Maravillas de la imperial San Petersburgo

La capital imperial de Rusia, bañada por el golfo de Finlandia y arrullada por el río Neva, aprovechó la excusa de su 300 cumpleaños en 2003 para regalarse una mejora de sus edificios emblemáticos y un lavado de cara en toda regla. Como resultado, sus habitantes y quienes la visitan disfrutan hoy de uno de los conjuntos arquitectónicos más impresionantes del mundo y de una ciudad bella, con divertidas tradiciones y mimada por el poder político.

Carmen G. de Candamo

Pedro el Grande, fundador del incomparable artificio del despotismo ilustrado que es San Petersburgo, galopa sin pausa en el aire, gracias al hábil cálculo del escultor Falconet, en la plaza que ahora se llama de los Decembristas, en recuerdo del aristocrático grupo revolucionario que se sublevó en este lugar el 24 de diciembre de 1825, después de la muerte del zar Alejandro I el día 1 de ese mismo mes y año. El escultor Etienne Falconet dedicó doce años de su vida al caballero de bronce. Ante las ventanas de su estudio se improvisó una colina de arena, por la que subían diariamente al galope los mejores jinetes de la Guardia con objeto de que el artista pudiera sorprender en sus apuntes las actitudes ecuestres capaces de inspirar su trabajo con el "carácter vivo, palpitante y apasionado" que, según sus propias palabras, debía contener la expresión escultórica al efigiar a Pedro el Grande. La estatua se encabrita sobre una roca, conocida por el pueblo con el nombre de La Piedra del Trueno por haber sido partida por un rayo y a la que subía el zar, según la tradición, para admirar desde lejos el panorama de la ciudad en construcción. La roca, situada al otro lado del Neva, fue transportada por el golfo de Finlandia sobre una balsa remolcada por dos barcos. Todo es grandioso y esforzado en esta ciudad, asentada en ciento una islas y terrenos de marisma, pero todo es también armónico, equilibrado y sujeto a los cánones de la Ilustración.

Escenografía barroca
En ninguna otra ciudad se ha podido llevar a la práctica, con semejante envergadura y sin discusiones, el esquema ideal del urbanismo barroco, desarrollado con la plenitud de medios que permitía la autocracia sobre un pueblo de más de cien millones de habitantes. Pedro el Grande acometió la empresa de fundar la capital de la Rusia moderna en el delta del Neva, como punto de partida de la ruta mercantil que habría de unir al Imperio con la Europa Occidental a través del Báltico, manteniendo una titánica lucha con las condiciones naturales; se talaron bosques, hubo que reforzar las márgenes de los ríos, excavar canales para la desecación del terreno pantanoso y traer desde centenares de kilómetros la piedra para las nuevas construcciones que deberían revestirse con la magnificencia y la solidez dignas de la Rusia imperial. De todos los confines del Viejo Continente vinieron los mejores arquitectos, escultores y artistas para edificar y embellecer la capital.

El barroco introduce en el concepto de la ciudad el triunfo de la perspectiva monumental, que ordena su conjunto conforme a una visión centralista, coincidente con el absolutismo del siglo XVIII. Por esta razón, en San Petersburgo se llega a denominar a las avenidas fundamentales con la definición de "perspectivas". Pero bajo este despliegue escenográfico se percibe la generosa ambición social que el propio régimen soviético supo comprender al respetar en múltiples detalles la memoria de Pedro el Grande. Palacios e iglesias, paseos y parques, hospitales, universidades y museos se presentan en la actualidad con un espléndido impulso progresivo.

