Liubliana, la capital verde de Europa

La capital eslovena es para explorarla en bicicleta. Es el medio de transporte preferido por los liublianos, que se desplazan a cualquier lado pedaleando, más desde que los coches tienen prohibido circular por el casco urbano. Con 200 km de carriles bici, Liubliana se encuentra en el puesto número 13 de ciudades “bike friendly”. Su compromiso con el medio ambiente le ha otorgado la Capitalidad Verde Europea 2016.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: GETTY

Las calles de Liubliana están hechas para recorrerlas en bicicleta; es la mejor forma de moverse por la capital de Eslovenia y conocerla, auscultando sus arterias, desde el corazón a las afueras, escuchando cómo los adoquines laten bajo las ruedas… Más desde que cerraron el casco antiguo al tráfico, hará de esto casi diez años, y los coches dejaron de atravesar la Plaza Preseren. Situada en el centro de la ciudad, es un buen lugar para apoyar el manillar y esperar, el lugar donde todo el mundo queda con amigos y parejas. Se sientan a los pies del poeta más loado de Eslovenia; por eso le pusieron su nombre a la plaza y le levantaron aquí una estatua. Su rostro también aparece en las monedas de dos euros, acompañado con uno de sus versos, el que utilizaron cuando hubo que buscarle letra al himno nacional esloveno. Como él también se llama el premio más importante del país, algo así como nuestro Cervantes, pero con todas las Artes. Aunque lo que France Preseren hubiera querido es ver grabado su nombre en los labios de Julija, la chica que se asoma por una ventana, en el número cuatro de la calle Wolfova. Era allí donde su musa vivía; ahora alquilan los pisos de arriba como apartamentos de lujo para turistas. ¡Oh, Julija!, una de esas pasiones no correspondidas que a los románticos les resultaron tan fructíferas: “Todas esas canciones que surgen de mi amor vienen de donde ningún hombre puede encontrar el sol”. La dama probablemente ni se enteró de todos los sonetos que le inspiró. Era dieciséis años menor que él y se casó con un comerciante rico. Pero el poeta no deja de mirarla... porque la tiene esculpida enfrente, más que nada. Le han condenado a desearla eternamente; solo los separa la gente... y las bicicletas. Se calcula que en Liubliana hay unas 250.000 en total, casi tantas como habitantes tiene la ciudad.

De puente en puente

Pedaleando por la ribera del río Liublianica se llega a los embarcaderos de Spica; los sauces del paseo lloran sin razón en aquellos pocos días en que la bruma se rinde al sol. Siempre hay algún pescador tratando de engatusar a las carpas, por donde está el Jardín Botánico y la Embajada de España. En verano, aquello es la playa de Liubliana; hay un bar con tumbonas en la terraza, las nutrias se bañan y los surfistas reman a la deriva sobre una tabla. Si el ciclista se detiene sobre uno de los numerosos puentes y se asoma por la balaustrada, oirá historias salir del agua. Son los cruceros de turistas que navegan por el Liublianica: “This is the Tromostovje...”. El Puente Triple. El guía asegura que es único, que no hay otro igual en ningún sitio. Los austriacos –que antaño gobernaban en Liubliana– querían reforzar el puente antiguo –no fuese que se repitiese un terremoto como el de 1895–, y al genial arquitecto Joze Plecnik se le ocurrió añadir dos pasarelas adicionales a los lados, dando lugar a una de las muchas obras de arte que el arquitecto diseminó por su ciudad entre el año 1926 y los inicios de la Segunda Guerra Mundial.

