El otro Algarve

Con trescientos días de sol al año y unas playas de escándalo, la región más meridional de Portugal tenía todas las papeletas para convertirse en un enladrillado imán de europeos necesitados de venir a secarse al sur. El tramo más famoso del Algarve de hecho lo es, pero queda otra porción mucho más desconocida y salvaje que guardan como un secreto surfistas, caminantes y buscadores de escondites sin trillar.

Elena del Amo
 | 
Foto: LUIS DAVILLA

Los caminos del Señor son a veces para hacérselos mirar. La crisis, que tantos también se llevó por delante en Portugal, es la razón con la que muchos aquí se explican que su país se haya puesto tan de moda. Al igual que el impronunciable volcán Eyjafjallajökull colocó en el mapa Islandia y desde que paralizara los cielos de Europa no han dejado de lloverle admiradores, los titulares que acaparó en la prensa internacional la debacle portuguesa hizo que muchos se fijaran por primera vez en esta pequeña nación atlántica. A pesar de su patrimonio para quitarse el sombrero, de la delicia que es su gente o de lo tremendamente y a buen precio que se come, nuestros discretos vecinos se mantenían bastante al margen del turismo de masas. Las hordas, pues, parecen haber descubierto en los últimos años los muchos tesoros de Lisboa y Oporto, aunque ingleses, escandinavos y demás europeos urgidos de hacer la fotosíntesis ya conocían de antes las playas del Algarve. O, mejor dicho, algunas de ellas. Porque adonde todavía apenas han llegado es a ese otro Algarve en el que, en cuanto se sale de epicentros veraniegos como Albufeira o los resorts y campos de golf de Vilamoura o Quinta de Lago, uno vuelve a toparse con la mejor versión del Portugal campesino y marinero.

Al Gharb, el Occidente moruno, arranca sobre la barbilla del perfil enfurruñado que dibuja el mapa luso y se prolonga a lo largo de toda su quijada hasta la frontera con Andalucía. Siempre fue un mundo aparte un poco por sus geografías, acotadas al sur del sur entre el mar y un hilván de sierras, y otro tanto por haber sido el último recodo en serle arrebatado a los musulmanes tras los cinco siglos de ocupación que le dejaron como herencia su rosario de castillos, una gastronomía muy particular y las características chimeneas que coronan sus blanquísimos caseríos.

Dejarse los tacones por los adoquines de sus villitas pesqueras o auparse a las almenas de una alcazaba con vistas a los huertos de naranjos, los viñedos y olivares; pedalear entre los espejos de agua de la ría Formosa antes de meterse entre pecho y espalda una cataplana de marisco, o caminar a solas durante horas, con el viento en la cara, por inmensos arenales sin atisbo alguno de ladrillo y civilización. Este otro Algarve añade un motivo –¡uno más!– para enamorarse de Portugal.

Escondite de surferos

Viejos conocidos por estos pagos, los surfistas siempre han tenido olfato para los escondites sin trillar. Mientras que la más turística costa sur no les tira tanto al ir perdiendo bravura, el zafarrancho de roca y mar de la del oeste es su secreto, sobre todo en invierno, cuando los principiantes no se atreven con semejantes olas. Conocida como la Costa Vicentina, los sesenta kilómetros de acantilados a la vertical entre Burgau y Odeceixe dejan a sus pies algunas de las playas más salvajemente perfectas de Europa. Será difícil decidirse por la de farallones calizos de Beliche, la favorita de los bodyboarders gracias a su famosa ola izquierda, o las también surferas Praia do Amado, Tonel, Arrifana o Castelejo, sobre la que emprender durante la marea baja un señor paseo hasta las de Cordoama y Barriga. O por los arenales de Bordeira, Monte Clérigo, Amoreira o la propia Odeceixe, donde la desembocadura de un riachuelo, vertiéndose en el Atlántico entre un enjambre de dunas, oficia de frontera natural con las que continúan por la también preciosa región del Alentejo.

Calle de la parte vieja de Tavira. | LUIS DAVILLA

Aquí playa fea no hay. Con a lo sumo algún chiringuito y a menudo ni eso, cambian en cada una los colores de sus acantilados, más rojos, renegridos o amarillos según su edad geológica, y las formas caprichosas con que los haya ido modelando el viento. La elección por unas u otras en realidad dependerá de cuántas escaleras se esté dispuesto a bajar y luego subir para acceder a ellas, o de lo a solas que quiera estar. Casi siempre, cuanto más al norte, menos gente. Incluso en pleno verano.

