Las ciudades más bonitas del Caribe

Coloridas, sensuales, cálidas, estas metrópolis tropicales son el complemento urbano a las playas de ensueño

Noelia Ferreiro
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Playas bordeadas de cocoteros, cayos y arrecifes de coral.  El Caribe es el paisaje luminoso de los salvapantallas, el sombrero de paja sobre el rostro en una siesta reponedora, el sabor de la yuca y el aguacate, la humedad y la canícula. Pero el Caribe es también sus ciudades coloridas y pegajosas, acariciadas por una brisa tórrida, lentas y apacibles como el balanceo de una hamaca. Algunas, como éstas, se cuentan entre las más hermosas del mar más exótico del mundo.

La Habana (Cuba)

No hay metrópoli caribeña que le haga sombra a la capital del Cuba, la ciudad con alma de bolero. Porque toda ella es sabor colonial y encanto anacrónico. Desde el mítico Malecón azotado por el mar, hasta la parte vieja presidida por la Catedral. Desde el Vedado con sus desvencijadas casonas hasta el Capitolio o la icónica Plaza de la Revolución. La Habana es una explosión sensual, colorista, mágica, un lugar que nadie podría haber inventado, una fiesta perpetua siempre al ritmo del son improvisado en plena calle. El Floridita y la Bodeguita del Medio, la ropa vieja y los mojitos, los coches americanos de los años 50, la huella de Hemingway, la calidez de unas gentes únicas en el planeta. Por todo ello, es la ciudad más bella.

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Viejo San Juan (Puerto Rico)

Apodado la ciudad inexpugnable por estar prácticamente circundado de fortificaciones, se trata de uno de los conjuntos monumentales más impresionantes del Nuevo Mundo. El empeño de los españoles por sembrarlo de obras defensivas -la Fortaleza, el Fuerte de San Cristóbal y el Castillo de San Felipe del Morro- no sólo propició su victoria sobre temibles piratas, sino también una barrera contra el atropello urbanístico. Por eso, por estar abrochado por estos muros, la capital de Puerto rico, y especialmente su casco histórico, sigue brindando un paseo por 500 años de historia. Sus calles rectilíneas adoquinadas en azul y sus bonitas fachadas de colores chillones conservan todo el encanto de la colonia, pese a estar hoy plagadas de bares y terrazas que alumbran una de las vidas nocturnas más animadas del Caribe.

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Cartagena de Indias (Colombia)

La que, para muchos, es la ciudad más bella de América Latina cumple el sueño perfecto de la metrópoli tropical, la imagen radiante de ese Caribe en cuya orilla se asienta su explosión de impecables fachadas multicolores que le han merecido el título de Patrimonio de la Humanidad. Cartagena de Indias, la indiscutible joya arquitectónica colombiana, no sólo atesora una de las maravillas militares de las Américas, la imponente Fortaleza de San Felipe Barajas, sino también coquetas plazuelas donde desfilan las palenqueras con sus cestos de fruta sobre la cabeza, iglesias con claustros silenciosos y conventos reconvertidos hoy en hoteles boutique. Todo ello, aderezado con los ecos literarios de Gabriel García Márquez, quien situó, entre estas murallas su deliciosa novela El amor en los tiempos del cólera.

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Willemstad (Curaçao)

Más allá de su horizonte escarpado, de sus playas nacaradas y de su deslumbrante universo submarino, esta pintoresca isla que formó parte de las Antillas Neerlandesas y que hoy es un territorio autónomo del Reino de los Países Bajos, alberga una capital alegre que ha tejido su cultura con el patrimonio europeo y las raíces africanas. Willemstad, compuesta por dos barrios (Otrobanda y Punda) separados por un canal, atesora típicas casas de arquitectura colonial europea en las que brillan los colores del Caribe: el naranja del mango, el amarillo de la papaya, el rosa de la guayaba… Una exótica belleza por la que ha logrado ingresar en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco. Más allá de sus fachadas, la ciudad esconde callejones donde se suceden las boutiques y las galerías de arte, arcadas bajo las que se resguardan terrazas con vistas al mar y bulliciosos mercados como el flotante, con sus barcos de pescado que llegan de Venezuela.

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Santo Domingo (República Dominicana)

Esta ciudad que es el origen del Nuevo Mundo, el epicentro de la colonización de América, atrapa desde el minuto uno. Porque su casco histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad, no sólo fue el primero al que la Corona española le otorgó su carta real sino también el que más huellas contiene del almirante Cristóbal Colón. Un entramado compuesto en forma de tablero de ajedrez (tan sólo existen tres calles curvas) que se erigió en el modelo de la urbe colonial por excelencia. Pero resulta además que Santo Domingo, animada de ritmo, color y sabrosura, trazada con casas de piedra, palacios, iglesias, plazas a la sombra de plantas tropicales y una Catedral pionera en el continente, hace de la diversión más bien una forma de ser. Y por eso también es mágica.

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