Gstaad, Verbier y Zermatt, el blanco perfecto

Esquí en Alpes de Suiza. Como asistir a un partido en Maracaná para un amante del fútbol o, para el del golf, jugar en St. Andrews, calzarse las tablas en suiza marca un antes y un después a los locos del deporte blanco. Sobre todo en sus estaciones de más renombre, donde simples mortales con sed de la mejor nieve pueden cruzarse por las pistas con la multiétnica familia de madonna o la más previsible del príncipe Guillermo. Varias de las cimas más fotogénicas del mundo, dominios sin atisbo de aglomeración y unas “fondues” de pecado para rematar el día en sus chalets alpinos. Entre Gstaad, Verbier o Zermatt, nos quedamos con las tres.

Elena del Amo
 | 
Foto: Luis Davilla

"Todavía no se aprecia, pero estoy convencido de que llegará el día en el que cientos de ingleses vendrán a Suiza para la temporada de esquí en marzo y abril. Creo que puedo afirmar que soy el primero (…), pero seguro que ni por asomo seré el último". El visionario que hace siglo y pico se olió este potencial de ocio y negocio en el país de Heidi se llamaba ni más ni menos que sir Arthur Conan Doyle. En 1894, en las páginas de la misma The Strand Magazine donde publicaba con inmenso éxito las aventuras de su elemental Sherlock Holmes, el escritor narró sus avances sobre la nieve en un reportaje con fotos suyas, calzando unas tablas de más de dos metros que se había hecho traer de Noruega. Allí tan al norte el esquí llevaba inventado mucho tiempo. En Suiza, aunque hoy cueste disociar sus montañas de los forros polares, los telesillas y los fortaits, lo de lanzarse cual torpedo por las laderas parece que no se le había ocurrido aún a nadie.

Luis Davilla

Tuvieron que ser los británicos quienes lo pusieran de moda entre las clases pudientes, de forma no muy distinta a como le habían dado el pistoletazo de salida al turismo de sol y playa al descubrir las bondades de la Costa Azul. Hasta entonces los potentados de la Europa industrial llegaban a Suiza en verano para disfrutar de la vida social de sus balnearios o, como haría la mujer de Conan Doyle, en busca de alivio para enfermedades como la tuberculosis. Que comenzaran a atreverse también en invierno con sus montañas fue cosa, poco antes de que el padre del detective se iniciara en el esquí por ellas, del hotelero Johannes Badrutt. Ávido probablemente por prolongar la temporada, retó a sus huéspedes estivales a regresar a St. Moritz en Navidad para que comprobaran cómo, incluso entonces, lucía el sol que de seguro les negaba su Inglaterra natal. De equivocarse, se comprometió a pagar él todos los gastos. El buen hombre se arriesgó, sí, pero la jugada le salió redonda y aquellos caballeros, al volver a casa, hicieron correr la voz de que los Alpes a rebosar de nieve seguían siendo puro hedonismo.

Las primeras expediciones que intentaron coronar cimas míticas como el Cervino también contribuyeron a colocar en el mapa pueblitos como Zermatt, que apenas subsistían de la ganadería. Poco a poco, con la cada vez menos tímida afluencia de turistas y el desarrollo del ferrocarril, que volvió más accesibles sus montañas, el país con más glaciares de Europa y más cimas por encima de 4.000 metros se fue convirtiendo en un icono del esquí. Salvo los precios, sus estaciones más coquetas lo tienen todo: cotas muy altas donde rara vez falla la nieve y a menudo luce el sol; dominios esquiables tan descomunales que las aglomeraciones brillan por su ausencia; remontes de eficacia suiza y un servicio con hasta estrellas Michelin por pueblos de chalets alpinos sin bloques de apartamentos y, a menudo, ni coches. A cambio, legiones de ricos y/o famosos entre, faltaría más, amantes del todo anónimos del deporte blanco en su mejor versión. Unos y otros rematan la temporada en la tríada de favoritas de los últimos años.

