Descubrimos los secretos del "nuevo" Reina Sofía... de la mano de su director

Durante 14 años, Manuel Borja-Villel ha dirigido el museo Reina Sofía. Antes lo hizo en el MACBA y la fundación Antoni Tàpies. Recomienda acercarse al arte contemporáneo con los ojos curiosos del viajero. 

Pablo Fernández
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Foto: Ralf Pascual

Mientras los jóvenes parisinos buscaban la playa bajo los adoquines, el movimiento por los derechos sociales en EE. UU. mantenía luto por el asesinato de Martin Luther King Jr. en el Lorraine Motel de Memphis. Ese mismo año, además, gritos de libertad tomaron las calles durante la Primavera de Praga, Richard Nixon llegó a la Casa Blanca mientras las tropas estadounidenses se veían desbordadas en Vietnam y Robert F. Kennedy murió tiroteado frente al Ambassador Hotel de Los Ángeles.

Talleres del departamento de Conservación y Restauración, del que forman parte más de 20 personas de diferentes especialidades | Ralf Pascual

Todos estos eventos han condicionado el devenir de la sociedad de nuestros días. No obstante, el 28 de septiembre de ese año sucedió un pequeño acontecimiento que, en opinión de Manuel Borja-Villel, director del Museo Reina Sofía de Madrid, ha cambiado nuestra percepción de la creación artística y su relación con las instituciones museísticas. 

Aquel día de 1968, un escritor de escaso éxito llamado Marcel Broodthaers inauguró un museo en su domicilio de Bruselas con el rimbombante nombre de Musée d’Art Moderne, Département des Aigles, Section XIXème Siècle. En opinión de Borja-Villel, “Broodthaers entiende como nadie el mundo que vendría después de 1968”. ¿Qué podía encontrarse dentro del Musée d’Art Moderne Département des Aigles? Cajas de embalaje, cajones vacíos y palés esparcidos por el interior, un camión de transporte en la puerta y postales con pinturas de artistas franceses del XIX pegadas con celo en la pared.

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Más allá de la ironía de abrir un museo sin obras, Broodthaers convirtió su museo en una obra de arte que cuestionaba la supuesta labor filantrópica de los museos, la procedencia de sus colecciones y el discurso ofrecido por los museos sobre la historia y la sociedad. Broodthaers formaba parte de un movimiento denominado Crítica institucional y que tuvo al artista germanoestadounidense Hans Haacke como su más activo impulsor. “Si el arte contribuye entre otras cosas a condicionar nuestro modo de ver el mundo y de configurar las relaciones sociales”, resume Haacke, “entonces hay que tener en cuenta qué imagen del mundo promueve y a qué intereses sirve”.

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Resulta significativo que el director de uno de los más importantes museos de arte moderno y contemporáneo del mundo ponga como referente en su trabajo las obras de un grupo de artistas que pusieron en entredicho la naturaleza misma de los museos. Conviene no llevarse a engaño, tras las exquisitas maneras de Borja-Villel se vislumbran las ideas de un transgresor. Un transgresor que no levanta la voz ni genera estridencias. Borja-Villel sostiene que el museo debe ofrecer un relato del mundo en el que vivimos. “Hoy día”, remarca, “el museo debería ser el lugar que nos sirve para entender dónde estamos y de dónde venimos.

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Visitar un museo de arte moderno y contemporáneo debería ser visitar aquello que realmente somos”. La nueva ordenación de la colección del Reina Sofía, que lleva por título Vasos comunicantes 1881-2021, evidencia la preocupación de su director por ofrecer un relato de nuestro tiempo. Las obras no están organizadas cronológicamente, sino temáticamente. “Como institución pública tenemos la obligación de indagar en aquello que le preocupa a la gente”, explica, “la emigración, el colonialismo, la ecología, los feminismos, la precariedad...”.

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El modelo narrativo de las series

Es evidente que cada época tiene una forma de contar historias. En el siglo XIX, la predominante fue la novela —con Balzac, Dumas y Flaubert a la cabeza—. El siglo XX vivió la irrupción del cine. Y en la actualidad, Borja-Villel asegura que las series son quienes marcan el paso: “El concepto de serie acepta spin-offs, ritornellos, precuelas, cameos... A diferencia de relatos más tradicionales, con principio y final, las series suelen tener finales abiertos para dar pie a continuaciones. Esta forma de narrar tiene su reflejo en la colección del Reina Sofía”.

