Isla Mauricio. Un pasado volcánico

Mauricio, una liliputiense isla del Índico de tan sólo 1.865 kilómetros cuadrados, se ha convertido en el destino más chic del continente africano. Un edén tropical donde se pueden descubrir playas infinitas, hoteles diseñados como piezas de alta costura y un sorprendente maridaje cultural. A partir de este mes, una tentación aún más acariciable desde España con la inauguración de vuelos directos.

Laura Ordóñez

La sensualidad del aroma Ylang-Ylang nos envuelve en una embriagadora atmósfera a nuestra llegada a Isla Mauricio. Considerada la esencia más elegante del mundo -es utilizada para elaborar perfumes como Chanel nº 5-, el Ylang-Ylang proviene de un árbol tropical que sólo crece en el hemisferio sur y cuyo aceite de mayor pureza se elabora aquí. Situado en el Índico, a 860 kilómetros de la costa este de Madagascar, Mauricio -que también engloba Isla Rodrigues y las islas Agalega y Cargados Carazos- forma parte del archipiélago de las Mascareñas, junto a la isla francesa de Reunión. En Isla Mauricio, con una población de 1.200.000 habitantes, es fácil olvidar que se está en África. Entre sus calles se distinguen mauricianos chinos negociando con mujeres musulmanas que lucen en sus cabezas el tradicional hiyab mientras a su lado pasean otras de religión hindú enfundadas en vistosos saris de colores. Un eclecticismo cultural cuyo germen se encuentra en las colonizaciones que ha sufrido el país y que durante siglos motivaron la importación de esclavos de Madagascar, India y China.

Desde que los árabes la descubrieran en el siglo XV, Mauricio ha sido objeto de deseo de portugueses, holandeses, franceses y finalmente ingleses, que permanecieron en la isla hasta 1968, año en que se declaró su independencia. Isla Mauricio es un paraíso en formato bolsillo. Con una extensión de 1.865 kilómetros cuadrados, inferior a la de Tenerife, ofrece un menú de 330 kilómetros de costas en el que cada uno elige a la carta. Se pueden encontrar playas cuyas olas parecen diseñadas para el windsurf y el surf en la Bahía de Tamarin o para el kitesurf en la Península de Le Morne, bucear en Flic en Flac o Blue Bay o disfrutar de la pesca de altura en Trou aux Biches y Grande Rivière Noire. Los que sólo quieran premiarse con el placer de disfrutar de una playa de postal pueden elegir entre La Cuvette o Belle Mar.

Todas las playas están rodeadas por un arrecife coralino que las protege de las olas del Índico, por lo que sus aguas son tranquilas y cristalinas, confiriendo a sus costas una belleza pausada. Esta barrera de coral bordea todo el litoral, a excepción de la zona comprendida entre Souillac y Pont Naturel (sur de la isla). Estas playas son el principal reclamo turístico de un destino que cada año atrae a cerca de 900.000 visitantes, en su mayoría familias, parejas de recién casados, enamorados que deciden dar el "sí, quiero" en la propia isla y turistas que se atrincheran en un lujoso hotel mauriciano para regalarse unos días de playa después de un safari por Suráfrica o Kenia. La necesidad de hacer escala en alguna capital europea ha sido una de las razones de que los españoles nos asomemos tímidamente a este edén tropical que, a partir del 16 de junio y hasta el 13 de octubre, estará enlazado directamente con Madrid.

Las playas encuentran su complemento perfecto en una magnífica infraestructura hotelera. En este rincón de África los hoteles hipnotizan a sus huéspedes con piscinas infinitys y playas abrazadas por el océano, jardines tropicales, deslumbrantes spas y un exquisito servicio donde la cortesía y la discreción forman un binomio inseparable. Estos lujosos refugios, donde no se concibe la fórmula todo incluido, han ido creciendo de espaldas al turismo de masas, lo que les ha conferido un sello de exclusividad.

