Henry James, un americano de Europa

El más europeo de los escritores norteamericanos fue un viajero apasionado que recorrió el Viejo Mundo buscando historias y personajes para sus libros. Este 2016 se recuerda el centenario de su muerte.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: VIAJAR

Henry James nació en Nueva York en 1843; pero, si uno se pone a echar cuentas, vivió casi cincuenta años lejos de América. Cruzó el Atlántico por primera vez cuando no era más que un bebé, porque sus padres –descendientes de emigrantes irlandeses– querían educar a sus hijos en la cultura europea. Pasó parte de su niñez entre París, Londres, Ginebra y Boulogne-sur-Mer, donde quedó seducido por el arte y las ruinas de los castillos. Nunca supo explicar por qué empezó a estudiar Derecho en Harvard... Pronto desertó; de la Guerra de Secesión se libró por una lesión. Quería ser un novelista como Hawthorne y comenzó publicando relatos y críticas en periódicos; también crónicas de viaje que luego recopiló en libros como The American Scene o Italian Hours.

Era un “turista sentimental”: le gustaba llegar a su destino bajo la luz de la Luna; mejor caminando que en esos trenesperversos, caprichosos, exasperantes”; sin prisas, con una Murray o una Baedeker como guía, para no dejarse por el camino las escenas pintorescas que inspiraron sus novelas: Retrato de una dama se ambienta en Inglaterra, Roma y Florencia; Los papeles de Aspern, en Venecia. Italia, esa “bella ninfa despeinada”, fue el amor topográfico del escritor, que nunca se casó. Cuando no viajaba por Francia, Alemania, Bélgica, Holanda –también visitó España–... residía en un céntrico apartamento londinense. Tuvo que escribir casi un cuento por semana para comprarse una casa en Sussex; entre sus convidados al té estaban Conrad y H.G. Wells.

Mi elección es el Viejo Mundo. Mi elección, mi necesidad, mi vida”. La muerte le llegó poco después de obtener al fin la nacionalidad británica, en el año 1916.

Henry James fue uno de los mayores escritores epistolares de su tiempo. Su correspondencia completa la componen más de 10.000 cartas personales; algunas de ellas, auténticos embriones de sus libros de viaje. El texto a continuación corresponde a fragmentos de una misiva dirigida a Bill –su hermano mayor, el conocido filósofo–, a fecha del 26 de septiembre de 1869, recopilada por Abada Editores en el libro Cartas desde Venecia. El escritor pasó largas temporadas en este “paraíso acuoso, hospedándose en el hotel Barbesi –actual Westin Europa & Regina– o alojándose en el Palazzo Barbaro como invitado.

Viajar

“Venecia quizá se aferra más a uno por no tener polvo que por cualquier otro encanto”

He estado fuera todo el día diciéndole adiós a Venecia, puesto que pienso marcharme mañana o pasado. Comencé el día con varias iglesias y descubrí dos nuevos magníficos Tintorettos y un bello Tiziano. Después hice una visita de despedida a la Academia, la cual me sé casi de memoria –y donde vi al señor y a la señora Bronson de Newport, que no me conocieron, ella muy ojerosa y pálida–. Más tarde fui en góndola hasta el Lido para contemplar por última vez el Adriático. Era una tarde gloriosa y estuve paseando junto al mar casi dos horas, oyendo su murmullo. Me sorprendió más que nunca el parecido de Venecia –sobre todo esa parte– con Newport. La misma atmósfera, la misma luminosidad. Estar aquí viendo el Adriático con la cadena de islas bajas en el horizonte fue igual que mirar al mar desde una de las playas de Newport con Narragansett en la distancia. He visto el Adriático tan azul y tranquilo, ¡tan musical, casi! Si las palabras no fueran tan estúpidas y desvaídas, fratello mio, y las oraciones tan interminables y la caligrafía tan difícil, me gustaría obsequiarte con otra docena de páginas sobre este paraíso acuoso.

