El paraíso está en el Atlántico y se llama Madeira

Acantilados de vértigo, bosque nublado, pináculos volcánicos… Más que una isla, Madeira parece un pequeño continente con infinidad de paisajes diversos, muy exótica pero cercana a la vez.

Pablo Rodrigues Tomasini
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Foto: Juergen Sack / ISTOCK

Desde lo alto de Pico do Arieiro, a 1.818 metros, se domina casi toda Madeira, la mayor de las islas de Portugal. Sin duda, merece la pena cubrir los 17 kilómetros que separan este punto de Funchal, la capital, a través de una carretera serpenteante y, por momentos, escalofriante. Y lo merece porque desde aquí se comprenden las dimensiones de Madeira, en medio de un océano  que se antoja infinito. Además, con solo echarse a andar por el sendero que lleva hasta Pico Ruivo (máxima altura de la isla, con sus 1.861 metros), la sensación de comunión con la naturaleza es inmediata.

Isla de Madeira, Portugal  | Radim Ryba / ISTOCK

Kilómetros más abajo, en Ribeiro Frio, donde la carretera se abre paso entre un espeso bosque de laurisilva, esa suerte de éxtasis natural continúa embriagando los sentidos. La explicación está en el ambiente, casi onírico, que dibujan los jirones de nubes traídas por los vientos alisios y la humedad que aportan a estos bosques, tan característicos de las islas de la Macaronesia (Madeira, Canarias, Azores, Cabo Verde e Islas Salvajes). Esa humedad constante y un clima realmente benévolo alimentan una variadísima vegetación tropical. Buen ejemplo de esa exuberancia son las muchas especies vegetales (y animales) que flanquean el paseo por la cómoda ruta a pie que comunica Ribeiro Frio con sus célebres Balcões. En poco más de kilómetro y medio se accede a este mirador abierto al valle de Faja da Nogueira, con espectaculares panorámicas a los bosques que cubren las laderas del macizo montañoso de esta parte del centro de la isla.

La vitalidad de Funchal

Y es que, se mire como se mire, Madeira es un destino de naturaleza. Lo es, por más que el cosmopolita sur de la isla se empeñe en desmentirlo con sus complejos hoteleros sobre acantilados. La referencia en esa zona es Funchal, capital histórica, fundada a principios del siglo XV y crecida según el estilo de muchas otras urbes lusas continentales, con sus casas blancas y sus aceras pavimentadas, creando callejas y plazas tan atractivas como la de Colombo o la que enmarca el Jardín Municipal, y levantando edificios tan notables como la Catedral (de principios del siglo XVI y uno de los escasos edificios intactos de los tiempos de la primera colonización), los palacios de Gobierno y de San Lorenzo o el bullicioso y colorista Mercado de los Labradores.

Jardín Tropical Monte Palace, en Funchal. | pkazmierczak / ISTOCK

Funchal, aparte de capital de la isla, lo es también del vino de Madeira. Resulta muy aconsejable visitar alguna de sus cavas centenarias, como Bodegas Blandy, donde, degustación aparte y gracias al museo instalado en varias casas históricas contiguas, se puede comprender la importancia de este producto para la cultura y economía de la isla y conocer algunos de los secretos de su (paciente) elaboración

Delfines y ballenas

Muy cerca de la capital isleña (apenas a diez kilómetros) está Câmara de Lobos, localidad crecida en torno al puerto de pescadores y donde se respira ambiente marinero en todas sus calles, salpicadas de restaurantes donde degustar manjares como las espadas (o pez sable negro) y la poncha, cóctel a base de zumo de limón, miel y aguardiente.

Descubre Madeira

El nombre de esta localidad viene de que, al llegar aquí, los primeros colonizadores portugueses descubrieron que en su bahía habitaba una nutrida colonia de focas monje (o lobos marinos). Por desgracia –efectos de la civilización moderna–, ahora es raro que esos animales se acerquen a esta zona del litoral. No ocurre así con otras especies de mamíferos, como los delfines y las ballenas piloto. De hecho hay varias empresas que organizan excursiones en lancha y a pocos centenares de metros de la costa para avistarlos o incluso nadar entre estos simpáticos y sociables cetáceos.

Acantilados de vértigo

Sin abandonar el sur de la isla, dos localidades merecen parada e incluso fonda. La primera es Calheta, donde se puede disfrutar del mar en una playa artificial de arena. Llegados a este punto conviene aclarar que, a diferencia de Porto Santo (la otra isla habitada que conforma el archipiélago), en Madeira no hay arenales costeros. Más bien todo lo contrario: el contacto entre tierra y mar suele ser a través de vertiginosos acantilados, entre los que, de vez en cuando, surge una pequeña cala rocosa. En el concejo de Calheta está el Centro das Artes Casa das Mudas, museo de vanguardista arquitectura donde tomarle el pulso al arte más vanguardista.

DaLiu / ISTOCK

El otro lugar de referencia es Ponta do Sol, la localidad con mayor cantidad de días soleados de la isla y donde, desde la terraza de alguno de sus hoteles y restaurantes, se disfruta de magníficos atardeceres sobre el mar. Sin duda, un buen lugar en el que despedirse de esta maravillosa isla verde.

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