Budapest, cuento de Navidad

Dos ciudades en una, o al menos lo fueron durante siglos: la boscosa Buda, que desde su castillo sobre las colinas atesora las mejores vistas de, al otro lado del Danubio, el aún más monumental barrio de Pest. Algo de dual tiene también su espíritu. En estas fechas a su porte imperial se suman los mercadillos navideños, pero también las fiestas de luces láser en alguno de sus balnearios centenarios.

Elena del Amo
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Foto: Luis Davilla

La nieve y el frío pelón le encajan como un guante a esta señorona aristocrática, ajada por su militancia comunista pero resurgida con audacia tras décadas de decadencia. Las luces de la Navidad visten de cuento de hadas el costado palaciego de Buda, pero, sobre todo, la orilla opuesta del Danubio, el barrio más grande y auténtico de Pest. Por él, mercadillos como el de la plaza Vörösmarty o el que se planta hasta estrenar enero ante la basílica de San Esteban acogen de la mañana a la noche conciertos y puestos de artesanía o viandas, entre cuyo vaivén de propios y extraños retar a la congelación dando cuenta a la intemperie de un señor gulash o de los dulces cilíndricos, cocinados a la vista sobre las brasas, que aquí conocen con el impronunciable nombre de kürtőskalács. De no quedar remedio, rindiéndose a unas rondas de vino caliente, cervezas locales o unos tragos de pálinka.

Muy al hilo con la naturaleza bipolar de esta ciudad dos-en-uno, tan de estas fechas se ha vuelto la representación del Cascanueces en la bombonera de su Ópera –cofinanciada por el emperador Francisco José I a condición de que no fuera más grande que la de Viena– como las raves de música electrónica y luces galácticas por las piscinas termales del balneario neobarroco de Széchenyi. El agua precisamente, y no solo la del Danubio que divide las antaño ciudades independientes de Buda y de Pest, explica al menos en parte que tres imperios separados por muchos siglos aposentaran aquí sus reales, contribuyendo a ese aire tan aristocrático que se gasta de por sí la capital húngara.

Unidos por el amor al centenar largo de manantiales que al tiempo proporcionan placer y cura, no parece casualidad que los romanos, tan aficionados a las termas, levantaran en esta entonces cuasi frontera con los bárbaros del norte el asentamiento hoy, claro, en ruinas de Aquincum. El nombre, del latín aqua, deja pocas dudas al motivo de peso que los ató aquí. El avance otomano por su parte, tras tomar primero Buda y después Pest a mediados del siglo XVI, hizo de la primera una importante villa por la que construirían puñados de hammams al estilo de los de Constantinopla, la actual Estambul.

Pero fue una vez derrotados los turcos cuando la ciudad se embarcaría, con los Habsburgo, en la era de esplendor que la sembró de los palacios, iglesias e ilustres bulevares que la han convertido en una de las capitales favoritas de Europa. Una pujanza que no hizo sino multiplicarse con el nacimiento, en 1867, del Imperio Austrohúngaro. Enseguida se unirían definitivamente Buda y Pest y, ya juntas, rivalizarían no solo con Viena sino con la mismísima París.

Al igual que en tiempos de los romanos y otomanos, la vida social llegó a girar en torno a auténticos palacios termales –en este caso balnearios como Széchenyi o Gellért, entre cuya piscina cercada de columnas se rodó aquél mítico anuncio de los cuerpos Danone– concebidos para la flor y nata de esta recién nacida Belle Époque. Aunque también por iconos a su vez en plena forma como la Ópera, que con su estilo neorrenacentista impera entre las mansiones señoriales y las boutiques con pedigrí de la avenida Andrássy; una versión local de los Campos Elíseos que le tomó el nombre al rumoreado amante de la emperatriz Sissi y que de seguro recorrieron Mahler y Strauss al final de algún recital.

O por cafés tan despampanantes como el versallesco New York, para muchos el más bonito del mundo, y el Gerbeaud, al que aseguran se escapaba Sissi cuando le entraban ganas de la, igualmente para muchos, mejor tarta Dobos de toda Hungría. E incluso por alguno más anónimo como el a rebosar de dorados y frescos Lotz Hall, en el primer piso de la librería Alexandra, de nuevo en la exclusiva avenida Andrássy que la Unesco declarara Patrimonio de la Humanidad hace tres lustros. Por sus mesas, ya sin tanto turista alrededor, se reúnen a merendar abuelas de la vieja guardia que, con sus gabanes oscuros y sus sombreritos de lana, parecieran no haberse enterado de que el Muro ya cayó.

Territorio Aquincense

En una ciudad que en el siglo XX pasó de la monarquía al fascismo y de ahí a cuatro décadas de comunismo hasta saludar la democracia, normal que todavía quede algún Lada, restos de metralla por más de una fachada y jubilados que, por su aspecto, se dirían vivir aún en los días en los que el ruso era obligatorio en las escuelas. Los rastros arquitectónicos de la era de la hoz y el martillo se han tratado de camuflar como han podido. Conviene alzar de cuando en cuando la vista al pasear por el centro. Porque a menudo sobre una primera planta remozada en colores vivos despunta algún mazacote de hechuras soviéticas imposible de disimular.

Los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial se cebaron con tal saña con Budapest que, casi sin excepción, estos mamotretos se levantaron sobre el solar de un palacete arruinado. Salpicados entre edificios casi siempre muy nobles, la mezcla, inexplicablemente, rara vez chirría. Es más, le aporta ese punto de autenticidad que han perdido tantas ciudades primorosas que, de puro uniforme, se han convertido en una especie de parque temático. Budapest por suerte no lo es. Salvo quizá la parte de Buda más próxima al río, el resto del cogollo histórico, a pesar de lo mucho que ha crecido el turismo en los últimos años gracias a tanta low cost, sigue siendo un territorio muy vivido por los aquincenses (sí, así les dicen desde tiempos de los romanos).

