Chiapas: la boca del cielo

Dicen que Chiapas es el Estado más enigmático y fascinante de México. Para apuntalar un misterio cuenta con ciudades rebosantes de historia, la belleza salvaje de su paisaje repleto de cascadas y ríos ocultos, las ruinas escondidas de Palenque o Yaxchilán emergiendo de la selva o los 300 kilómetros de una costa que casi nunca aparece en las fotografías. Toda una antesala del paraíso aún por descubrir en la que no es raro que los siete grupos indígenas que la habitan hayan conservado íntegras muchas de las tradiciones de un mundo antiguo que en la mayoría de los lugares de Chiapas todavía se conserva intacto.

Rafael de Rojas

- Nosotros vamos a una playa donde no más van los pescadores de la zona.
- ¿Y cómo se llama?
- Boca... ¡Boca del Cielo! Un paraíso. Es el mismito cielo pero vuelto mar, vuelto trópico.

Julio (García-Bernal) y Tenoch (Diego Luna) creían estar mintiendo a Luisa (Maribel Verdú) en el largometraje Y tu mamá también , pero Boca del Cielo existe. Es casi una pequeña isla en forma de brazo en el occidente del litoral. Al frente, el Pacífico, cálido pero siempre rugiendo; y a la espalda, un estero dormido y escoltado de manglares. Es el paraíso que encuentran en la película y uno de tantos tesoros ocultos en la enigmática Chiapas. Toda la costa del último estado mexicano es un secreto bien guardado por los chiapanecos, que llenan en temporada alta sus modestos y escasos establecimientos hosteleros. Los cerca de 300 kilómetros desde el Gancho (en la frontera con Guatemala) hasta La Línea y Cachimbo (junto a las turísticas costas de Oaxaca) contienen generosamente esteros, manglares, nidos de tortugas, escolleras y bahías bordeadas de cocoteros y palapas. Un tesoro marítimo que recuerda a la provincia de Cádiz por sus inmensos arenales y los caprichosos ventarrones que entran desde el mar, abiertamente hostil con los bañistas. Pero qué importa, si los pescados en los chiringuitos no pueden ser más frescos, las hamacas (donde se duerme al aire libre por menos de dos euros) transmiten una laxitud infinita y el horizonte está lejísimos en todas las direcciones.

Como mínimo es un litoral que refleja el cielo, como aventuraba Tenoch. Y la modesta Chiapas lo ofrece de manera discreta, escondido entre su catálogo de bellezas. Al fin y al cabo sólo es una pequeña baza entre los cientos de posibilidades de un estado que está sembrado de "bocas del cielo" a lo largo de sus más de 75.000 kilómetros cuadrados. En ellos se encierran ciudades coloniales rebosantes de historia, metrópolis mayas cubiertas de secretos, siete pueblos indígenas predominantes que han aprovechado el aislamiento para conservar intactas sus tradiciones, una orografía que produce el 30 por ciento de la electricidad del país y parques nacionales como el Cañón del Sumidero, con paredes de más de un kilómetro de altura. Todo ello con climas tan dispares como los que separan San Cristóbal de las Casas, donde llega a nevar, y la costa, muy calurosa.

La naturaleza es la que manda en este estado verde y azul sembrado de reservas y parques nacionales. De entre sus 40 áreas protegidas, las que conservan una biodiversidad más llamativa son Lacantún en la Selva Lacandona, la reserva de El Triunfo en la Sierra Madre, el Ocote norteño o La Encrucijada, junto al litoral. Todas exhiben características tan diferenciadas que parecen pertenecer a continentes distintos. En una misma zona, como la del Soconusco, el área cafetalera colindante con Guatemala, se puede dar el bosque tropical (en las faldas de la sierra) y el de coníferas (en las zonas altas). En La Encrucijada, con una superficie de 144.000 hectáreas, es posible un recorrido en lancha desde Las Garzas y a través de los manglares, pobladísimos de aves acuáticas y cocodrilos. Por su parte, el río Chiapa dibuja la fisonomía de cuenca baja de El Triunfo, a 400 metros sobre el nivel del mar. Éste último espacio protegido sólo se puede visitar en grupos reducidos y con un permiso especial.

