Macao entre fados y casinos

Asentada en el delta del río de las Perlas, Macao vibra intensamente las 24 horas del día. Entre los rascacielos que albergan sus lujosos hoteles-casino se esconde la antigua Macao de los portugueses.

Jaime González de Castejón
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Foto: Peter Stuckings / GETTY

A pesar de la sonoridad de su nombre, Macao ha ido entrando en la lista de todos esos lugares que a muchos les suenan, pero que pocos sabrían ubicar correctamente en el mapa, a no ser que se lo relacione directamente con otra de las ciudades más pujantes en la historia del comercio internacional, Hong Kong, que ocupa la orilla contraria de la bahía del río de las Perlas, a una hora en ferri. Pero, mientras la fundación de la británica Hong Kong no tuvo lugar hasta mediados del siglo XIX, la Macao de origen portugués puede presumir de constituir, desde mediados del siglo XVI, la primera colonia occidental que se instaló en el Mar del Sur de China. Estratégica apertura mercantil, pero también puerta de entrada fundamental para la difusión del cristianismo por el Extremo Oriente, Macao asumió desde sus inicios el rol principal en el intercambio comercial y cultural entre Europa y Asia. Fue el auge de Hong Kong el que relegó a Macao a un segundo plano, dejando para el recuerdo las viejas estampas que la pintaban envuelta en un halo de exótico misterio.

Independizadas del dominio occidental –Hong Kong en 1997, Macao en 1999–, y acogidas desde entonces al principio político chino de un país, dos sistemas, hoy constituyen las dos únicas Regiones Administrativas Especiales (RAE) de la República Popular de China que conservan gobierno y moneda propios, en un régimen de transición programado para cincuenta años desde su emancipación.

Y si Hong Kong ha crecido hasta despuntar como uno de los centros turísticos, industriales, financieros y comerciales más importantes del mundo, Macao se ha transformado en el rincón favorito de los nuevos millonarios chinos. La industria del juego –basada en la legendaria pasión china por los juegos de azar y en el hecho de estar prohibidos en el resto de China–, unida al gusto por el proverbial lujo asiático, y al deseo de invertir en arquitectura vanguardista, han convertido a Macao en uno de los destinos más deseados de China.

El actual territorio de Macao está formado por tres partes: la península de Macao, unida a Asia, y las dos islas de Taipa y Coloane. Absolutamente diminuta en comparación con Hong Kong, el Área Administrativa de Macao ocupa unos treinta kilómetros cuadrados que incluyen a este par de pequeñas islas, situadas al sur de la península, y hoy conectadas a la ciudad por un trío de puentes-carretera, de entre 2,5 y 4,5 kilómetros. Las pequeñas Taipa y Coloane han sido, además, soldadas entre sí por el nuevo Cotai, una gran porción de territorio robado al mar, bautizado con las primeras sílabas de las dos islas que ha unido, y colonizado por la mayoría de los hoteles-casino más presuntuosos y atrevidos de Macao. Más de 35 macro-casinos compiten en la ciudad por los más de treinta mil millones de euros que son capaces de generar al año en conjunto, superando a la ciudad de Las Vegas estadounidense. Gracias a ello Macao disfruta de una alta renta per cápita –en el 2013 superó la de Suiza–, una tasa de paro de tan solo el uno por ciento y unas previsiones de crecimiento económico anual del 14 por ciento. Y todo ello en uno de los lugares más densamente poblados del planeta, que toca a más de dieciocho mil habitantes por kilómetro cuadrado, la inmensa mayoría de los cuales –el 98%– son chinos, principalmente cantoneses. Los macaenses, de ascendencia asiático-portuguesa, tan solo representan el uno por ciento de la población.

