Costa Rica, un país lleno de vida

En un país que protege nada menos que un cuarto de su territorio como parque o reserva natural y que atesora la friolera de, arriba o abajo, 850 especies de aves, 200 tipos de mamíferos, 400 clases de reptiles y anfi bios y 10.000 especies de plantas, no queda más que asumir, sin remedio y ya de entrada, que de todo este inventario natural sólo podrá verse una parte, salvo que se disponga de unas envidiables vacaciones vitalicias. De no ser el caso, lo que toca es organizarse y dibujarse un itinerario capaz de hilvanar los escenarios imprescindibles y variados de esta generosa tierra.

Elena del Amo

Poco fino anduvo Colón cuando se le ocurrió bautizar estas tierras en su cuarto y último viaje a las Américas. Porque del oro que pensaba encontrar -de ahí lo de Costa Rica- poco rastro se halló. Sin embargo, el tiempo le dio la razón al navegante y este país es hoy rico en democracia, en justicia social, en civismo y en naturaleza. Precisamente, el hecho de no haberse encontrado aquí esos tesoros contribuyó a que estas tierras se fueran poblando de inmigrantes con pretensiones humildes que fueron forjando una fuerte identidad nacional, al margen de las ambiciones de la metrópoli y de las abismales diferencias sociales que ayudaron a fraguar las grandes fortunas amasadas en otros rincones del Nuevo Mundo.

Tampoco es que pueda hablarse de una colonización ejemplar -que apenas queden indígenas en Costa Rica no es un hecho casual, y también se formó en el país una oligarquía cafetalera que hizo y deshizo a sus anchas hasta mediados del siglo XX-, pero lo cierto es que aquí la riqueza está mejor distribuida que en cualquier otro país de la zona, y también puede presumir de ser un magnífico ejemplo para el mundo en cuestiones de paz y de conservación medioambiental.

Hasta llegar a ello, Costa Rica ha tenido que dibujar no pocos quiebros de cintura a lo largo de su historia reciente para despegarse de la violencia y la inestabilidad que parecen rondar a la convulsionada Centroamérica. Cuando unos se armaban hasta los dientes y otros padecían dictaduras, el presidente Figueres, hijo de inmigrantes catala nes, abolió el ejército en 1949; un gran ahorro en hombres y armamento que permitió invertir más en educación y servicios sociales, y a lo que indirectamente contribuyó la Administración Reagan.

Ansiosos por ganarse amigos en la zona, Estados Unidos soltó sus buenos dólares a Costa Rica en los 80. Esta generosa propina bien gestionada hizo también posible que hubiera con qué comprar tierras de especial valor ecológico en las que comenzar a establecer una red de espacios protegidos que hoy se ha convertido en el oro de este país, convencido desde entonces en los beneficios que acabaría reportándole la conservación de su naturaleza y su explotación en su versión más amable y respetuosa con el medioambiente: el ecoturismo. Costa Rica ha logrado así atraerse a cerca de un millón de turistas, que vienen cada año a disfrutar de su naturaleza y que hoy resultan vitales para su economía; además, ha conseguido preservar una biodiversidad digna de figurar en el Guinness, e incluso ha firmado recientemente un acuerdo con Estados Unidos por el cual se le condona parte de su deuda externa a cambio de que siga conservando su vastísimo patrimonio natural.

Son cerca de una treintena de parques nacionales, ocho reservas biológicas y una barbaridad de refugios de vida silvestre los que alfombran una cuarta parte del territorio tico, que es como los costarricenses denominan a todo lo suyo e incluso a ellos mismos, al parecer por ser muy dados a repetir aquello de "un momentico".

Su otra frase de guerra, "pura vida", parece igualmente venirle que ni pintada a este derroche de clorofila que tapiza cada esquina de su geografía de selvas tropicales, manglares, bosques lluviosos, volcanes y playas asomadas, según se guste, al Caribe o el Pacífico, a las que acuden cada año a desovar cientos de miles de tortugas marinas.

El inventario de escenarios naturales que atesora este país lo convierte en una de las mecas mundiales de los viajes de naturaleza. Pero aun ocupando un espacio poco mayor que Aragón, habrá que olvidarse de pretender verlo todo: hay tantos espacios protegidos y tantas playas que sería imposible verlos todos en dos semanas.