El recorrido por los prodigios naturales de Chiapas requiere un pequeño esfuerzo (de organización, permisos o transporte) lleno de recompensas como el lujo de disfrutarlos en solitario. En otros casos, lugares espectaculares como el Cañón del Sumidero cuentan con una infraestructura que les hace accesibles. Sus 25 kilómetros de longitud, formados a lo largo de 36 millones de años de erosión, se pueden recorrer en balsa. Hay que partir de los diversos embarcaderos que salpican su recorrido y a los que se accede en excursiones desde Tuxtla Gutiérrez (la capital del estado) o Chiapa de Corzo. El cañón es una de esas formaciones naturales hipnotizantes. Sus paredes, que alcanzan los 1.200 metros de altura, adquieren formas caprichosas -incluidas cascadas- que uno no puede dejar de mirar. El refrescante trayecto en balsa termina en las instalaciones del Parque Ecoturístico Cañón del Sumidero, una de las instalaciones turísticas más avanzadas de la zona y obra de los mismos promotores de Xcaret, en la pujante Riviera Maya. Sus zonas dedicadas a practicar la tirolina, el kayak o el senderismo garantizan una jornada didáctica y lúdica en la que relacionarse con un entorno exuberante aún sin explorar en su totalidad.

El estado está también surcado de embalses naturales de todos los tamaños, aunque la mayor exuberancia la poseen los Lagos de Montebello, un parque de 6.000 hectáreas con un sistema de 60 lagunas que ofrecen atardeceres mágicos. Se disfrutan mejor a bordo de las rudimentarias lanchas de corcho alquiladas por los amables tojolabales que residen en la zona y ejercen de guardianes forestales. Estos indígenas pueden organizar excursiones en balsa o a pie por cada uno de los lagos, de los que conocen todos los recovecos. Además de estar rodeados de una alta selva, los lagos cuentan con singulares formas y tonalidades. La otra gran atracción producida por el agua chiapaneca son las cascadas. Como las de Agua Azul, pertenecientes al río Tulijá, que se suceden en distintas formas y tamaños y cuyas tonalidades alternan el blanco de las espumas entre las piedras con el añil de los fondos. Todo un espectáculo al que se añade el de las instalaciones turísticas. Restaurantes y puestecillos congregan a los vecinos a las orillas del embalse más bajo. Los días de fiesta, esa zona se convierte en un abigarrado y colorido cuadro en el que chiapanecos de todas las edades se bañan con sus familias. Niños lanzándose desde los árboles, risas y meriendas compartidas convierten la zona en un envidiable escenario natural de vida fácil, donde observar la cara más amable de los chiapanecos. Quien prefiera disfrutar del entorno natural en solitario sólo tiene que internarse un poco en la selva siguiendo el curso del río. A siete kilómetros, tras pasar un puente de madera, existen cavernas atravesadas por el agua más azul del entorno. Pero no hace falta irse tan lejos para quedarse en soledad. A sólo un par de kilómetros de la entrada, las cuevas naturales, los remansos y las numerosas cascadas devuelven el espíritu robinsoniano al entorno. Algo que también se encuentra en El Chiflón, un conjunto de cascadas idílicas que están rodeadas de acantilados de hasta 150 metros de altura. Misol-Ha, en cambio, ofrece una caída de 50 metros en un único escenario concurrido en el que también es posible bañarse y alojarse.