El Viejo Macao

Pero no hay por qué alarmarse. En Macao no todo consiste en probar suerte con el bacarrá –una especie de Black Jack simplificado que constituye el juego más habitual en las mesas de los casinos–, o frente a las interminables hileras de cantarinas máquinas tragaperras, siempre entre parpadeos de luces de colores. Afortunadamente, Macao ha sabido conservar un singular casco histórico, reconocido en el año 2005 por su valor como Patrimonio de la Humanidad. Ocupa un pequeño espacio en el costado occidental de la península. Basta observar con detenimiento las antiguas cartografías para comprender la increíble expansión urbana que ha experimentado el nuevo Macao. Aunque la polderización que empezó a modificar el litoral original se había iniciado ya desde el siglo XIX, el tejido urbano del casco histórico ha conseguido preservar todo el encanto con que se fue configurando a lo largo de casi cinco siglos. Las sólidas fortalezas que, dominando las viejas colinas, protegían el perímetro de la antigua ciudad, se han convertido hoy en privilegiados miradores.

Las mejores vistas

Dos edificios destacan invariablemente en las espectaculares vistas urbanas que nos ofrecen: el famoso hotel Grand Lisboa, uno de los primeros macro-casinos de la ciudad de Macao, cuyo edificio actual imita, en un alarde arquitectónico, el símbolo de la flor de loto, y la imponente Torre de Macao, 338 metros de altura con forma de pirulí, enclavados en el actual extremo meridional de la península. Aún más espectaculares resultan las vistas desde esta última, especialmente desde la vertiginosa plataforma situada en su planta 61, abierta a 233 metros de altura a los cuatro vientos y sin barandilla, desde donde los más atrevidos pueden retratarse atados a un arnés de seguridad, o incluso emprender el vuelo en caída libre desde el Bungy Jump más alto del mundo –a una velocidad que alcanza los 200 km/h, la caída no dura más que unos cuatro o cinco segundos– o manteniendo la vertical –con la cabeza siempre hacia arriba– descendiendo a 75 km/h por un sistema de cables que emplea la tecnología Fan Descenders. Las vistas desde la plataforma abarcan la bahía del río de las Perlas que Macao comparte con su vecina Hong Kong.

Pero volvamos a las antiguas fortalezas portuguesas que nos sirven como punto de referencia para enmarcar el casco histórico, la joya turística de Macao. Inmersas en el actual caos urbanístico, nos ayudan a comprender el glorioso pasado de la vieja ciudad. Hoy cuesta un tanto comprender la función de algunas de ellas, como es el caso de Nuestra Señora de la Peña, que, encarada a un par de lagos artificiales surgidos entre el robo de tierras al mar, ha perdido su antiguo sentido como vigilante marítima. O como la Fortaleza de la Guía, levantada para proteger al que se irguiera a principios del siglo XVII como el primer faro occidental de las costas chinas, hoy inútil indicación para navegantes ante la mole urbana que se ha extendido a sus pies.

Pero, tal vez, la que más impresione sea la de San Pablo del Monte, principal estructura militar de la colonia levantada al norte, allí donde la península se une al continente, y que ha conservado sus murallas en forma de trapecio y buen número de sus cañones defensivos. Tras funcionar sucesivamente como residencia del gobernador, caserna militar, prisión y observatorio, actualmente acoge el Museo de Macao, con vistas privilegiadas sobre las cercanas ruinas del templo católico de San Pablo, una fachada de piedra exigua y solitaria que se ha convertido a pesar de ello en el icono más emblemático de Macao. Lo poco que quedó de la que llegara a ser la iglesia más grande de Asia nos recuerda, a pesar de su ruina, el poder que llegaron a alcanzar los jesuitas por estas tierras. El templo desaparecido formaba parte de un complejo arquitectónico –también desaparecido– levantado en el siglo XVII como uno de los mayores centros de saber, el Colegio de San Pablo, que se complementaba con el de San José que tenían los jesuitas en el centro de la ciudad. En aquellas aulas se impartieron las primeras enseñanzas occidentales de Asia, mientras los futuros misioneros aprendían a su vez lengua y filosofía chinas.

