Córdoba, Capital de la Humanidad

La ciudad más histórica de España. No es una exageración. Basta con recorrer su pasado romano, que competía con la propia capital del imperio, y perderse por sus tesoros califales, en especial por su Mezquita, para caer en la cuenta de que paseamos uno de los grandes tesoros de la humanidad. Pero Córdoba no se enquistó en sus tiempos gloriosos. Hoy es una ciudad plural, moderna y abierta al mundo que sigue guardando las esencias del Sur más auténtico.

Manuel Mateo Pérez
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Foto: Gonzalo Azumendi

Uno pasea cualquier ciudad de España y siente el peso de la Historia. Lo que sucede es que en Córdoba ese peso es mucho mayor. No es una exageración ni un reclamo turístico. Es una verdad fácil de comprobar. En tiempos de Roma, la latina Corduba fue la mayor ciudad de Hispania, y su teatro, por ejemplo, era escasos metros más pequeño que el de la capital imperial. Pasados los siglos, Córdoba se convirtió en capital del mundo. Así de fuerte. Al filo del año 1000 no había una urbe en Europa que la igualara. Fueron los tiempos más gloriosos del califato omeya. Abd al-Rahman III se había autoproclamado califa, había mandado construir una ciudad palatina a una decena de kilómetros de Córdoba, que ya entonces pavimentaba sus calles, iluminaba sus plazas a la caída de la noche y mantenía abiertas las bibliotecas mejor nutridas del mundo y los baños que purificaban el cuerpo y alma de sus vecinos. Por entonces, Londres y París eran pequeñas ciudades, sucias y atrasadas, frente a la magnificencia y las riquezas de la ciudad arracimada en torno al río Guadalquivir (que entonces era navegable). La conquista cristiana en el siglo XIII convirtió Córdoba en una de las ciudades más patrimoniales de España. Primero el gótico, luego el renacimiento y por fin el barroco (como resumen estético de los pueblos andaluces) adornaron palacios, casonas e iglesias frente a las que aún hoy padecemos un inevitable síndrome de Stendhal.

Comencemos por el principio. A Córdoba hay que entrar caminando por el Puente Romano que une la torre de la Calahorra con la puerta monumental que mandó construir Felipe II frente al Guadalquivir. El Puente Romano salva las aguas calmas del río mayor de Andalucía y desde un extremo disfrutamos de la estampa más conocida de la vieja ciudad califal: la Mezquita Catedral al fondo y en torno a ella los campanarios del resto de grandes iglesias y las azoteas blancas de la ciudad esparcida por la llanura, a los pies de la literaria Sierra Morena.

Cuando en 1524 Carlos V visita Córdoba, el emperador queda horrorizado por lo que ve en la Mezquita. El cabildo cordobés había construido en el centro del oratorio omeya una catedral. Aseguran que el emperador dijo: "Si yo hubiera sabido lo que era esto, no hubiera permitido que se llegase a lo antiguo, porque hacéis lo que hay en muchas otras partes, y habéis deshecho lo que era único en el mundo". Hoy, medio milenio después, esos debates están superados. Lo cierto es que gracias a aquella discutida Catedral se pudo conservar la gran Mezquita cordobesa. Pasear por dentro de ella es un ejercicio de sincretismo cultural: el visitante pasa de los arcos en doble altura, con dovelas alternadas en rojo y blanco y columnas reaprovechadas de viejos templos romanos y visigodos, a la gran Catedral que se alza en el centro, cuyo altar mayor es una armoniosa filigrana marmórea levantada en la primera mitad del siglo XVII. Hay decenas de capillas alrededor de la planta cuadrada de la Mezquita y una serie de huecos excavados en el suelo que dejan ver los pilares de la primitiva basílica visigoda de San Vicente que el emir Abd al-Rahman I, fundador de la dinastía omeya, compró a los cristianos cordobeses en el año 785. El Patio de los Naranjos, el primitivo patio de abluciones, es un remanso de paz que nos predispone a la contemplación. Pero hay algo nuevo en la Mezquita que no conviene perderse. Se trata del programa conocido como El Alma de Córdoba, las visitas nocturnas por el interior del templo tan solo iluminadas por los candiles que semejan la luz original del oratorio en tiempo de los omeyas.