Toda esta orla de playas forma además parte del Parque Natural do Sudoeste Alentejano e Costa Vicentina, otro secreto entre los caminantes y, ya más recientemente, entre las autocaravanas que se instalan por sus esquinas sin que, de momento, nadie les ponga mucha pega. Cada vez sin embargo que se ve algún vehículo enfilando entre los matorrales de sus pistas, lo más probable es que se trate de un pescador a punto de jugarse la vida descolgándose con una cuerda por las rocas para hacerse con un botín de percebes, o de lanzar la caña desde lo alto de los riscos a la espera de que pique algún róbalo o una lubina.

Puerto de Fuseta. | LUIS DAVILLA

Puede incluso vérselos probando suerte por las inmediaciones de la fortaleza del cabo San Vicente, posada en lo alto de los acantilados que caen en picado sobre el último vértice de Europa.

Hacia sotavento

Aquí, en el fin del mundo hasta que Colón demostró que América aguardaba del otro lado del charco, cada miércoles por la tarde alguno de los fareros de este Finisterre portugués le muestra a sus visitantes los secretos de su oficio aupándolos hasta la linterna del faro más grande del país; automatizado, pero con casi todo su instrumental de hace por lo menos un siglo.

Aunque nadie podría reprocharse quedarse enganchado al ambiente surfero de localidades de Sagres, Carrapateira o Vila do Bispo, todavía en el Algarve de barlovento habrá que acercarse al, sí, más turístico, pero también encantador casco viejo de Lagos del que partieran las naves a descubrir el mundo en los días del infante Enrique El Navegante. Dueño y señor de un primoroso entramado de casitas blancas, lo es a su vez de otra tanda de calas entre paredes de roca como Dona Ana o Praia do Camilo, adornadas de grutas marinas y farallones con poco que envidiar a los una y mil veces fotografiados de Ponta da Piedade.

Atardecer en la playa de Amado, a un par de kilómetros del pueblecito de Carrapateira. | LUIS DAVILLA

Más allá de la antaño aldea pescadora de Alvor, el turismo puro y duro acaba por fin dando la cara entre Portimão, Albufeira y las inmediaciones de Vilamoura, con sus happy hours, sus complejos de más o menos lujo y sus manicurados campos de golf. Si no es eso lo que se ha venido a buscar, basta con saltar hacia sotavento, aunque sin perderse tierra adentro las callejuelas de Silves, la hoy adormilada capital mora que vigila desde lo alto el castillo mejor conservado de la región. Tras quizá un par de horas deambulando entre el cogollo histórico de Faro, el viejo puerto de Olhão, a pesar de haber crecido también lo suyo, milagrosamente ha conservado un carisma enorme. No solo atesora un barrio de pescadores de lo más auténtico sino que, en los últimos años, sobre su corazón de azulejos y fachadas encaladas han abierto las galerías y espacios creativos de una pequeña legión de artistas. Llegados a menudo de la otra punta del planeta, bohemios de todo pelaje han ido instalándose en este pueblo frente a la ría Formosa donde un turismo sosegado ha sustituido a la en otros tiempos potente industria conservera, y donde cada sábado por la mañana se celebra el mercado más animado de la zona con permiso del de la coqueta villa de Loulé.

Sorpresas luminosas

Quedan poco más allá rincones del sabor marinero de Fuseta, con su playón de arena clara y sus abuelos jugando a la petanca, o, también entre campos de olivos a la vera de la ría, la aldea de postal de Cacela Velha, cuyas callejas enmarcadas de añil acogen en julio los conciertos de las Noites d'Encanto que evocan su pasado morisco. Y, separado de Ayamonte por la desembocadura del Guadiana, queda el centro histórico de Vila Real de Santo António, diseñado a cuadrícula por el Marqués de Pombal, o el más rural de Castro Marim, a tiro de piedra de sus salinas y de la reserva de marismas donde avistar flamencos y cigüeñas. Cómo no, también, las sierras del interior, donde emprender caminatas entre su mar de alcornocales y asomarse a lo más profundo del Algarve campesino: la de Monchique al oeste y, casi lindando con España, la igualmente muy deshabitada de Caldeirão, en las proximidades del ilustre pueblo de São Brás o el a su vez deliciosamente conservado de Alte. Pero sobre todo aguarda como colofón del recorrido la sorpresa luminosa de Tavira.