Como contrapunto, en el otro extremo de la península encontramos el rincón espiritual más antiguo de Macao, un templo anterior a la colonización portuguesa, donde se reverencia a la Diosa del Cielo, A-Ma, una deidad taoísta protectora de pescadores y marinos, muy venerada también en Taiwan. Levantados en comunión con la frondosa naturaleza circundante, varios pabellones conforman este complejo arquitectónico de gran belleza, abierto tanto a devotos como a visitantes.

Fusión de Oriente y Occidente

Una media hora de paseo separa los bastiones del norte de los del sur. Entre ellos se fue extendiendo la Vieja Macao en un compendio único e irrepetible, una mezcla variopinta pero armoniosa: conventos y templos barrocos próximos a pequeños santuarios orientales coloreados de intensos rojos y dorados y con perpetuo aroma a incienso; edificios civiles neoclásicos de tonos pastel junto a concurridos mercados donde coletean los peces en nimias reservas de agua; plazas adoquinadas con teselas blancas y negras y frondosos jardines de plantas tropicales; enigmáticas residencias de ricos comerciantes chinos y elegantes parques de estilo europeo... Letreros de calles bilingües –o incluso trilingües, ya que añaden el inglés al chino y al portugués–, motivos orientales en los clásicos azulejos portugueses, santos y dragones en la fachada de San Pablo, bailes populares portugueses ejecutados por jóvenes chinos en plazoletas de corte europeo, vanguardistas iluminaciones de neones de colores para los solemnes templos neoclásicos, o comercios que conjugan lo último de las modas internacionales con los misteriosos herbolarios representativos del viejo oriente…

Y por encima de todo un sorprendente abanico de sabores contrapuestos: los embutidos ibéricos y las empanadillas al vapor (dim sum), la cazuela de almejas y la sopa picante de fideos, la fabada portuguesa y la fondue china, el pato a la pequinesa y el cochinillo asado, el cerdo agridulce y la carne de puerco a la alentejana, mariscos en salsa y sardinas asadas, sapos y serpientes cocinados a la cantonesa y bacalhau de mil maneras, tofu y repostería conventual, vino alentejano y té de jazmín, té rojo y café aromatizado con canela... Podría decirse que la especialidad de Macao consiste en ofrecer lo mejor de dos mundos distantes: tradiciones chinas y portuguesas. Este fue y sigue siendo el sello distintivo de Macao: esa curiosa amalgama gastronómica, arquitectónica, estética, tecnológica, filosófica y cultural con que refleja su modo particular de fusionar Oriente y Occidente, y aunque la exótica elegancia de las estampas antiguas se ha transformado en un fascinante caos, Macao sigue siendo una ciudad prometedora y sorprendente.

Pasión por el espectáculo

Forma parte integral del alma de Macao. Allí encontraremos, en cualquier época del año, una sorprendente variedad: exquisitas funciones de ópera clásica china; bailes tradicionales de Portugal; simbólicas esculturas porta-fortuna establecidas por doquier –como el árbol dorado y el dragón de poder del Wynn Macao o el diamante gigantesco de la fuente del Hotel Galaxy–, y coreografías imposibles practicadas en fuentes monumentales o sobre las aguas de alguno de los nuevos lagos, como The House of Dancing Water, magnífica danza acuática de inspiración confucionista, o el Espectáculo del Lago, que combina agua, luz, color, fuego y danzas aéreas. La diversión llega incluso al interior de los museos, como es el caso del Pier 16 Macao 3D World (pier16macau3dw.com), donde el visitante pasa a formar parte de las complejas obras expuestas. Incansable a la hora de entretener a sus visitantes, la ciudad de Macao organiza grandes festivales anuales que dedica a las Artes, a la Música, a la Gastronomía o a la Flor de Loto, uno de los emblemas más poderosos de la buena suerte, según la cultura china, además de varias competiciones deportivas, entre las que destaca el Grand Premio de Fórmula 3. Y como cabría esperar, también en Macao se celebra a lo grande el Año Nuevo chino, de fecha variable por depender del calendario luni-solar.

