Los castillos del Rin

El tramo que discurre entre Rudesheim y Coblenza es el más bello que ofrece el Rhin, la vía fluvial más importante de la Unión Europea, a lo largo de sus 1.320 kilómetros. El viaje por estas tierras alemanas, ya sea por carretera o en barco, descubre un paisaje de cuevas excavadas en las rocas, terrazas de coloridos viñedos y, sobre todo, castillos. Fortificaciones, nidos de nobles, ruinas y fortalezas inexpugnables con cientos de secretos, leyendas e historias en un encantador territorio protegido por la Unesco como Patrimonio Mundial. Es el llamado Rhin romántico.

Javier Carrión
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Foto: Eduardo Grund

Se dice en Alemania que existen más de cinco mil castillos que todavía son residencias familiares y un diez por ciento de estas fortificaciones se encuentran en esta franja de Renania-Palatinado, donde confluyen dos ríos, el majestuoso Rhin y su afluente, el Mosela, que se une a él en Coblenza. No todas ellas mantienen entre sus paredes a sus históricos propietarios o descendientes. Algunas se han convertido en museos o restaurantes, pero todas explican un pasado comercial, aún vivo en nuestros días, que arranca en el siglo XIII, cuando el Rhin se convirtió en un centro de intercambio y control comercial y aduanero. Un paso protegido por el clero y la nobleza, en las dos orillas del río, con sus propios castillos para cobrar tasas y peajes a los pasajeros y barcos que preferían utilizar esta vía más segura para acceder a la Europa más septentrional. La zona atrajo también a los príncipes territoriales, que levantaron igualmente sus dependencias en este embudo del Valle Superior del Medio Rhin para reclamar parte de los tesoros que atravesaban la región y protegerse contra los ataques de sus vecinos. Y ya en el siglo XVI los castillos iniciaron su periodo de decadencia por el desarrollo de las armas de fuego. Algunos se transformaron en fortalezas, como Rheinstein y Ehrenbreitstein; otros pasaron a ser ruinas ocupadas por bandoleros, y los demás sucumbieron con las tropas francesas de Napoleón, a excepción del castillo de Marksburg, el único conjunto medieval que ha permanecido intacto.

En la actualidad, recorrer este histórico pasillo de 67 kilómetros, por donde el Rhin se estrecha más, supone un fascinante viaje en el tiempo para los veinte millones de turistas que lo visitan cada año. Todos ellos descubren el antiguo poder medieval y el romanticismo de esta región que captaron, siglos después, Goethe y Víctor Hugo, en la que se concentran más castillos y fortalezas que en ningún otro lugar sobre la Tierra.

Castillo Brömserburg

La puerta de entrada del Rhin romántico, en Rudesheim. Antiguamente los barcos descargaban aquí sus mercancías para trasladarlas por carretera hasta Lorch, pues en esta zona el río cambia bruscamente su curso y se vuelve más estrecho. En Rudesheim se levantaron tres castillos, pero solo uno se ha conservado en buenas condiciones, Brömserburg, hoy Museo Enológico de Rheingau. La villa, que vive del turismo y la producción del vino Riesling, guarda en su casco viejo bellas residencias palaciegas, como la residencia de los Brömser (1292), ocupada en la actualidad por el Museo de Instrumentos Musicales. Hay 350 piezas que abarcan tres siglos: pianos -entre los que destaca un piano-orquesta de la firma Weber Maesto con 19 instrumentos que tocan a la vez-, pianolas, cajas de música, tocadiscos y aparatos primitivos de grabación de discos... También es muy original la visita a Drosselgasse, la primera calle de la ciudad, con sus animadas tabernas, y, fuera del casco viejo, la subida en funicular a Niederwald, monumento dedicado a la diosa Germania (10,5 metros de altura), que se construyó en 1883 para conmemorar la guerra franco-prusiana (1870) y el restablecimiento del Imperio Alemán.