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Los visitantes que se adentren en el museo han de estar preparados para la sorpresa. El recorrido muestra cerca de 2.000 obras, agrupadas en seis plantas que se extienden a lo largo de 15.000 m2. Van desde la pintura a la escultura, pasando por fotografía, cine, cartelería, publicaciones impresas e incluso arquitectura. Para evitar sentirse abrumado ante tanta información, Borja-Villel usa un símil viajero para explicar cuál es su recomendación a los visitantes: “El ideal es que un museo sea como una ciudad.

Manuel Borja-Villel, director del Museo Reina Sofía | Ralf Pascual

Lo mejor es dejarse llevar y descubrir rincones antes no percibidos. Es una sensación maravillosa. Eso implica comprender la ciudad como algo que nunca vas a dejar de conocer.” Y, puestos a pedir, Borja-Villel sugiere a los visitantes que vayan al museo “sin prejuicios”. “A veces”, remarca, “la gente tiene miedo de no saber. En un museo de arte contemporáneo hay que perder el miedo a preguntar: ¿qué es esto?”.

El viaje como conocimiento

Viajar y visitar un museo comparten un elemento que resulta vital en la forma de ver el mundo de Borja-Villel: ambos satisfacen nuestras ansias de conocer. Debido a sus obligaciones profesionales, el director del Reina Sofía viaja frecuentemente para ver estudios de artistas. En cualquier caso, siempre encuentra un hueco para disfrutar del arte de una manera más personal. “Si viajo a Nápoles”, pone como ejemplo, “siempre trato de reservarme una mañana para ver la Iglesia de la Misericordia, que tiene un cuadro magnífico de Caravaggio, llamado Sette opere di Misericordia —y que, curiosamente, casi nadie visita—”.

En el Reina Sofía no solo viaja el director. También lo hacen sus obras. Y mucho. El departamento de Conservación y Restauración del museo, liderado por Jorge García Gómez-Tejedor, está formado por más de 20 personas, entre historiadores del arte, químicos, biólogos, fotógrafos... A ellos compete no solo la conservación y restauración de las obras, sino también el control y seguimiento de las obras durante su préstamo a otros museos.

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Esta labor en concreto recae en una figura a la que se conoce como “correo”. El “correo” verifica que antes, durante y después del viaje, todo siga unas estrictas medidas de seguridad. Durante nuestra visita al taller, un “correo” del Reina Sofía estaba comprobando el estado de Retrato de mi hermana (1925), de Salvador Dalí. Esta obra del artista de Figueres estaba a punto de partir para Viena, donde forma parte de la exposición Dalí-Freud, An Obsession, que podrá verse en The Belvedere Museum hasta el 29 mayo. El “correo” no solamente verifica en qué estado se presta la obra y cómo se recibe a su vuelta, sino que la acompaña físicamente y comprueba su correcta instalación en el museo de acogida.

Una ventana al mundo

Hay un constante tránsito de obras entre museos de arte moderno y contemporáneo. En el caso del Reina Sofía, sus obras están especialmente solicitadas. El motivo es que su colección está copiosamente nutrida de artistas imprescindibles para entender el devenir del arte de nuestros días: Salvador Dalí, Joan Miró, Pablo Picasso, Juan Gris, Ángeles Santos, María Blanchard... A pesar de que el museo cuenta con más de 20.000 obras —de las que solo un 10% están en exposición—, una destaca por encima del resto: el Guernica (1937), de Picasso, que Borja-Villel define como “el gran icono del siglo XX”.

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Se trata de una de esas piezas capaces de congregar multitudes a las puertas del museo. Pero no es la única con esa capacidad de atracción. Borja-Villel pone como ejemplo la obra de otro español universal. “En una ocasión”, recuerda, “tuve que cerrar la sala en la que se encontraba Muchacha en la ventana (1925), de Dalí, para hacer algunos cambios... creo que nunca he tenido tantas quejas de visitantes decepcionados por no poder ver un cuadro”.

