12 días en la Antártida: el continente más salvaje de la Tierra

La VII Expedición de la Revista Viajar, organizada por B the Travel Brand, ha navegado tras los pasos de los grandes exploradores hasta las barreras de hielo del círculo polar antártico

Mariano López
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Foto: IGNACIO VILLANUEVA

El fin del mundo es un hervidero. Ushuaia, la ciudad situada en el extremo sur de Argentina, no para de crecer. En 1980 tenía 11.000 habitantes; en 1990, 30.000; hoy suma 100.000 y sigue atrayendo vecinos. Marcelo, el conductor del autobús que nos lleva al puerto, me explica: “Es un buen sitio para vivir, no hay paro, se gana dinero, prácticamente hay turismo todo el año”. El lugar que presume de ser la ciudad más austral del planeta, título que disputa a la chilena Puerto Williams, recibió el año pasado medio millón de turistas, atraídos por los encantos de la Tierra del Fuego, las excursiones a los fiordos chilenos y, sobre todo, los cruceros a la Antártida, el decisivo motor de crecimiento del fin del mundo.  

Antártida. Su nombre basta para cautivar la imaginacion. Es el lugar más extremo del planeta, el más salvaje, el más puro, el más extraño. Despoblado, árido y temible, helado y bello, fascinante. En verano ocupa cerca de tres millones de kilómetros cuadrados; en invierno, cuando la banquisa de hielo se extiende en torno al corazón continental, suma más de quince millones de kilómetros cuadrados, treinta veces el tamaño de España.

IGNACIO VILLANUEVA

Es el lugar más árido de la Tierra, un desierto que encierra en su caparazón helado el 70 por ciento del total de agua dulce del planeta. Es también el continente más frío y el más ventoso. En la estación científica francesa Dumont D’Urville se han llegado a registrar vientos superiores a los 320 kilometros por hora y en la meseta antártica, en 2018, los satélites detectaron una temperatura récord de 98,6 grados bajo cero. Las aguas que rodean al continente están llenas de vida, pero en el continente solo hay musgos, algas, líquenes, dos especies de moscas, ácaros y –en algunas zonas– el pingüino Emperador. Sobran las razones para querer viajar a la Antártida. 

En Ushuaia embarcamos rumbo a la Península Antártica en el buque MS Midnatsol, de la compañía noruega Hurtigruten. Es un veterano de los hielos, acostumbrado a servir de ferri de línea por los puertos y fiordos de la costa noruega. Desde hace tres años opera también durante el verano austral como crucero antártico, con una tripulación de unas 140 personas. Lleva cuatro motores diésel que suenan acompasados, precisos, graves, cuando la nave se despereza y fija el rumbo para salir del Canal de Beagle y entrar en mar abierto. Esta, quizá, sea la última temporada para esos motores, que no parecen los más ecológicos posibles para viajar a la Antártida. El año que viene habrá cambios. La directora del crucero, Marit Elise Lauten, predice que la reforma estará completada en el 2023: “Echaré de menos una buena parte del encanto que tiene este barco, el aroma viajero que le ha aportado al interior su historia como ferri”. 

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La nave deja el Canal de Beagle y avanza hacia el sur, hacia el Mar de Drake. Todos los marineros del mundo siempre han temido estas aguas, agitadas por vientos fríos que soplan en varias direcciones. Es el mar más tormentoso del planeta, el único que suele sufrir una gran tormenta cada 36 horas, el que registra con más frecuencia olas de más de diez metros de altura. Lleva el nombre de Francis Drake, en honor a su viaje entre 1577 y 1580, pero debería llevar el nombre de su descubridor, Francisco de Hoces, capitán del San Lesmes, el barco con el que llegó a estas aguas empujado por las tormentas en 1526. Algunos mapas hacen justicia al paso del San Lesmes y denominan a este temible pasaje el Mar de Hoces. 

A bordo del Midnatsol, el primer día de navegación se distribuyen las chaquetas cortavientos y las botas de caucho entre los pasajeros. Las botas, obligatorias para pisar suelo antártico, se desinfectan antes y después de cada desembarco. Hay que limpiar también toda la ropa que pueda tener contacto con la superficie antártica. Y es obligatorio que los pasajeros asuman las normas de la IATO, organización creada por siete operadores pioneros para promover actividades turísticas responsables en la Antártida. La norma fundamental es precisa y clara: “No deje nada, excepto huellas; no se lleve nada, excepto fotografías”.  

El albatros errante 

Para organizar los desembarcos, los pasajeros quedan divididos en grupos, cada uno de ellos con el nombre de un ave o animal característico de la Península Antártica. Al grupo de viajeros de la Expedición VIAJAR le corresponde el nombre del rey de los vientos y las tempestades: el albatros errante. En las costas antárticas anidan 39 especies de aves. La mayor de todas es el albatros errante, el ave voladora más grande del mundo: puede medir más de tres metros de envergadura. Entre la gente de mar se dice que es de buen augurio que el albatros siga a los barcos. Maravilla verle volar, planea pegado al mar, dibujando con sus enormes y elegantes alas articuladas el errático baile de las olas. 

