Las Islas Marquesas son "el paraíso en la otra esquina"

El español Álvaro de Mendaña, su descubridor en 1595, creyó haber hallado en las Marquesas la tierra prometida, el pintor Paul Gauguin buscó en ellas la inspiración que decía no encontrar en la bohemia París, y el escritor peruano Mario Vargas Llosa define a este archipiélago de la Polinesia Francesa como "el paraíso en la otra esquina". También estas islas inspiraron a genios como H. Melville (Moby Dick) y R.L. Stevenson (La isla del tesoro). Hoy todos estarían de acuerdo en que estamos ante uno de los destinos más cautivadores y fascinantes del mundo.

Alonso Ibarrola

Cuando llegué a Nuku Hiva, una de las catorce islas que componen el archipiélago de las Marquesas, tras cuatro horas de vuelo desde Papeete, la capital de Tahití, me sentí absolutamente fascinado por lo que contemplé antes de aterrizar. Pero no pude saborear nada porque el avión, media hora después, me llevaba a mi destino, que era la isla de Hiva-Oa, donde faltaban escasos días para que se llevara a cabo un homenaje con motivo del centenario de la muerte del genial pintor francés Paul Gauguin, que se halla enterrado en esta isla. Cuando nos acercábamos a Hiva-Oa, cuyo aeródromo está emplazado en las cimas de unas montañas frecuentemente cubiertas por nubes, el pequeño avión comenzó a zangolotear, tal y como le había sucedido un año antes al del escritor Mario Vargas Llosa, cuando llegó a la isla y preparaba su libro El paraíso en la otra esquina.

Aterricé prácticamente con un ejemplar de la novela en la mano, junto a otro precioso libro de fotografías de su hija Morgana. Suponía que serían los primeros ejemplares que llegaban a Hiva-Oa. Así fue. Se los llevaba de regalo a Guy Rauzy, el alcalde. Cuando me presenté ante él no me reconoció. Y es que habían transcurrido siete años largos desde que nos conocimos. Pero sabía que diciéndole "¡Viva Congosto, viva el botillo!", este santo y seña resultaría infalible. Sonrió y me preguntó por los amigos que tiene en nuestro país. La amistad surgió en un viaje de Madrid a Ponferrada y Congosto, en noviembre de 1995 durante la inauguración del monumento a Mendaña y que culminó con un gran banquete. Al día siguiente alquilé un barco bonitero y me acerqué a la isla de Tahuata, donde pude saludar a Tetahi, otro alcalde que también estuvo en Congosto y que ya se había jubilado. De nuevo pronuncié el grito berciano y se emocionó muchísimo. Al despedirnos se empeñó en regalarme ristras de plátanos dulces cocidos para sus amigos españoles. He sabido que ha muerto recientemente. Han pasado ya dos años y he vuelto al archipiélago de las Marquesas.

Esta vez no se trataba de recordar a Gauguin sino a mi compatriota Álvaro de Mendaña, que pasó por estas islas hace 410 años. Y lo hemos hecho -el fotógrafo y yo- en un precioso barco que nos acercó a las islas de la Magdalena, es decir, a Fatu-Hiva; a Dominica, hoy llamada Hiva-Oa, y a Santa Cristina, la actual Tahuata. En esta última, Mendaña y los suyos celebraron la primera misa católica del Pacífico y declaró solemnemente que tomaba posesión de todas ellas "en nombre de nuestro soberano, el señor Felipe II de Castilla, rey de las Españas, para que sean parte de sus posesiones en estos mares del Sur...". Por eso, al poner pie en ellas, uno se siente como si estuviera en su propia casa. Un viaje fascinante que incluyó también tres islas que Álvaro de Mendaña no divisó nunca: Nuku Hiva, Ua Pou y Ua Uka.

Al avistar Fatu-Hiva experimenté una gran emoción. No tanta, obviamente, como la que seguramente sintieron el berciano Álvaro de Mendaña y su gente. Era tan maravilloso su paisaje, que creyeron que era la tierra prometida por Mendaña, es decir, las islas Salomón. Pero cuando el mismo Mendaña observó a los indígenas de tez blanca, que se acercaban en sus piraguas, se percató de que se había equivocado. El encuentro de las civilizaciones no acabó en un abrazo. Más bien en un cruel enfrentamiento. Peter Graves lo cuenta muy bien en su libro. En la bahía de Omoa existe un monolito con dos placas conmemorativas, una de ellas en castellano, recordando a estos primeros españoles. Fueron colocadas en el año 1995 durante los actos del cuarto centenario del descubrimiento de la isla. Fatu Hiva es la isla más meridional de las Marquesas, y también la más húmeda debido a los vientos alisios. Los 80 kilómetros cuadrados de Fatu Hiva están cubiertos de una espesa vegetación y su población de 584 habitantes se concentra en la capital, Omoa, y en la célebre Bahía de las Vírgenes de Hanavave, donde hay interesantes restos arqueológicos. Merece la pena hacer trekking y llegar hasta este bello lugar. En Fatu Hiva se fabrica la tapa (vestimenta tradicional) a partir de la corteza del árbol del pan o de otros.

