Los Ocho Inmortales, por Luis Pancorbo

Todos los días muchos chinos rinden homenaje a ''Los Ocho Inmortales'' con oraciones y barritas de incienso.

Luis Pancorbo

No hay viajes aún a la Fuente de la Eterna Juventud, pero en China tampoco hacen falta. En la isla Penglai, situada frente a la costa de Shandong, viven Los Inmortales, pálidos como el hielo, con ojos cuadrados. A veces viajan desde allí a la tierra firme para ver qué ciudadano puede merecer el don de la inmortalidad. Más habitual es que la gente viaje a Penglai, donde han puesto un parque temático de Los Ocho Inmortales, porque una cosa es la leyenda y otra que no se pueda sacar partido.
Los chinos ya pasean por el espacio, pero no por eso dejan de creer en tales o cuales atavismos. El Tao, "Camino" o "Vía", es para muchos el principio generador de todo. De hecho hay chinos taoístas, maoístas, que se forran con el capitalismo y que al mismo tiempo confían en los melocotones de la inmortalidad o shou tao (la palabra tao significa también longevidad). Esos frutos proceden de un melocotonero que florece cada 3.000 años. Como eso es mucho esperar, compran "melocotones de la longevidad", unos bollos rosados con relleno de pasta de loto para fiestas de cumpleaños.
También resulta indiscutible la enorme devoción popular por Shou Xing, el dios de la longevidad, otras veces llamado Nan-Ji-Xian-Weng, el dios del Polo Sur, porque su madre se quedó embarazada de él (durante nueve años) mirando esa estrella austral. Shou Xing nació calvo, con una gran cabeza, y se le representa con una grulla y uno de esos melocotones que nacen cada 3.000 años en el Jardín del Melocotonero Sagrado.
Shou Xing, el que otorga como mínimo una larga vida, es un dios taoísta importante y le rinden homenaje hasta Los Ocho Inmortales. Ese título lo merecieron siete hombres y una mujer por sus buenas acciones en la Tierra. Todos los días la gente china acribilla a Los Ocho Inmortales con oraciones y deseos. Ponen barritas de incienso ante sus estatuillas y hasta las películas de kung fu los tienen en un pedestal. Serán inmortales, pero tan humanos...
En los cuadros de Los Ocho Inmortales Borrachos se los ve entregados a su afición vinícola en una fiesta de cumpleaños en el lago Yao. Han sido invitados por la Emperatriz del Cielo, la madre del Emperador de Jade, y han comido los melocotones que sólo florecen cada 3.000 años como postre de un banquete a base de labios de mico, hígados de dragón y zarpas de oso.
Aunque también existe el denominado taoísmo hsien, mucho más sofisticado, que es el que procura la inmortalidad a quien practica una serie de ascetismos. Para Alan Watts, "un hsien es alguien inmortal; alguien que ha purificado su carne para evitar que se pudra, y lo logra mediante formas especiales de respiración, dietas, drogas y ejercicios para preservar el semen, comparables a los del yoga tántrico". No existe ningún problema cuando la piel se arruga: se cambia como la serpiente y a otra cosa.
Sin llegar a esos extremos, muchos chinos prefieren soñar con los melocotones de la longevidad y con Los Ocho Inmortales, que todavía andan por ahí. No debe extrañar. Cada pueblo tiene sus santos y sus héroes revoloteando en el tiempo de la leyenda; no todo ha de ser un colisionador de hadrones para resolver el misterio de las partículas. Por eso también los modestos chinos admiran al Sexto Inmortal, Zhang Guo, el que cabalga en una mula blanca y con ella recorre miles de kilómetros. Cuando no la necesita, la pliega como si fuese de papel y la mete en una bolsa. Las parejas chinas que quieren tener hijos (pese a lo que dice el gobierno) ponen la efigie de Zhang Guo en los dormitorios y parece que funciona. Después de todo, Zhang Guo también sabe cómo se consiguen los melocotones de la inmortalidad: esperando que florezcan 3.000 años y que maduren otros tres milenios.