De viaje por el Mosela y el Rhin

En Alemania hay una región feliz que se llama Renania-Palatinado. Situada al suroeste de Francfort, la surcan tres ríos: el Rhin, el Mosela y el Nahe, y se divide en cinco comarcas: Eifel, asentada sobre volcanes; la montañosa Hunsrück; Rhin Central, el valle perfecto para quedar asombrado; Mosela, donde las vides llegan a lugares más que abruptos, y Nahe, lugar de piedras preciosas y ciudades-balneario.

José Gil Franquesa

Al atravesar Renania-Palatinado uno tiene la impresión -que crece por momentos- de que aquí la gente es feliz. Hay quien asegura que esta felicidad le viene de la riqueza que le proporciona el vino, tan característico de esa zona: los riesling, los mosela, el propio vino del Rhin... Pero en esa felicidad tan aparente -que se traduce en una correctísima hospitalidad, en una amabilidad afable y en sonrisas que llegan casi a la musicalidad- mucho tiene que ver el paisaje. Y con sol, ni digamos. Estas tierras, roturadas por guerras de fronteras desde el tiempo de los romanos -que trajeron el vino a estas laderas de los ríos- muestran ahora el apacible clima de la paz y sólo quedan los viejos castillos -muy pocos y en ruinas- para contarnos con detalle lo que sucedió y, tal vez, lo que pudo haber sucedido.

Y la gente. Ese empeño tan alemán, tan teutón, de superar lo insuperable, de seguir adelante a pesar de todo, de sacarle partido a la tierra, a golpes de voluntad y resolución. Uno va pensando en todo eso mientras atraviesa el paisaje, camino de Bad Sobernheim, y va descifrando los distintos tonos de verde: viñedos en las colinas, robles, abetos, castaños, acacias... Desde la altura, desde una de las muchas atalayas que salpican la región, los pueblecitos de los valles parecen maquetas perfectas, pulcras, ordenadas y brillantes. En la comarca de Nahe, que toma el nombre de su río -uno de los hijos del padre Rhin-, todo está ligado a la salud: desde los enormes muros levantados con arbustos secos, por donde se filtra un agua salina a fin de que los viandantes se beneficien de sus propiedades al respirar a su lado, hasta los inmensos parques de árboles centenarios o acabados de plantar (unos 15.000, todos catalogados, numerados uno por uno, asegurados). El paisaje lo completan los caminantes, la gente que corre por deporte, la señora de edad con bastones de esquí haciendo su camino diario, un grupo de abuelitas en bicicleta, las flores que te rodean por todas partes y las parras en las fachadas de la parte vieja de Bad Kreuznach -magnífico el puente con dos casas colgando del mismo-, la ciudad donde vivió George Sabellicus Faust, el alquimista, astrólogo y profesor de latín de Goethe y en el que se inspiró éste para crear su inmortal Fausto. Esta ciudad, y todas cuantas iremos viendo a lo largo de la región, es representativa de la zona. Como lo es Zell, en el Mosela.

Zell, con el Mosela por en medio, es un conjunto de casitas blancas y beige, con tejados de pizarra y los entramados de madera en el exterior de las fachadas, tan característicos de la arquitectura de la región. En el paseo junto al río, donde se encuentran los hoteles de la ciudad, hay unos bancos a la sombra de las parras, cargadas de uva incipiente en verano. En los balcones de las casas hay un estallido de flores -sulfinias, petunias, geranios y lobelias- de todos los colores, que celebran las 9.000 hectáreas de viñedos en las colinas. Las mismas vides que plantaron los romanos y que los habitantes de Zell les agradecen varias veces al año, dedicándoles fiestas con el vino como protagonista y el latín como expresión oral. En una de estas fiestas, donde los invitados se visten a la usanza de la antigua Roma, el anfitrión ofrece el mülsum -el vino a base de uvas, hierbas aromáticas y miel que bebían los romanos-, mientras un legionario del Imperio, coraza de cuero y casco reluciente, interpreta al acordeón tonadas tradicionales del Mosela. Una fiesta indescriptible en honor de los romanos que se establecieron aquí por el microclima, las fértiles colinas y el transporte garantizado a través del río. Por encima del barullo festivo, las dulces colinas llenas de viñedos, perfectamente alineados; y más arriba, en las cimas, los abetos formando auténticas coronas esmeraldas en cada montaña.

Todo resulta perfecto, impecable, increíblemente acabado. Y los viñedos, vistos desde la carretera -allí donde el Mosela traza un arco de casi 360 grados para acunar el pueblecito de Bremm-, parecen estar plantados en una pared vertical que sube hasta los 150 metros. Diríase que no sólo parece imposible haber plantado ahí esas vides sino mucho más imposible todavía poder cosecharlas. Pero así es esta tierra: cada palmo de terreno, esté o no en un terraplén increíble, tiene raíces de viñas que, algunas de ellas, se remontan a mil años atrás. Una de las experiencias más increíbles es dejar que le suban a uno hasta la cumbre mediante una plataforma donde apenas caben tres personas, sostenida sobre un raíl y, después de un ascenso casi en vertical desafiando todos los vértigos, degustar un delicioso riesling frío mientras la vista se pierde sobre los prados lejanos y las barcazas, repletas del carbón del Sarre.