La Fortaleza de Pedro y Pablo
Al otro lado del río Neva se alza, majestuosa, la Fortaleza de Pedro y Pablo. El 16 de mayo de 1703 resonaron sobre las desiertas orillas del Neva las salvas de las piezas de artillería festejando la fundación de la fortaleza. Esta fecha se considera el día del nacimiento de San Petersburgo. El recinto fue construido según los planos trazados por el mismo zar, de forma hexagonal, siguiendo el contorno de la pequeña isla Zaiachi. En su interior hay una serie de edificaciones militares, además de la fábrica de la moneda y el pabellón de celdas para presos políticos, en el que se sucedieron varias generaciones de revolucionarios durante el Imperio, entre los que se cuentan figuras como Dostoievski y el propio hermano de Lenin.

La catedral de Pedro y Pablo se levanta en el centro de la isla y obedece al proyecto del arquitecto italiano Domenico Trezzini. Su campanario se corona por una fina aguja dorada, de 40 metros, que se remata por la veleta en forma de ángel sosteniendo la cruz.

Un siglo después de concluirse, hacia 1830, la cruz se inclinó como consecuencia de un vendaval, sin que pudiera encontrarse ningún obrero dispuesto a encaramarse a tal altura. Ante las promesas de grandes recompensas que ofreciera el zar, se atrevió, por fin, a reparar el desperfecto un tal Tielushkin, quien, una vez terminado su trabajo, fue conducido ante el emperador para que formulase su deseo. Tielushkin sólo pidió una copa que fuese llenada gratuitamente de vodka por los taberneros de San Petersburgo durante toda su vida. El zar, divertido, le regaló un vaso de oro con las armas imperiales que el infeliz Tielushkin perdió en una de sus primeras borracheras. Volvió a presentarse desolado en palacio, requiriendo del monarca un signo que no pudiera extraviarse, por lo que se le impuso a fuego, en la mejilla derecha, el sello imperial. Desde entonces, Tielushkin entraba en los figones y, sin decir palabra, mostraba la marca de su rostro y era inmediatamente servido.

La anécdota es importante para los turistas que no hablan rus, ya que si entran en un bar de San Petersburgo y señalan con el índice su mejilla derecha serán atendidos con una copa de vodka, aunque en estos tiempos previo pago de sus rublos.

Dentro de la catedral de Pedro y Pablo asombra a los visitantes el suntuoso iconostasio barroco, realizado según el diseño del arquitecto Iván Zaprudni, con prodigiosas tallas doradas. En esta iglesia se encuentran los sepulcros de los zares, desde Pedro el Grande hasta Nicolás II, con escasas excepciones. Los túmulos de mármol blanco son sencillos y únicamente destacan los de Alejandro II y su esposa, cincelado uno de ellos en jade de Altai, y el otro, en redonita de los Urales, con un peso que excede las cinco toneladas.

Los últimos Romanov fueron traídos hasta aquí y enterrados en una capillita lateral en 1988, ochenta años después de su muerte tras ser fusilados por un pelotón bolchevique en Ekaterinburgo. Hoy tienen siempre a los pies de su tumba un ramillete de siete rosas rojas, una por cada miembro de la familia muerta en tan trágicas circunstancias.

El carrillón de la catedral entona cada cuarto de hora unos compases del himno ruso, pero la tradición permanece a mediodía, cuando un cañonazo indica la hora a toda la ciudad. Es "la hora del almirante". La expresión se repite desde el siglo XVIII, cuando se consideraba que ante esta señal el almirante se tomaba su copa de vodka antes de comer.

Cerca de la fortaleza, aunque en otra isla llamada en otros tiempos de los Abedules, se encuentra el primer edificio de la ciudad rusa de San Petersburgo. Permanece oculto, como dentro de un estuche, en el interior de una casa de ladrillo con grandes ventanales. Es la casita de Pedro el Grande, una especie de cabaña de troncos que únicamente consta de dos habitaciones. La primera le servía de despacho, y la otra de dormitorio y comedor. Pedro el Grande, con su elevada estatura de más de dos metros, se veía obligado a agacharse para atravesar la puerta, pero el zar no soportaba los grandes salones y vivía muy a gusto en esta minúscula casita, en donde pasaba las horas de descanso sentado en la puerta, contemplando el Neva. En estos ratos de ocio soñaba con la gran capital que estaba construyendo.