Castillos Ehrenfels, Rheinstein y Stahleck

Menos de cinco euros (4,20 euros, coche y conductor, y 1,30 euros por cada persona añadida) cuesta el ferry que cruza el río desde Rudesheim a Bingen. De origen romano, Bingen destaca por su graciosa Torre del Ratón en una pequeña isla que irrumpe en el río. Fue levantada en el siglo III como torre de observación del castillo que se halla enfrente, Ehrenfels, otro puesto de aduana del recorrido pues desde sus torreones no se podía ojear el curso norte del Rhin. El de Rheinstein, por su parte, en Trechtingshausen, levantado en el primer cuarto del siglo XIV, fue el primer castillo reconstruido en el siglo XIX tras ser adquirido por el príncipe Federico Guillermo de Prusia como residencia de verano de su familia. Federico, gran admirador de la época medieval y de los castillos y las ruinas, organizó incluso torneos de caballeros siguiendo el lema acuñado en 1835: Cuando el príncipe está presente, nos trasladamos todos a la Edad Media. Fue así como estas antiguas ruinas se convirtieron en un ejemplo para otros proyectos similares como símbolo del Romanticismo, abierto al público y a los viajeros del Rhin ya en el siglo XIX. Hoy la silueta de este castillo erigido sobre el espolón de un risco del Rhin impresiona desde el paseo que lo circunda, al igual que su visita interior por todas las torres y pasadizos exteriores, y se puede pasar la noche entre sus muros. Solo dispone de una habitación doble en una torre por 125 euros la noche. Y el castillo de Stahleck lo encontramos en la montaña que da cobijo a la coqueta villa medieval de Bacharach, con sus murallas magníficamente conservadas, como las de Oberwesel, a solo unos kilómetros norte en dirección a Coblenza. El castillo de Stahlek protegía este antiguo baluarte aduanero hasta que fue arrasado por el ejército francés durante la Guerra de los 30 años. En 1925 la Asociación Renana inició los trabajos de recuperación y hoy es un albergue juvenil con 40.000 pernoctaciones anuales. Desde 21,5 euros en habitaciones compartidas (168 camas), con una sala de reuniones en la antigua estancia de los caballeros, con capacidad para cien personas.

Castillo Pfalzgrafenstein

Víctor Hugo lo definió como "el barco de piedra eternamente anclado sobre la faz de la tierra". El pintoresco castillo de Pfalzgrafenstein, o de Pfalz simplemente, en Kaub, es muy reconocible pues se encuentra situado en un islote en el centro del Rhin. Fue castillo aduanero, prisión y siempre puesto de vigilancia, arrastrando una historia no demasiado idílica, aunque siempre resultó inexpugnable, siendo un bastión seguro para las diferentes conquistas de sus señores feudales. En la actualidad, la marea alta del río y el hielo invernal corroen la mampostería y los cimientos de un edificio que no conoce hoy lo que es la corriente eléctrica o ni siquiera lo que son unos baños como los entendemos en los tiempos modernos.

Castillo Schönburg

Un sueño de cuento de hadas para aquellos que les gusta pernoctar en un castillo medieval. El imponente castillo data del año 911 y fue entregado por Federico I Barbarroja a uno de sus cortesanos, que lo hizo llamar Von Schönburg (hermoso castillo) y acabó convirtiéndose en uno de los hombres más ricos de Oberwesel, donde se ubica. La fortaleza familiar fue ampliada en el siglo XIV, ya con el nombre de Ganerbennburg, hasta que las tropas del rey francés Luis XIV la destruyeron. En 1957, la familia Hüttl, formada por Wolfgang y Barbara y sus tres hijos, se establecieron en el recinto para abrir un hotel encantador lleno de detalles en todas las estancias, con una atmósfera romántica y de confort. Comedores con velas pequeñas y flores frescas, habitaciones con llaves centenarias donde el minibar o la caja fuerte están ocultos o camuflados, pasillos para perderse entre las habitaciones y vistas magníficas en cualquier rincón de este espolón hacia el majestuoso Rhin.... Todo está perfectamente en su sitio, como sus terrazas, donde se puede tomar el té en una exquisita vajilla alemana, escoltada por un reloj de arena para medir el tiempo de la infusión, o su jardín exterior con el viejo columpio y sus pequeños chalets para practicar la lectura divisando los viñedos del propio castillo... Un auténtico capricho a un buen precio si se visita el castillo en temporada baja.

