseos al borde del río se anima con los cajones de los bouquinistes, los libreros de segunda mano que ofrecen libros, postales, láminas, primeras ediciones valiosas, y los carteles del Mayo del 68 convertidos en iconos de una fecha mítica. Esos libreros responden al amor por la palabra y las ideas de los parisinos, que hojean y curiosean hasta que encuentran el libro que llevarse a casa. París ha sido, desde el siglo XVIII, modelo de calidad de vida y pensamiento avanzado. El motor de esa imagen era su universidad, su Barrio Latino, y el bagaje intelectual que aportaba a los estudiantes llegados del resto del planeta. Pura alma parisina. 

El Panteón, al fondo, es el más solemne y perfecto de los edificios del Barrio Latino.  | Oficina de Turismo de París

La proximidad con la catedral de Notre Dame atrae a los turistas, y el Barrio Latino se ha llenado de restaurantes asequibles y cafés muy concurridos, donde los viajeros se mezclan con los alumnos que asisten a la Sorbona y otras universidades vecinas. Ante la bulliciosa multitud que invade las calles a la caída de la tarde, cuesta imaginar que en ese mismo lugar los estudiantes levantaran las barricadas de Mayo de 1968, se enfrentaran con adoquines a la Policía y a los gases lacrimógenos, y cubrieran las paredes con bellos cantos a la libertad, los inolvidables "Prohibido prohibir" o "La imaginación al poder".

La Rive Gauche

La plaza Saint-Michel, a la que se llega cruzando el Sena desde la Isla de Francia, es la mejor puerta de entrada a la orilla izquierda del río. En la Rive Gauche, favorita de la aristocracia cultural, de intelectuales, universitarios y artistas, se enlazan, adosados, dos barrios colindantes: Saint-Germain-des-Prés, con sus tiendas, galerías de arte y restaurantes, y el Barrio Latino, llamado así porque las clases se impartían en latín en la universidad. El bulevar Saint-Michel es la cremallera que une los dos barrios. Ambos comparten un mismo espíritu de amor por el conocimiento, el arte y el placer de vivir, y ofrecen la cara más humana y cosmopolita de una ciudad que parece encarnar el espíritu universitario del estudio, la vitalidad y las noches de fiesta.

La famosa librería Shakespeare & Co. | Chalffy / ISTOCK

Si se entra en el Barrio Latino desde la plaza Saint-Michel por la calle de la Huchette, se camina entre tiendas de recuerdos, restaurantes étnicos, librerías y lugares cargados de historia como el Hôtel du Mont Blanc, en el que se alojaron Hemingway, Henry Miller y Pablo Neruda. La máxima animación peatonal invade la rue de la Harpe, gira por la estrecha calle de la iglesia de Saint-Séverin y continúa por la rue de Saint-Jacques para volver a orillas del Sena junto al puente que cruza a Notre Dame y la ribera del Quai Saint-Michel y del Quai Montebello. En un núcleo de tan solo catorce manzanas en torno a Saint-Séverin se puede pasar de la calma de los jardines de la pequeña iglesia de San Julián El Pobre al bullicio de las cervecerías, los restaurantes y tiendas, para volver a la serenidad de los libros. Es un placer husmear en los estantes de Gibert Jeune y demorarse en el nuevo emplazamiento de la mítica librería Shakespeare & Co, que hicieron famosa los autores de la Generación Perdida.

Cajón de sastre

El Barrio Latino acumula los monumentos de la larga historia del distrito más antiguo de la ciudad, donde los romanos fundaron Lutecia, que ha dejado un anfiteatro y las termas romanas, junto a Cluny, un edificio del siglo XV que acoge un asombroso museo medieval. La Edad Media llevó a la zona conventos e iglesias, y en el siglo XII se instalaron profesores y alumnos, dando lugar a una universidad de Filosofía y Teología, La Sorbona, que pronto se situó entre las más importantes de Europa.

Café Les Deux Magots, punto de encuentro de la elite intelectual. | B&M Noskowski / ISTOCK

De la antigua Sorbona que levantó el cardenal Richelieu en el siglo XVII solo permanece su iglesia, integrada en el formidable edificio de la universidad construido durante la III República. El imponente marco arquitectónico fue escenario de la rebelión juvenil de Mayo del 68 que sacudió al mundo hace ahora cincuenta años. La protesta contra una sociedad arcaica estuvo a punto de provocar una nueva Revolución Francesa, pero su influencia posterior ha sido muy diferente de lo que pretendía, aunque sus eslóganes, "Sed realistas, pedid lo imposible" o "Bajo el asfalto, la playa", pertenecen ya a la historia de la utopía.

El Barrio Latino de París sigue recordando en primavera el tiempo en que París era una fiesta para Hemingway, rememora la bohemia que Patrick Modiano describe En el café de la juventud perdida, la cruda existencia que Henry Miller refleja en Trópico de Cáncer o el tiempo feliz de la Generación Perdida que Woody Allen evoca en Midnight in Paris. Es real la escalera en la que el protagonista de la película espera a medianoche al coche que le llevará a una reunión de escritores en el pasado, y se puede contemplar en una placita de la rue de la Montagne Sainte-Geneviève.