En la época precolonial se utilizaban estas grandes piezas como vestido, tal cual o teñidos en rojo y amarillo. Las mujeres de Omoa pintan en los tapa motivos decorativos de su propia cosecha o tomados de documentos antiguos, como los tatuajes. Hiva-Oa es la isla más grande de las del Sur. Álvaro de Mendaña la bautizó como Dominica, y con este nombre la conocía Paul Gauguin. Mendaña no se atrevió a desembarcar pues no descubrió ningún puerto propicio. Y es que desde el mar resulta difícil avistar el pequeño puerto cuya embocadura se encuentra a la derecha de la Bahía de los Traidores. Sospecho que el pintor francés jamás oyó hablar de Álvaro de Mendaña y de los españoles que buscaban una isla para vivir su utopía; esa misma utopía a la que se refiere Mario Vargas Llosa en su novela ya mencionada. Ignoro asimismo si el escritor hispanoperuano había oído hablar de Mendaña y de su uto- pía. Sospecho que no pues en su libro no existe referencia alguna. Los más de 2.000 habitantes de Hiva- Oa se encuentran distribuidos entre la capital, Atuona, y los valles de Puamau, Eiaone, Nahoe, Hanapaoa y Hanaiapa. Es una isla montañosa, cuyas cumbres más elevadas son Temetiu (1.276 metros), Vaiumete (1.210 metros) y Feani (1.126 metros). Atuona, la capital, se asemeja a cualquier pueblo francés, con su gendarmería, su oficina de correos, sus bares y restaurantes, su gran almacén colonial que frecuentaba Gauguin -vivía muy cerca-, el colegio de monjas, célebre en todo el archipiélago, y el no menos célebre cementerio donde reposan Paul Gauguin y Jacques Brel, muy cerca el uno del otro.

Una visita obligada es Puamau, en la costa noreste, a dos horas y media en todoterreno, pues ofrece una riqueza arqueológica excepcional. A 20 minutos de marcha del poblado se encuentra la tumba de la que fue última reina de las islas Marquesas, Vahinetitoiani, en un sarcófago de piedra escoltado por una pareja de tikis, Manu y Paulo. Curiosamente la reina se hizo enterrar con su querida bicicleta, regalo del Gobierno francés. Un poco más lejos y en pleno bosque se halla el marae Ipona, célebre por sus tikis gigantes -el mayor, de 2,35 metros-. Estas figuras, aunque más pequeñas que las de la isla de Pascua y similares a otras de las islas australes, están relacionadas entre sí dentro de la estatuaria polinésica. Según los marquesanos, los tikis de Oipona tenían los siguientes nombres: Takaii, el tiki rojo; el tiki sin cabeza, Topoi (la cabeza se halla en el Museo de Berlín); el que tiene la cabeza girada hacia atrás es un tiki femenino, llamado Tetokotokoifenua, diosa de la Tierra, y la célebre escultura Makii Taua Pepe, cuyo significado se desconoce. Desgraciadamente han desaparecido varios tikis más pequeños que han sido robados. Otro centro de interés de la isla es Taaoa, que se ubica a 7 kilómetros de Atuona, donde está el marae más grande de la Polinesia Francesa. La isla de Tahuata, con una superficie de 55 kilómetros cuadrados, está separada de su hermana mayor, Hiva-Oa, por el canal de Bordelais, con una anchura cercana a los cinco kilómetros.

El volcán que dio origen a la isla ha desaparecido parcialmente bajo las aguas, quedando al descubierto unas tierras montañosas sólo accesibles por barco. Tampoco se puede llegar desde el interior a muchas de sus playas de arenas, frecuentadas sólo por yates. La isla fue descubierta y visitada por la expedición de Álvaro de Mendaña, quien la denominó como Santa Cristina. Su población (677 habitantes) se concentra principalmente en la capital, Vaitahu, y en Motopu, a orillas del canal. En Vaitahu se celebró la primera misa católica de la Polinesia. Ahora es interesante vi- sitar la iglesia de bellas vidrieras y el pequeño museo que contiene, además de piezas etnológicas, una placa conmemorativa de la presencia española en esa isla, donada por una delegación nacional que participó en los actos del IV Centenario del Descubrimiento de las Marquesas (1595-1995). Otros lugares de interés son la villa de Hapatoni y el valle de Hanatehau, donde existen importantes petroglifos. Dos siglos después, en 1797, los pastores protestantes de la London Missionary Society protagonizaron un divertido incidente: fueron recibidos al desembarcar en Tahuata con honores y nombrados "guardianes del fuego del rey", ignorando que tal cargo comportaba la obligación de satisfacer los deseos de la reina en ausencia de su esposo. Sus negativas a punto estuvieron de costarles la vida y tuvieron que partir.

