Ordesa, Año 101: un viaje al corazón de los Pirineos

EL YOSEMITE ESPAÑOL. En los meses de invierno, el centenario espacio protegido aragonés vive uno de los periodos más esplendorosos del año. Aventurarse por su escogida naturaleza es una de las mejores experiencias al aire libre que se pueden disfrutar en la Península

Alfredo Merino
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Foto: Gonzalo Azumendi

Inquietos por acomodarse en los autobuses que le llevan al Parque y si pueden pillar ventanilla, los centenares de turistas que a diario se encaminan a Ordesa apenas se fijan en el mural que se alza frente a las puertas del Centro de Visitantes de Torla. Se descubrió el 16 de agosto de 2018 para celebrar el centenario de la creación del Parque Nacional. Cien años de una efeméride que puso a España a la vanguardia del mundo en asuntos de conservación de la Naturaleza y garantizó la protección de estos parajes sobresalientes hasta nuestros días.

El centenario cumplido por el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido es algo que debe celebrarse. Y aunque cualquier momento del año regala sus atractivos, la visita estos días de irresistible naturaleza del final otoñal y el arranque invernal es una buena manera de rendirle homenaje. Las temperaturas más bajas que en verano, el tiempo inestable o las menos horas de luz son inconvenientes que se difuminan en cuanto pasan por el tamiz de una hojarasca encendida

Gonzalo Azumendi

Los más veteranos lo saben y han reservado unos días para encontrarse con el final del otoño y el inicio del invierno en Ordesa, que ve concentrarse tantos visitantes en sus senderos y rincones populares como en las jornadas estivales más celebradas, aquellas en las que el valle saca bandera blanca y cierra el paso a más personas, al alcanzar el cupo de visitas diarias, como sucedió en doce ocasiones en 2018.

Los visitantes, mejor dicho, el gran número de visitantes es uno de los problemas del Parque Nacional oscense, aseguran los expertos. Medidas como la obligación en verano y otras fechas señaladas de acceder en autobús al aparcamiento de Ordesa, prohibiendo el paso de los vehículos particulares, quieren aliviar esta presión. 

D.R.

AUGE DE VISITAS

Bien cierto es que tanto la sierra de Guadarrama como el Teide, los dos Parques Nacionales con mayor afluencia de público –más de tres millones de visitas anuales cada uno–, multiplican las casi 700.000 personas que llegaron hasta aquí en 2018. Ocurre que las cifras se agravan al constatar que el 90 por ciento de estas últimas sucedieron en los meses del corto verano pirenaico, mientras que en el Teide y en la sierra de Guadarrama las visitas se espacian a lo largo de todo el año. A ello se añade que la gran mayoría se concentra en las dos mil hectáreas del valle de Ordesa, curiosamente las que fueron declaradas Parque Nacional en 1918. 

Gonzalo Azumendi

Depresión excavada en mitad de una colosal arquitectura de roca y vacío, el cañón de Ordesa puede considerarse como el Yosemite español. Que esta afirmación no haga pensar en sacrilegio alguno. Explicamos el parecido. Mecas mundiales del turismo al aire libre, las imágenes de los dos parajes están entre las más conocidas y reconocibles entre los escenarios naturales más populares del planeta. Quienes conozcan ambos lugares deben convenir que pocos enclaves guardan una similitud física tan notable como el legendario valle californiano y el cañón del Alto Aragón. La historia de ambos discurre paralela. Sus convulsiones escénicas son fruto del trabajo de dos ríos cuyos nombres revelan idénticos fuste y poder: Arazas el oscense, Merced el californiano. Ambos cursos fluviales construyeron el prodigio donde se acomodan tapices de bosques centenarios, potentes saltos de agua y monumentales paredes, con sendas piedras orgullosas que destacan como tótems en su altiva geografía: El Capitán en Yosemite y Tozal del Mallo en Ordesa. 

PROFETAS DE LO NATURAL

Siguen las vidas paralelas de estos lugares. Los dos contaron con sus respectivos profetas que desvelaron al mundo unas naturalezas únicas y amenazadas en los albores de un progreso imparable. En Yosemite le correspondió tan importante papel a John Muir. Durante muchos años, Muir regaló a la sociedad norteamericana los luminosos amaneceres de la sierra de California desde las páginas de los diarios en las que publicaba sus crónicas de ermitaño. Tanta influencia tuvo, que el mismísimo presidente de los Estados Unidos, Theodore Roosevelt, decidido a conocer aquellas maravillas le escribió: “Iré, pero no quiero a ninguno más que usted”. Poco después acompañó a Muir unos días por aquella naturaleza salvaje, en la que fue la acampada que cambió el mundo; corría el año 1903. De regreso a Washington, puso en marcha sucesivas leyes y medidas que garantizaron la protección de aquel oasis de naturaleza, junto con un gran número de espacios naturales a lo largo y ancho de Estados Unidos.

