Mercados remotos de Laos

Mujeres que lucen llamativos tocados plateados repletos de esferas, aros y monedas. Niños que corretean entre gallinas, cerdos y animales salvajes robados del corazón de la selva. Olor a especias y a fruta fresca. Laos cuenta con exuberantes mercados que permiten al viajero adentrarse en la cultura, la Historia y las tradiciones de uno de los países más apasionantes y de mayor diversidad étnica de todo el planeta.

Carlos Hernández. Nambark (Laos)
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Foto: Carlos Hernández

Los altavoces que hay repartidos por el pequeño pueblo de Nambark escupen una música estridente. Son las cinco de la madrugada y es noche cerrada, pero la mayoría de sus habitantes llevan ya tiempo fuera de sus casas. Pese a su insoportable volumen nadie parece atender a la megafonía, instalada por las autoridades comunistas, que alterna canciones tradicionales con las principales y siempre positivas "noticias" del día. La invasiva banda sonora se disipa, paso a paso, según avanza hacia el mercado. Las voces de vendedores y compradores, las risas de los niños, el ruido de los carros y de las motos entierran definitivamente las trasnochadas soflamas.

El mercado quincenal de Nambark

Un mar de sombras deambula por las embarradas calles en las que se amontonan los rústicos puestos de venta. Las vendedoras, cual mineras, suplen la falta de luz natural con linternas frontales que brillan en sus cabezas. Apenas han dormido; a la una o las dos de la madrugada cargaron con las pocas raíces, especias y verduras acumuladas en su cesta de bambú y partieron a pie desde sus aldeas ubicadas en las montañas cercanas. Ninguna quería perderse el que, hoy por hoy, es el mercado más animado del norte de Laos.

La cita se celebra solo dos veces al mes en una zona de gran diversidad étnica. 30 kilómetros al oeste se encuentra la frontera con Myammar y 50 al este, la de China. El lugar es una pequeña Torre de Babel en la que, a simple vista, resulta difícil diferenciar a hmongs, tais o chinos. Todos ellos hace ya tiempo que renunciaron a vestir sus trajes tradicionales salvo en las grandes conmemoraciones. Por esa razón, entre el océano desafinado de camisetas, chaquetas, chándales y pantalones de corte occidental, destacan aún más las negras túnicas y, sobre todo, los plateados tocados de las mujeres akha.

Los primeros rayos de sol se reflejan en las pequeñas esferas metálicas y en las antiguas monedas de la Indochina francesa que conforman sus llamativos casquetes. Los lucen con tanto orgullo que algunas de ellas, al verse observadas por el curioso e indiscreto hombre blanco, retiran el pañuelo con que resguardaban sus cabezas del frío. En sus pies, sobre una tela o un plástico, ofrecen su humilde mercancía al mejor postor: un puñado de raíces de jengibre, lemongrass, cilantro, menta silvestre y otros vegetales que recolectan en la selva. De cuando en cuando, abandonan sus puestos y recorren el mercado en busca de aquellos productos que resultan imposibles de conseguir en sus aldeas. En ese momento se ven con más claridad su boca y sus dientes teñidos de un color rojo vampírico. Es el efecto más evidente de su afición a mascar "betel". Ancestral tradición y pequeño vicio consistente en masticar una mezcla de nuez de areca, hoja de betel, lima y tabaco que provoca una suave narcosis.

Poco antes de las ocho de la mañana, cuando el calor comienza a hacerse notar, buena parte de las mujeres han logrado vender sus mercancías, han adquirido provisiones y emprenden el camino de regreso hacia las montañas. Minuto a minuto el mercado va perdiendo su pulso y acaba siendo invadido por hordas de perros que serán los únicos dueños del lugar... hasta dentro de quince días.

Muang Sing: la última frontera

El turismo de naturaleza y aventura ha ido "invadiendo" y, aún sin quererlo, contaminando el norte de Laos. En ciudades como Luang Namtha no han dejado de construirse pequeños hoteles y de abrirse nuevas agencias de viajes. Aunque es una buena base para descubrir rincones más lejanos e indómitos, el lugar ha perdido el encanto de antaño. La mejor prueba de ello es su "night market", un par de tiendas de recuerdos y varios restaurantes locales cuyos únicos clientes son los "falang", los extranjeros. Más interesante resulta visitar, a primera hora de la mañana, el gran mercado central que ofrece imágenes, aromas y sonidos sugerentes. Lo que ya no encontraremos aquí son miembros de las minorías étnicas luciendo sus trajes tradicionales. Para ello tendremos que alejarnos un poco más y recorrer durante dos horas la infame carretera que conduce hacia el noroeste, atravesando plantaciones de caucho y bananos, hasta la tranquila localidad de Muang Sing. Diez kilómetros más allá, la frontera con China. Si no fuera tan real, tan auténtico, el viajero podría pensar que ha llegado a una especie de parque temático en el que cada pueblo ofrece una experiencia diferente e inolvidable.