La naturaleza ha determinado también la antropología chiapaneca . Su generosidad abundante ha permitido que subsistieran grupos nómadas como los lacandones. Sus abruptas características han logrado mantener al abrigo de la ya imparable globalización a varias comunidades indígenas y a sus tradiciones seculares. En sentido contrario, favoreció en la época hispánica el crecimiento de grandes poblaciones que respondían a necesidades básicas. Es el caso de Tuxtla Gutiérrez, abrigada en un valle de temperatura suave y elegida por los mestizos. O el de San Cristóbal de las Casas, llamada en su origen Chiapa de los Españoles, y situada por los conquistadores en pleno corazón de los Altos, donde se obtenía una ventaja estratégica y algo de fresco -su temperatura máxima en el mes de agosto es de 21 grados-. O el del entorno fértil entre dos ríos donde los frailes y los indígenas hicieron crecer Chiapa de Corzo (Chiapa de los Indios, entonces) con la loable intención de llevar una vida lo más regalada posible.

A estas tres capitales de Chiapas habría que sumar Tapachula, la segunda ciudad más grande del estado. Constituye una moderna meca comercial para los vecinos guatemaltecos, pero no puede presumir de más encantos turísticos que sus alrededores, uno o dos restaurantes y su vida nocturna. Las otras, excepto Tuxtla, una urbe moderna que ejerce de capital y crece desmedidamente sin que mire mucho a lo que fue (un modesto asentamiento zoque), conservan en su rostro los restos de una historia colonial de altos sueños y confrontaciones raciales. San Cristóbal con orgullo y espíritu turístico y comercial, y Chiapa con algo de desmemoria que contrasta con su riquísimo patrimonio histórico. Esta última ciudad es un agradable núcleo de traza geométrica y regular -herencia del Renacimiento- que proviene de una historia próspera. Los primeros españoles que la habitaron fueron los frailes dominicos, que fundaron junto al río Grijalva (la puerta de entrada al Cañón del Sumidero) un templo y un convento con asombrosos patios y decoración mudéjar que aún se conservan. Mudéjar es también la fuente de la plaza, una inusual estructura civil planteada con la igualmente poco habitual intención de constituirse en un centro de reunión local que dignificara algo tan cotidiano como el uso del agua para lavar y para que hombres y bestias bebieran.

La Pila cuenta con una torre desde la que se puede contemplar el zócalo que la rodea. La llave hay que pedirla en el vecino gobierno municipal. A pocos metros, la iglesia de Santo Domingo cuenta con un mirador con otro punto de vista: el campanario. A él se puede acceder por un óbolo inferior a un euro. La vista ofrece unos atardeceres excepcionales.

Desde sus balcones se domina hacia el oeste el barrio antiguo situado alrededor de la iglesia de San Jacinto, que aún conserva rasgos coloniales en algunas viviendas de grandes ventanales y rejas. Hacia el noreste se ven los diferentes templos parroquiales situados en alto, al norte el cementerio frailuno -convertido en plaza- y la Pila. Todo el sur está delimitado por el río Grande de Chiapa. Las pesadas campanas que lo coronan se hicieron con una aleación de metales donados por los chiapanecos, y aún se observa el brillo de oro y plata bajo la capa de herrumbre con que las oscureció el tiempo. Dicen que provoca fiebre a quien se sitúa bajo ellas. También dicen que la pochota (una ceiba gigante situada en la plaza principal) se echa a dormir por las noches, e incluso afirman que los gnomos mayas locales, conocidos en Chiapas como antivitos (una palabra procedente de "antigüitos") salen cada noche de las raíces de otro árbol local para impartir justicia a su traviesa manera.

Éstas y otras creencias son relatadas sin asomo de broma por una buena parte de la población local, que, dependiendo de su clase social, cree sinceramente que existen mayas que pueden convertirse en animales o que los chakras se abren y se cierran. Por eso resulta tan difícil y tan fascinante aproximarse a algunos de los fenómenos de esta tierra, como la revolución zapatista, que bebe en diferentes proporciones de la herencia de Emiliano Zapata ("la tierra es de quien la trabaja"), de una cultura de la rebeldía que es parte de la naturaleza del único estado que se unió a México por voluntad propia y de un sistema de creencias variado y singular.

