Nueva Orleans, 300 años de música

De las street bands a la fiesta del Mardi Gras. Nueva Orleans es vitalista y llena de contrastes. La capital más poblada del sureño estado de Luisiana parece vivir siempre en la cuerda floja. Una ciudad con 300 años de historia ya y en la que, como en el dicho, el espectáculo siempre continúa. Ejemplo de ello es que la música nunca deja de sonar en la cuna de grandes del jazz como Louis Armstrong, Wynton Marsalis y Harry Connick Jr.

David López Canales
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Foto: Juan Serrano

Leah Chase tiene 95 años, una chaquetilla rosa de cocinera con su nombre grabado, dos piernas que se queja de que ya no le responden, el pelo blanco y un carácter de cuidado. Se nota cuando a su lado, en la cocina de Docky Chase, su restaurante del barrio de Tremé, una de sus empleadas lava los cacharros y ella pega un respingo en su silla y le chilla que pare, que la está dejando sorda con tanto ruido. Seguramente sin ese carácter Leah no hubiese sido la misma. Ni tampoco su local. Docky Chase es una referencia en Nueva Orleans. Un restaurante famoso por hacer el que dicen que es el mejor pollo frito de la ciudad, pero también los platos más tradicionales, como la densa sopa gumbo o el arroz jambalaya. Todas esas recetas que cuentan más de esta ciudad que los libros de historia. Los platos que evolucionaron mezcla de los ingredientes y recetas que llevaron los españoles y que se mezclaron con las técnicas de los inmigrantes negros del Caribe. "Aquí no tenemos industria. Solo tenemos la hospitalidad y la comida. Así que si la gente come bien, volverá –lo explica Chase–. Para mí la comida es muy importante, porque con un plato te puedo hacer feliz".

Este local abrió hace 75 años. Por sus mesas han pasado personajes de todo tipo, desde Michael Jackson a Martin Luther King. Es parte de la historia de la ciudad. Aquí, en los años 60, en época de segregación, se reunían clandestinamente los activistas blancos y negros que luchaban por los derechos civiles. No podían hacerlo en otro sitio y Leah les dejaba encontrarse allí y les servía sus platos. "Mi deber era alimentarlos antes de aquellos mítines y de aquellas acciones. Era mi modo de hacer las cosas. En ese momento no piensas lo que estás haciendo, simplemente lo haces", lo recuerda hoy, orgullosa, como dice, de que "algunas veces en este restaurante hemos cambiado el curso de América con un plato de pollo frito". Pero la mejor forma de entender lo que significa Chase y sus platos es ver lo que sucedió en 2005 tras el paso del huracán Katrina, que devastó la ciudad. Ella perdió todo, salvo el letrero del restaurante. Por dentro el agua subía a más de un metro de altura del suelo. Entonces, cuenta, la ciudad se volcó. Vino gente de todas partes. Llegaron chefs. Trajeron comida. Hicieron donaciones. Incluso una conocida cadena de cafés colaboró con 100.000 dólares para que pudiera volver a abrirlo. Tenía ya 83 años y había pensado en retirarse: "Pero cuando recibes esa ayuda, tienes que devolverlo, se lo debes a la gente. Y eso es lo que yo hago". Por eso sigue hoy, todos los días, en su cocina, guisando las mismas recetas que aprendió de su madre y farfullándole a sus rodillas maltrechas.

Tremé, su barrio, es además el lugar donde mejor se entiende también qué es Nueva Orleans. Hoy, cuando se recorre, aún son visibles los arañazos del Katrina en casas ladeadas y porches desvencijados. Este es el barrio donde históricamente vivieron los negros. Situado al norte del corazón de la ciudad, del Barrio Francés, de plano en cuadrícula y arquitectura colonial española en realidad a pesar del nombre, en Tremé vivían los sirvientes de los señoritos del Barrio Francés. Pero, sobre todo, en Tremé fue donde, en domingos de cantos después de misa, entre la servidumbre y la explotación, iría brotando esa música, ese ritmo, que es hoy lo mejor que Nueva Orleans le ha dado al mundo: el jazz. De ahí que atravesarlo, entrar en sus restaurantes o en sus bares, sea hacerlo directamente en la historia de la ciudad más poblada de Luisiana.