Roca Loreley

La legendaria Roca Loreley (132 metros de altura) ha sido históricamente el escenario perfecto para la leyenda que allí se oculta, con una hermosa chica rubia de protagonista que seducía a los navegantes y les llevaba a la perdición. Algo parecido a lo que les ocurre a los miles de turistas que se acercan hasta este risco de pizarra en el punto más angosto y profundo del río en St. Goarshausen, en el que todavía hoy se producen accidentes por el incesante tráfico de barcos que van en un sentido y otro. Hay que buscar los miradores que descubren ese Rhin seductor y romántico, pero también resulta interesante conocer el Centro de Visitantes de Loreley para viajar en el tiempo con la ayuda de algunos vídeos, una exposición interactiva y una película en 3D del Valle Superior del Medio Rhin.

Castillo Rheinfels

Fue la fortaleza más potente del Rhin, aunque ahora está reducida a ruinas. Un paseo por el laberinto de adarves y galerías subterráneas permite hacerse una idea de la magnitud de este recinto de St. Goar ideado en 1245 por Dieter von Katzenelnbogen y volado por los franceses en 1797. Los restos de la fortaleza fueron utilizados como cantera para la reconstrucción del castillo Ehrenbreitstein en Coblenza hasta que en 1843 el príncipe elector adquirió las ruinas, impidiendo así su destrucción total. A los pies de la fortaleza se encuentra el Romantik Hotel Schloss Rheinfels, con tres restaurantes, una piscina, un Spa y una terraza panorámica única en este elegante establecimiento de cuatro estrellas.

Castillo Kurfürstliche Burg

El principal signo de identidad de la ciudad de Boppard, el siguiente destino tras el paso por St. Goar, es el castillo del Príncipe Elector (Kurfürstliche Burg), del que se conserva la torre de defensa original. Este edificio mostraba el poder de su constructor, Erzbischof Balduin de Trier, y cumplía con más de un objetivo: proteger el territorio, mostrar a los habitantes la presencia del señor de las tierras y, además, llenar las arcas del príncipe con el dinero recaudado como aduana del Rhin. Durante los últimos siglos el castillo sufrió derribos, reconstrucciones, remodelaciones y alguna ampliación. Se utilizó como sede de la aduana y de la policía, además de juzgado municipal y cárcel, y desde hace casi cien años es también el museo de la ciudad. Antes de abandonar Boppard es casi obligado disfrutar de la maravillosa panorámica de un meandro del Rhin en el mirador Vierseeblick, al que se accede por un funicular. A este panorama se le da popularmente el nombre de Los cuatro lagos porque el Rhin aparece como una grandiosa cadena de cuatro resplandecientes lagunas.

Castillo Marksburg

Al contrario de lo que ocurre con el resto de edificaciones, este es el único castillo que nunca ha sido destruido a lo largo de su historia. Se levantó sobre la misma roca a 150 metros del Rhin, a la altura de Braubach, colocando la muralla justo donde acababan las piedras, de forma que su estructura es muy segura, con muros de tres metros de grosor. Hoy es la residencia oficial de la Asociación Alemana de los Castillos. Al entrar en esta bella fortaleza, que aparece en el horizonte de manera espectacular con su elegante silueta blanca, el visitante se sumerge en el siglo XV nada más rebasar el puente levadizo, la puerta del zorro y la puerta de aspilleras. El recorrido por las cocinas, la capilla gótica consagrada a San Marcos -de ahí el nombre del castillo-, la residencia señorial, la batería de cañones, la auténtica forja donde se preparaban las herraduras para los caballos o el jardín en el que se siguen cultivando 160 plantas medicinales ya conocidas en la Edad Media incrementa esa sensación de pisar un lugar histórico y auténtico. Y mucho más cuando se admira la armería del castillo, con una interesante exposición de armas y armaduras y su evolución desde el año 600 a.C hasta el 1500, o el torreón, la parte más antigua del castillo (s. XIII), con un calabozo que tenía seis metros de profundidad.