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Tras casi mil kilómetros de navegación, en los que solo sufrimos durante unas horas la furia del Mar de Drake, los primeros icebergs anuncian la proximidad de la Antártida. Son témpanos marinos –“bandejones” les llaman en Argentina– que se han formado en invierno y ahora se derriten. La Antártida es una enorme y constante fábrica de montañas de hielo. En el Océano Antártico pueden flotar unos 300.000 icebergs, algunos colosales. En septiembre de 2017 se desprendió un iceberg del tamaño de Gran Canaria; al año siguiente, en julio, surgió otro tres veces mayor. Para la navegación, los peores témpanos son los que casi no emergen. Formados por hielo muy duro, comprimido durante siglos, sin apenas aire, poseen un color verde oscuro y suelen crepitar constantemente. Se les llama “gruñones”.

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El explorador Frank Worsley, integrante de la última y más temeraria expedición de Ernest Shackleton a la Antártida, se sentía cautivado por las formas de los témpanos (“Parecen nacidos –escribió– del delirio de un brillante arquitecto”) y sus colores: azules, blancos, verdes y anaranjados con la luz de los atardeceres antárticos. En nuestra Expedición, el Sol desaparece del horizonte tres horas, pero su luz permanece: las noches son blancas. El nombre del barco, Midnatsol, celebra este fenómeno: significa en noruego Sol de medianoche. 

Horas después la Expedición avista las cumbres de las Shetland del Sur, el archipiélago que corona la entrada norte de la Península Antártica. La nave ancla en una bahía y las lanchas se preparan para el desembarco. Será el primer contacto con el territorio antártico, en la isla de la Media Luna, Half Moon Island, desde la que se divisan las blancas montañas de la isla Livingston, donde se encuentra una de las dos bases científicas españolas, la Juan Carlos I, establecida hace tres décadas gracias a la iniciativa, al empeño, del oceanográfo Antonio Ballester, impulsor de la presencia española en la Antártida. 

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Cerca de donde se encuentra la base española, en la isla Livingston, el 17 de octubre de 1819 ancló su barco el capitán inglés William Smith y se convirtió en el descubridor oficial de la Antártida. Pero no fue el primero en llegar a Livingston. En una playa contigua al lugar del desembarco de Smith se encontraban los restos de una embarcación que, con toda probabilidad, pertenecían al navío español San Telmo, un carguero de línea que había salido de Cádiz en mayo de 1819 rumbo a Lima con un convoy de tres barcos, que le perdieron de vista cuando el San Telmo, con 644 marineros a bordo, luchaba contra los vientos y la tormenta, a 61 grados de latitud Sur. 

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El primer contacto con la Antártida nos permite ver de cerca skúas, pingüinos Barbijo y restos de esqueletos de ballenas dispersos por la playa. El desembarco de los viajeros, en lanchas zodiac para 18 pasajeros, ha estado precedido por un equipo de biólogos del crucero que exploran la zona, determinan en qué lugares se puede caminar y desembarcan los equipos de emergencia: tiendas de campaña, sacos de dormir y raciones para la supervivencia de cien personas durante varios días. Las posibilidades de que un grupo se quede aislado por un temporal de nieve en tierra son escasas, pero no nulas. 

Un gran laboratorio 

Al día siguiente, la experiencia antártica continúa en las Shetland del Sur. La nave entra, lentamente, en la caldera en parte sumergida del viejo volcán dormido pero activo de la isla Decepción, donde está la otra base española en la Antártida, que lleva el nombre del almirante español que a comienzos del XVII patrulló las aguas australes en busca de piratas y corsarios, Gabriel de Castilla. En esta base los naturalistas españoles realizaron el primer inventario de la fauna habitual en la isla Decepción y sus aguas cercanas: seis especies de cetáceos, cinco de focas y 33 de aves. La Antártida es un fantástico escenario para los científicos. Equipos de 30 países operan 80 estaciones de investigación.

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Los campos de estudio son extraordinariamente singulares y diversos: huellas de meteoritos, valles secos similares a la superficie de Marte, lagos subglaciales de agua dulce, una corriente marina circumpolar de 24.000 km de longitud, detectores de neutrinos, archivos geológicos del clima hace 200.000 años, las rocas más antiguas, el agujero de ozono (dos bases de la Antártida lo descubrieron) y, por supuesto, el cambio climático. El 62 por ciento de las investigaciones de los científicos españoles en las bases antárticas en los últimos años tienen que ver con el cambio climático. 

Un día después, la nave cruza el estrecho de Bransfield camino de las costas de la Península Antártica. Edward Bransfield fue un capitan de la marina británica, considerado el codescubridor de la Antártida, junto con William Smith. Estrechos, canales, playas, caletas y fiordos de la geografía en la que nos vamos a adentrar llevan el nombre de sus primeros exploradores: cazadores de focas, balleneros, geógrafos, aventureros, marineros en misión oficial... El primero que atascó su barco en el hielo y tuvo que pasar meses inmovilizado por el invierno fue el belga Adrien de Gerlache. Su barco Belgique llevaba un contramaestre que sería leyenda: Roald Amundsen. 