Gonzalo Azumendi

En el caso de Ordesa, el precursor de todo fue un tal Lucien Henri César Briet, francés, escritor, fotógrafo, explorador y, sobre todo, iluminado pirineísta que pasó gran parte de su vida de correrías por la cadena montañosa fronteriza. Fue en los comienzos del siglo XX cuando descubrió el valle surcado por el Arazas. Sus escritos y fotografías desvelaron un mundo desconocido por la sociedad, excepto por el puñado de pastores, cazadores y contrabandistas que se aventuraban por sus cantiles y espesuras. Un mundo que, a pesar de sus misterios y lejanía, ya estaba amenazado: la extinción de sus especies, acosadas por una caza sin control y por la destrucción de sus hábitats por intereses hidrológicos y otros. Sus llamadas tuvieron eco suficiente para ser escuchadas.

Gonzalo Azumendi

Entra en escena en este punto una figura clave en la historia de la naturaleza española. Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa, camaleónico personaje cuya situación le permitió consagrarse a sus grandes pasiones, entre las que destacaron la caza, la naturaleza y los viajes. En uno de ellos descubrió los Parques Nacionales americanos y decidió trasvasar la idea a nuestro país. Diputado y, sobre todo, amigo personal y compañero de cacerías del rey Alfonso XII, no le costó demasiado poner en marcha una muy temprana Ley de Parques Nacionales gracias a la cual se crearon dos de los primeros espacios naturales protegidos del mundo. 

El Camino de las Cascadas

Uno de ellos fue este cañón de Ordesa. Aunque no resultó ser el primer Parque Nacional español. Igual sucedió en Yosemite, que tuvo que esperar su declaración como Parque Nacional, precediéndole Yellowstone. Al enclave oscense le pasó otro tanto. Pidal, asturiano de pro, maniobró de manera que, antes que el proyectado Ordesa, tal honor recayese en sus queridos Picos de Europa, a la sazón su cazadero favorito de osos y rebecos. Así y por unos días, el Parque Nacional de la Montaña de Covadonga, hoy transmutado en Parque Nacional de los Picos de Europa, se adelantó a Ordesa, lugar que estaba destinado a ser el primer Parque Nacional español. Pelillos a la mar, pues desde entonces ambos han cumplido 101 años protegidos. 

Gonzalo Azumendi

Para conocer Ordesa hay que caminar, no hay mejor manera. Y la excursión más asequible y recomendable del lugar es la que recorre el fondo del cañón en un entretenido ascenso hasta alcanzar su cabecera. Tarjeta de visita del Parque Nacional, descubre los más llamativos rincones del valle. Es el llamado Camino de las Cascadas, pues pasa junto a los más importantes saltos de agua del valle, para concluir en el más conocido de todos ellos: la Cola de Caballo. 

Gonzalo Azumendi

Al poco de abandonar el aparcamiento la ruta alcanza el más importante cruce de caminos del valle. Se inicia en este punto la esforzada subida a las clavijas de Cotatuero y a la cascada del mismo nombre. La interminable raya de espuma aparece y desaparece en la enramada en varias partes del camino. Se trata de la más alta de España, en permanente disputa con el salto del Nervión. La ventaja de Cotatuero es que no deja de tener agua durante todo el año, mientras la alavesa pasa muchos meses seca. 

Es esta primera parte la más esforzada al salvar el mayor desnivel, aunque la comodidad de un camino ausente de todas dificultades hace posible transitarlo sin el menor inconveniente. A pesar de ello, muchos no lo concluyen. Algunos por falta de forma física, otros simplemente quedan abducidos por la belleza del bosque, pura esencia de otoño que ocupa la primera parte de la marcha. 

Gonzalo Azumendi

Se abre paso la pista por el interior de una bóveda de hojas iluminadas. La alfombra de las que cayeron entretienen la caminata y agarrados a las rocas y a los troncos de este bosque primordial musgos y líquenes aguardan el invierno. La cascada del Estrecho es el primer salto de agua que se alcanza. Sin duda el más íntimo del valle. Para contemplarla hay que desviarse por un empinado ramal que baja hasta el río. En el fondo, una hendidura abovedada retuerce las aguas y las obliga a dar varios saltos únicos. 

EL FUGAZ QUEBRANTAHUESOS

Capturar con la cámara o el móvil los mil y un instantes, las formas inagotables de la estación caduca, la pujanza de los saltos de agua, la sorpresa de una rama de acebo cuajada de rojas pepitas, el dosel amarillo que tamiza los rayos del Sol o la imponente presencia de los murallones encaramados sobre el arbolado les entretiene toda la jornada. Otros se sobreponen al hechizo y alcanzan el final de la ruta entre los agudos silbidos de las marmotas, el planeo de los buitres y, a poco que tengan suerte, la visión fugaz de un inmaculado quebrantahuesos. 

Gonzalo Azumendi

Superado el bosque se llega a las gradas de Soaso, escalones rocosos en los que el río se despeña en una llamativa sucesión de saltos de agua. Solo queda recorrer el largo y abierto tramo del circo de Soaso para alcanzar la desparramada y poderosa Cola de Caballo. El paredón por el que se despeña es la línea que marca el mundo de la alta montaña. Encima aguardan los llanos de Goriz y una sucesión casi infinita de cumbres rematada por el Monte Perdido, monarca de un territorio solo apto para los excursionistas expertos.

Cae la tarde y un oscuro telón de nubes diluye los confines de este escenario salvaje. Se levanta aire y los soplidos del viento espantan el poco verano que queda en Ordesa. Es cuando las hojas se convierten en palpitantes banderas de esa patria que los viajeros sensibles y los amantes de la naturaleza consideran que es la suya.