Los Bares de Ruinas

El reciclaje, a todos los niveles, se ha impuesto para salir adelante. Seguramente el más dramático sea el del barrio judío, donde colarse en la segunda mayor sinagoga del planeta para, por su museo, su cementerio y su Templo de los Héroes, asomarse a la herida que le infligieron los nazis a la ciudad. Aunque aquí y allá afloran algunos restaurantes de comida kosher, apenas lo habitan ya hebreos. Pocos de sus vecinos sobrevivieron a las deportaciones o a las condiciones infrahumanas del gueto, y a los que lo hicieron les quedaron pocas ganas de seguir viviendo aquí.

Luis Davilla


Así, ante el derrumbe inminente de tanto edificio abandonado, el Ayuntamiento acabó permitiendo que en la década pasada fueran instalándose por ellos los singularísimos bares de ruinas, tan berlineses, que hoy forman parte de la identidad de Budapest tanto o casi como el fenomenal edificio de su Parlamento sobre el río. El Szimpla Kert es el más veterano de estos macroespacios de regusto okupa a los que acercarse a picar algo o tomar una copa rodeado por los cachivaches de deshecho que cuelgan de sus paredes sin enfoscar. A contracorriente en todo, el pionero cierra justo la noche de Fin de Año, pero muchos otros, como el gigantesco Instant y tantos más de la calle Kazinczy y aledaños, abrirán hasta deshoras por la zona de marcha más cool de Budapest. ¡Y algunos sin necesidad de reservar!

Sí habrá que hacerlo de querer estrenar 2018 a bordo de los barquitos que surcan el Danubio, llegándose, con la ciudad iluminada a cada margen, hasta mucho más allá de puentes tan fotogénicos como el de las Cadenas, el de Margarita o el de la Libertad. Y desde luego de pretender asistir a los conciertos de Navidad del decimonónico Duna Palota en el que tocaran Dvorák o Bartók, cuyos salones neobarrocos acogen también una gala de Fin de Año al módico precio de 163 euros por barba. Mucho menos prohibitivos, los recitales en la basílica de San Estaban, la iglesia de Santa Ana o la preciosa San Matías; los que alberga el Béla Bartók National Concert Hall y, con visita final a los jardines del castillo, la también fenomenal sala de Pesti Vigadó; los inspirados violines cíngaros de la 100 Member Gypsy Orchestra o los que aliñan las cenas especiales de estas fechas en tantos restaurantes y hoteles de tono, en cuyos menús no faltarán las lentejas para asegurarse la buena suerte en los próximos doce meses. Del todo gratis, siempre queda el algo menos noble arte de celebrar en la calle.

El mejor mirador de la ciudad

Aunque en un día cualquiera la peatonal calle Váci es la que más encandila a los visitantes, la noche del 31 auténticas hordas de jóvenes y no tan jóvenes con cuerpo de fiesta se decantan sobre todo por las céntricas plazas de Vörösmarty, Nyugati y Oktogon. Pertrechados de gorros, abrigos y espumante húngaro para lidiar con las temperaturas, van desplazándose de una a otra incluso después de la cuenta atrás que da la bienvenida al año, cruzándose en el camino con quienes prefieren los cafés de postín de la avenida Andrássy o los bares más alternativos del barrio judío.

Hacia la orilla opuesta de Buda, presidida por el castillo en el que moraran los antiguos reyes de Hungría, habrán enfilado los que quieran admirar los fuegos artificiales desde el mejor mirador de la ciudad: el Bastión de los Pescadores. Entre sus torretas que representan a las siete tribus magiares que fundaron el país se divisan las cúpulas iluminadas de los templos de Pest y, ante ellos, el icónico edificio de su Parlamento reflejándose en las aguas del Danubio. Un espectáculo que no desmerece pero, aun así, aseguran que no hay color con la hora larga de pirotecnia que el 20 de agosto le pone la guinda a las celebraciones de San Esteban, el primer rey y luego santo con el que, hace más de mil años, nació el Estado húngaro. Queda pues pendiente volver en la vertical del verano.

Luis Davilla

La meca del termalismo

De las termas romanas quedan apenas las ruinas de Aquincum en el algo retirado barrio de Óbuda, pero de los días otomanos de Buda ha sobrevivido el lujo absoluto de darse un baño entre los mármoles de una tríada de hammams al estilo de los de Estambul. Abiertos junto al Danubio hace la friolera de quinientos años, los Rudas Baths conservan el hilván de columnas que soportan su inmensa cúpula, horadada por ojales que dejan filtrar la luz entre los vahos.

Pura sensualidad oriental también en los de Király y Veli Bej. Ya menos, en el muy remozado Lukács, que a cambio celebra las más sonadas sparties –fiestas en el Spa– del invierno con permiso de la que, el 30 de diciembre, despide el año entre las piscinas termales del neobarroco Szécheny. Bikinis y dj’s entre láseres siderales se hacen por unas horas con el territorio habitual de los jubilados que, cada mañana, luzca el sol o nieve con saña, acuden a este auténtico palacio termal de Pest donde, también, echarse una partida con los amigos en sus tableros gigantes de ajedrez sobre el agua. Imprescindible a su vez reposar las idas y venidas por los bulevares de la ciudad con un chapuzón, y a ser posible un masaje, entre las esculturas y mosaicos de las salas art nouveau del hermosísimo Gellért.