Máncora, el secreto del norte peruano

Un paseo por la faceta más desconocida del país del Machu Picchu: la de sus playas

Noelia Ferreiro
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Foto: Jhon Garay / ISTOCK

No hay quien no haya oído hablar de la magnética ciudad de Cuzco, del imperio abatido de los incas o de la insustituible y eterna Machu Picchu, la imagen por excelencia de Perú. Pero poco o nada se sabe de sus playas, de sus inmensos arenales blancos acariciados por un mar tibio con olas perpetuas y sol radiante casi todos los días del año. El litoral del norte peruano, allí donde asoma Ecuador, es el mayor secreto del país andino, su faceta más desconocida.

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Aquí, resguardado del turismo masivo, descansa Máncora, un pequeño diamante en bruto. Un hermoso pueblo costero del departamento de Piura, que se asienta en el kilómetro 1165 de la Panamericana, la mítica carretera que vértebra el continente entero, desde Alaska hasta la Patagonia. Quiso la mala suerte que en 1983 sufriera un azote virulento: el del fenómeno climatológico de El Niño que se cobró una cantidad considerable de vidas y que causó, además, la devastación de miles de viviendas y el estrago absoluto de las vías de comunicación terrestre: todas sus carreteras y sus puentes de entrada y salida.

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El milagro de la tragedia

De esta catástrofe surgió también una nueva línea de costa moldeada por los deslizamientos de lodo que trajeron las lluvias torrenciales. Cuentan que el mar se retiró varios metros y que así, del fondo de la desgracia, surgieron las maravillosas playas que hoy bordean su ensenada donde antes había un alto risco. Al hilo de esta mutación, Máncora asistió al despegue trepidante del turismo. Y como los hongos tras una noche de tormenta, se multiplicaron los establecimientos a pie de mar, hoteles con encanto que se enredan entre las palmeras frente a la inmensidad del Pacífico. 

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Mimetizados con el entorno, pero sin atreverse a dañarlo, se trata de alojamientos plagados de detalles y con una ubicación privilegiada, a dos pasos de la orilla de la que, dicen, es la playa más bonita de todo Perú: la de Las Pocitas, llamada así por las innumerables piscinas naturales que la bajamar provoca entre las rocas. Coquetos y sencillos, estos bungalows de madera con techo de paja parecen una extensión más de la naturaleza tropical y frondosa.

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Ambiente marinero

Jardines que son una explosión floral, alcobas con enormes ventanales y el mar siempre de fondo. Puro romanticismo que convierte a estas cabañas en un refugio sagrado del que uno no quisiera salir nunca... de no ser por los atractivos que aguardan fuera. Como el de esa playa infinita que se une a la de Vichayito y después a la de Los Órganos y más allá a la de Cabo Blanco y Lobitos... O el del muelle, que está a menos de un kilómetro, a donde arriban los pescadores a primerísima hora de la mañana cargados de potas o calamares gigantes. Esos mismos pescadores cuyos barcos se vieron zarpar la noche anterior desde la plácida orilla.

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Desde Las Pocitas, en dirección sur, se pueden recorrer estos kilómetros y kilómetros de arena en playas que se van sucediendo unas a otras con leves variaciones del paisaje. Caminando al ras de la olas, con los pies semihundidos en la espuma o, si se prefiere, a caballo, en un suave trote y sintiendo el azote de la brisa marina. Y todo ello para después, es inexcusable, atreverse con una degustación de gastronomía peruana. Frente al mar, por supuesto, las delicias de una de las cocinas más impresionantes del mundo nunca podrán saber mejor. 

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