Banda de jazz en el centro de Nueva Orleans. | GeoPic / ALAMY

Es verdad que cuando uno llega a esta ciudad se queda atrapado en el Barrio Francés. Pero hay vida más allá. Al Este está Marigny, de casitas de colores y cafés en las esquinas, lejos del bullicio de los viajeros. Y al Oeste, el Garden District, la zona histórica de las plantaciones de azúcar, donde se instalaron los norteamericanos que no querían vivir donde lo hacían los criollos. Hoy es una zona tranquila, de cementerios antiguos y tiendas. Y siempre, claro, presente aunque fuera de la vida diaria de la ciudad, el río, el gran Misisipi que atraviesa el país como un descomunal costurón de agua, por cuya ribera, poco aprovechada, salen algunos a correr.

Pero el Barrio Francés es como un imán al que se regresa o del que no se sale, donde están la mayor parte de los hoteles y donde se puede encontrar literalmente de todo. Ahí, en la calle Bourbon, aún llegan los turistas de la América más profunda, la de los Estados vecinos de este gran Sur, a emborracharse y alborotar en garitos con happy hour. Caminan calle arriba y abajo dando tumbos agarrados a vasos enormes con bebidas de colores. Nueva Orleans fue durante muchos años el lugar al que venían de juerga los norteamericanos. Y todavía quedan hoy remesas de personajes así, a los que no les importa ni el jazz ni la comida ni nada, solo la noche en Bourbon. Conviene verlo, pasear y tomarse una cerveza allí. Y después disfrutar el resto del barrio, que merece la pena. Entrar en sus tiendas y galerías de arte. En el taller de máscaras de Dalili, en la calle Real, que lleva más de tres décadas fabricando a mano los antifaces que se lucirán durante el Mardi Gras. O en la sombrerería Fleur de Lis, en la misma calle, donde tienen más de un millar de diseños que venden para el carnaval, pero también fuera de Estados Unidos, para las carreras de caballos británicas. O en Harouni, la galería-estudio que abrió hace 20 años David Harouni, de origen iraní, quien confiesa que para él este es el mejor sitio en el que estar porque, además de pintar, "no dejas de conocer gente maravillosa. Y también gente loca".

Estatua de Louis Armstrong en el barrio de Tremé. | Juan Serrano

Cada local del Barrio Francés, desde hoteles como el Monteleon, de botones guasones que te cierran la puerta en vez de abrírtela, pasando por sus clubes de música, hasta las galerías y tiendas, encierra un pasado con el que conocer la ciudad. Y lo mejor de todo es que dentro siempre hay alguien dispuesto a contártela.

Forma de vivir

Porque, y eso no lo explican las guías de viaje ni los libros, lo realmente bueno de este lugar es su gente. Porque con un pasado convulso, con 300 años de historia que se celebran este año, en el que cambió de dueños varias veces, que fue francesa, después española, más tarde vendida al país que empezaba a ser Estados Unidos, con un pasado reciente de tragedia, con una forma de vivir entre la vida y la muerte, en el presente más absoluto, literalmente sostenida sobre el barro, tienen una forma de ser relajada y abierta, de no darle demasiada importancia a nada, de dejarse llevar.