Descifrar el motivo por el que estas obras irradian tal magnetismo no es tarea fácil. Quizá tenga que ver con la preocupación de Borja-Villel por el relato. El ser humano es un ávido consumidor de historias y hay obras capaces de suscitar nuestro interés con mayor facilidad que otras. “Cada obra de arte responde a una pregunta con otra pregunta”, propone Borja-Villel. “Y solamente el espectador encontrará respuestas a través de su propia reflexión.” No hay que olvidar que las narraciones están plagadas de preguntas, incógnitas que hacen avanzar el relato y llevan al lector a pasar de página en busca de certezas. ¿Qué sucederá ahora?

El museo en el barro

El Reina Sofía se encuadra en lo que se conoce como La Milla de Oro, que en menos de dos kilómetros reúne museos de la talla del Reina Sofía, el Prado y el Thyssen-Bornemisza. Además, este entorno se completa con atractivos arquitectónicos y artísticos como la Biblioteca Nacional, la Casa de Correos, el Jardín Botánico... Borja-Villel se muestra orgulloso de esta ubicación privilegiada, pero también quiere acordarse de lo que sucede de espaldas al edificio del Reina Sofía.

“Es estupendo estar en La Milla de Oro”, puntualiza, “pero también queremos trabajar con el barrio de Lavapiés y con gente que normalmente es desplazada por estos grandes museos y su efecto gentrificador”. Es lo que se ha denominado Museo Situado, una red de colaboración formada por colectivos y asociaciones vecinales del barrio y el museo.

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La peculiaridad de esta zona es su naturaleza castiza y, al tiempo, multicultural. Aquí conviven las galerías de arte de la calle Doctor Fourquet —nacidas al albur del museo—, los restaurantes indios de la calle Lavapiés, varios centros culturales autogestionados y las eternas terrazas de la calle Argumosa. Sin embargo, la popularidad del barrio ha provocado la subida de los alquileres y amenaza con desplazar a los vecinos más desfavorecidos. En este sentido, “el Reina Sofía quiere articula iniciativas que alteren este estado de las cosas y aspira a ser partícipe de la construcción de una sociedad más igualitaria, sostenible y justa”.

Borja-Villel no levanta la voz. Pero tiene clara cuál es su visión del mundo. Y el Reina Sofía es su fiel reflejo.

El accidentado viaje del Guernica

Mientras estudiaba bachillerato, en los años 70, Jorge García Gómez-Tejedor tuvo la oportunidad de visitar a unos familiares que vivían en Nueva York. Como buen apasionado al arte que era, quiso visitar el MoMA, epicentro artístico de la modernidad ubicado en pleno Manhattan. Dos obras cautivaron especialmente su atención: Las señoritas de Aviñón (1907) y el Guernica (1937), ambas de Pablo Picasso.

En 1981, los caminos de Gómez-Tejedor y el Guernica volvieron a cruzarse. Esta vez en Madrid. El lienzo había regresado definitivamente a España y estaba instalado en el Casón del Buen Retiro. Como el propio Gómez-Tejedor recuerda, la obra estaba constantemente vigilada por “dos tricornios”. Lo que no sospechaba entonces es que se encontraría cara a cara con esta obra maestra en muchas más ocasiones. Y lo haría de una forma privilegiada e íntima. En 1992, el Guernica se instaló en el Museo Reina Sofía. Y Gómez-Tejedor trabajaba entonces en el departamento de Conservación y Restauración del museo —en 2003 asumió la dirección de dicho departamento—.

El Guernica es el buque insignia del museo, un alegato anti-bélico en el que el sufrimiento desborda los límites del lienzo. Paradójicamente, la obra en sí tiene una biografía plagada de sufrimiento: desafortunadas intervenciones, traslados en pésimas condiciones e incluso el ataque de un grafitero en 1974. Afortunadamente, hoy se encuentra en buenas manos. “La obra es estable si no la mueves, porque las vibraciones le sientan muy mal”, asegura Gómez-Tejedor. No hay que inquietarse, el Guernica tiene quien lo cuide.