En el norte de la isla se despliegan la mayoría de los hoteles. Esta región cuenta con el centro neurálgico del país para la navegación: Grand Baie. Conocida como el Saint Tropez mauriciano por el lujo de sus tiendas, su generosa oferta gastronómica y su animada vida nocturna, esta localidad fue la primera en vivir plenamente el despegue turístico. No se puede abandonar la zona norte sin visitar Pamplemousses, donde se encuentra uno de los mejores jardines botánicos del mundo, con un estanque de nenúfares gigantes y más de 80 tipos de palmeras, y el Museo La Aventura del Azúcar, que nos desvela el pasado de la isla y el proceso de elaboración del azúcar, una industria que supone el 60 por ciento de su Producto Interior Bruto. La costa Este se presenta como la mejor opción para los que buscan acercarse más a la esencia de los mauricianos. Allí descubriremos la encantadora localidad de Belle Mare, ideal para practicar submarinismo, y la Isla de los Ciervos, un enclave paradisiaco que acoge Le Touessrok, considerado el mejor campo de golf del país.

Aunque Mauricio sea famosa por sus playas, su abrupta orografía permite que en el interior se pueda disfrutar de un extenso repertorio de rutas de trekking. Un buen escenario es la reserva natural privada Domaine L''Etoile, un paraje de 2.000 hectáreas donde se organizan excursiones en quads, todoterreno y mountain bike, cursos de tiro con arco y escapadas cinegéticas a través de senderos poblados por guayabas chinas y árboles de ébano. Al otro lado de la isla -en el suroeste- está el Parque Nacional Black River Gorges, un pulmón verde desde donde se puede acceder a la montaña Piton de la Rivière Noire, la más alta del país con 828 metros.

Mauricio es un territorio de pasado volcánico y presente coralino y lo primero queda patente en la localidad de Chamarel, conocida como "la tierra de los siete colores". Este apelativo no es gratuito: sus colinas están tapizadas por un manto de cenizas volcánicas policromadas donde el rojo, el violeta o el ocre se entrelazan en dunas imposibles. A escasos kilómetros descubrimos el Grand Bassin, un lago volcánico rodeado de santuarios cuyas aguas, según la tradición hindú, están en contacto con las del río Ganges (India). Un rincón sagrado para los mauricianos hindúes -el 52 por ciento de la población-, que en febrero peregrinan vestidos de blanco hasta sus orillas para honrar a Shiva en la fiesta Mahashivaratree. De camino a la capital, nos topamos con Eureka, una de las casas coloniales más antiguas del país, que nos retrotrae a la época de la colonización francesa.

En esta colección de verdes, azules, amarillos y rojos que tiñen los 65 kilómetros de largo y 48 kilómetros de ancho de Isla Mauricio sólo hay pequeñas motas grises propias del asfalto de las únicas cinco ciudades que pue blan el país: Port Louis, Curepipe, Quatre Bornes, Rose Hill y Phoenix. La fisonomía de Port Louis, bautizada así en honor a Luis XV de Francia, delata el maridaje étnico de la isla al concentrar en sus calles la Mezquita Jummah, el Barrio Chino, la Catedral de Saint-James (anglicana), la Catedral de San Luis (católica) y un rosario de pagodas chinas y templos hindúes tamiles. En esta ciudad de 170.000 habitantes también destaca su Plaza de Armas, el mayor exponente de la arquitectura criolla del país.

El ágora de los mauricianos es el mercado central de Port Louis, un vibrante bazar de fruta exótica, verdura, artesanía y especias que abre de lunes a sábado menos en temporada hípica (de mayo a noviembre), cuando muchos comerciantes echan el cierre los sábados para disfrutar del deporte rey de Mauricio: las carreras de caballos. Una reminiscencia británica.

Situada a 20 kilómetros de Port Louis, Curepipe es una zona residencial que invita a una jornada de compras y a visitar alguno de sus talleres de maquetas de barcos, en los que se puede conocer in situ el proceso de elaboración de estas réplicas de antiguos galeones.

El ritmo de vida en Mauricio es el que se podría esperar de una isla tropical (las tiendas cierran a las cinco), aunque los mauricianos se caracterizan por su espíritu despierto y trabajador. Su exquisita educación y lo que ellos denominan savoir faire, amén de su simpatía y dulzura, han conseguido que incluso en la vecina Seychelles prefieran trabajadores mauricianos. Como una fruta tropical con cáscara de lujo, Isla Mauricio es la esencia más naif de África. Un manjar cuya pulpa interior esconde un sorprendente microcosmos de culturas. Un país de sonrisas perfumado por Ylang-Ylang.