Ezcaray, un festín natural y gastronómico

El plan perfecto consiste en descubrir este bonito pueblo de La Rioja envuelto en sierras boscosas para después contentar al estómago con el mejor tributo imaginable

Noelia Ferreiro
 | 
Foto: loloalvarez / ISTOCK

Darse a la buena vida tiene mucho que ver con descubrir las bondades de esta villa riojana pintada de hayedos e iglesias románicas, de cumbres nevadas y mantas de mohair, de hoteles de diseño y estrellas Michelin. Una población de poco más de dos mil habitantes en la que empaparse del sabor del terruño sin dejar a un lado otras propuestas atrevidas, en la que comprobar cómo lo tradicional no está reñido con la vanguardia.

Ezcaray es el típico pueblo de montaña escondido en el valle del río Oja, a un paso de la estación de esquí de Valdezcaray, donde en invierno acuden hordas de jóvenes atraídos por unos descensos modestos pero en un entorno precioso. Un pueblo enmarcado por los famosos viñedos riojanos y con uno de los conjuntos de arquitectura popular más interesantes del norte: viejas calles plagadas de soportales y casonas de piedra rojiza en cuyo interior se adivina el calor del hogar, el crepitar de la chimenea, el reconfortante disfrute de una copa de vino. Sensación a la que contribuyen las populares mantas que son típicas de la localidad. Ligeras, mullidas, gustosísimas, se elaboran por la misma familia desde 1930. De ello da cuenta su pequeño taller artesano, abierto al público y a las compras, que es el último vestigio de esta tradición textil.

herraez / ISTOCK

También Ezcaray es un deslumbrante enclave natural, en plena Sierra de la Demanda, con decenas de senderos para abordar por el monte. Como el que conduce a la Ermita de Santa Bárbara para apreciar unas vistas fabulosas. Un camino entre hayedos que, especialmente en otoño con su despliegue cromático, resulta altamente recomendable... y más si se tiene la suerte de verse acompañado por algunas de las especies protegidas que sobrevuelan estos parajes, como el buitre leonado o el águila real.

Pero a Ezcaray, más allá de la aventura por los bosques y de los apacibles paseos por sus plazuelas porticadas, se viene a comer de lo lindo. Porque si por algo se distingue esta villa es por su buen hacer en los fogones, un privilegio que lleva tallado un nombre propio: Echaurren, lo que fuera en sus orígenes una humilde casa de postas para, un siglo después, convertirse en un lujoso hotel gastronómico con un restaurante clásico y otro contemporáneo con dos Estrellas Michelin.

James Sturcke

Emplazado en pleno centro histórico, frente a la espléndida iglesia de Santa María la Mayor, Echaurren es, como decíamos, una tradición familiar que se remonta a cinco generaciones. El resultado de trasmitir de padres a hijos las recetas tradicionales de La Rioja, enriquecidas de manera magistral. Francis Paniego es hoy el rostro visible de esta saga en la que convive la cocina tradicional bajo el sello que ha dejado su madre, Marisa Sánchez, con su propia propuesta de alta gastronomía de vanguardia.

Así, en Echaurren, además de las propuestas más informales de El Cuartito y el gastrobar E-Tapas, encontramos, anejos, dos templos gastronómicos. El restaurante de la madre y el restaurante del hijo. Uno es Echaurren Tradición, con la cocina de siempre de Marisa, presidida por esas croquetas de jamón y pollo que se cuelan entre las mejores del mundo. Y también con las llamadas albóndigas de la abuela (con trufa y parmentier), las pochas a la riojana con fritada de tomate, la merluza a la romana confitada a 45 grados, los callos con morro de ternera o las patitas de cordero, entre otros muchos manjares salidos de estos fogones de la memoria.

kissenbo / ISTOCK

El otro es El Portal, donde Francis Paniego da rienda suelta a su creatividad. Alta cocina contemporánea avalada nada menos que por dos Estrellas Michelin y cuya oferta se rige por menús degustación que se ajustan según la temporada. El más característico: Entrañas, ideado para enfrentarse a los tabúes de la casquería y dejarse sorprender por auténticas delicias como el tartar de corazones, la oreja en escabeche, los sesos lacados o el parfait de higaditos de pollo. Un espectáculo de sabores y armonía que constituye una experiencia inolvidable.

Justo para después poner el colofón perfecto en el propio hotel gastronómico de Echaurren, que lleva el sello de Relais & Chateaux y es en sí mismo, como la cocina de Paniego, un maridaje entre tradición y vanguardia. Tonos blancos y madera de haya en unas habitaciones elegantes, luminosas y confortables donde rendirse al sueño después de un día perfecto.