Una inquietante estructura fabricada con bambú, de la que cuelgan diversos amuletos, da la bienvenida a Ban Siliheung. Es la puerta de los espíritus, destinada a detener a las ánimas perversas que pretenden socavar la salud y el bienestar de sus habitantes, pertenecientes a la etnia tai neua. Para completar el sortilegio han dispuesto en el suelo unas cajitas en las que se amontonan extrañas figuras humanas y animales fabricadas con barro. A salvo de los malos espíritus, las mujeres dedican su tiempo a cocinar "noodles", los fideos de arroz omnipresentes en la gastronomía laosiana. En otra aldea vecina, también poblada por los tai neua, son principalmente los hombres los que andan muy atareados. En cada casa hay una rústica destilería para elaborar lòw-lów, un aguardiente de arroz o maíz que se consume, quizás demasiado, por todo el país. Cada litro se vende en el mercado por unos 20.000 kips, poco más de dos euros.

A pie, en motocicleta o tuc-tuc se accede a otros poblados igualmente apasionantes. En Nammay es posible ver a las ancianas de la etnia Yao lucir sus grandes turbantes azules mientras se dejan la vista bordando coloridas figuras en la tela. En Nongbua son las mujeres lolo las que deslumbran con sus trajes azules y sus turbantes negros. En Kangmai es posible sumergirse en la cultura hmong y sorprenderse con las mazorcas de maíz rojo que cuelgan de las puertas de sus casas para impedir la entrada de los malos espíritus. Representantes de todos estos grupos tribales junto a otros como los tai lue, phou noi o tai dam se dan cita cada día, muy temprano, en el mercado central de la ciudad de Muang Sing. Una ocasión única de ver en un mismo lugar tanta diversidad étnica y en el que solo se echa de menos a los akha que en esta zona apenas se dejan ver con sus característicos trajes oscuros.

Phongsaly, territorio akha

Para llegar a la tierra en que los akha conservan con mayor pureza sus tradiciones debemos bordear hacia el este la frontera con China durante más de 250 kilómetros. Al final de la sinuosa carretera aparece, envuelta entre brumas, la ciudad de Phongsaly. En su precioso barrio viejo, las calles empedradas serpentean entre las fachadas de madera de estilo yunanés. El principal templo budista alberga un cementerio en el que se pudren las flores, las frutas y la cera de las velas que un día sirvieron como ofrenda a los desaparecidos.

Una escalera conduce hasta el mercado, pequeño en tamaño pero culturalmente infinito. Entre los caóticos puestos de vegetales deambulan mujeres akha que, sin embargo, visten atuendos bien diferentes. Esta etnia, con el paso de los siglos,ha evolucionado en diversos subgrupos que se distinguen, unos de otros, por sus trajes y por algunas de sus costumbres. Dos mujeres akha oma destacan por los pañuelos multicolores que cubren sus cabezas y por las gruesas piezas metálicas que atraviesan los lóbulos de sus orejas. Junto a ellas, una vendedora akha nuqui luce un tocado negro del que cuelgan cordones metálicos y pequeñas bolas plateadas. Quien le compra unas aromáticas raíces es unaakha puxo, un grupo que prefiere adornar sus cabezas con oscuros pañuelos decorados con hileras de ennegrecidas monedas. Todas estas mujeres conservan una cultura centenaria que rinde tributo y muestra un profundo temor a infinidad de espíritus. Al igual que otras etnias, sitúan una puerta a la entrada de sus poblados para ahuyentar a los espectros más peligrosos. De ellas se balancean con el viento diversos amuletos y cabezas de perro, un animal al que, según sus creencias, temen los espíritus dañinos.

La visita en Phongsaly y en el resto de estos remotos mercados no sería completa sin enfrentarse también a una imagen dramática. Algunos puestos ofrecen una macabra cosecha de animales salvajes arrancados violentamente de la selva. Zorros, monos, castores, murciélagos, ciervos y ardillas yacen sin vida a la espera de convertirse en el plato principal de una celebración. Su caza y venta están teóricamente prohibidas por la ley, pero el corrupto y dictatorial gobierno laosiano no se preocupa lo más mínimo por combatir estas prácticas. Es la cara más amarga, quizás la única, de estos lugares únicos en los que el tiempo continúa detenido pero que están condenados a desaparecer en un futuro demasiado próximo.

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