Bruselas surrealista, 50 aniversario de René Magritte

Incongruente, paradójica y perturbadora es esta ruta por la capital belga tras los pasos de René Magritte. Cuando se han cumplido 50 años de la muerte del controvertido pintor, la ciudad le rinde un homenaje con varias exposiciones que reflejan su loca cordura. una ruta de lo más surrealista.

Noelia Ferreiro
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Foto: Normann Szkop

Un maestro del humor absurdo, un pintor de ideas, un poeta del subconsciente. Un artista que supo divergir la realidad hasta cuestionar el propio lenguaje, que creó un universo de imágenes para las que no había respuestas sino solamente preguntas. Nadie como René Magritte llevó el surrealismo a la máxima expresión. Nadie como el gran icono belga logró hacer de sus obras, ingeniosas y provocadoras, dictados del pensamiento sin la intervención de la razón, creaciones ajenas a la estética y a la moral. El arte de pintar es, simplemente, el arte de pensar”, decía.

Ahora que se ha cumplido medio siglo desde su fallecimiento, Bruselas luce más surrealista que nunca. La ciudad donde desarrolló su trayectoria este genio, nacido en la localidad de Lessines, no solo acoge una serie de actos para celebrar tal efeméride sino que también descubre los lugares tocados por su arte inimitable. Porque Bruselas, aunque muchos no lo sepan, no puede entenderse sin Magritte: su estela está tan presente como la de Renoir en París, la de Klimt en Viena o la de Miguel Ángel en Florencia.

Tal vez porque también tiene algo de realidad distorsionada, el surrealismo prendió fuerte en la capital belga hasta adoptar un lenguaje propio. Cuando la Primera Guerra Mundial acabó con la utopía de construir un mundo más justo, los artistas locales comenzaron a tejer su sueño entre lo real y lo imaginario. En ese contexto, Magritte, que a finales de 1920 formaba parte de un pequeño grupo de iconoclastas, despertó de pronto la atracción del público. Su mérito era poner en entredicho el imaginario tradicional, romper de manera radical con el lenguaje visual.

Universo onírico

Convertido así en la primera gran figura surrealista, Bruselas devuelve hoy semejante honor a este hombre de apariencia tranquila, sabio y circunspecto, discreto y casi anónimo. Lo viene haciendo desde el año 2009, cuando se inauguró el museo que lleva su nombre en un majestuoso edificio de la Place Royal. Es aquí donde descansa la colección más grande del mundo dedicada al artista: pinturas, gouaches, dibujos, esculturas, carteles publicitarios, partituras musicales e incluso antiguas fotografías y películas realizadas por él mismo. Un homenaje que queda ahora reforzado con la que ha sido considerada la exposición del año: Magritte, Broodthaers y el arte contemporáneo, que, con motivo del aniversario de su muerte, tiene lugar desde hace unos meses en los Museos Reales de Bellas Artes: 150 obras de estos dos amigos, cultivadores del movimiento, así como de otros artistas que recogieron su testigo. Entre ellos, Andy Warhol, Jasper Johns o Robert Rauschenberg.

Será ocasión de sumergirse con ellas en ese universo onírico y perturbador. Ese universo de cosas que son pero que no son. De imágenes que se alejan del concepto y conceptos que se alejan de la imagen. De pipas, manzanas, paraguas y su característico cielo celeste salpicado de nubes esponjosas. De bombines por aquí y por allá, motivo que él mismo justificó alguna vez sin más razón que la sencillez. Para alguien que se indignaba con “la estupidez y la bajeza humana, con la chabacanería de la vida moderna”, este sombrero hongo solo podía ser un tributo a lo poco original: “El hombre que lo usa es el hombre común y corriente. Yo lo uso también, no tengo el menor deseo de destacarme”, explicaba.  

