Etiopía, país de leyendas

Un país africano que muestra un trozo de su alma en este reportaje de Reverte y del fotógrafo Juan Manuel Castro Prieto.

Javier Reverte

No son muchos los países africanos que pueden presumir de contar con una personalidad propia y acusada, ni de ser por completo diferentes a los países de su entorno. Y Etiopía sí podría hacerlo sin que nadie osase oponerle una objeción. Desde luego, es miserable como los territorios vecinos, enclavado en un escenario africano azotado por sequías, guerras y hambrunas. Y su geografía puede asemejarse, en el sur, al norte de Kenia; en el oeste, a la desolada Somalia, y en el oriente, al Sudán meridional. Pero esas similitudes se esfuman para cualquiera que viaje a esta tierra recóndita del continente negro, pues de inmediato percibirá, por muy insensible que sea, que se encuentra en un universo recogido sobre sí mismo, orgulloso en su sentido de la diferencia, altanero al mostrar a los viajeros su historia rica y cargada de leyendas. Nada de Etiopía es igual a nada de cuanto rodea sus fronteras. Los etíopes lo saben y exhiben siempre una actitud orgullosa ante el extranjero, como si contemplaran a los demás con la mirada de un viejo aristócrata por cuyas venas corre sangre de reyes. Las excelentes fotos de Castro Prieto recogen con sutileza esa singularidad del alma etíope.

Yo creo que son tres los elementos que esculpen el perfil más íntimo de este país: su historia de aislacionismo, su lengua y su religión. Porque, al contrario que todas las otras naciones del África negra, sin excepción ninguna, Etiopía cuenta con una lengua escrita, con una religión propia y con una historia que cabalga a lomos de la mitología y que se transmite de generación en generación sin que ningún habitante de este país ponga nunca en cuestión su verosimilitud.

Etiopía vive sobre los mitos. Y sus mitos están contenidos, en su mayor parte, en su códice principal, el Kebra Neguest ("Gloria de Reyes"), un texto del siglo XIV escrito en lenguague''ez, el precedente de la lengua amárica, único idioma africano escrito en lengua autóctona, con caracteres cirílicos claramente diferenciados del ruso o del griego. El libro relata los orígenes del reino etíope, la genealogía de sus reyes y los elementos que singularizan su religión de signo cotpo-ortodoxo. En el texto se relata el romance acontecido en Israel entre la etíope reina de Saba y el rey judío Salomón, el robo del Arca de la Alianza del templo de Jerusalén por parte de Menelik I, el hijo de la reina de Saba, y la fundación del Estado etíope por parte de la dinastía de los Salomónidas. También se contienen en el libro los fundamentos de las creencias ortodoxas etíopes, de origen bizantino, con influencias musulmanas y judías. Como sucede en las dos principales ramas de la iglesia ortodoxa, la greco-eslava y la egipcio-alejandrina, la etíope (obediente de la segunda) es monofisista, esto es, afirma que Cristo poseía una única naturaleza, la divina, enfrentándose al criterio de la Iglesia Católica, que concede a Cristo la doble naturaleza, la humana y la divina. Este debate sobre la naturaleza del hijo de Dios fue la causa de la separación de las dos principales iglesias cristianas en el concilio de Calcedonia en el 451. Y sigue siendo aún el fundamento que separa a los cristianos dieciséis siglos después de que se iniciara tan insólito debate.

Todos los etíopes, ricos (muy pocos) o pobres (incontables en número), se aferran a sus mitos y creencias con una fuerza singular. Al viajero le será difícil toparse con un etíope que no sea creyente y encontrará muchos que lucen con orgullo cruces ortodoxas sobre el pecho. La fe de este pueblo ha impregnado, al mismo tiempo, todas sus manifestaciones artísticas: los templos de las islas del lago Tana, los monasterios enclavados en la piedra de Lalibela, los castillos de aire medieval de Gondar y los frescos, con representaciones de figuras humanas, que engalanan las paredes de la iglesias etíopes, impregnados de honda influencia bizantina.

Resulta curioso que tanto Cristo como los santos y los ángeles pintados por anónimos etíopes tengan el rostro blanco, mientras que el diablo siempre es un hombre negro. Los principales códices etíopes se guardan en los numerosos monasterios del país, sobre todo en los del lago Tana, mientras que la supuesta Arca de la Alianza robada por Menelik I al rey Salomón se asegura que se mantiene a buen recaudo en el templo de la iglesia de Axum, al norte del país. El libro Gloria de Reyes, en donde se cuenta la peripecia del Arca que contiene las Tablas de la Ley, fue traducido del gue''ez por el jesuita madrileño Pedro Páez en el año 1603. En sus mitos, su lengua y sus creencias reside la fuerza del carácter etíope, su irreductible resistencia a los extranjeros. Etiopía nunca ha sido colonizada, por más que haya sido invadida en algunas ocasiones de su historia. Pero los etíopes supieron siempre librarse de sus invasores. En 1543, con el apoyo de los reyes portugueses, lograron zafarse del yugo impuesto durante catorce años por un caudillo musulmán, Ahmed Gragn, El Zurdo, que invadió a la cabeza de un imponente ejército la mayor parte de Etiopía en 1527, degollando a miles de monjes cristianos y arrasando sus templos. Pese a que Gragn fue ejecutado y sus tropas huyeron en desbandada del país tras la última batalla librada contra el ejército luso-etíope, casi todo el oriente del país conservó la religión musulmana impuesta por el caudillo islámico. En nuestros días, la llama de su fe se mantiene todavía viva alrededor de la hermosa Harar, ciudad en donde, por cierto, se exilió tres siglos después el poeta francés Arthur Rimbaud.

Cuando los musulmanes se marcharon, llegaron los jesuitas, que si bien no intentaron una conquista física, sí que trataron de arrastrar a los etíopes a la fe católica. Entre 1603 y 1622, año de su muerte, el español Pedro Páez había convertido al catolicismo al emperador y más de cien mil etíopes acataban la fe de Roma. Pero en 1633 un nuevo emperador expulsó a los jesuitas y el catolicismo fue erradicado.
En 1868, una nueva invasión militar británica derrocó y provocó la muerte del emperador Tewodros II, que mantenía como rehenes a varios ciudadanos británicos. Cumplida su misión, el general Napier retiró sus tropas y Yahannes IV se proclamó rey de Etiopía. No es inoportuno señalar que Napier se llevó como trofeo al Museo Británico el manuscrito original de Gloria de Reyes.

En 1896, una fuerza de conquista italiana intentaba anexionarse el país. Pero fue estrepitosamente derrotada en el campo de Adua por el emperador Menelik II. Mussolini quiso vengarse de tal humillación histórica y en 1935 invadió el país (al que llamó Abisinia), lo conquistó y depuso al soberano salomónida Haile Selassie. No obstante, el emperador, respaldado por una pequeña tropa británica, logró expulsar a los italianos en el año 1941 y desde entonces Etiopía no ha sufrido nuevas intentonas de conquista.
Así es Etiopía: irredenta, celosa guardiana de su lengua, sus mitos y su religión singulares, diferente a todo y a todos, y orgullosa en su pobreza. Desde luego, no hay un solo país en el mundo que se le asemeje.