Bratislava, la discreta joya del corazón de Europa

Con un pie a cada lado del Danubio, la capital de Eslovaquia es una ciudad revitalizada y moderna, callada pero con mucho que decir.

Noelia Ferreiro
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Foto: ISTOCK

Tímida pero firmemente ha tenido que hacerse oír para dejar de ser un mero lugar de paso y seducir en sí misma como destino turístico. Porque aunque goza de una situación privilegiada a orillas del Danubio y en el vértice que bombea el corazón de Europa, su magia históricamente ha quedado a la sombra. Es lo que tiene estar situada tan cerca del triángulo centroeuropeo más codiciado: Praga, Viena y Budapest, ciudades a las que se llega en un santiamén desde su mismo centro.

De un tiempo a esta parte, Bratislava brilla con luz propia. Vibrante, dinámica y creativa, ahora exhibe orgullosa su dualidad, la de ser una de las capitales más jóvenes del mundo y, al mismo tiempo, guardar una historia de cientos de miles de años. Una ciudad que asistió a su propio renacer hace casi un cuarto de siglo (en 1993) cuando, tras la caída del Telón de Acero, Eslovaquia decidió divorciarse de manera pacífica de la República Checa para recobrar su propia identidad. Fue entonces cuando el país comenzó a labrar en ella el perfil de una metrópoli europea.

Teatro Nacional de Eslovaquia. | ISTOCK

Mucho antes, claro, había irrumpido en el mapa con muy diferentes destinos. Bratislava, que fue durante dos siglos y medio la capital del reino de Hungría con el dominio de los Habsburgo, y que jugó después un importante papel dentro del imperio austrohúngaro, nació con este nombre en 1919, después de la Primera Guerra Mundial. Ya antes había sido Presburgo, un rincón que resonó en el mundo en 1805, cuando se firmó el tratado de paz entre Napoleón y Francisco I de Austria tras la famosa batalla de Austerlitz.

Pieza clave hoy para descubrir el encanto del Danubio (se puede tomar una embarcación y navegar hasta las capitales húngara y austriaca) esta ciudad a la que la aristocracia ornamentó con palacios barrocos, y a la que músicos de la talla de Mozart, Beethoven, Haydn o Liszt dieron un impulso definitivo, tiene en la cultura uno de sus grandes pilares. Especialmente en la ópera, que se trata de una institución con la particularidad de ser, a diferencia de en otras urbes, sumamente asequible: la entrada más cara de un espectáculo no supera los 35 euros. Por eso el Teatro Nacional, de 1886, es el epicentro de esta agitada vida cultural consagrada a la lírica y al ballet.

Grassalkovich Palace. | ISTOCK

No es la única joya que podemos encontrar en Bratislava, que tal vez adolece de monumentos de belleza extraordinaria pero que, sin duda, luce todo el encanto de las ciudades discretas. Hay que deambular por la Stare Mesto o Ciudad Vieja para apreciarlo en su máxima expresión. Especialmente en el centro histórico, un cogollo bien conservado, peatonalizado casi en su totalidad, con un impecable conjunto arquitectónico que rezuma armonía y sencillez. Aquí residen los grandes hitos, presididos por el Castillo que domina el skyline (está construido en la cima de una colina) y que es la sede del Museo de Historia. Desde la Crown Tower, donde solían depositarse las joyas de la corona, se desparrama la ciudad en una bonita panorámica.

Tampoco en vistas se queda corto el UFO (o el OVNI), otro de los grandes iconos de las alturas. Se trata de la plataforma de observación que se cierne por encima de aquel famoso puente de hormigón armado y cables de acero que fue construido por los soviéticos durante la época comunista. En su cumbre, a 95 metros, alberga un restaurante desde el que se alcanza una visibilidad de hasta cien kilómetros en los días claros. Dicen que es el lugar ideal para disfrutar del mejor atardecer.

Cumil. | ISTOCK

En la Ciudad Vieja encontramos el Palacio Primacial (donde se firmó la Paz de Presburgo), el Antiguo Ayuntamiento reconvertido en Museo de la Ciudad, los palacios de Grassalkovich y Mirbach y la imponente catedral gótica de San Martín donde fue coronada María Teresa, la reina que concedió a la ciudad un esplendor definitivo.

No hay que perderse tampoco curiosidades como la Iglesia Azul, donde las jovencitas suspiran por casarse, o el simpático conjunto de esculturas que salpican el entramado urbano. La más fotografiada es Cumil (El Mirón), un obrero picarón que sale de la alcantarilla con un gesto entre sorprendido y astuto. Es otro de los símbolos de Bratislava, siempre rodeado de turistas.

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