Eso que llaman patria

Resulta curioso que el hombre necesite todavía de banderas y terruños en donde afincar una parte de su identidad.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Cae en mis manos un libro cuyo sugestivo título es de Atlas de países que no existen, editado por Planeta, y me echo a temblar pensando si se referirá a España. Pero no, no hay ironía alguna en la proclama. Trata simplemente de catalogar un fenómeno singular: el de medio centenar de naciones que no lo son oficialmente por diversos motivos, pero que lo han sido en algún momento o aspiran a serlo. El autor es un geógrafo inglés, Nick Middleton, imagino que un tipo algo excéntrico y no sé si mucho o poco reputado. Pero en todo caso el tema resulta curioso y me invita de inmediato a leer lo que dice. Para el autor, la vara de medir qué es un país que no existe es que cada uno reclama la legitimidad de su territorio, “aunque, por las más variadas razones, ninguno de ellos ha cumplido con los requisitos para unirse al exclusivo club de los países reconocidos internacionalmente”. Existen en los cinco continentes, ninguno tiene sede en la ONU ni ha alcanzado reconocimiento pleno internacional. Pero, de alguna forma, cuentan con un cierto grado de conciencia nacional y, sobre todo, los primero es que poseen bandera propia (¡ay, la fascinación humana por los trapos patrios!).

Los hay con una larga proyección histórica, como el caso de Cataluña, y otros que han declarado su independencia pero no ha sido llevada a efecto, como Somalilandia. Y los hay minúsculos, grandes y gigantescos.

Uno de los más pequeños, por ejemplo, es Pontinha, al norte de las Canarias, una isla-fortaleza cercana a Madeira de 178 metros cuadrados, con una población de 4 habitantes (el dueño del castillo y su familia), que se proclamó independiente en 1903 sin que a Portugal, su histórico dueño, se le haya movido desde entonces un pelo del bigote.

Grande es Lakota, enclavado en el norte de los Estados Unidos, el histórico territorio de la nación sioux, que se extiende en un territorio algo menor de la mitad de España y en donde moran unos cien mil descendientes de Sitting Bull. Reivindican la posesión de las famosas Colinas Negras, que les fueron arrebatadas por los colonos de origen europeo cuando se descubrió oro en ellas en 1868. Aunque existe un fallo judicial por el que se les debe de otorgar 600 millones de dólares como compensación, los lakotas se niegan a aceptar las ofertas económicas –solo negocian sobre la devolución de sus tierras– y viven sumidos en la pobreza y el subdesarrollo.

Los hay gigantescos, como el Tíbet –más de dos veces España–, y con una población que supera los tres millones de almas. Pero el más extenso (no en número de kilómetros cuadrados sino en amplitud geográfica) y, al tiempo, el más extraño de todos es UMMOA, siglas que corresponden al nombre de Archipiélago Multioceánico de las Micronaciones Unidas. Es un país distribuido entre cuatro océanos y formado por 29 islas y territorios ribereños, uno de ellos en la costa antártica. Cuenta con 67 habitantes y una extensión parecida a la de España. Su capital es Cyberterra, establecida en un punto del mar Adriático, y su idioma oficial es el italiano. Casi todo su territorio son lugares deshabitados –incluso islas artificiales– y su sentido no es otro que un fin estadístico, geográfico y burocrático. En el fondo, es lo más parecido a un país virtual.

Resulta curioso que, en tiempos de globalización, cuando los conceptos de patria y nación parecen superados por el vértigo de las comunicaciones, el hombre necesite todavía de banderas y terruños en donde afincar una parte de su identidad.