La magia está presente en la vida cotidiana de las ciudades. Tanto como la música. Uno de los mayores encantos de Chiapas es su carácter musical y alegre, que tiene su mayor exponente en la plaza de la Marimba de Tuxtla, un espacio en el que todas las noches del año los vecinos se sientan o bailan alrededor de un quiosco. En su interior, un conjunto marimbero interpreta melodías populares. En las proximidades, los puestos de comida o artesanía garantizan a los visitantes todo lo que puedan desear. En mayor o menor medida el esquema se repite en todas las localidades chiapanecas: vida social y cultural alrededor de una plaza principal en la que se escucha o interpreta música, días libres con aire festivo en los que pasear o comer en un puestecillo... Buena parte del atractivo del estado se cifra en su vida callejera, en la que se vuelca la población constantemente. Uno de los más coloridos espectáculos chiapanecos son los días de mercado en San Cristóbal, cuando indígenas llegados de todas partes venden artesanía, alimentos o textiles. Chiapa de Corzo también cuenta con su mercado, en el que se puede degustar el pozol blanco (de maíz) o negro (de maíz y cacao). Una jícara repleta por menos de medio euro.

Conduciendo a través de las carreteras de Chiapas encontraremos localidades con nombres tan pintorescos como La Realidad, Liberación, Viva Cárdenas o Viva México. Visitarlos es toda una experiencia en la que nunca podemos estar muy seguros de lo que nos encontraremos. La relación con el visitante oscila paradójicamente entre una hospitalidad sonriente y amable, y la tradicional desconfianza e independencia hosca de algunos grupos indígenas. Éste último es el caso de buena parte de los habitantes de San Juan Chamula, que defienden con fiereza sus costumbres religiosas y que, mucho antes de que los zapatistas reclamaran el control del 15 por ciento del territorio del estado, imponían sus leyes sobre las mexicanas y su autogobierno religioso sobre el civil. Esta población alberga un extenso mercado de artesanía donde se pueden adquirir textiles tan ingenuos como coloridos. Y a muy buen precio. Pero sobre todo es la sede del templo de San Juan Bautista, de planta popular y naif, pero con un interior asombroso en el que los tzotziles locales practican su cristianismo sincrético. La iglesia está repleta de imágenes de santos con aire pop cubiertos de flores, luces de colores y otros adornos. Frente a ellos se arrodillan los fieles, que despliegan en el suelo del templo velas de todos los tamaños y colores, todas con su significado. Además, beben Coca-Cola y posh, un aguardiente sagrado. Este último, altamente alcohólico, sirve para romper el hielo espiritual y entrar en trance, y la bebida carbónica, para expulsar los malos espíritus por medio de eructos. Por si fuera poco, en el mismo espacio se sacrifican pollos con fines curativos. La visita al templo es una visión brumosa -por el humo de las velas- y traspasada de las letanías de los penitentes. Un espectáculo del que no hay imágenes en este reportaje, ya que los chamulas se encargan de confiscar o romper las cámaras de quienes fotografían a sus santos o a sus líderes religiosos. Ambos, para defenderse de los flashes que amenazan con robarles el alma, tienen espejos colgados sobre su pecho.

La cercana iglesia de Zinacantán cuenta con un templo semejante, el de San Lorenzo. Más tranquila y menos transitada, este recinto sacro se caracteriza por los bordados locales que llevan las imágenes, más ligeros que los chamulas y con rosas discretas sobre fondo negro. También posee mayor cantidad de flores en torno a las imágenes. El pueblo está rodeado de invernaderos de flores, y cada productor deja una muestra de las suyas en el templo.