Nuku Hiva es la isla más importante de la Marquesas y también el centro económico y administrativo del archipiélago. Tiene una superficie de 340 kilómetros cuadrados para una población de 2.652 habitantes. Nuku Hiva es una isla muy montañosa y con un litoral accidentado. Debe su confipía. guración a las erupciones de tres volcanes hace un millón y medio de años. Del más antiguo de ellos subsiste una cadena montañosa, al norte de la isla, con alturas entre 900 y 1.200 metros, figurando los 1.224 metros del monte Tekao como cumbre principal. Las laderas escarpadas de las montañas dominan la Tierra desierta al noroeste y las grandes bahías del norte. El segundo volcán ha dejado en el centro de la isla una sucesión de montes y colinas -800 metros de altitud media-, separados de los anteriores por la meseta de Toovii. Esta zona constituye la reserva principal de agua de la isla. Finalmente, los restos del tercer volcán forman un gran anfiteatro por encima de Taiohae, la capital, situada en una de las bahías más bellas del archipiélago, con un puerto natural. Dos columnas rocosas, llamadas Sentinelles, abren paso a un paisaje de verdes montañas, arenas negras y casitas diseminadas.

Taiohae recibió durante mucho tiempo la visita de balleneros y militares. El archipiélago de las Marquesas fue evangelizado por los misioneros católicos de la orden de los Sagrados Corazones. La influencia del catolicismo ha sido grande y sigue vigente hasta nuestros días. En fechas relativamente recientes, allá por el año 1974, se construyó en Taiohae la catedral de Notre Dame. Es la iglesia más grande del archipiélago, con unos magníficos relieves decorando su interior. A 10 kilómetros al oeste de Taiohae se encuentra la bahía de Hakatea, donde muere uno de los tres grandes ríos de la isla. Está dominada por altos acantilados que se prolongan en promontorios rocosos. Penetrando en el interior nos dirigimos hacia el valle de Hakavi, en cuyo seno rompe una impresionante cascada de 340 metros. Es la cascada gigante Ahue, que cae en picado y de un solo salto en una poza medio oculta por la vegetación y las rocas.

La parte central de la isla está ocupada por la fértil meseta de Tovii. Tiene una altura de 800 metros y se encuentra completamente rodeada de montañas. Entre los montes que rodean Tovii se encuentran el Tekao (1.224 metros) y el Muake (864 metros). Desde este último se disfruta de una vista excepcional sobre las bahías de Taiohae y Hatiheu y sobre los valles en los que se precipitan las cascadas. Nuku Hiva fue fuente de inspiración para Herman Melville y Robert Louis Stevenson. El primero desertó en 1842 del ballenero en el que viajaba -y de cuya experiencia nació su mejor novela, Moby Dick- para pasar unas semanas en Nuku Hiva. Melville fue a parar a uno de los valles más hermosos de las Marquesas, el de Taipivai, en el interior de la Bahía del Controlador. Este valle era conocido por el coraje y la ferocidad de sus guerreros. Un sendero nos conduce a los viejos templos llamados pae pae, que están custodiados por tikis de fondo rojo y bastante mutilados.

En un rincón lejano se muestra un pozo cuadrado al que eran arrojados los deshechos de los festines, entre ellos los de carne humana. Cuando Melville desembarcó en las costas de Nuku Hiva no se le ocurrió pensar que estas gentes refinadas, tal y como las definió, pudieran ser auténticos caníbales. Tuvo que huir al poco tiempo y partió hacia Papeete. Sin embargo, dejó constancia de todas sus vivencias en el valle de Taipie en una de sus primeras obras, Typee, publicada en el año 1846.

En la Bahía de Hatiteu, situada al norte de la isla, hizo escala, allá por 1888, Robert Louis Stevenson de camino a Tahití. Stevenson, a quien todos recordamos por su obra La isla del tesoro, viajaba a bordo de su propio yate. Con toda seguridad debió quedar realmente impresionado ante los grandiosos acantilados de Hatiteu, que se elevan como agujas de más de 600 metros y exhiben un cierto aire de fortificación. Entre las alturas asoma, frágil y misteriosa, una Virgen blanca colocada allí a finales del siglo pasado por ágiles parroquianos. También resulta muy recomendable la visita a las Bahías de Anaho, Akapa o a la Tierra Desierta, enclavada en la punta norte. En Anaho hay que contemplar sus aguas calmas y con colores de lagon.

Esto es así porque una formación coralina (poco frecuente en el archipiélago de las Marquesas) la protege de las mareas. En Akapa descubriremos los vestigios de un tohua (plaza) que podía albergar a varios miles de personas, lo que parece confirmar la importancia de la población de Nuku Hiva en épocas pasadas. Por último, en la Tierra Desierta contemplaremos con una emoción contenida a los caballos salvajes que pastan en absoluta libertad.