“Bajo el asfalto, la playa” | Oficina de Turismo de Paris

A su lado se levanta el Panteón, el más solemne, campanudo y perfecto de los edificios del Barrio Latino. Una obra imponente de estilo neoclásico, que fue concebida como templo y la Revolución Francesa convirtió en panteón para los grandes de Francia. Hoy contiene los restos y la memoria de héroes, científicos, artistas y escritores como Voltaire, Rousseau, Víctor Hugo, Emilio Zola, Alejandro Dumas y Marie Curie, ganadora de dos Nobel. Además de detenerse ante el péndulo que permitió a Foucault demostrar públicamente la rotación de la tierra, merece la pena subir al mirador de la cúpula para disfrutar de una magnífica vista de París.

Rincones con encanto

Al sur del Panteón pervive "la imprevista atmósfera provinciana de la Rive Gauche", que detectó Scott Fitzgerald en su Regreso a Babilonia, en las tranquilas calles estrechas pautadas por los pequeños comercios de barrio y en rincones llenos de encanto, como la Place de La Contrescarpe, donde vivió Hemingway cuando solo tenía bares y cabarés hediondos. Desde ella desciende la adoquinada rue Mouffetard, llena de carnicerías, pescaderías, panaderías, tiendas de queso, de vinos y de productos gourmet, que prolongan sus mostradores sobre las aceras y la calzada, para formar el mercado de La Mouffe, que conserva el espíritu exquisito del consumidor parisino, más dado al capricho gastronómico que a las grandes comilonas.

Interior del Panteón, de estilo neoclásico. | Oficina de Turismo de París.

El resto del Barrio Latino mantiene su acogedora armonía en torno a grandes monumentos. Entre ellos el Colegio de Francia y el admirable conjunto barroco religioso de Val-de-Grâce, con la maravillosa iglesia diseñada por Mansart. Al este del distrito se extiende el gran Jardin des Plantes, cerca de la insólita Mezquita de París, que llegó al barrio hace casi un siglo, con el alto alminar, los patios, su hammam y una biblioteca en la que se celebró el matrimonio de Rita Hayworth con el Aga Khan en 1949. A su lado ha crecido la mejor pieza de arquitectura moderna del barrio, el metálico Instituto del Mundo Árabe de Jean Nouvel, con su fascinante fachada al sur que injerta el diafragma de las cámaras fotográficas en una bella celosía, y una extraordinaria terraza en la séptima planta.

Cruzando el Boulevard Saint-Michel se accede a la sofisticada zona de Saint-Germain-des-Prés, que es todavía el barrio de los editores, de los protagonistas de la moda, de los artistas y de los que reconocen en sus calles los orígenes de la modernidad de la cultura del siglo XX. Aquí está el palacio de Luxemburgo, convertido hoy en sede del Senado, frente a los extensos jardines abiertos al público, donde los niños juegan con sus barcos en los estanques. El parque se prolonga en el Jardín de los Grandes Exploradores, en el que descansaba Hemingway, junto a la Fuente de los Cuatro Continentes, antes de recalar en La Closerie des Lilas, que rememora sus visitas preparando un suculento steak Hemingway flambeado al whisky.

Plaza de La Sorbona. | Oficina de Turismo de París.

Entre el palacio de Luxemburgo y el boulevard Saint-Germain se encuentra el Odeón, el teatro que tomaron los estudiantes en mayo del 68 para convertirlo en escenario de intensos debates abiertos, en los que se proponían y discutían todo tipo de utopías. En la calle del Odeón se asentaron los grandes editores franceses, y allí estuvo la sede de la librería Shakespeare & Company, en la que se reunían durante los felices años 20 Scott Fitzgerald, Ezra Pound, John Dos Passos y el propio Ernest Hemingway, en torno a su propietaria, Sylvia Beach, que editó por vez primera el Ulises de James Joyce. La tradición literaria se ha prolongado en la vecina iglesia de Saint-Sulpice, protagonista en El código da Vinci, de Dan Brown.

El Café de Flore

Junto a la iglesia de Saint-Germain, que acoge en su jardín la escultura de Picasso Homenaje a Apollinaire, se conserva una constelación de locales míticos vinculados a la intelectualidad y los artistas desde finales del siglo XIX. El más famoso es el Café de Flore, donde nació el surrealismo, visitado durante décadas por gente de la literatura y las artes plásticas, asidua también a los locales vecinos de Les Deux Magots y la preciosa brasserie Lipp. Después de la II Guerra Mundial se mezclaron en ellos los existencialistas y los aficionados al jazz, y más tarde llegó la rebeldía de mayo de 1968. Ahora, los turistas se unen a los estudiantes, pero también a los profesionales del diseño y la moda, en un barrio que se ha llenado de boutiques, anticuarios y galerías de arte.

Calle del Barrio Latino por la noche. | Starcevic / ISTOCK

Saint-Germain-des-Prés invita a disfrutar de la vida, a pasear entre discretas tiendas de lujo y encontrar en las callejas una catarata de referencias históricas. En la rue Saint-André des Arts, entre otros revolucionarios, vivió el doctor Guillotin, inventor de la siniestra máquina de cortar cabezas. En la calle des Grands Agustins nº 7, una placa recuerda que allí estuvo el estudio en el que Picasso pintó el Guernica en 1937. Y no es raro cruzarse en la calle con Catherine Deneuve o con Karl Lagerfeld. Recorriendo las tranquilas placitas arboladas, mirando los escaparates de las firmas más selectas de ropa y diseño, visitando las galerías de arte o sentándose en las terrazas de los cafés se puede sentir la cálida discreción, el confort intelectual y la satisfacción burguesa que exhalan los alrededores del bulevar Saint-Germain. Han pasado más de cincuenta años desde aquel mayo del 68, cuando una revolución cambió la vida cotidiana de una sociedad, que, allí, parece de color rosa.