Lee la Italia de Teófilo Gautier; trata sobre todo de Venecia. Tengo curiosidad por saber cómo permanecerá esta quincena encantada en mi memoria dentro de quince años –pues, aunque me he acostumbrado absurdamente a todo, no obstante se mantiene una corriente subterránea palpable de profundo deleite–. Las góndolas te miman haciendo difícil volver a la vida ordinaria. Para empezar, en ellas alcanza la perfección el placer indolente. El asiento es tan suave y mullido y adormecedor, y el movimiento tan dulcemente elástico y continuo, que aun cuando te llevan a lo largo de millas de pesada oscuridad te parece la diversión más deliciosa. Además, cuando te elevan en el aire sonrosado por estas veredas líquidas bajo los balcones de palacios tan encantadores en diseño y gusto como lastimosos en su abandono y decadencia, puedes imaginarte que es mejor que caminar por Broadway. Jamás me lo habría perdonado a mí mismo de haber venido más entrada la estación. Los mosquitos son por completo infernales –y uno no puede decir más a favor de Venecia sino que está dispuesto en este momento a soportar las noches que inflige a cambio de los días que concede–.

Juzges

Pero, aparte de esto, todo el resto es perfección –el tiempo, la temperatura y el aspecto de los canales–. La población veneciana, sobre el agua, es inmensamente pintoresca. En las callejuelas las gentes resultan demasiado sórdidas y desagradables al olfato, pero con la amplitud de los canales para realzarlas y un gran raudal de luz para iluminarlas mientras avanzan empujando, remando y gritando, los hombres, con el pecho descubierto, las piernas al aire, admirablemente bronceados y musculosos, son al menos un grupo que impresiona. Además de dejarme llevar en la góndola, he pasado una buena parte del tiempo metiéndome en los callejones que sirven de calzadas y asomándome a los campos, esas placetas que rodean a las iglesias, algunas tan desiertas como soleadas, la mayoría abandonadas a las malas hierbas, todas ellas tristemente alegres, como diminutos relicarios de un pasado esplendoroso que uno puede imaginar. Todo el mundo sabe que el Gran Canal es una maravilla; pero para sentir de verdad en el alma la antigua riqueza de Venecia hay que haber frecuentado los canalettos y campos, y visto el número y esplendor de los palacios que se pudren y desmoronan abandonados a los indigentes. Si pudiera hablar de estas cosas, me excedería contándote con acento entusiasmado lo maravilloso que ha sido este mes en Italia y cómo mi mente rebosa de imágenes y mi pecho se inflama con los recuerdos. Querría transmitirte con una fórmula sencilla el sentimiento italiano –y contarte cómo uno es consciente aquí de la presencia estética del pasado–. Pero algún día lo aprenderás por ti mismo. […]

Lo que más me ha fascinado aquí después de Tintoretto y cia. son los dos grandes edificios –el Palacio Ducal y la Iglesia de San Marcos–. Tú ya tienes una noción general de su valor; es todo lo que uno puede tener hasta verlos. El interior de San Marcos es un gran tabernáculo viejo y velado de mosaicos y mármol que lo pone a uno en trance con su esencia remota, su pintoresquismo y su claroscuro –una pieza inmensa de romanticismo–. Sin embargo, el Palacio Ducal es tan puro y perpetuo como la fachada del Partenón –y pienso que de todas las cosas de Venecia es aquella que me alegraría más que lograra el máximo afecto y reconocimiento ciudadanos–. Cuando uno está acalorado y cansado hasta la muerte de Tintoretto y sus febriles historias bíblicas, se puede salir a la gran Piazzetta, entre las columnas de mármol, y refrescarse y disfrutar de la visión de esta obra de arte que tiene tan poco que ver con las personas. Mas yo también estoy cansado y acalorado –y no espero encontrar en mi lecho sino poco refresco o disfrute–. Puedo elegir entre la delicia de dormir con la ventana abierta y ser devorado –enloquecido, envenenado– o bien cerrarla a pesar del calor ¡y morir de asfixia!

Texto extraído de “Cartas desde Venecia”.

Henry James. Abada Editores, 2011.