Vasilievsky, la mayor isla del delta
Pedro el Grande pensaba establecer el centro administrativo y cultural de San Petersburgo en la mayor isla del delta, la isla Vasilievsky, que se urbanizó con el criterio racionalista antes citado por medio de tres avenidas o perspectivas: la Grande, la Mediana y la Mayor, que cortaban octogonalmente a una serie de calles paralelas llamadas líneas. Como puede observarse, este sistema urbanístico es, en el fondo, el mismo utilizado posteriormente en Manhattan.

El Malecón de la Universidad corre a lo largo del Neva y comienza por el edificio de la Kunstkamera, que se convirtió en el primer museo de curiosidades biológicas creado por decisión del zar.

Recorrer esta isla es disfrutar de ese panorama enciclopedista con las ambiciones culturales que integraban los ideales del siglo XVIII. El palacio del íntimo colaborador de Pedro el Grande, Menshikov, contiene hoy diversos laboratorios universitarios; más lejos se encuentra la Academia de las Tres Nobles Artes y, por último, el Instituto de Minas. Pero lo más espectacular de esta isla radica en el cabo, con el gran edificio de la Bolsa construido por el arquitecto Zajarov en el año 1806. Sostenido como un templo griego por 44 columnas dóricas, se enfrenta con el lugar más ancho del cauce del río Neva, que el propio cabo divide en dos brazos. En este lugar se levantan dos impresionantes columnas rostrales de 60 metros de altura, en cuyos basamentos unas alegóricas esculturas representan los grandes ríos rusos: el Volga, el Neva, el Voljov y el Dniéper.

La Perspectiva Nevsky
Seis años después de haberse fundado la ciudad rusa de San Petersburgo se abrió una vía en el bosque para unir los astilleros del Almirantazgo con el camino de Moscú. La nueva avenida se denominó, conforme al vocabulario arquitectónico ilustrado, Gran Vía de Perspectiva. Poco más tarde, desde el año 1738, adquirió el nombre que habría de ser universalmente famoso: la Perspectiva Nevsky, denominada de este modo por concluir su trayectoria en el precioso monasterio de Alexander Nevsky.

La sorpresa que ofrece San Petersburgo a los turistas es la conservación inalterable de su fisonomía urbana, que no ha sido modificada. Sus edificios palaciegos permanecen intactos y, aunque destinados muchos de ellos a otros menesteres, evocan el ambiente fastuoso de otras épocas. El empaque de las fachadas de los bancos alterna con los palacios de la aristocracia, las lujosas viviendas de la alta burguesía y las preciosas iglesias rematadas por cúpulas doradas.

Todo está siendo cuidado, restaurado y conservado. La gente pasea lentamente por las aceras de la avenida, que llega a tener, en su parte más ancha, 60 metros de amplitud. Se han instalado en sus viejas galerías las grandes casas comerciales, las primeras y más lujosas firmas del mundo, se han abierto múltiples cafés, restaurantes de perfil europeo y los más modernos hoteles. El tráfico es otra cuestión a tener en cuenta porque una maraña de automóviles bloquea a las horas punta esta inmensa avenida.

El primer palacio construido en la Perspectiva Nevsky fue el Anichkov, que lleva el nombre del ingeniero militar que diseñó el puente sobre el río Fontanka, adornado con unos hermosos grupos escultóricos obra de Klodt, con el tema de la doma de los caballos. Fue edificado por encargo de la zarina Isabel, hija de Pedro el Grande, según un proyecto del arquitecto Zemsov, que más tarde concluyó Rastrelli, el arquitecto que edificó el Palacio de Invierno. La emperatriz se lo regaló a su favorito Alexei Razumovsky, que no tardó mucho tiempo en vendérselo al fisco.