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El Midnatsol ancla en una ensenada descubierta por Gerlache y bautizada posteriormente por los balleneros noruegos con el nombre de Orne. El desembarco supera en emociones a los realizados en las islas. La playa está rodeada por montañas cubiertas de un manto de nieve pura de más de medio metro de espesor. Los valles que parecen anunciarse entre las cumbres están ocupados por glaciares que empujan hacia el mar la primera línea de sus hielos. A lo lejos se escucha el estruendo que forman las paredes de hielo al desprenderse del glaciar. En el agua hay témpanos casi derretidos de color azul, icebergs de hielo blanco y bandejones donde dormitan las focas.

En tierra, los pingüinos no callan. Son de dos especies: Barbijo y Gentú, fácilmente identificables. Algunos entran y salen del agua; otros se acercan, sin miedo, a los humanos y les miran, curiosos, con el protocolo que les exige tener los ojos en lados opuestos de su cara. Huele a guano, el olor de las colonias de pingüinos. Alrededor de los viajeros hay 360 grados de hielo, nieve, montañas, olas y soledad. Un paisaje emocionante. 

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Carmela, una de las integrantes de la Expedición, está feliz: “Esto era lo que yo imaginaba, lo que me esperaba de la Antártida”. 

Por la tarde, vemos desde el barco un pequeño grupo de orcas y siete ballenas jorobadas que generan ooohs de admiración cada vez que descubren sus colas antes de desaparecer bajo las aguas. Las jorobadas son las más juguetonas de las ballenas. Tres de las siete ballenas se acercan al barco y nadan a su alrededor. Se diría que están curioseando, para informar luego a sus compañeras. Son las exploradoras. En estas aguas habita la mayor variedad de ballenas del globo: azules, jorobadas, minke y francas australes, además de cachalotes, orcas, zifios y delfines.

La navegación continúa hacia el sur. Se desciende a tierra en varias islas y radas y se recorren en lancha, entre los icebergs, varias bahías. Hay, también, actividades extra: un paseo por la nieve con raquetas, navegación entre los hielos con kayaks y una noche de acampada en una tienda de campaña clavada en suelo antártico. 

Las zodiac permiten acercarse hasta los roquedos, donde habitan colonias de charranes –incluido el charrán ártico, el ave que realiza la mayor migración del planeta– y cormoranes antárticos, ave que puede bucear hasta los doce metros de profundidad. El viento, habitual, levanta la nieve de las montañas y deja al descubierto la roca viva, de color oscuro, a menudo veteada por el rojo de los minerales de hierro o el verde claro de la malaquita.

El tiempo nos permite cumplir con el programa: días soleados, temperaturas no muy lejos de cero grados, nada de nieve. Friederike Bauer, jefa de expediciones del crucero, lleva más de dos décadas viajando a la Antártida y asegura que nunca ha visto un tiempo igual. “Es excepcional: todos los días del viaje con Sol”.  

El canal de Lemaire 

La suerte nos alcanza hasta el lugar más austral del programa de navegación: el Canal de Lemaire, estrecho pasaje entre una isla y la costa de la Península Antártica. Lo bautizó Gerlache con el nombre de Charles Lemaire, un explorador belga del río Congo. El barco navega hasta la embocadura del canal, donde se detiene. El capitán, el noruego Bjoern Ivar Pedersen, explica por megafonía que está estudiando, con sus oficiales, los riesgos de avanzar. Finalmente decide dar la vuelta. Hay demasiado hielo en las aguas del Canal y un gran témpano de hielo sólido justo donde concluye. Mejor retroceder, virar al norte. Le pregunto si los barcos que navegan por la Antártida corren el riesgo de sufrir la suerte del Titanic: “Con los instrumentos de navegación –contesta–, la información de los satélites y las mejoras de las embarcaciones, los riesgos son mínimos. Pero existen”. 

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De regreso a Ushuaia, el crucero se acerca a menos de tres millas náuticas del Cabo de Hornos. “Doblar el Cabo de Hornos, donde el viento sopla furioso”, dice una canción de los balleneros, que se ganaban el derecho a llevar un pendiente cuando pasaban del Atlántico al Pacífico por el sur de la isla de Hornos. Son las últimas horas de una navegación por lugares tan bellos para la contemplación como terribles para la supervivencia. Para los viajeros queda el recuerdo de sitios de infinita belleza, ballenas, pingüinos, glaciares, una luz diferente a todas, el extremo y extraño sexto continente. José Ignacio, gran viajero, miembro de la Expedición VIAJAR, precisa su resumen: “Ha sido un viaje inolvidable”. Estamos llegando a Ushuaia, volvemos al fin del mundo.