Castillos Stolzenfels y Ehrenbreitstein

A cinco kilómetros del centro de Coblenza se eleva por encima de la orilla izquierda del Rhin el castillo Stolzenfels, levantado por orden del arzobispo de Tréveris Arnaldo de Isenburg (1242-1259). Su función principal era la de mantener el derecho de cobrar los impuestos aduaneros del Rhin, pero el castillo fue incendiado y reducido a cenizas tras el asedio a Coblenza en 1688 y solo fue utilizado posteriormente como cantera. Finalmente, en 1823 el príncipe heredero Federico Guillermo de Prusia lo recibió como regalo de la ciudad de Coblenza manteniendo los restos medievales de la torre defensiva y creando una residencia oficial, modelo del romanticismo renano tardío, con un toque inglés, que pudo apreciar la reina Victoria durante su visita al castillo en 1845. La soberana británica disfrutó de un banquete en el Salón de los Caballeros. Una opción que cualquier pareja de novios puede sentir hoy si contraen matrimonio en la capilla de Stolzenfels o en su salón de fiestas de verano. Por su parte, la fortaleza de Ehrenbreitstein, también situada en Coblenza, a 118 metros sobre el río, es un lugar especial pues esta montaña ha sido utilizada como refugio natural desde hace tres mil años. La actual construcción prusiana, que se convirtió en la segunda mayor fortaleza europea después de Gibraltar, fue construida entre 1817 y 1828 y permanece casi intacta pues solo recibió unas veinte bombas durante la II Guerra Mundial. Son llamativos sus muros de varios metros de anchura, las sepulturas, los túneles, los puentes y las puertas de este complejo que sirvió también de hogar para algunas familias de Coblenza hasta 1960. Y, cómo no, sus extraordinarias vistas sobre Coblenza y el Deutsche Ecks (la estatua ecuestre del emperador Guillermo I), los viñedos de los alrededores y la confluencia del Rhin y el Mosela.

El géiser de Namedyer Werth

Siguiendo el curso norte del Rhin, a muy pocos kilómetros de Coblenza, una excursión original puede desintoxicar a aquellos que ya se encuentren algo fatigados con tantas visitas de ruinas y castillos. Se trata de un espectacular fenómeno natural en Andernach, donde se puede descubrir el géiser de agua fría más alto del mundo, cuyo chorro alcanza los 60 metros de altura. La erupción del géiser está provocada por el ácido carbónico, que procede de una cámara magmática de esta zona volcánica joven, como si se tratara de una botella de agua mineral que se agita y se abre... En Andernach hay una interesante exposición interactiva, que se visita primero, para comprender mejor este fenómeno y después se traslada en barco a los visitantes hasta la península de Namedyer Werth para disfrutar del géiser, a solo unos metros de distancia.