Y por si fuera poco, las carreteras ticas -que también resultan silvestres a su manera- hacen que los desplazamientos se vuelvan largos y pesados. De ahí que resulte vital establecer las prioridades de cada cual a la hora de elegir el itinerario idóneo: subir hasta la cima de un volcán o pasmarse ante alguno en erupción, iniciarse en el rafting en ríos como el Pacuare, Sarapiquí o Reventazón; emprender caminatas de mayor o menor dificultad por la selva o por las alturas de la Cordillera Central, la de Talamanca o Tilarán; avistar mariposas y aves como el quetzal en los bosques tropicales, volar en una tirolina sobre las copas de los árboles o admirar su espesura desde lo alto de un puente colgante; relajarse en una cabañita de playa...

También es posible sazonar la estancia con un poco de todo ello. Porque de nuevo este país se deja conocer de la forma que mejor le encaje a cada viajero: en grupo organizado o a su aire, por escenarios con el tufillo de lo demasiado organizado o escarbando en la Costa Rica real.

Es en esta última en la que mora la cadencia generosa y tropical de su día a día, de sus gentes de herencia campesina tan amigas de la pachorra y el sopor de la siesta en la hamaca, tan enardecidas por el culebrón de turno como, de nuevo, amainadas por las letras melosas de su música, y tan fieles al gallo pinto y los casaditos que despachan sus soditas a la hora del almuerzo como a los chances y raspa-raspa de la lotería. O por el sabor caribeño de Limón o Puerto Viejo, tan diferente de la Costa Rica criolla. Y entre todo ello, domesticada o no, preside la excepcional naturaleza, de la que se destacan los Parques Nacionales, variados e imprescindibles:

Parque Nacional Volcán Irazú
El volcán activo más alto del país (3.432 metros) es una de las escapadas más fáciles con las que aliñar los días en San José, a poco más de una hora y media en coche o autobús. Tras dejar atrás haciendas ganaderas y paisajes casi alpinos, una carreterita serpentea hasta uno de los cráteres -pelado, lunar y con un lago interior de aguas verdosas- de este volcán que entre 1963 y 1965 rebozó de ceniza todo y provocó el estado de emergencia en buena parte del Valle Central. En los días más despejados -raros, ya que las nubes cubren a menudo la cima según avanza la mañana- puede desde lo alto alcanzarse a ver el Pacífico y el Caribe.

Del Irazú nacen ríos que alimentan las cuencas del Pacuare o el Reventazón, en los que no muy lejos puede practicarse rafting de muy distintos niveles con empresas como Ríos Tropicales (www.riostropicales.com). La excursión a Irazú suele combinarse con la visita a Cartago, una ciudad con más encanto que San José, e incluso con los Jardines Lankaster y el Valle de Orosi.

Parque Nacional Volcán Poás
De nuevo el Poás vuelve a erigirse como una de las excursiones más fáciles y populares de todas las que parten de la ciudad de San José, desde donde se llega atravesando bucólicos paisajes de granjas de flores exóticas, cafetales y campos de fresas, que crecen incluso en las faldas del coloso. Su cráter principal, uno de los más grandes del mundo con su kilómetro y medio de diámetro, ofrece un espectáculo poderoso con sus fumarolas, un mirador estratégicamente emplazado ante las vistas más impactantes y un par de breves senderos entre la vegetación, por uno de los cuales se llega a la laguna Botos. La turística aldea artesanal de Sarchí, alguna hacienda cafetalera o la catarata de La Paz constituyen también algunos de los puntos habituales con los que aliñar la visita.

Parque Nacional Braulio Carrillo
Desde sus dos entradas oficiales pueden emprenderse rutas de una a cuatro horas de caminata y observación de la variada vegetación de este abrupto parque de las proximidades de San José y, también, de las aves que lo habitan, ya que sus mamíferos más famosos -el jaguar y el puma- son rarísimos de ver. Una reserva aledaña ofrece también un recorrido de hora y media sobre las copas de los árboles de su bosque lluvioso a bordo de una especie de teleférico (www.rainforestram.com).

Parque Nacional Manuel Antonio
A unas cuatro horas por carretera de San José, en la costa del océano Pacífico, Manuel Antonio es, sin duda, uno de los parques más populares de todo el país. Los aullidos secos de los monos que lo habitan rebotando entre la espesura, las ranas de colores que se agazapan bajo la rama más insospechada, los arcos de media luna de sus calitas flanqueadas por cocoteros y manzanillos o sus senderos, intactos y ajardinados por una vegetación frondosa que llega hasta el mar, constituyen sus platos fuertes. Kayak de mar, esnorquel y divertidos paseos a caballo son algunas de las actividades que pueden practicarse en este parque.