Preservation Hall, en pleno Barrio Francés, para disfrutar del jazz más clásico. | Cosmo Condina / ALAMY

"Esto es Nueva Orleans. Y no puedes hacer otra cosa". Así lo resume Kermit Ruffins, uno de los grandes trompetistas de la ciudad. La víspera ha actuado en el Blue Nile, en Frenchman street, la calle a las afueras del Barrio Francés, en el Este, donde están algunos de los mejores clubes de música. Empezó tocando jazz de estándares clásicos y acabó haciendo versiones, del Purple rain de Prince, entre otras, y contando chistes. Al día siguiente me recibe en Mother in Law, su bar de Tremé. "No le puedes dar vueltas. Esto es lo que es y ya está. Y por eso yo tengo que adaptar el repertorio al público. Y no pasa nada. Si son turistas de pie, toco diferente que si es otro público sentado. A los primeros no puedes darles solo jazz de la vieja escuela…", lo explica. Ruffins es Nueva Orleans en vena. Con 14 años comenzó a ir a la escuela en Tremé. Entonces había música en la calle a todas horas, recuerda, y para él fue "como ver la luz". Luego, con 19, llegó la iluminación final: descubrió a Louis Armstrong. Ahí empezó a tocar jazz y a ganarse la vida con las propinas que sacaban actuando en el Barrio Francés. Hoy es uno de los músicos más populares. Ruffins cuenta que ahora se ha perdido parte de aquel espíritu. Que el Katrina fue un mazazo tras el que barrios como Tremé no volvieron a ser lo mismo. Pero hay algo que no cambia, algo que está ahí, de fondo, y que hace que Nueva Orleans siga adelante. Siempre al filo. Y que los Funerales de Jazz, que a veces se pueden presenciar por las calles, son el ejemplo perfecto: marcha fúnebre, de despedida, de camino al cementerio, y jazz vibrante y baile de regreso. Porque la vida siempre sigue y sale adelante.

Tienda de máscaras en Royal Street para celebrar el Mardi Gras. | Juan Serrano

Por eso la música no deja de sonar. Lo hace en esos bares de Frenchman. O en los de Tremé. Lo hace en las calles del Barrio Francés con músicos que, como Ruffins cuando empezaba, se ganan la vida tocando y pasando la gorra. Y lo hace en muchos pequeños momentos, donde uno encuentra el alma de la ciudad. Cuando sube a un taxi, por ejemplo, y Norman, el conductor, te cuenta que aquí hay música en todas partes y eso es lo que les hace vivir. Y lo dice mientras suena de fondo el CD que lleva puesto de Hack Bartholomew. Jazz gospel con mensaje religioso. "Es buena música. Da esperanza", dice él. Como si resumiera así los 300 años de historia de su ciudad.

En busca del mejor jazz

Actuación en el Blue Nile, en Frenchmen Street. | Juan Serrano

Si hay algo que resulta fácil, extremadamente fácil en Nueva Orleans es escuchar buena música. Basta recorrer el Barrio Francés y ver actuar a los músicos callejeros que se ganan la vida con las propinas de los viajeros. O acudir a los locales más célebres de la ciudad. Frenchman Street, en la frontera Este del Barrio Francés, es una apuesta segura, con una decena de bares con música en directo todos los días, entre los que destaca el Spotted Cat, ideal para tomar una cerveza por la tarde y disfrutar del jazz relajado que improvisan los músicos sobre un escenario diminuto casi a nivel del suelo, o el Blue Nile, más multitudinario, con las mejores actuaciones de la calle. Sin embargo, no resultará tan sencillo decidir dónde ir porque, y ese es un secreto que cuentan quienes conocen bien la ciudad, dependerá del día de la semana. Si es noche de martes uno debe acudir al Maple Leaf, aunque esté alejado del centro, porque tocará la Rebirth Brass Band. O si es jueves y se alarga la velada hasta la medianoche es inexcusable ir a bailar a Le Bon Temp Roule con los Souls Rebels y su estruendosa brass band. Y si es viernes, uno tiene que dejarse caer sí o sí por el Blue Nile porque Kermit Ruffins estará allí con su trompeta, su humor y su cerveza. Además de eso también hay sitios de referencia, como el hotel Ritz Carlton o el Preservation Hall, en pleno Barrio Francés, para disfrutar del jazz más clásico.