Uno de los encantos de la localidad es la ingenuidad de sus habitantes y su respeto por las tradiciones ancestrales. Por sus calles es difícil ver a alguna mujer o niña sin el traje típico. Algunas casas en las que las artesanas trabajan en los telares de cintura son fácilmente accesibles. Lo habitual en ellas, como en el resto del estado, es encontrarse con hospitalarios habitantes que sonríen ante el visitante, comparten gustosamente con ellos un ratito y se muestran curiosos y sin prisa. Los mismos vecinos, sobre todo los indígenas, se mostrarán infranqueables cuando crean que llevan la razón. Es el caso de los lacandones que protegen las zonas arqueológicas o los tzeltales que guardan las cascadas, con los que no es sensato discutir. Dicen de esos mismos indígenas que conservan celosamente el secreto de pócimas, rituales o ciudades tragadas por la selva. Dicen también que cuando te haces amigo de uno de ellos, lo eres ya para siempre.

Merece la pena detenerse y compartir un traguito de pozol o unelote (mazorca) hervida. Al fin y al cabo, son sólo ellos los que recuerdan la situación exacta de la boca del cielo.

Palenque, la tumba verde y el rey Pakal
Ahora, paradójicamente, es la cara más visible del estado y una de las ciudades conocidas más destacadas del periodo clásico maya. Su momento de gloria lo vivió entre los siglos IV y VIII. De él quedan arquitecturas espectaculares de piedra y estuco, altas y ligeras, sostenidas milagrosamente por el arco y la doble bóveda maya. También hay inscripciones, relieves y estancias bien conservadas. Pero su mayor tesoro es la cámara funeraria del rey Pakal, sólo visitable de tres y media a cuatro y media de la tarde. Tras gobernar en vida la cuenca del Usumacinta, se hizo enterrar en el fondo de una tumba pirámide, la única conocida de América. Su sarcófago de piedra labrada estaba hecho de una sola pieza de 13 toneladas. Lo corona una tapa labrada con una escena que explica parte de la cosmogonía maya y que aún tiene a los investigadores entretenidos buscando sus significados. El encanto de la ciudad reside en su sugerente imbricación en la selva, que permite efectuar unos curiosos recorridos entre la densa vegetación.

Otro yacimiento de entorno deslumbrante es Yaxchilán, situado al oeste, justo en la frontera con Guatemala. Se accede a él después de un panorámico viaje en avioneta o navegando a través del caudaloso Usumacinta. Este río separa ambos países y protege la ciudad maya en una curva de su recorrido. El paseo se completa entre una espesa vegetación tropical que alberga cocodrilos, garzas y monos aulladores. Éstos acompañan al visitante también durante su recorrido por las ruinas. La extensa ciudad, erigida entre los años 350 y 810, fue uno de los centros de gobierno de la zona y ahora muestra complejos grupos de cámaras desnudas, como las del edificio conocido como El Laberinto o una crestería ornamental única por su altura y belleza, la del edificio 33.

No muy lejos y en plena selva lacandona, el yacimiento de Bonampak presume de una entrada romántica por una carretera que se interna en la selva. Se puede realizar a caballo o en coche. Los conductores son los lacandones, que velan por la conservación de las ruinas y, en ocasiones, siguen llevando allí sus rituales. La visita permite ver los 112 metros cuadrados de murales del Edificio de las Pinturas. Batallas, ceremonias y escenas cotidianas conforman un relato único de la historia de la ciudad y su realeza.

Más al sur, el recinto de Tenam Puente , junto a Comitán de Domínguez, presenta edificios del periodo clásico y principios del posclásico que denotan gran habilidad constructiva, con piedras cortadas y pulidas para su perfecto ensamblaje sin ningún elemento aglutinador. Por su parte, Toniná, una ciudad muy visitada por su cercanía a Ocosingo y su relativa accesibilidad desde San Cristóbal de las Casas, encierra una ciudad demasiado poco desbrozada. Tierra, ganado y vegetación mitigan la fascinación por una ciudad de grandes superficies. Algo similar sucede en Izapa, Chinkultic o en Chiapa de Corzo -que tuvo un desarrollo constante desde el 1400 antes de Cristo hasta el 700 de nuestra era-, donde las superficies están cubiertas de cultivos.