Catalina II, a su vez, se lo regaló a su amante Grigori Potemkin, a quien tuvo que reiterarle el regalo porque el dilapidador cortesano se lo vendió a un comerciante, a quien tuvo que comprárselo la zarina para volver a donárselo a Potemkin. En este palacio tenía su residencia el zar Alejandro III, y en él pasó su infancia y juventud Nicolás II.

En la zona de la izquierda de la Perspectiva Nevsky se construyeron en los siglos XVIII y XIX las iglesias que no pertenecían al rito ortodoxo. Así podemos ver la holandesa, construida por Jacquot en 1836, o la luterana de Pedro y Pablo, del arquitecto Brinlov, concluida en 1834. En la misma acera se conserva la antigua iglesia católica de Santa Catalina, erigida en 1783 por el arquitecto Vallin de la Mothe. Algo más lejos se encuentra el edificio blanco y azul de la iglesia Armenia, obra de Felten.

Patrona de todas las Rusias
La catedral de Nuestra Señora de Kazán, patrona de todas las Rusias, fue construida entre 1801 y 1811 por Andrei Voronijin. Este arquitecto tuvo que resolver un arduo problema. Los cánones de la iglesia ortodoxa exigen que el altar se sitúe siempre al naciente, con lo cual el templo presentaría la fachada lateral hacia la Perspectiva Nevsky. Andrei Voronijin consiguió prestar relieve a este alzado por medio de una monumental columnata, coincidiendo con los deseos del zar Pablo I, que ambicionaba poder presumir de una catedral parecida a la de San Pedro de Roma. El mayor acierto de Voronijin consiste, sin duda, en haber abierto la columnata a la gran avenida, uniendo el notable templo con las calles circundantes en una hábil solución urbanística.

Frente a la Virgen de Kazán, en el cruce de la Perspectiva Nevsky con el canal Griboiédov, se contemplan las cúpulas de cebolla de una iglesia inspirada en el estilo ruso de la catedral de San Basilio de Moscú. Es el templo de San Salvador sobre la preciosa sangre derramada. Construida entre 1882 y 1907 por el arquitecto Parland, está levantada en el mismo lugar donde se produjo, en 1881, el atentado en que perdió la vida el zar Alejandro II.

Este zar entró en la historia rusa porque en 1861 liberó a los campesinos de la esclavitud. Su hijo, Alejandro III, ordenó erigir esta iglesia con más de veinte clases diferentes de mármoles traídos de toda Europa y multitud de piedras semipreciosas rusas, que configuran un total de 300 mosaicos únicos que revisten su fascinante interior. La tradición religiosa del pueblo ruso se nos manifiesta aquí a través de las numerosas ofrendas de flores que a diario depositan los fieles piadosos a los pies del Cristo, representado en el mosaico bizantino de una de sus fachadas.

La romántica Plaza de las Artes
Una calle muy corta, que lleva el nombre del pintor Brodsky, une la Perspectiva Nevsky con la Plaza de las Artes, lugar romántico sombreado por frondosos árboles, bancos y jardines, en cuyo centro se eleva la estatua de Pushkin. Esta atmósfera impregnada de romanticismo responde al ambiente artístico que la rodea, ya que en sus proximidades se encuentra la Filarmónica de San Petersburgo y una serie de teatros como el Maly, de ópera y ballet, el de la Comedia Musical y la casa museo del pintor Isaac Brodsky. Al fondo de esta plaza se encuentra el antiguo palacio Mihailovski, que fue edificado para el gran duque Mihail, hijo menor de Pablo I, en el año 1835, por el arquitecto Carlo Rossi. La fachada principal se presenta con un pórtico de ocho columnas y ofrece un aspecto armónico y majestuoso.

A finales del siglo XIX el palacio estaba prácticamente abandonado, hasta que en 1898 se decidió la creación del Museo Ruso del Zar Alejandro III. Después de la Revolución de Octubre, el museo adquirió una entidad colosal por la nacionalización de las colecciones particulares y monásticas, convirtiéndose en una magnífica galería de arte nacional. Las obras expuestas representan un milenio de arte ruso y ocupan un total de 130 salas.

