El eterno paraíso de los mares del sur: Tahití y sus islas

Quién no ha soñado con ser como Gauguin y partir a los Mares del Sur en busca del sentido de la vida. En Tahití y sus islas, archipiélago de más de 100 islas y atolones con volcanes y lagunas de coral, se puede caminar entre las rayas, nadar con delfines y hacerse amigo de los orgullosos y acogedores polinesios. 

Eugenia Rico
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Quién no sueña con los Mares del Sur, pero en los Mares del Sur los tahitianos sueñan con nosotros. Los hombres blancos que llegaron un día y ya no quisieron marcharse. Para la mayoría de los mortales, el paraíso está dentro de un cuadro de Gauguin, con hermosas niñas de ojos grandes que miran al futuro. Viajar a Tahití y sus islas es viajar a una de esas postales y despertar en una isla con bahías oscuras y volcanes verdes. 

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Muchos confunden Tahití con la Polinesia Francesa, un archipiélago de más de 100 islas que se extienden por un área tan grande como Europa. Tahití es, eso sí, la puerta de la Polinesia Francesa y donde se encuentra la capital, Papeete. La mayoría de los viajeros pasan de largo. Aterrizan, pasan la noche después del agotador viaje desde Europa y continúan hacia alguna otra isla. En Tahití encontramos una gran ciudad moderna y decepcionante; una capital con hermosos mercados y una isla con playas negras. Hay una sola carretera que da la vuelta a la isla, por lo que se puede hacer un recorrido circular.

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Para visitar el interior montañoso, las cumbres de los volcanes verdes y dormidos con sus cascadas y sus gargantas, hace falta un vehículo 4x4. Muchas agencias organizan rutas por el interior que valen la pena si se dispone de algunos días. Esperan valles misteriosos como el de Papenoo, también conocido como la tierra de las mil cascadas, por los saltos de agua que brotan de las montañas. En el corazón de la isla se encuentra el marae Fare Hape, uno de los restos arqueológicos más importantes de la cultura polinesia. Los maraes son lugares misteriosos donde algunos arqueólogos cuentan que se realizaban sacrificios humanos. Otra ruina muy hermosa, el marae Arahurahu, se encuentra en el oeste de la isla grande. 

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La ola más salvaje

Porque la isla de Tahití es en realidad dos islas conectadas por un istmo: la gran isla, Tahiti Nui, y la pequeña isla, Tahiti Iti, famosa por los surfistas que montan la ola más salvaje del mundo al final de la carretera con más barro del mundo, en Teahupoo. Al final del día es divertido ir a cenar pescado crudo a las roulottes en el puerto, en el mismo lugar donde Gauguin buscaba prostitutas menores de 13 años hace poco más de un siglo. Hoy en día la bohemia y el lumpen han sido sustituidos por los fast-foods y los templos protestantes. 

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Buscando El Paraíso en la otra esquina del que habla Vargas Llosa me embarqué hasta la isla de Maupiti, la más pequeña y una de las más hermosas Islas de la Sociedad. Una isla sagrada gemela de Bora Bora que es como Bora Bora solía ser. Los domingos, las mujeres con sombreros de colores van a misa en iglesias que parecen pasteles de boda. 

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Los ancianos de Maupiti se reunieron y votaron prohibir los hoteles que le habían robado el alma a la vecina Bora Bora, convirtiendo a Maupiti en uno de los últimos lugares intactos de la Tierra. Aquí no hay hoteles, sino pensiones familiares que en general consisten en uno o dos bungalós como los que Alain Maucourt ha construido en la playa de Tereia. Desde allí puedes caminar entre las rayas grises en la marea baja hasta el motu Auira, un islote desierto en el que, según los isleños, habitan los espíritus de una tribu entera que pereció de hambre. Sus hermanos no les dejaron entrar y ahora cada año celebran aquí ceremonias para aplacar sus espíritus. El mejor momento para visitar Maupiti es el Heiva, el festival en que los jóvenes de ambos sexos, bellos como dioses, muestran su talento, bailan en la arena y encuentran pareja o parejas. Los polinesios se preparan durante más de un año para bailar en el Heiva al menos una vez en su vida. El Heiva de Maupiti se celebra todavía sobre la arena y bajo las palmeras, a la luz de las antorchas, mientras en Papeete tiene lugar en un estadio. 

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Maupiti tiene un aeropuerto de juguete, donde la terminal es una choza con buganvillas. Los lugareños reciben a sus familiares con flores y los despiden con collares de conchas que en el pasado eran monedas que podían gastarse en los caminos del mundo. 

Espíritus caminantes

Dicen que en los maraes de Vaiahu y Ofera (grandes ruinas de piedra que fueron templos o lugares de sacrificios humanos) por la noche caminan espíritus. Cuentan que en el valle de Haranae los petroglifos guardan el secreto del origen del mundo. Mientras que en Vaitia descansa la piragua legendaria del héroe que trajo a los hombres a la Polinesia. Maupiti es una isla sagrada y desde el lugar más alto, el monte Teurafaatiu, se ven Bora Bora y los motu como la piel de un animal mítico turquesa y verde con destellos de niebla en el horizonte. Todos los matices del verde y el azul habitan aquí en los lunares de los islotes rodeados de arrecifes de coral.

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No hay coches en la isla. Es posible alquilar bicicletas o piraguas. Pedaleé hasta el final de la isla para ver las rayas grises y bañarme con ellas y explorar los acantilados y las cuevas de uno de los últimos paraísos de la tierra, uno tan secreto que ni siquiera Gauguin pudo pintar. 