En cualquier caso, todas estas construcciones dan idea de la importancia monumental de la región en la época prehispánica. A ellas se unirá próximamente la ciudad de Iglesia Vieja, un yacimiento de 70 estructuras del periodo clásico tardío (600-900 después de Cristo) con edificios, estelas y esculturas poco refinadas pero de gran valor, que prometen revolucionar en los próximos años el turismo del Estado.

San Critóbal
San Cristóbal de las Casas es una ciudad hospitalaria. Es lo primero que se respira al entrar en ella. Cuenta con una mezcla de extranjeros e indígenas diversa y particular que consigue mágicamente que nadie se sienta extraño. Es una ciudad amable, de temperaturas suaves o frescas y llena de vida. Sus calles adoquinadas incitan al paseo y al contacto humano. El segundo impacto es el del colorido en casas y vestidos. Su intensidad es tal que se percibe incluso entrando en la ciudad de noche.

San Cristóbal resulta ser una ciudad más pintoresca que histórica, incluso cuando la historia, su tercer argumento de seducción, se ha detenido en todos los rincones de su centro. La misma distribución de la ciudad se basa en ella. Está ubicada estratégicamente en una meseta rodeada de altas montañas y bosques de pinos y encinas. Su trazado comenzó con lo que hoy es la plaza principal. A su costado se ubicaron la catedral, el cabildo, la cárcel y el mesón. En la periferia de ese núcleo los españoles construyeron sus casas, mientras que el extremo del pueblo se destinó a las viviendas de los indígenas. Lo que le presta encanto físico a la ciudad es precisamente ese entorno central, que se mantiene casi intacto. Aún existen los primeros edificios que se erigieron en la plaza principal. También los alrededores de la iglesia y el convento de Santo Domingo se conservan en buenas condiciones, con un populoso mercado. Situado en el costado del templo, congrega a los artesanos indígenas de las localidades vecinas. En el otro extremo del centro, en la esquina sur de la larga calle que se conoce como Andador Turístico, se sitúan la torre y el templo del Carmen. De estilo mudéjar, ejercían de vieja puerta de la urbe. La ruta arquitectónica se puede completar con una visita al cerro de Guadalupe. Está coronado por una pulcra iglesia a la que Graham Greene describió como "una pompa de jabón sobre una roca". Esa roca, además, se ofrece como mirador desde el que contemplar los atardeceres más hermosos de una ciudad que puede presumir de sus intensos colores vespertinos casi desde cualquier punto.

Junto a sus edificios principales, las casas coloniales completan la personalidad arquitectónica de San Cristóbal. Pintadas con vivos colores, cada una con una tonalidad diferente, fueron erigidas alrededor del centro originario. Se alinean en calles perfectamente trazadas mostrando altas rejas, balcones de herrería fina, techos de dos aguas de teja roja y grandes portones. En su estructura nunca falta un florido patio central. El variado estilo de estas casas responde a las modas del plateresco, barroco o neoclásico que se fueron sucediendo entre los siglos XVI y XIX.

Al pasear por las calles entramos además en el alma cosmopolita de la ciudad. Destino tradicional de mochileros, hippies e investigadores, a ellos se han unido desde hace una década los turistas que buscan el contacto con los zapatistas. En sus calles conviven y se entienden los "coletos" (descendientes de españoles, la clase alta local) con los indígenas que pueden haber recorrido a pie un buen tramo de selva para llegar allí (como hacen los lacandones de Najá) y con los europeos que cargan con zurrones de piel por los que asoma el ordenador portátil.

La cocina y la animadísima noche de San Cristóbal de las Casas es, por todo ello, la más variada e internacional del entorno. La música en vivo representa otra de las señas de la ciudad, que también cuenta con las mejores tiendas de artesanía y, sobre todo, con las más afamadas joyerías.