Cinco experiencias imprescindibles en el casco histórico

Pasear por la Plaza del Senado y admirar su rico compendio de edificios históricos, entre los que destacan el antiguo Senado y la Casa de Misericordia.

Sentirse como un rico negociante decimonónico, ya sea europeo o chino, adentrándose en algunos de los interiores de aquellos tiempos, como la Casa Garden –aristocrática mansión portuguesa de finales del XVIII, hoy galería de arte–, la Biblioteca de Sir Robert Ho Tun –antigua residencia portuguesa adquirida por un negociante de Hong Kong que la legó para biblioteca pública–, la Casa de Tak Kou Ho Neng –propiedad de un rico comerciante convertida en museo– o esas dos viviendas chinas tradicionales: la morada de Lou Kau –otro rico comerciante–, con un bello jardín oriental, y la Casa del Mandarín, donde vivió el noble literato Zheng Guanying.

Meditar sobre el contraste estético espiritual entre las apacibles iglesias barrocas portuguesas y los aromáticos y ajetreados templos chinos, intercalando las visitas a las iglesias cristianas de San Lorenzo, San José, San Agustín, Santo Domingo, San Antonio y la Catedral con otras a los templos chinos de A-Ma, el más antiguo de la península; Sam Kai Vui Kun o Kuan Tai, antiguo centro de comerciantes chinos, próximo a Santo Domingo en la zona del Bazar; Na Tcha, cercano a las ruinas de San Pablo, o Kun lam Tong, recinto budista que ocupa una gran área ajardinada, por no citar más que unos pocos de entre los muchos que salen al encuentro al callejear por Macao.

Respirar el aroma tropical de sus parques y colinas, rincones de verdor que fueron diseñados en una mezcla de estilos chino y portugués, y que se hallan diseminados a lo largo de todo el casco histórico, aportando el contrapunto tan necesario al incesante ajetreo de sus calles. Entre la frondosa colina de La Barra –al sur de la península– y el Parque Municipal del doctor Sun Yat Sen –situado en el extremo norte, junto al canal de Los Patos que sirve de frontera con la China continental– hallaremos agradables paseos también en el Monte de San Pablo, sede de la fortaleza del mismo nombre, en la colina de La Guía, con el Jardín de la Flora a sus pies, antiguamente complemento de una aristocrática mansión portuguesa, o en el Jardín de Camoes, denso bosque elevado antaño propiedad del administrador de la British East India Company.

Deleitarse con la disparidad de sabores orientales y portugueses que se pueden olfatear en el ajetreado Mercado Rojo, degustar en los más exquisitos restaurantes, tanto orientales como portugueses, o probar a pie de calle en alguno de los exóticos puestos de comida recién elaborada.

El hotel más caro del mundo

Se llama The 13, se ha levantado junto al Orient Golf Club en el Cotai robado al mar entre las islas de Taipa y Coloane, y ha abierto sus puertas en el verano de 2016. Se le puede echar un vistazo virtual a través de su página web (www.the13.com), desde la que Stephen Hung, su multimillonario y excéntrico presidente, da la bienvenida con halagadoras promesas de extravagante lujo. Sus espectaculares y amplísimas habitaciones, a las que se accede en ascensor privado, recrean, con las más modernas tecnologías, ambientes inspirados en los dorados interiores palaciegos de Versalles y cuartos de baño para soñarse en una villa imperial romana. La gastronomía puede disfrutarse en seis diferentes restaurantes de alta cocina –entre ellos una réplica del legendario L’Ambroisie parisino, que desde 1988 cuenta con tres estrellas Michelin–; hay espacios dedicados a la moda y joyería de alta costura –con ediciones de lujo limitadas– y, por supuesto, un Spa donde recibir los tratamientos más exquisitos y caros. The 13 proporciona asimismo un servicio especial de mayordomía –disponible las 24 horas del día– y cuenta con una flota de Rolls Royce Phantom con chóferes formados en Londres.

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