El Alcázar de los Reyes Cristianos, construcción de 1328. | Gonzalo Azumendi

Platería y cordobán

Lo que hay alrededor de la Mezquita es un conjunto de calles serpenteantes donde conviene separar el grano de la paja. Hay tiendas de baratijas, de souvenirs para turistas de pantalón corto y cámara de fotos barata, y comercios más especializados donde se venden los dos productos artesanales más famosos de la ciudad: la platería y el cordobán, una suerte de cuero repujado y convertido en obra de arte. Separar lo bueno de lo malo es una tarea sencilla por poco que el viajero tenga un ojo hecho al buen gusto.

La Judería está tomada por tiendas y restaurantes. Está atestada a todas horas del día y para salir de ella basta con encontrar las puertas de la muralla medieval y bajar hasta el Alcázar de los Reyes Cristianos. El viejo monumento, al lado de las Caballerizas Reales y los Baños Califales, fue mandado construir por Alfonso XI El Justiciero como hospedería real. Pero su episodio más famoso lo protagonizó la reina Isabel La Católica, que hizo desmontar el molino de la Albolafia, situado a orillas del río, porque le impedía conciliar el sueño. En la actualidad, el Alcázar son tres cosas: un museo, un centro de actividades culturales en primavera y verano y uno de los jardines aterrazados más bellos de la ciudad, vademécum botánico y una suerte de estanques y fuentes sonoras.

Gonzalo Azumendi

Córdoba es llana y de unos años a esta parte a muchos de sus vecinos les ha dado por utilizar la bicicleta. Cada día son más las calles y plazas cerradas al tráfico y pasear la ciudad es un ejercicio delicioso que permite contemplar la capital desde la serenidad y la lentitud. Las calles que conducen hasta la plaza del Potro están salpicadas de casonas solariegas y de palacios barrocos. Sus puertas están casi siempre abiertas hasta la altura de la cancela, lo que permite contemplar la quietud de sus patios, la quintaesencia de la ciudad. En mayo muchos de ellos permanecen abiertos. Hay concursos para premiar los más cuidados. Junto a ellos se galardonan las más bellas ventanas, balcones y rejerías, hay fiestas y verbenas en torno al Día de la Cruz, romerías en la sierra y, antes de terminar el mes, la feria de Nuestra Señora de la Salud, la fiesta grande de la capital.

Las tabernas

Las calles Lucano y Lineros discurren paralelas al paseo de la Ribera. En mitad de ambas se halla la plaza del Potro, que Cervantes cita en El Quijote. Es una de las plazas más bellas de España, empedrada, con una fuente en el centro, una posada con un bello patio a un lado y el Hospital de la Caridad frente a él, en cuyo interior abren sus puertas el Museo de Bellas Artes y el Museo Julio Romero de Torres. Cuentan que cuando el genial pintor cordobés murió allá por mayo de 1930 –no pudo escoger un mes más unido a su ciudad– su cuerpo sin vida fue acompañado hasta el cementerio por miles y miles de vecinos. Hoy su estética, reivindicada desde la modernidad, sigue iluminando el modo que tenemos de ver Córdoba. Seguir los pasos de Julio Romero de Torres es otro modo de conocer la ciudad. Al pintor le entusiasmaban las tabernas, que son los santuarios de la palabra, la conversación, el vino y la gastronomía popular. Hay tabernas repartidas por toda la ciudad y en todas ellas el vino del marco de Montilla-Moriles, las copas de fino, oloroso y amontillado, son el preludio de todo encuentro entre amigos. La tapa es la segunda estación en toda taberna: de sus cocinas salen deliciosos flamenquines, que son rollos de carne, jamón y queso empanados y con forma cilíndrica, o rabo de toro y cazuelitas de salmorejo para los días más calurosos del año. Hay postres conventuales que se elaboran con las primorosas manos de las monjas de clausura o un plato típicamente cordobés como la naranja en gajos acompañada de miel y aceite de oliva virgen extra de los pagos de la Campiña.