Zoran Jankovic también quiere embellecer la capital: desde que llegó al Ayuntamiento ha restringido la circulación en el centro, donde había un parking hay una plaza, la basura está soterrada y hay cinco puentes nuevos. Los eslovenos están contentos; es el mejor alcalde que recuerdan desde los tiempos de Ivan Hribar. A este político también le querían; se suicidó con 90 años, cuando Liubliana fue ocupada por los fascistas de Italia; como último acto de rebeldía, le entregó su vida al río. Después de esto, lo mínimo era ponerle su nombre a un embarcadero y erigirle un monumento cerca del Puente de los Zapateros. “This is the shoemaker’s bridge...”. También se podría haber llamado el Puente del Panadero Estafador, pues aquí se castigaba en remojo a quienes cobraban pulguitas a precio de hogazas en sus hornos. El apelativo actual viene de los zapateros que instalaron sus tenderetes sobre el puente, así atraían clientes y burlaban impuestos; los top manta del medievo. Entonces era un puente de madera, nada que ver con este, remodelado también por el polifacético Joze Plecnik. Como guiño al gremio, a los vecinos les dio por colgar zapatos del tendido eléctrico, hasta que las autoridades les pusieron freno; aunque en la calle Trubarjeva todavía quedan reminiscencias de esta moda pasajera. También hay una tienda de zapatos artesanos en la esquina, en la casa amarilla; pertenece a la familia Vodeb, que lleva setenta años trabajando entre patrones y hormas en su taller.

And this is the butcher’s bridge”, donde se encuentran las inquietantes estatuas del escultor Jakov Brdar: Prometeo corre sin tripas y desmembrado por revelación de secreto industrial, como corren, avergonzados por desahucio, Eva y Adán, y como corre un sátiro asustado. No es de extrañar: desde que inauguraron el pasadero en el año 2010, una plaga de enamorados se han apropiado con candados de él. Aunque poco tenga de romántico el Puente de los Carniceros... Se llama así porque Joze Plecnik había planeado construir uno con el mismo nombre en este lugar, justo al lado del Mercado Central.

Del huerto al plato

Los sábados por la mañana el mercado está a rebosar; es cuando la gente sale a comprar: zanahorias púrpuras y calabacines gigantes crecen en las cestas de las bicicletas; fruta fresca del Mediterráneo, pescados del Adriático, prosciutto del Carso; salamis de ciervo, de burro y de oso; setas recién cogidas en los bosques de Pokliuka… Y las lechugas que aderezan los huertos de Krakovo, uno de los barrios más viejos de Liubliana. Está declarado Monumento Histórico y Cultural y se encuentra a las afueras de la ciudad medieval; es decir, a cinco minutos por carril bici. Familias de pescadores solían residir allí: los hombres iban a pescar y las mujeres se ocupaban del jardín; eran las Damas de la Ensalada, así las apodaban. Ahora las hortalizas se las quedan para el consumo propio en casa; solo dos de los huertos las venden en un puesto.

La ciudad de los dragones

Los chefs del Na Gradu vienen a llenar su despensa personalmente, para que el goulash que anuncian en la carta sea como el que preparan las abuelas eslovenas con las recetas heredadas de generación en generación. Tienen el restaurante en el Castillo de la colina, y seguro que ninguno de los señores que lo habitó disfrutó nunca de un banquete parecido; ni el de Carniola, ni los Habsburgo, tampoco los soldados napoleónicos, y mucho menos los italianos que durante la Gran Guerra visitaron los calabozos. Ahora se celebran espectáculos en el patio de armas, exposiciones y conciertos; en la capilla de San Jorge, la música acompasa recitales poéticos. Es el edificio de la fortaleza que mejor se conserva. En el siglo XV se la dedicaron al santo por haberle clavado una lanza a una serpiente con alas. Valerosa hazaña que, sin embargo, le disputan nada menos que Jasón y los Argonautas. Según cuentan, después de robar el vellocino de oro, los héroes griegos tuvieron algún que otro contratiempo en su viaje de regreso y acabaron luchando contra un dragón en las marismas de Liubliana. Es de suponer que el bicho salió mal parado… Pero será por lagartos: en el Puente de los Dragones posan, con mohín modernista, cuatro –los más fotografiados–; en el escudo y en las tiendas de souvenirs, otros tantos. Son el guardián y el emblema de la ciudad, además de la mascota de su carnaval.