Nudista en la playa de Odeceixe, cerca de Aljezur. | LUIS DAVILLA

Se desparraman a cada orilla del río Gilão sus cerca de cuarenta iglesias, ermitas, capillas y conventos; sus caserones adornados de azulejos y enrejados, y las también blanquísimas mansiones señoriales que siguieron erigiéndose tras el destrozo del terremoto de Lisboa de 1755, a pesar de que para entonces este antaño crucial puerto ya había entrado en decadencia a raíz de que la lengua del río se colmatara. Si las tabernas junto a los muelles despachan el mejor atún encebollado, su Mercado da Ribeira es de visita tan obligada como el puente romano o el castillo árabe que desde sus murallas y jardines se convierte en un mirador de excepción al casco viejo. Por si lo encandilador de su armazón arquitectónico no fuera ya suficiente, en un breve trayecto en ferry o a bordo de un tren que se diría de juguete se alcanzan, vía los concurridos restaurantes de pulpo de Santa Luzia, los casi veinte kilómetros de playas de la isla de Tavira. La de Barril, con su cementerio de anclas encalladas en las dunas y su soledad absoluta en cuanto uno se aleja del acceso principal; la nudista denominada, para que no haya dudas, Praia do Homem Nu o del Hombre Desnudo… Estos arenales increíblemente vírgenes forman parte del último y mayor secreto que se reserva el Algarve: el Parque Natural de la Ría Formosa, entre cuyos cauces de agua salir al encuentro, a ser posible en bici, de unos atardeceres que cortan la respiración.

Aves migratorias

A él pertenece a su vez la habitada por pescadores isla-barrera de Culatra y sus vecinas Armona o Barreta, donde a caballo entre las mansas aguas de la ría y el batir del Atlántico más que en Europa uno se diría en la costa de Brasil o algún remoto paraíso africano. Sin embargo, quedan muy a mano; apenas a una mínima singladura desde Fuseta u Olhão durante la que navegar espiando a los mariscadores de almejas y ostras por sus viveros, amén de a la barbaridad de aves migratorias que, sobre todo en invierno, se refugian por las 18.000 hectáreas de lagunas y bancos de arena de este Doñana portugués.

Acceso a la playa de Amado. | LUIS DAVILLA

Aseguran las malas lenguas que los puñados de casitas cúbicas de Culatra tienen menos papeles que una liebre. Cierto o no, no parece que las autoridades se vayan a atrever a derruirlas. Unas pocas, desperdigadas entre sus caminos de tierra y el mar, engalanadas de adelfas y buganvillas y sin un solo coche a la vista, se alquilan a los que ya se han enterado de dónde buscar el fin del mundo sin necesidad de cruzárselo. ¡Que no se corra la voz!

Senderos de gloria

Además de playas, muchas y despampanantes a merced de una empalizada de acantilados, el Parque Natural do Sudoeste Alentejano e Costa Vicentina anda a su vez sobrado de veredas que cosen el último confín de Portugal y de Europa. Salvo el ramillete de aldeas estiradas a lo largo del centenar de kilómetros que suma entre su porción algarvía y la alentejana, por sus senderos de tierra roja y sus matorrales achaparrados por el viento apenas asoman más construcciones que algún refugio de pastores y los cercados para el ganado. A pie por libre o de la mano de los guías de Walking Sagres, en 4x4 con los de Sagres Discovery e incluso cargando las mochilas a lomos de los pollinos de Burros & Artes podrá explorarse este intacto espacio protegido donde las cigüeñas han aprendido a anidar sobre los acantilados y entre septiembre y octubre visitan más de doscientas especies de aves migratorias. Además de otras rutas de largo recorrido, siempre junto al Atlántico podrá caminarse durante cuatro jornadas el Trilho dos Pescadores o, también a pedales, los 230 kilómetros del Camino Histórico que hilvana por el interior del Parque los pueblos con sabor en los que de paso hacer noche. Espectaculares igualmente, ya en el entorno de la ría Formosa, los circuitos en bici de Sea Horse o los que, aliñados con experiencias tan locales como elaborar azulejos o dulces en la cocina de una campesina, conocer el trabajo de las granjas o el uso del agua aprendido siglos atrás de los árabes, propone a pie Tavira Walking Tours.

Acantilados en la Costa Vicentina. | LUIS DAVILLA

Ecoturismo creativo

Talleres de alfarería, de latón o de tejido de palma con los artesanos del encantador pueblito de Loulé, cursos de cocina en el que fuera un castillo moruno del siglo XII y un buen puñado de recorridos de naturaleza invitan a adentrarse por ese desconocido Algarve interior cuyas tradiciones en vías de extinción se están tratando de preservar a través de iniciativas como las de Proactivetur. En primavera, desde hace ya seis años, organizan además por la sierra de Caldeirão el Walking Festival Ameixial, donde a lo largo de tres días se celebran, y casi gratis, desde paseos para niños de la mano de un pastor hasta rutas literarias, recorridos para avistar aves o aprender de la biología, la geología, la historia o las plantas medicinales de estos montes, caminatas nocturnas, itinerarios fotográficos o auténticas kilometradas ya para senderistas de nivel. Todo ello aliñado con charlas, cuentacuentos y conciertos por la noche en el pueblo serrano de Ameixial, cuya población al completo se vuelca con esta fiesta de naturaleza integrada en la temporada de caminatas de la zona, la Algarve Walking Season.