A pocos kilómetros de los viñedos se encuentra el pueblo de Ediger-Eller, con sus calles adoquinadas y los balcones de las casas repletos de flores. Éste es uno de los pueblos más característicos de la región del Mosela, lleno de casas-bodega que ofrecen la degustación de sus vinos. La mayoría de las viviendas presentan balaustradas de madera pintadas de rojo inglés sobre un blanco perfecto, impoluto. Al igual que las casas de los pueblos de la región, las de Ediger-Eller dan la impresión de que han sido pintadas sólo para asombro y admiración de los extranjeros. El pueblo presenta una calma casi absoluta un domingo por la mañana. Hay una paz auténtica por entre los emparrados de las casas y los wein-café, abiertos hace unos minutos. Una serenidad rota solamente por los cánticos -perfectos, como de un coro de profesionales de la música- de los feligreses que asisten a misa en la iglesia católica de San Martín, que parece suspendida en el aire aunque se aguante sobre las viejas y enormes piedras de la antigua muralla del pueblo. Aquí, en estos pueblecitos, no hay más música porque no cabe: casi todos los bares disponen de un piano o un acordeón... y de varias personas que saben tocar esos instrumentos. Lo mismo ocurre en otro pueblo vecino, Beilstein, verdaderamente increíble y hermoso, con sus tejados de pizarra como las escamas de una serpiente gris y la esbelta torre de su castillo en lo alto. Aquí siempre hay que mirar hacia la montaña... y no falla: castillo a la vista. Al igual que Beilstein, pero un poco más grande -en realidad, tal vez sean más enternecedores los pueblitos más pequeños, como Trier, más al sur-, el pueblo de Cochem da la medida de esas perfecciones arquitectónicas y urbanas que a veces llegan a abrumar. Para evitar un empacho de perfección en Cochem, tal vez bastaría con visitar su Plaza Mayor, llamada aquí del Mercado, y admirar el Ayuntamiento y, en otro edificio, el maravilloso carillón que ameniza la quietud del lugar, a pesar de que haya enjambres de visitantes. Aquí, el regreso de los romanos se advierte en la cantidad de restaurantes italianos que ofrecen pizza y pasta. A pesar de que el riesling se lo encontrará uno hasta en una sopa hecha a base de puerros, hierbas aromáticas y el vino local, que también se añade a una cierta clase de queso.

Dejemos el padre Rhin para terminar el recorrido. Aunque sólo sea su parte central, un tramo comprendido entre Boppard -hay que subir con el telesilla para tener una espectacular vista sobre los pueblos y el río- y Bacharach, otro de esos pueblecitos imposibles de tanta perfección (haced un alto en el patio de Correos, antigua parada de postas, con la capilla gótica sobre el cielo). El Rhin, además de enormes barcazas de carga, lleva pasajeros de cruceros fluviales desde Basilea (Suiza) hasta Ámsterdam (Países Bajos). Las estadísticas dicen que lo atraviesan más de 150.000 barcos al año. En su tramo central pasan transbordadores cada media hora. Varias compañías navieras efectúan recorridos turísticos por el río, cuyas dos orillas están flanqueadas por dos vías de tren en cada una de ellas. Hacia arriba, unos bosques densísimos. Y en las colinas que dan a poniente, los viñedos reciben, con el ocaso, un dorado vivísimo sobre las uvas verdes. Este es el Rhin de los castillos en las colinas que protegen el río. Una tierra de fronteras, de guerras interminables, un dominio ahora de unos, ahora de otros; es decir, la historia de la Humanidad. Pero en la actualidad, desde cualquiera de estos castillos el paisaje parece una maqueta donde cada cosa está en su sitio. En especial la roca de Lorelai, la sirena que con su canto llevaba a los navegantes a un naufragio seguro (en ese lugar se produce la doble curva más peligrosa del río en su tramo central). Uno de esos castillos -el llamado Castillo del Gato o el llamado del Ratón, muy cerca el uno del otro- fue adquirido hace unos años por un potentado japonés con la intención de llevárselo, piedra a piedra, al Japón. La Administración dijo que el castillo se quedaba donde siempre había estado, sobre el Rhin. Ahora los habitantes de Boppard dicen que de vez en cuando han visto luz en sus ventanas... pero no a quienes lo habitan. Los japoneses no se dejan ver en ese Rhin tan romántico, tan perfecto, tan inolvidable como el resto de la región de Renania-Palatinado.