En Eslovenia es fácil imaginar que los dragones existieron de verdad… Se puede buscar su rastro en el Museo de Historia Natural. En el mismo edificio neo-renacentista está el Museo Nacional, donde se expone la rueda más antigua del mundo; dicen que la encontraron en un marjal, a 20 kilómetros, allí cerca... ¿Puede que hace más de cinco mil años los liublianos ya montaran en bicicleta? También la flauta más antigua del mundo está expuesta en una urna; el neandertal que la tocara bien merecía estar entre los grandes y ser miembro de honor póstumo de la Filarmónica Eslovena, como Mahler, Beethoven, Paganini o Haydn.

El Museo Nacional tiene una segunda sede en la calle Metelkova, junto al Museo Etnográfico y el de Arte Moderno. Bloques de cemento y cristal que no hace tanto eran un Cuartel General. En el año 1991, los eslovenos ganaron la independencia y los militares yugoslavos se fueron. El campamento es ahora el Distrito de los Museos. Este movimiento de ocupación cultural lo inició una guarnición de activistas de forma ilegal, cuando en 1993 convirtieron siete barracas despobladas en uno de los centros de cultura alternativa más dinámicos de Europa. El Ayuntamiento quería demolerlo, pero ellos se atrincheraron dentro; les quitaron el agua, y entonces dejaron de pagar impuestos; luego les cortaron el suministro eléctrico... Y a pesar de todo, resistieron: con malabares, teatro, conciertos, mercados de segunda mano, clubs LGTB, ONGs, poesía, galerías, talleres… Comparan la barriada con la Christiania de Dinamarca, aunque en el menú del hostal Celica no sirvan magdalenas de marihuana. Sus huéspedes duermen entre barrotes, en las celdas de lo que fue una cárcel, hoy reformada por artistas locales e internacionales. Allí la historia se parapeta a pedazos tras las teselas quebradas de un mosaico... Una historia que los jóvenes grafiteros han pintado de nuevo. Aunque nadie olvida que en la época comunista las Rog eran las únicas bicis que sus padres tenían. Con la moda de lo vintage, ahora muchas de ellas vuelven a transitar por las calles, los parques y avenidas de la Capital Verde Europea 2016.

Rutas verdes por la ciudad

Liubliana se ha ganado la Capital Verde Europea 2016 por su compromiso con el medio ambiente y por lugares como estos, en algunos de los cuales se pueden realizar rutas verdes:

La colina del Castillo. El castillo de Liubliana está estratégicamente ubicado. Sus 376 metros de altitud se conquistan en 20 minutos por senderos forestales sencillos, o en un minuto y cuatro euros en teleférico. Como trofeo: unas vistas impresionantes de la ciudad y de los Alpes de Kamnik.

Parque Tivoli. El pulmón de la capital. Tiene innumerables caminos arbolados que conducen a las colinas de Sisenski y Roznik (esta última encumbrada por una pintoresca iglesia rosa). Una opción más relajada: leer en la biblioteca al aire libre del parque. Solo cierra cuando llueve.

El río Liublianica. Se puede recorrer por la orilla o pasar por debajo de sus emblemáticos puentes en barco. Los amantes de los deportes acuáticos también practican surf de remo y kayak en sus aguas.

Jardín Botánico. Se encuentra en las proximidades del río y en él crecen más de 4.500 especies. Está abierto todos los días y la entrada es gratuita.

Camino de la Memoria y la Camaradería. Lo que en la II Guerra Mundial fue un alambre de púas que cercaba la Liubliana ocupada ahora es un cinturón verde de 35 km. Hacia el 9 de mayo –fecha en que la ciudad fue liberada– se celebra una multitudinaria carrera popular en equipos de tres.