Zermatt, bajo la montaña perfecta

La inconfundible pirámide que corona el Cervino o Matterhorn –su nombre a cada lado de la frontera– se avista por todo este pueblito alpino del cantón del Valais ya casi colindante con Italia. Si el día anda despejado, los 4.478 metros de este coloso de roca y hielo resultan especialmente fotogénicos desde el puente sobre el riachuelo que atraviesa Zermatt y desde la iglesia junto a la que reposan los primeros escaladores que perdieron la vida tratando de conquistarlo. Tras la ascensión del 1 de agosto de 1855, en la que se hizo cumbre en la cima más alta del macizo del Monte Rosa, Zermatt cobró tal renombre internacional que propició la apertura de su primer hotel. Uno tras otro irían cayendo los demás grandes picos de sus inmediaciones. Todos menos uno: el Cervino, la montaña perfecta, la maldita o, para muchos, la más bella del mundo, seguía resistiéndose hasta que el verano de 1865 el británico Edward Whymper logró culminarlo junto a otros seis hombres. No todos volvieron para saborear la gloria. En el descenso, cuatro se precipitaron al glaciar tras partirse la cuerda que, como si fuera una joya, se exhibe en una urna del museo junto a la iglesia que recuerda la gesta. La repercusión del accidente en la prensa de la época colocó en los mapas este pueblo, hoy la estación más alta de Europa.

Luis Davilla

Si esquiar bajo este picacho mítico ya es recompensa suficiente, Zermatt presume de ser mucho más que el Cervino. El pueblo dibuja una primorosa postal incrustada en las montañas, por cuyo cogollo se conservan los chalets de madera –una especie de hórreos alpinos– de cuando no era más que una aldea de pastores olvidada del mundo. No hay otro tráfico que alguna calesa y los cuadradotes vehículos eléctricos que ofician como taxis. Los coches se aparcan pues a cinco kilómetros, en Täsch, para seguir en el tren panorámico que trepa por sus últimas pendientes o, si uno va holgado de presupuesto, en helicóptero. Pero a Zermatt solo algún despistado –últimamente rusos y hasta chinos– viene a ostentar de billetera. Para ver y ser visto, mejor St. Moritz. Aquí lo que manda es el esquí, el snowboard y el freeride. Es decir que, aunque también hay vida nocturna si se busca, se suele trasnochar más bien poco; se madruga y, con la rigurosidad de la Suiza alemana, se elige a conciencia el sector a abordar al día siguiente.

Su dominio esquiable, con 360 kilómetros de pistas para todos los niveles y posibilidad de adquirir un forfait con el que cruzar a Italia, lo corona el Matterhorn Glacier Paradise, cuyas nieves eternas permiten esquiar incluso en agosto. Entre vistas de impresión, un teleférico llega hasta sus 3.820 metros a los pies del Cervino, desde donde un esquiador no necesariamente olímpico puede deslizarse hasta el pueblo. También espectacular, la ascensión en tren cremallera hasta las pistas de Gornergrat, donde los senderistas del verano buscan la foto de su icónica cumbre reflejándose en el lago Riffel, así como la posibilidad de descabalgarse de las tablas en la terraza mejor ubicada de la zona de Sunnegga-Rothorn para presentarle sus respetos a su pirámide perfecta con una cerveza o un chocolate bien caliente entre manos.

Luis Davilla

Gstaad, escondite de la jet

Aunque camufladas dentro del típico chalet suizo, que Hermès, Prada, Gucci o Louis Vuitton tengan tienda por el entramado peatonal de Gstaad ya es toda una declaración de intenciones. Impresiona a su vez que Julie Andrews, Roman Polanski o el ex magnate de la F1 Bernie Ecclestone se cuenten entre sus vecinos, así como la interminable lista de caras conocidas habituales de esta estación a la que, increíble pero cierto, también se viene a esquiar. De ayer a hoy, desde Richard Burton & Liz Taylor, Brigitte Bardot, Grace Kelly o Cary Grant hasta Madonna, Valentino o el clan Casiraghi al completo, entre muchos más celebs y royals. Solo St. Moritz podría competir con tanto rico y famoso. A favor de Gstaad: la norma no escrita de dejarlos tranquilos, por lo que solo algún patoso se atrevería a robarles una foto mientras disfrutan de un café al lado de un granjero en, por ejemplo, el Charly’s. También, que Gstaad no ha perdido su atmósfera de pueblo gracias a que, desde hace décadas, solo se permite edificar chalets de madera, o a los puñados de vaquerías (muchas visitables) que conservan sus valles. Y, fundamental, que Le Rosey solo hay uno. Este internado, con un campus en esta primorosa villa del Oberland bernés, es en parte culpable de que, desde 1880, recalen por aquí tantos grandes y futuros grandes del mundo. En él estudiaron desde nuestro rey emérito hasta Rainiero de Mónaco, Balduino de Bélgica o el mismísimo Aga Khan, y ya se sabe que donde uno esquía de niño, siempre vuelve de adulto. ¡Da igual, salvando las distancias, que sea La Pinilla o Gstaad!