Museo de Julio Romero de Torres, Córdoba | Gonzalo Azumendi

El peregrinaje de taberna en taberna conduce a todo viajero hasta la plaza de las Tendillas, corazón urbano de la ciudad y kilómetro cero el día de Nochevieja para escuchar las campanadas en forma de rasgueo de guitarra desde su célebre reloj. Tendillas está cerca de todo. A un lado se extiende la avenida del Gran Capitán, presidida por la iglesia de San Nicolás de Bari, y en el otro extremo la calle Claudio Marcelo, la primitiva vía romana que partía desde el Templo de Diana, cuyas columnas y capiteles aún se conservan, y que conducía hacia los caminos del norte hasta encarar la Vía de la Plata. Tendillas y Claudio Marcelo son lugares animados, decorados con tiendas de renombre, restaurantes donde se come muy bien y locales nocturnos, en especial en aquellas callejas que descienden hasta la plaza de la Corredera, una excentricidad barroca y castellana en el corazón de la ciudad.

La Iglesia de San Pablo

En la calle Capitulares late el recuerdo de la ciudad romana y se alza el Ayuntamiento. Pero lo más bello está escondido entre una reja artística que puede pasar desapercibida para el caminante más despistado. Se trata de la iglesia de San Pablo, visible por su colosal rosetón gótico. Dentro se extiende uno de los templos más bellos, en una de cuyas capillas se venera la Virgen de las Angustias, junto al Gran Poder de Sevilla la talla más famosa del imaginero cordobés Juan de Mesa y que en Semana Santa realiza su estación de penitencia la tarde del Jueves Santo. La calle Alfaros abre a un lado de Capitulares. Es una calle recta y disciplinada, flanqueada de casonas señoriales. Al final de ella se halla la Cuesta del Bailío, uno de los rincones más íntimos y sobrecogedores de Córdoba, una escalinata enaltecida por las buganvillas que escapan del convento de los Capuchinos, una fuente a modo de cómoda rococó y al fondo el palacio de los González de Córdoba, hoy sede de la Biblioteca Viva de al-Andalus. Una vez arriba, una callecita penetra hasta la plaza de Capuchinos y, una vez aquí, en mitad del silencio, comprendemos mejor que en ninguna otra parte aquellos versos del poeta cordobés Ricardo Molina, artífice del grupo Cántico, cuando dijo que este lugar era un "rectángulo de cal y cielo". No hay mejor lugar donde acabar una visita a una ciudad tan poderosa como Córdoba.

La Mezquita  se puede visitar de noche, iluminada por candiles, con el programa “El Alma de Córdoba”. | Gonzalo Azumendi

La Ajerquía y las iglesias fernandinas

Córdoba es una ciudad con un puñado de pueblos dentro. Comparte con Sevilla el privilegio de contar con el conjunto monumental más extenso del mundo, declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco. La Ajerquía es un conjunto de barrios que se extienden hacia el noreste de la ciudad, el arrabal extramuros salpicado de un conjunto de iglesias de época fernandina, es decir, erigidas sobre desaparecidas mezquitas tras la conquista cristiana el 29 de junio de 1236 por las huestes de Fernando III. Iglesias fernandinas son San Lorenzo, Santa Marina de Aguas Santas, Santiago, La Magdalena y San Pedro, entre otras. Todas comparten esquemas arquitectónicos comunes: son góticas, desnudas en su decoración, casi cistercienses, de tres naves, con labrados rosetones como huecos por donde hacer entrar la luz y severos contrafuertes en sus fachadas principales. En San Lorenzo, por ejemplo, Hernán Ruiz II ensayó en su campanario lo que pocos años después haría en su remate monumental en la Giralda de Sevilla. Aquellas viejas collaciones se han convertido en los barrios más populares de Córdoba. En mitad de ese paisaje urbano se encuentra la plaza Jerónimo Páez, donde abre sus puertas el Museo Arqueológico, y varias calles arriba está el palacio de Viana, prototipo de la gran casa señorial andaluza y en cuyo interior se extienden hasta doce patios, todos ellos distintos y que en primavera son un alegato a la floración y la belleza.