Castillo Eltz

Y como remate final de esta ruta, una incursión por el Mosela hasta Munstermaifeld para descubrir un castillo único: el Eltz. Su figura ilustraba antiguamente el billete de 500 marcos y es indudablemente uno de los más hermosos castillos de Alemania. El segundo más visitado tras el castillo de Neuschswanstein, del rey Luis II, en Baviera. Con su arquitectura de filigrana y ensueño, su propiedad ha pasado por 33 generaciones de la misma familia, algo realmente poco frecuente en este tipo de fortalezas, que eran estratégicas en las rutas comerciales. Y más en este caso ya que se encontraba en medio de un bosque aislado repleto de animales salvajes y salteadores de caminos, de ahí que los caballeros de Eltz protegieran antiguamente las caravanas de pasajeros y mercancías que viajaban de la fértil meseta Maifeld al río Mosela. Ahora son los turistas -es el castillo preferido de los niños alemanes- los que recorren estos senderos, para todos los gustos, que han conformado la llamada Ruta Panorámica del Castillo de Eltz, premiada como el sendero más bello del país en 2013. Lo visitan 250.000 personas cada año. El interior del castillo permanece intacto y su Sala del Tesoro exhibe más de 500 piezas realizadas por plateros y orfebres, esculturas en marfil, armas, cristales, porcelanas y joyas.

El mundo romano del Rhin

El Rhin constituía la mayor parte de la frontera septentrional del Imperio Romano. Los soldados de Roma lo llamaron el Limes, hoy declarado también Patrimonio Mundial de la Unesco, y estaba formado por un gran número de torres de vigilancia militares, distribuidas en una amplia línea fronteriza. Para sumergirse en el día a día vital de estos romanos de la frontera, el museo Römerwelt am Caput Limitis, localizado en Rheinbrohl, muestra la vida de los legionarios con todo tipo de detalles, como lo que pesaba una cota de malla y sus armas defensivas o cómo era un horno de pan y un taller romano, qué se comercializaba, cómo era la vida cotidiana... Los visitantes incluso pueden sentir sobre su piel la vestimenta clásica de estos militares con el mismo precio de la entrada. Desde la cabeza a los pies. Y todos los años, normalmente durante el segundo fin de semana de mayo, se organiza una macrofiesta romana, con actividades prácticas, conferencias y visitas de expertos, en la que participan más de treinta legionarios con la mirada puesta en esa vida civil y militar de hace unos dos mil años. Este año se celebrará entre el 9 y el 10 de mayo.
Información en: www.roemer-welt.de.

Johann Hüttl
"Schönburg no se vende"

Johann es el hijo pequeño de la familia Hüttl, propietaria del histórico castillo de Schönburg, en Oberwesel. De niño jugaba a la guerra en los tejados de la fortaleza amurallada con 16 torres y hoy es uno de los tres herederos del edificio y de su rica producción de vinos Riesling, junto a sus otros dos hermanos, un varón y una mujer. Su habitación actual, donde reside, es la número 2, pero cambia con frecuencia de estancia porque todas son diferentes, en colores o en la decoración de los muebles, y le encanta disfrutarlas tanto como recorrer los pasadizos ocultos, algunos sorprendentes en el interior de las mismas habitaciones, como hacía cuando era un crío. "Nunca he visto fantasmas en este castillo, pero sí descubrimos tumbas con cadáveres de la nobleza del siglo XI, y hemos tenido huéspedes ilustres más contemporáneos", comenta Johann mientras cita los nombres de Helmut Kohl, Willy Brandt, la princesa japonesa Takako Suga, hija de Hirohito, y Aristóteles Onassis. Lo que más preocupa al joven empresario es la supervisión del establecimiento, de la que es responsable, y asegura que solo el mantenimiento anual del castillo-hotel supera con creces el millón de euros. Cuando su abuela recibió en herencia esta fortaleza, Johann señala que era un amasijo de ruinas. Su padre Wolfgang lo transformó en un hotel y hoy su valor estimado se sitúa entre 50 y 60 millones de euros, aunque la familia lo tiene muy claro: "No se vende". Y parece que no han faltado ofertas, como revela Johann en una anécdota: "Hace unos años un cliente ruso quiso comprar Schönburg. Una noche, hacia las 3 de la mañana, se empeñó en querer beber algo especial y mi padre le dijo que no podía ser porque ya estaba todo cerrado. El hombre insistía en la idea y abrió delante de mi padre una maleta repleta de dinero. ‘Voy a comprar todo el castillo'', dijo el rico huésped, pero mi padre le contestó tajantemente que su castillo nunca estaría en venta".