La cuna de la cultura

Raiatea significa cielo lejano. Es la más grande de las Islas de Sotavento. Su interior es montañoso y tiene pocas playas, aunque bellísimas. En Polinesia el primer gesto que hace una mujer tahitiana por la mañana es buscar una flor para ponérsela en el pelo. Algunas veces usan la flor de hibisco, que en la lengua local se llama aute. Normalmente la flor es de tiare. En el monte Temehani, en el corazón de Raiatea, crece una planta cuya flor es única en el mundo: la tiare apetahi.

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En esta isla está la cuna de la cultura polinesia: el marae Taputapuate. En algún momento del pasado remoto de este lugar partieron las piraguas en dirección norte hacia Hawái y al oeste a Nueva Zelanda. Las leyendas hablan de la piragua que se perdió y llegó a Rapa Nui (la isla de Pascua). Los ancianos todavía cuentan en el Heiva las tradiciones orales milenarias de cómo los antepasados viajaron durante semanas o meses con sus mujeres, sus niños y sus animales a bordo siguiendo las estrellas. Sagas confirmadas por las investigaciones modernas, pero que es emocionante escuchar de primera mano. La isla es oscura y salvaje. Su interior esconde el único río navegable de estas tierras. Se puede recorrer en una piragua que atraviesa una densa selva tropical de purao, bambú y mape. Un viaje dentro del viaje. 

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Perlas y vainilla

Basta un ferri desde Raiatea para llegar a la isla de la vainilla y las perlas negras: Taha’a. Se puede recorrer la isla a pie atravesando las plantaciones. La arena es blanca. El mar, turquesa. En su parte norte hay muchos pequeños islotes de arena o motus. Es un buen sitio para hacer esnórquel. Se puede y se debe nadar con los delfines. Una isla para una luna de miel. De hecho, muchos personajes famosos pasaron la suya en estas aguas. Aquí como en otros sitios de la Polinesia puedes alojarte en los famosos bungalós con el suelo de cristal a través del cual, y como si fuera tu pecera particular, puedes ver los jardines de coral. Hay que decir que este tipo de alojamientos, además de carísimos, no son nada sostenibles ni típicos de la región. El más famoso de ellos y uno de los más lujosos de Tahití es Le Taha’a Private Island and Spa, en medio de una laguna y rodeado de infinitas playas de arena blanca hasta donde se pierde la vista. 

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El orgullo de Taha’a y uno de los símbolos de Tahití son las perlas negras. Son las perlas más caras y apreciadas del mercado por su rareza. Su cultivo lleva en la Polinesia Francesa unos 50 años. Llegó hasta aquí desde Japón a través del legado de Kokichi Mikimoto, empresario japonés al que se le atribuye la creación de la primera perla cultivada. Antes se encontraban aquí las ostras madreperlas que las producían; en estado salvaje estos moluscos estaban casi extintos. Las perlas negras eran propias tan solo de reyes por su precio; por ejemplo, hay perlas negras en la corona del zar de Rusia. El cultivo hizo posible que los simples millonarios se hicieran con una. Aunque coloquialmente las llamamos negras, ninguna lo es: son gris plateado, gris Tahití, gris perla o azul oscuro intenso. El nombre de gris Tahití viene del brillo verdoso de estas piedras, algunos dicen que es como el de los ojos de las vahine, las princesas tahitianas por las que se amotinaban los marineros ingleses. 

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Lunas de miel

Bora Bora es ese lugar cuyo nombre todo el mundo conoce, pero nadie ha estado. La postal de la Polinesia y la isla más turística: recibe el 80 % de todos los visitantes. Es el destino preferido de los viajes de novios. Playas de arena blanca, fondos de coral y motos de agua, veleros, fotógrafos callejeros, todo lo que te pudiste imaginar de Bora Bora es cierto. La isla me gustó por la amabilidad de sus gentes. Son muy amistosos. Les encantan los extranjeros. Hasta hace poco estaba prohibido en muchas islas casarse con alguien de la misma isla. Para evitar la consanguinidad.

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Mucho tiempo ha pasado desde la época en que los nativos mandaban a sus hijas a nado a alcanzar los barcos de los marineros europeos, con la orden de acostarse con ellos y la esperanza de traer nuevos genes al Paraíso. Pero la simpatía hacia el extraño sigue siendo la misma. Una simpatía que no ha impedido que los polinesios se hayan organizado para evitar que les roben sus islas. La única forma de comprar tierra en Polinesia es por matrimonio con alguien del país. Esto fue decidido por los ancianos para evitar que la gente más rica del mundo les quitara su cultura. Una cultura neolítica que demostró mayor sabiduría que muchas naciones. Y es que los polinesios que corren el riesgo de desaparecer por su amor a las uniones mixtas no han sido conquistados, sino que han conquistado culturalmente a sus invasores. Hoy en día Tahití pertenece a Francia con un estatuto especial. Un alto funcionario francés me dice que Tahití es la amante prima donna de Francia, la más hermosa y la más cara, porque mantener esta colonia le cuesta lo suyo a la metrópoli. Para los tahitianos, Francia garantiza una sanidad y una educación europeas. Un matrimonio de conveniencia que por el momento funciona muy bien. 

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Tahití es el viaje de una vida. Una meta al otro lado del mundo y al alcance de tu mano o de tus sueños.