Otro gran culpable sería el Gstaad Palace, cuyas habitaciones de palacio alpino siguen albergando al dinero viejo del planeta y en cuyo night-club actuaron Louis Amstrong, Ella Fitzgerald y Marlene Dietrich. Hay muchos más hoteles de lujo y también coquetos chalets para alquilar ya no necesariamente tan prohibitivos; una barbaridad de estrellas Michelin y Spas con pedigrí para el après-ski de nivel, y, por supuesto, 220 km de pistas de nieve óptima: lisas y anchas como autopistas para los principiantes del esquí y snowboard por Glacier 3000, aunque con alguna concesión al freeride a pesar de no ser esta una estación de mucha locura; favoritas de las familias, como Rellerli o Wispile; la infartante pendiente del Tiger Run…

Luis Davilla

Verbier, meca chic del “freeride”

Se parece a las anteriores por su idílico entramado de chalets de madera, pero, a diferencia de ellas, esta soleada estación del Valais se ha puesto de moda más recientemente, y encima como favorita del esquí más extremo y las celebrities más discretas. Aunque el príncipe Guillermo fuera pillado en el night-club del Farinet o las revistas se hicieran eco de que Madonna, aun teniendo casa en Gstaad, fue en Verbier donde pasó las penúltimas Navidades, sus habituales son más del perfil de Jude Law, Jamie Oliver y el cantante James Blunt, así como de los príncipes de Dinamarca o los bien avenidos Andrés de Inglaterra y Sarah Ferguson, que hace pocos años se agenciaron aquí un millonario refugio invernal.

En el corazón de Los 4 Valles, uno de los mayores dominios esquiables de Europa, más de 400 kilómetros de pistas aguardan a deportistas de todos los niveles, aunque, de nuevo a diferencia de las anteriores, el fuera pista es lo que, sobre todo suizos, ingleses, escandinavos y cada vez más españoles, vienen a buscar. No es casualidad que la final del campeonato de esquí y snowboard extremos Freeride World Tour –este año entre el 31 de marzo y el 8 de abril– se celebre en Verbier. Exactamente en la pendiente de vértigo del Bec des Rosses, que los espectadores pueden admirar a sus pies como si se tratara de un anfiteatro natural.

Luis Davilla

Con tanta adrenalina lista a salirse de las pistas, el après-ski no podría ser menos salvaje. Como en toda estación de nivel, sobran los Spas y restaurantes de calidad, o los hoteles y chalets de alquiler donde retirarse a una hora prudencial para cargar pilas, pero las noches de Verbier, sobre todo los fines de semana, suelen ser sonadas. Antes del último descenso, nada como, por Les Ruinettes, hacer un alto para una cerveza o una copa de champán en la terraza cercada de montañas de Le Mouton Noir, y hasta echarse unos bailes con las botas puestas al son del dj del Ice Cube. O, nada más bajar de las pistas, más marcha en Le Rouge y el Mont Fort, el pub que le toma prestado el nombre al glaciar desde el que, con suerte, se habrá avistado a sus majestades el Mont Blanc y el Cervino.

No sólo esquí

Desde luego es el rey, y en todas sus modalidades: desde el más sosegado esquí nórdico o los descensos en las noches de Luna llena tras cenarse una fondue en plena montaña hasta el fuera pista e incluso el heliesquí, sin olvidar las legiones de snowboarders, especialmente en Verbier. Si en ella los amantes del esquí extremo ya andan salivando ante la inminente final del Freeride World Tour, tampoco le queda nada –el 17 de abril– a la carrera para militares, aunque abierta a civiles con óptimo nivel de esquí de travesía, La Patrouille des Glaciers, que se celebra cada dos años entre Zermatt y Verbier. Para los no esquiadores quedan los trineos convencionales o los tirados por perros –preciosos los recorridos por Verbier con chiensdetraineau.ch–, los paseos con raquetas de nieve, los Spas más hedonistas y, sobre todo en Gstaad, el shopping y la cocina de altura, así como festivales de la talla del Zermatt Unplugged, que este año recibe, el 12 de abril, nada menos que a Norah Jones. Ya para el verano, la época favorita de caminantes y ciclistas, se reserva para los más en forma la exigente ascensión al Cervino, factible en el día desde el mítico refugio Hörnli Hut a sus pies, aunque una absoluta insensatez abordarlo sin guía. Y, como aliño a los días de senderismo al sol por sus montañas, puñados de eventos por las tres estaciones, tan dispares como el torneo de polo de Gstaad o los recitales que, por las iglesias de sus valles, honran a su antaño vecino, el violinista y director de orquesta Yehudi Menuhin.