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En esta muestra de los Museos Reales de Bellas Artes, que están conectados con el Museo Magritte en el mismo edificio de la Place Royal, también se pueden admirar sus piezas más emblemáticas. Piezas en las que se toma la libertad de crear imágenes opuestas a toda convención, de mirar al mundo de manera distinta a la que se le quiere imponer. El sentido común era, definitivamente, aburrido, y así lo mostró en obras como Magia negra, Los amantes o la serie La traición de las imágenes, con el que tal vez sea su título más citado y analizado: el controvertido Esto no es una pipa (Ceci n'est pas une pipe), donde explotó su lógica poética. “¿La famosa pipa? No se cansaron de hacerme reproches. Pero, ¿puede usted llenarla? No, claro, se trata de una mera representación. Si hubiese puesto debajo de mi cuadro ‘Esto es una pipa’ habría dicho una mentira”, llegó a zanjar en cierta ocasión. Este lienzo, uno de los más icónicos del siglo XX, ha sido cedido por el museo californiano Lacma para el homenaje al artista. 

Pero emprender una búsqueda tras los pasos de Magritte implica también salir a la calle y perderse por los rincones de Bruselas. Empezando por su casa de la rue Esseghem, hoy reconvertida en museo, donde vivió 24 años. Aquí, en un pequeño apartamento alquilado que compartía con dos familias, alumbró algunas de sus obras más célebres (incluidas La Pipa y La Manzana), inspirado muchas veces por sus objetos cotidianos. Y aquí también tuvieron lugar periódicamente las reuniones de surrealismo (con sus correspondientes actividades subversivas), de las que hoy pueden contemplarse cartas, fotos y documentos personales.

Cafés de la época

Tímido y melancólico, solitario y sombrío, pero, al mismo tiempo, buen amigo de sus amigos, Magritte frecuentaba los cafés de la época en aquellos tiempos de ebullición intelectual en los que Bruselas era la capital del art nouveau. Especialmente Le Greenwich, en la rue Chartreux, donde bajo un marco de vidrieras con motivos florales se reunía con otros artistas para jugar al ajedrez, discutir asuntos políticos o, a modo de pasatiempo, pensar en posibles títulos para sus cuadros inconclusos. Un café que ha llegado hasta nuestros días con su aspecto original en la misma calle donde ¿quién lo duda? existe otro icono surrealista: el Zinneke Pis (o perro meón) que, más que la versión canina del famosísimo niño (también existe la niña), es un símbolo de la multiculturalidad belga. Se dice, con mucho cariño, que los bruselenses son como los zinneke, esos perros vagabundos que derivan de una mezcla de razas. También en el barrio de Saint Gery, hoy plagado de animadas terrazas, perviven algunos de los cafés modernistas donde Magritte pasaba largas tardes bebiendo cerveza. Como Falstaff, con un ambiente selecto, o Le Cirio, que sigue siendo aquella virguería de espejos dorados, candelabros de hierro forjado y columnas de bronce. Cuentan que fue aquí donde Jacques Brel compuso la música de la película La Bande à Bonnot, acompañado siempre de aquella bebida ideada por el dueño del local: half & half, un combinado de champán y vino blanco que se sirve lleno, hasta el límite, razón por la que los sorbidos se escuchan en las canciones de este autor. 

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Arte de la incongruencia

Más pequeño y escondido, La Fleur en Papier Doré fue otro de los puntos de reunión del grupo de los surrealistas (Louis Scutenaire, Marcel Mariën, Irène Hamoir, Camille Goemans…), cuyo retrato cuelga aún de la pared. Un extraordinario cafetín donde se divagaba sobre aquel movimiento del que Magritte sería su estandarte. Nunca su nombre podrá desligarse de este arte de la incongruencia que cultivó de muy diversas maneras. En su obra, con su costumbre de presentar elementos en pugna: pintar el día cuando es de noche (El Imperio de la Luces), un pájaro cuando aún es un huevo (Clarividencia) o un espejo que refleja la espalda de quien, sin embargo, se mira de frente (Reproducción prohibida). Pero también en sus excéntricas actitudes. Como cuando se colgaba salchichas del cuello a modo de bufanda y se paseaba de esta guisa por las calles. O como cuando se subía a los tejados de la Academia del Arte para descender como un mono por las tuberías de la fachada.  

El cementerio de Schaerbeek, al este de la ciudad, podría ser la última parada de esta surrealista ruta por Bruselas. Allí descansa nuestro personaje junto a Georgette, la mujer de su vida. Y es que, en aquellos libertinos años 20 en que ser artista pasaba por frecuentar los burdeles y procurarse aventuras, Magritte entregó su amor a una única compañera. Puede que eso también fuera surrealista.