6 paisajes volcánicos por las montañas de fuego de Lanzarote

Lanzarote es una tierra de volcanes y fuego donde descubrir horizontes increíbles.

Irene González
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Foto: carlosanchezpereyra / ISTOCK

Lanzarote forma parte desde 1994 del selecto grupo de enclaves incluidos en la Red Mundial de Reservas de la Biosfera de la Biosfera de la UNESCO. Es la isla más septentrional del archipiélago canario, una de las más cautivadoras y sugerentes, con una tierra volcánica que hace de su paisaje un lugar insólito. Su Parque Nacional de Timanfaya es único y se ha convertido en un exclusivo laboratorio natural para estudiar el vulcanismo.

Es tierra de César Manrique, que supo como nadie compaginar la defensa de las tradiciones con los paisajes. Es arrecife de acantilados donde a pie de costa se alzan los impresionantes riscos de Famara, una muralla pétrea que constituye un excelente mirador hacia los cercanos islotes de Graciosa, Montaña Clara y Alegranza. Es tierra del palmeral de Haria, la única formación forestal de toda la isla. Es una tierra diferente con unos paisajes volcánicos que no se encuentran en ninguna otra parte del mundo. Es un territorio con un enorme y diverso patrimonio natural, con gran variedad de flora exclusiva, y fauna marina.

Vista del Castillo de San Gabriel y Arrecife. | Meinzahn / ISTOCK

Arrecife

Su nombre parece que proviene del árabe al rasif, que significa embarcadero. Arrecife nació en torno a su muelle primitivo, de vital importancia porque en él se desembarcaban las mercancías tan necesarias para la supervivencia. Las calles de Arrecife, que es la capital de la isla desde 1852, esconden grandes secretos, por ello hay que recorrerla a pie. De gran belleza es la pequeña laguna de San Ginés, comunicada con el mar por un estrecho paseo donde fondean pequeñas embarcaciones. Aquí las típicas casitas isleñas rodean la colonial iglesia de San Ginés, el patrono de Lanzarote. Muy cerca, se encuentran el paseo Marítimo y un agradable parque de palmeras y araucarias. Más allá se ubica el castillo de San Gabriel al que se accede por el emblemático puente de las Bolas y que hoy alberga el Museo Arqueológico. Ya a las afueras de Arrecife no hay que dejar de visitar el Castillo de San José, edificado por Carlos III y hoy transformado en un espléndido Museo de Arte Contemporáneo.

Escaleras en la Fundación de César Manrique en Tahiche. | pawopa3336 / ISTOCK

Tahiche

Situado en zona volcánica, Tahiche acoge la Fundación César Manrique, cuyo espíritu impregna toda la isla. Este es un lugar inmejorable para comprender la cultura lanzaroteña y acercarse a la gran personalidad del artista canario.  En las inmediaciones de Tahiche no hay que perderse la espectacular colada de lava negra y joven de las erupciones de mediados del siglo XVIII, que contrasta con las montañas anteriores a estas erupciones. Imprescindible es el imponente cráter del volcán que lleva el mismo nombre de la localidad, tanto por su gran dimensión como por su gama de colores. Y como no, es obligatoria la visita a la espectacular casa donde César Manrique vivió más de 20 años. Levantada sobre un mar de lava, es la comunión perfecta entre el volcán y arquitectura de diseño. Las burbujas volcánicas de la casa, que se comunican entre sí a través de túneles horadados en la lava, son únicas en el mundo. 

Cueva en los Jameos del Agua. | fominayaphoto / ISTOCK

Teguise

El interior de la isla, Teguise tiene un marcado y encantador acento colonial donde destaca la Torre de la Iglesia de San Miguel y, frente a ella, el palacio Spinola, reconvertido en Museo Tradicional. A un kilómetro del casco, hay que visitar el Castillo de Santa Bárbara, una gran fortaleza situada en el borde del cráter Guanapay. Construido en el siglo XV, empezó como una simple torre de vigía, que se amplió para refugio de la población frente a los invasores que llegaban por mar. Hacia el norte de Teguise se encuentra una de las maravillas más célebres de Manrique: Los Jameos del Agua y la Cueva de los Verdes. Los primeros están ubicados en medio de un campo de lava, y aprovechando el tubo volcánico originado durante las erupciones del volcán Corona, Manrique creó este espectacular complejo, que también acoge el interesante Museo de Vulcanología. Justo al lado se encuentra la Cueva de los Verdes, en cuyo interior se puede dar un paseo por las entrañas de Lanzarote.

La Geria. | JohanSjolander / ISTOCK

La Geria

En el centro de Lanzarote se encuentra un valle singular donde el hombre ha puesto a prueba todo su ingenio: el Paisaje Protegido de la Geria. En un entorno hostil, los campesinos de antaño idearon un sistema agrícola sin precedentes en la historia que les ha dado fama por sus sensacionales producciones de vino y de higos. Sobre los desérticos y pelados campos de lava plantaron viñedos, excavando huecos en la roca hasta llegar a la tierra. Ahora los campos de lava teñidos de las verdes vides son todo un espectáculo del que se recogen magníficas cosechas del célebre Malvasía. No hay que perderse este infinito mosaico de cráteres protegidos por pequeños muretes de piedra volcánica que protegen la planta. En los alrededores se pueden visitar Masdache, Vega de Tegoyo, La Asomada, Yaiza o Mozaga, entre otras pequeñas poblaciones con gran encanto.

Entrada al Parque Nacional de Timanfaya. | Allard1 / ISTOCK

Timanfaya

Lo que en tiempos fueron amplios valles, los más fértiles y productivos de Lanzarote, se convirtieron en campos de lava tras la gran erupción de mediados del siglo XVIII y la posterior del mediados del siglo XIX, y que dejó como recuerdo los volcanes Tao, Tinguatón y Nuevo del Fuego. El área que cubrieron las erupciones estaba dedicada a la producción de cereales, que abastecían tanto a Lanzarote como a otras islas, y al pastoreo, pero hoy es el Parque Nacional de Timanfaya, un insólito parque eminentemente geológico, característica que le hace único en el planeta. Uno de sus principales valores reside en ser un laboratorio natural donde se estudia el vulcanismo reciente, así como la progresiva colonización de la vida tras el desastre que provocaron las erupciones. Con algo más de 51 kilómetros cuadrados de extensión, aglutina todo tipo de formaciones como bombas volcánicas, mares de lava y campos de ceniza, y una increíble energía geotérmica que guarda su subsuelo. Aquí es imprescindible la visita a su Centro de Interpretación de Mancha Blanca.

Salinas de Janubio. | AlbertoLoyo / ISTOCK

Salinas de Janubio y Femés

Salinas de Janubio, un enclave protegido, fue durante muchos años la salina más grande de la isla. Muy interesantes son las casas de la explotación, los canales de conducción del agua y los cocederos donde se depositaba la sal por efecto de la evaporación. A menos de 10 kilómetros hacia el interior, una sinuosa y estrecha carretera lleva hasta Femés, un tranquilo pueblo colgado sobre una espectacular atalaya conocida como el Balcón de Femés. Desde aquí se domina todo el sur de la isla, así como el macizo protegido de Los Ajaches y el brazo de mar que separa la isla de Fuerteventura, conocido como La Bocaina. Sin duda es una de las joyas desconocidas de Lanzarote, donde el Atlántico se muestra aún más inmenso. Al parecer, Femés fue fundado en sus origines como guarida de piratas.  En sus costas están los restos de San Marcial del Rubicón, en un emplazamiento increíble. Además, en el siglos XVIII se construyó la actual Ermita de San Marcial de Limoges.