En sus fondos destaca la extraordinaria colección de iconos de los siglos XI al XVI. Impresiona saber que en los depósitos de este museo, en el que prácticamente yacen todas las colecciones privadas de San Petersburgo y las que enriquecían los innumerables monasterios rusos, se encierran miles de obras del mayor interés histórico y artístico, de las que sólo aparecen expuestas algo más del 2 por ciento. Por su parte, la catedral de San Isaac sobrepasa los 101 metros de altura y su cúpula dorada se divisa, en los días luminosos, desde varias decenas de kilómetros. El motivo de su construcción obedece a que Pedro el Grande nació en el día consagrado al monje bizantino Isaac Dalmatsky, santificado por la iglesia ortodoxa, por cuya razón el zar mandó construirle un templo de madera cuando fundó San Petersburgo.

La gran cúpula dorada de la ciudad
La estructura de la catedral, que se deterioró muy pronto, fue sustituida por otra iglesia de piedra, que también sufrió desperfectos por el mal asentamiento del terreno en la orilla del Neva. Para sustituir ésta, se convocó un concurso de proyectos que fue ganado por el francés Montferrand, completamente desconocido hasta entonces y que, con el deseo de satisfacer cualquier tendencia estética, presentó 24 variantes de la futura catedral, conforme a estilos chino, indio, gótico, bizantino, grecorromano y otros, entre los que el zar debía elegir el que había de realizarse, dentro de los cánones neoclásicos.

Lo más curioso es que Montferrand no era arquitecto sino delineante, y tuvo que aprender a construir mientras se levantaba la catedral, por lo que los problemas técnicos hubieron de ser resueltos con la ayuda de un comité formado por los mejores arquitectos de la época, entre los que figuraban Stasov, los Mijailov, Carlo Rossi y Melnikov.

La construcción duró 40 años y para dar firmeza al terreno pantanoso se clavaron 24.000 troncos de pino de más de seis metros de longitud. Otra labor titánica fue la implantación de 112 columnas de granito pulimentado de 130 toneladas. Para dorar la cúpula se emplearon mas de 100 kilos de ducados de oro. En su interior, 14.000 fieles pueden seguir el culto religioso para después admirar el impresionante iconostasio de malaquita y lapislázuli. De su cúpula, de 98 metros de altura, cuelga el péndulo de Foucault, que permite comprobar la rotación de la Tierra.

Después de haber recorrido la escenografía monumental de San Petersburgo, nos encontramos con el oportuno estado de espíritu para dirigirnos a lo que ha sido durante más de dos siglos no sólo el corazón de la ciudad sino el corazón de todas las Rusias. Atravesamos con este propósito la calle Herzen, trazada con una gran exactitud hacia el norte, según el arquitecto Rossi, que la dispuso perfectamente paralela al meridiano de Pulkovo, por lo que al mediodía astronómico los edificios no proyectan sombra alguna.

Residencia de los zares
Hay que pasar por debajo de dos arcos ligeramente desenfilados, de tal manera que el segundo no nos permite ver lo que hay detrás de él. Cuando penetramos bajo el primero, se nos descubre repentinamente el panorama majestuoso de la plaza del Palacio, con la gran columna de Alejandro en su centro, perfilándose sobre la fachada verde y blanca del Palacio de Invierno. Esta inusitada apertura de la perspectiva, ante un espacio tan representativo y escenográfico, ha sido un espléndido recurso de Rossi, a quien se debe la composición urbanística de la plaza, llevada a cabo a principios del siglo XIX con el objetivo de conmemorar el triunfo del zar Alejandro I sobre Napoleón. Esta composición se cierra por los dos grandiosos edificios del Estado Mayor y del Ministerio de Asuntos Exteriores, establecidos en semicírculo, con el nexo del Arco de Triunfo.

