Viaje al futuro, por Mariano López

Las calles de Tokio se asemejan a las atribuidas en "Blade Runner" a la urbe de Los Ángeles a comienzos del siglo XXI. En esta ciudad del futuro, el mayor espacio no lo ocupa un rascacielos, sino el palacio imperial.

Mariano López, director.

Viajar a Tokio es viajar al futuro. Otras urbes y otros países presumen de su capacidad para trasladar al viajero al pasado, para situarle en la atmósfera de la Edad Media o del Salvaje Oeste, y hay que reconocer que tienen razón: algunos lugares -quizá demasiados- apenas han cambiado durante siglos. Mongolia, por ejemplo. En Mongolia no hay más que una carretera. Sólo en torno a esta carretera, que cruza el país en diagonal, se pueden encontrar tendidos eléctricos, antenas, pueblos o gasolineras; en el resto de este país la población, seminómada, vive en tiendas de campaña idénticas a las que se utilizaban en tiempos de Gengis Khan, se alimenta -como entonces- de cordero y leche de yegua fermentada y considera que la vida sólo tiene sentido cuando se posee una buena manada de caballos y se puede galopar. Muchos de los turistas que recibe Mongolia son japoneses. Les fascinan los espacios abiertos, que no haya gente, ni edificios, ni coches, y los animales en libertad. Como pronosticó Blade Runner . El universo dibujado por esta película, y por el relato que la inspiró, parece cobrar forma en la capital japonesa. Las calles de Tokio se asemejan a las atribuidas en Blade Runner a Los Ángeles a comienzos del siglo XXI. En primer lugar, por la superpoblación. En el área que forman Tokio y sus ciudades dormitorio satélite, como Saitama, donde la selección española de baloncesto obtuvo el oro, viven cerca de 34 millones de personas, doce millones más que en México D.F., Nueva York o Sao Paulo y veintiocho más que en Madrid. En la plaza principal del distrito Shibuya, el entretenimiento preferido de los turistas es conseguir plaza -hay cola- en la primera planta de una cafetería para ver cómo cruzan la calle miles y miles de personas, al ritmo acompasado de siete semáforos y otros tantos pasos de cebra, dos de ellos en diagonal. Sístole y diástole: con los semáforos en rojo, la plaza se vacía de peatones; en verde, se llena. Totalmente. Sin que se divise, al menos desde la cafetería, ni un pequeño trozo de asfalto libre.

El espacio es en Tokio un bien tan escaso como los diamantes. El alquiler de cien metros cuadrados de oficina en el flamante edificio de Ropongi Hills (frente al restaurante donde Tarantino rodó algu nas de las escenas de Kill Bill ) cuesta 7.000 euros al mes. La mayoría de los aparcamientos de automóviles son torres de plantas donde se mueven los vehículos de forma mecánica, el conductor deja el coche en la puerta y la maquinaria lo aparca en una plaza libre. Las gasolineras tienen los postes y las mangueras suspendidas del techo. En las calles -es lógico- está prohibido fumar. Aquí se inventaron los hoteles cápsula, con sus nichos, donde se puede dormir por unos 30 euros la noche, y aquí se construyó Odaiba, el primer terreno ganado al mar levantado sobre contenedores de basura sólida. Si no fuera por la amenaza de los terremotos, la urbe habría ganado más metros en altura. Hay que tener valor para asumir inversiones inmobiliarias en un país pendiente de los sismógrafos. El mes pasado, la ciudad realizó un simulacro de terremoto y evaluó los posibles efectos del seísmo más devastador. Los técnicos estimaron que se perderían 11.000 vidas y desaparecerían, por derrumbamiento inmediato o por fuego posterior, 825.000 edificios. Sólo.

Como a la imaginada ciudad de Los Ángeles de Blade Runner , a Tokio le cuesta ver el sol. Pero no se puede decir que la ciudad no sea luminosa. Sobre todo de noche. Los centros comerciales despliegan cada tarde un escaparate de signos, colores, carteles, neones e imágenes en movimiento. La subida de la factura del petróleo ha acabado con los anuncios que se proyectaban en 40 plantas de una misma fachada, como en la película. Ahora, los videos en las fachadas son pequeños pero más numerosos. La publicidad te lanza el sonido cruzado de sus mensajes mientras caminas. La ciudad suena, resplandece, te deslumbra y te fascina. La mayor concentración de luces suele estar en los pachinkos o salas de juego. De vuelta a casa, los ejecutivos descargan sus nervios o se entretienen con las tragaperras o con enormes pantallas donde se puede disfrutar de los clásicos de la videoconsola. En la calle, crece el número de coches híbridos, con un motor alimentado por electricidad y gasolina. Deberían existir, ya, los coches voladores, para completar la anticipación de Blade Runner . Pero los directivos de la industria automovilística nipona, la mayor del mundo, son conservadores. Quizá triunfe pronto el prototipo Transition , el primer modelo de todoterreno volador, que estará listo en el 2009.

En esta ciudad del futuro, el mayor espacio no lo ocupa un rascacielos de oficinas, ni un gran centro comercial, sino el palacio imperial. Está en el centro, rodeado de un foso con árboles y agua, y es casi invisible desde el perímetro exterior. El último en llegar a palacio ha sido el recién nacido Hisahito, que al parecer es el primer heredero varón al Trono del Crisantemo desde 1946. Su nacimiento ha evitado que se reformara la ley que impide el acceso al trono a las mujeres. No todo iba a ser futuro. También en esta ciudad se puede viajar por pasadizos extraños a un intrigante pasado. Al final, lo más importante pertenece a la memoria. Y al poder. Como en Blade Runner.