En Coney Island con Woody Allen

Este parque de atracciones, hoy nostálgico y decadente, es el escenario de ‘Wonder Wheel’, la última película del director neoyorkino.

Noelia Ferreiro
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Foto: mizoula / ISTOCK

Tíovivos, montañas rusas y algodón de azúcar. Música de feria y luces estridentes. Desfile de personajes barnizados con un toque freak. Así es el entorno en el que se mueven los protagonistas de Wonder Wheel, el último filme de Woody Allen. Una historia de pasiones y amarguras que el director neoyorkino sitúa en Coney Island, al otro lado de Manhattan.

Ambientada en los años 50, la cinta se cuela en los interiores del legendario parque de atracciones, en aquellos tiempos en los que aún gozaba de una gran popularidad. Aquí, en esta península que antaño fuera una isla, en este barrio playero que mira a las aguas del Atlántico, viven seres insatisfechos y desarraigados. La triste Ginny (Kate Winslet), camarera de un dinner con aspiraciones a actriz, y su rudo marido Humpty (Jim Belushi), operador del carrusel que se yergue junto a su apartamento, obstruyendo las vistas al mar y proyectando sobre cada escena una incongruente luz roja y azul.

Con esta película, la número 48 de su carrera, Allen realiza una nueva inmersión nostálgica al que ya había sido escenario de otras de sus creaciones. Por ejemplo, la exitosa Annie Hall, en la que su alter ego, el pequeño Alvy Singer, vivía bajo la montaña rusa Cyclone del parque de atracciones. Coney Island, con su glamour artificial y hortera, con su estética de neón circense, con su atmósfera entre pueril y delictiva, es el lugar perfecto para esta nueva crónica agridulce que salta de la comedia al drama, que bucea entre los íntimos recovecos del matrimonio fracasado y, en definitiva, de la infelicidad.

Wonder Wheel de Woody Allen

Hoy, este rincón de Nueva York es una joya detenida en el tiempo a la que muchos turistas visitan en una divertida excursión de un día. Abierto durante todo el año, el parque ya no es ni la sombra de lo que fue en aquel remoto 1820, cuando con él se alumbró todo un mundo de diversión y de fantasía. Antes de que el propio Walt Disney empezase a dibujar ratones, Coney Island, cuyo nombre se debe a los conejos silvestres (konijn en holandés) que encontraron los europeos en esta costa, llegó a ser un mundo encantado de lagos, flores y elefantes vivos, de atracciones con las que transportarse desde la luna hasta el Ártico. Y todo ello iluminado por miles de bombillas.

De esta época en la que los neoyorquinos tomaron como lugar de veraneo este rincón abierto al mar, de estos días de diversión y fiesta materializados en el parque de atracciones, quedan reliquias como la noria, Wonder Wheel, que da título a la película de Woody Allen. Después, claro, todo cambió y la cosa derivó hacia un nido de jugadores, timadores y bebedores profesionales. A lo que llegó a ser llamado “la Sodoma junto al agua”. Y aunque el barrio, en general, se vio sumido en la decadencia, durante los años 80 comenzó un nuevo pero firme resurgimiento.

Hoy Coney Island es un lugar tranquilo y seguro, aunque sigue manteniendo su aura estrafalaria. Un lugar donde el comienzo oficial de la temporada lo marca el Desfile de las Sirenas, en el que hombres y mujeres ataviados con bikinis diminutos toman las calles en junio. Un lugar donde las atracciones modernas y relucientes conviven con la noria y la montaña rusa de los años veinte. Donde dicen que se comen los mejores perritos calientes de Nueva York. Y donde se puede asistir a nuevos espectáculos de rarezas como hombres que tragan espadas, mujeres barbudas o simples mortales, como los de la película de Woody Allen, que se desenvuelven en una vida tragicómica.