Su sencillo diseño compensa, sin reducir en ningún momento el efectismo, la exuberancia barroca de este palacio -construido en 1764 por Rastrelli-, que se transformó en residencia de los zares rusos hasta el derrocamiento del Imperio en 1917.

El último elemento que completó el conjunto fue la columna de Alejandro, obra de Montferrand y del escultor Orlovsky. Su pedestal está cimentado sobre 1.250 pilotes de madera y, según cuentan, fue construido en invierno, por lo que el mortero se hizo con vodka, en lugar de agua, para que no se helara.

La obra del Palacio de Invierno fue comenzada en el reinado de Isabel, hija de Pedro el Grande. En 1837, un incendio destruyó todo el edificio menos los muros y las bóvedas de la planta baja. La catástrofe fue reparada en año y medio bajo la dirección de Stasov y Briulov, que respetaron el semblante externo del Palacio de Rastrelli, modificando los interiores conforme a los gustos de la época.

Fastuosas colecciones de arte
Hoy las salas del palacio albergan los tesoros del Ermitage y conservan, en cierto modo, vestigios del empaque cortesano de otras épocas. Por ejemplo, nos sugestiona la suntuosa escalinata de los Embajadores, por la que se sube al entrar en el Palacio desde el Neva, y la sala del trono, llamada de San Jorge, con sus 800 metros cuadrados.

Resulta imposible describir las impresiones que el Ermitage produce en el visitante. Baste aludir a los 23 cuadros de Rembrandt, entre los que se encuentra Danae y Vuelta del hijo pródigo. Los españoles podemos volver a encontarnos en tan lejanas tierras con El Greco, Velázquez, Murillo, Zurbarán, Ribera y Goya.

Uno de los matices que más ampliamente se aprecian en las salas del Ermitage es la abundante representación de pintores ingleses, debida a la extraordinaria colección de sir Robert Walpole, adquirida en 1779.

Después de la Revolución fueron nacionalizadas todas las colecciones particulares y el Ermitage, que había nacido como un edificio anejo al Palacio de Invierno, invirtió la situación para incorporarse a los salones cortesanos ante el crecimiento de sus fondos, procedentes de las mansiones de San Petersburgo. Los palacios de Sheremetiev, Durnov, Dolgoruki, Narishkin, Gagarin, Oldenburg y Kochubais, más las residencias imperiales de Pavlosk, Peterhof y Gatchina produjeron un aluvión de tesoros pictóricos.

Toda la evolución artística de Picasso
Gracias a dos personajes de aguda sensibilidad, Sergio Schukin e Ivan Morosov, el Ermitage muestra una apertura hacia la estética moderna, que lo convierte en uno de los museos más ricos del mundo con respecto al impresionismo, el fauvismo y el cubismo. Baste indicar que, por la incorporación de la colección de Morosov, el Ermitage posee siete Valtat, diez Bonnard, ocho Gauguin, cuatro Marquet, cuatro Manet, seis Matisse, un Jean Puy, tres Renoir, siete Cézanne, un Seyssand, un Siignac, dos Sisley, un Herbin, un Van Gogh y cuatro Otto Friesz.

En cuanto al judío Schukin, todavía resulta mucho más fabulosa su aportación, en la que aparte de estar representadas todas las fases de la evolución de Picasso entre 1900 y 1914, se encuentran tres Cézanne, tres Douanier Rousseau, tres Van Gogh, cuatro Monet, seis Gauguin, 27 Matisse, 31 Picasso, doce Derain y un Renoir.

Tanta riqueza justifica la visita a la ciudad rusa de San Petersburgo, que, para las personas sensibles, constituirá una de las experiencias estéticas más importantes de su vida. Además, tampoco resulta menor la huella que la ciudad produce en su conjunto, como una insuperable creación urbanística en torno a ese enigma del Neva que se exalta por el fulgor de sus increíbles noches blancas.