Parque Nacional Volcán Arenal
Resulta imprescindible hacer noche en algún hotel con vistas al cono perfecto del volcán Arenal o, como mínimo, encaminarse una vez haya oscurecido a las templadas aguas del centro termal al aire libre de sus inmediaciones (www.tabacon.com) para sentir, sumergido en ellas, las explosiones del coloso y admirar a lo lejos cómo el rojo incandescente de la lava va derramándose a lo largo de sus faldas. Algunas noches despejadas, en las que el volcán Arenal se muestra especialmente activo, los visitantes de este parque pueden disfrutar de un auténtico y sorprendente espectáculo de fuegos artificiales en plena oscuridad.

Parque Nacional de Cahuita
Playas de arena blanca cercadas por un mar infinito de cocoteros, higuerones y almendros de mar, arrecifes de coral y una inigualable sensación de paraíso perdido aguardan en este precioso parque bañado por las aguas cristalinas del Caribe en las proximidades de Puerto Viejo, un rincón de ambiente bohemio, rastafari y surfero. Disfrutar casi a solas de sus playas de escándalo, apreciar sus hábitats principales -bosque pantanoso, bosque mixto y manglar- o dejarse llevar por los pescadores a hacer esnorquel al arrecife a cambio de unos pocos dólares hacen de Cahuita un escenario perfecto para relajarse al final del viaje.

Parque Nacional Tortuguero
Las tortugas marinas son las grandes protagonistas del Parque Nacional Tortuguero, especialmente la tortuga verde, que cuenta en este hábitat con su principal zona de desove de todo el Caribe occidental. Entre los meses de junio y octubre estas tortugas arriban de forma masiva a las playas del parque, aunque en otras temporadas pueden verse otras especies, como las inmensas baulas o las carey. A Tortuguero, considerado como el Amazonas de Costa Rica, sólo se puede acceder en barca o avioneta. Los paseos por sus caudalosos ríos, canales y lagunas permiten apreciar la espesísima vegetación de su bosque tropical, en el que moran jaguares, dantas, tres especies de monos y más de 400 de aves. La gran espectacularidad de Tortuguero hace que muchos viajeros se reserven este parque como el colofón final a su viaje.

Parque Nacional Rincón de la Vieja
Aguas termales, géiseres, pailas de barro, emanaciones de vapor, fumarolas y burbujeantes lagunas de aguas sulfurosas atestiguan la intensa actividad geotérmica de este espacio protegido que se arremolina alrededor del volcán activo Rincón de la Vieja, en la zona de Guanacaste.

Una buena forma de conocer los varios ecosistemas que propician sus distintas altitudes es efectuar una ruta a pie o a caballo, sin olvidar el bañador para refrescarse en sus cascadas. Una actividad popular en sus inmediaciones son los canopy tours, que a través de puentes colgantes y plataformas unidas por cables de acero permiten hacer un recorrido en tirolina entre las copas de los árboles.

Reserva Biológica Bosque Nuboso Monteverde
Esta reserva privada, propiedad de una ONG consagrada a proteger la riquísima biodiversidad de esta región costarricense y las fuentes de agua que abastecen varios ríos del Pacífico y el Atlántico, constituye un lugar absolutamente místico en el que, con un poco de suerte, resulta posible apreciar el vuelo de un quetzal, uno de sus moradores más preciados junto con jaguares, ocelotes y dantas. Bosques enanos esculpidos por el viento y también árboles altísimos adornados de bromelias, enredaderas o más de 400 tipos de orquídeas florecen por Monteverde, que cuenta con cerca de una decena de senderos que discurren a través de su bosque nuboso, un puente colgante y hasta la posibilidad de emprender impresionantes caminatas nocturnas en compañía de guías expertos en naturaleza.

En las proximidades de Monteverde, que luce especialmente majestuosa a primera hora de la mañana, cuando aparece envuelta por las brumas entre el canto de los pájaros, pueden visitarse un mariposario y un serpentario, e incluso explorar el bosque nuboso desde lo alto de los árboles a través de un sistema de plataformas y tirolinas.

Parque Nacional de Corcovado
En la remota península de Osa, el Parque Nacional de Corcovado alberga dentro de sus más de 40.000 hectáreas la última porción de bosque tropical húmedo virgen del Pacífico mesoamericano y está considerado como el área de mayor diversidad biológica de esta región del mundo. Numerosos ecosistemas terrestres y marinos confluyen en este parque, dueño y señor de kilómetros de playas desiertas, ríos y lagunas, manglares, cascadas y bosques donde moran especies como la guacamaya, el cocodrilo o el jaguar. Senderismo, rutas a caballo o kayak de mar son sólo algunas de las actividades que pueden emprenderse en él; y en sus proximidades los amantes del buceo tienen un lugar de excepción: la isla del Caño.