Ella Maillart, pionera en Asia

Soñaba con vivir en los Mares del Sur, pero los vientos se llevaron a esta suiza escritora y viajera excepcional a explorar regiones remotas de Asia donde muy pocos occidentales se habían adentrado antes.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay

La han visto atravesando montañas y desiertos; en coche, a pie o a lomos de un camello; sola o en compañía de rusos, tibetanos y chinos; su piel, curtida por los vientos. Es Ella Maillart (1903-1997), pero llamémosla Kini, como la conocían sus amigos antes de que empezara a publicar libros. No importa decir que nació en Ginebra, pues poco recaló en casa esta aventurera. Pionera del esquí y de la vela, representó a Suiza en Copas del Mundo y Juegos Olímpicos: "excepto cuando estaba navegando o esquiando, me sentía perdida, solo medio viva". Probó varios oficios: mecanógrafa, actriz, profesora, modelo... "Solo tenía una ambición: convertirme en vagabunda de los mares".

Fracasado su sueño de vivir en el océano, puso rumbo a Oriente, en busca de pueblos felices que aún no hubiese arrasado Occidente. Desembarcó en Moscú con un diccionario y 50 dólares prestados por la viuda de Jack London; escaló montañas de 5.000 metros en el Turquestán, exploró estepas en Asia Central... Su periplo más famoso le llevó de Beijing a Cachemira atravesando regiones prohibidas en plena guerra civil china. Se fue con un rifle, una Leica, papel, mermelada, salsa Worcestershire... y el periodista Peter Fleming, viajero amateur que tuvo la suerte de encontrarse con esta mujer.

Regresó a Asia con la escritora Annemarie Schwarzenbach, conduciendo un Ford desde Suiza hasta Afganistán; atracó en India durante la II Guerra Mundial; fondeó con su gato Ti-puss en Nepal... Murió en Chandolin, pueblo alpino donde echaba amarras hasta que el viento hinchaba su curiosidad, soplando hacia regiones remotas.

Cada aventura de Ella Maillart iba acompañada de la publicación de varios reportajes y libros rápidamente traducidos. Nadie diría al leerlos que, para la autora, escribir fuera un tormento. "Me aburre, y no estoy dotada -pretextaba-. Escribo sobre viajes porque me tengo que ganar la vida de alguna forma". El fragmento a continuación pertenece a El camino cruel (La Línea del Horizonte, 2015), donde narra la travesía que emprendió junto a su amiga y también escritora Annemarie Schwarzenbach -Cristina en el texto-, viajando en coche por Asia Central en los albores de la Segunda Guerra Mundial.

"No viajas si tienes miedo a lo desconocido. Viajas por lo desconocido"

Rebosantes de alegría triunfante, avanzábamos saltando y traqueteando por el desierto. Ya no quedaban más obstáculos entre nosotras y aquel espléndido país tan poco conocido, el país de los afganos. Nuestras alegrías iban a ser sus enormes montañas, sus tribus magníficas, sus ríos helados, sus ruinas "viejas como el mundo", la paz de su aislamiento. Prorrumpíamos en gritos de victoria, nos felicitábamos mutuamente, yo me reía como una chiquilla y soltaba todas las tonterías que me venían a la cabeza. [...]

Un sonido extraño acompañaba el ronquido del motor cuando los duros cardos barrían el bajo del cárter. A veces iluminábamos la silueta inesperada de gigantescas cicutas, que dominaban leguas y leguas de hierbas secas. De pronto, hubo que frenar: dos hombres -turbantes blancos, blancos dientes, amplias túnicas blancas ajustadas a la cintura por un chaleco, pantalones bombacho de hondos pliegues- hacían el gesto de apuntarnos con sus fusiles. El momento y, sobre todo, su actitud resultaba una introducción tan perfecta en Afganistán que, echándome a reír, exclamé:

-¿No se lo dije? ¿Verdad que son espléndidos?

Paramos junto a ellos. Un soldado -pues eran soldados de la vigilancia de fronteras que, a Dios gracias, aún nadie había embutido en uniforme caqui- se agachó entre el radiador y el guardabarros. El otro, encaramándose como un gato sobre nuestro respaldo sin dejar el arma, se dejó caer como un plomo entre Cristina y yo... y reemprendimos la marcha. Dos recodos en ángulo recto indicaban la frontera exacta. En mi triunfante alegría yo declamaba todo lo que me venía a la cabeza:

-Cuidado, aunque aquí el desierto sea de todo punto parecido al de Irán; aunque un meshedi sea étnicamente semejante a un herati, acabamos de franquear una auténtica frontera que separa dos países muy distintos. Dos modos de vida (mutuamente despreciados) parecen hallarse en el origen de este contraste. El reis persa nos tenía lástima porque íbamos a viajar entre esos "salvajes afganos"... Y yo le apuesto mi cámara cinematográfica a que el jefe afgano nos hablará, como dos años atrás, de "esos iraníes rastreros, con los cuales es mejor no tener trato". Aquí, donde la forma de vida no ha cambiado aún, donde el hijo piensa como pensó el padre, los hombres han conservado su dignidad de hombres. Mientras que en Occidente, donde todo son cambios, nadie sabe qué pensar, nadie ve su porvenir seguro, los ricos menos que nadie, y esto ni siquiera en los periodos de paz. Aquí no verá una sola mujerzuela a la moda persa con vestido demasiado corto ni tacones demasiado altos. Está usted en el país sin mujeres, donde unos hombres, tocados con una nevosa muselina, llevan grandes zapatos claveteados en forma de góndola. Está en el país que nunca fue subyugado: Alejandro Magno, Tamerlán, Nadir Cha y John Bull lo intentaron uno tras otro, siempre en vano. Es una Suiza asiática; un Estado tampón que no tiene colonias ni salida al mar; un país de altísimas montañas que cobijan cinco razas de hablas totalmente distintas; un país de sencillos montañeses, pero donde los ciudadanos...

No podía consagrar la atención a mis efectos de elocuencia. Me distraían constantemente nuestro nuevo compañero y el pensamiento de lo que debía pasar por su mente. Evidentemente, no podía comprender quiénes eran aquellas dos personas extranjeras que se anegaban en una ola de palabras. ¿No habríamos robado el automóvil al otro lado de la frontera? ¿Era posible que aquellas dos personas fuesen mujeres? La luz tenue del tablero del cuadro iluminaba solamente la parte inferior de nuestras barbillas delgadas y femeninas. Pero había cabello corto en las dos cabezas. Habiendo resultado infructuosas las tentativas de entablar conversación, el afgano decidió aclarar el misterio valiéndose de los medios de que disponía: lentamente, simultáneamente, sus manos seguían la curva de nuestras costillas. ¿Cabía imaginar una situación más ridícula? No podíamos permitirnos mostrarnos ofendidas, enemistándonos con aquellos afganos felinos, pues estábamos completamente a su merced. Las explicaciones y las reconvenciones eran igualmente inútiles. Reprimiendo nuestro humor expansivo, esperábamos que nuestra actitud cohibida les diera a entender nuestros sentimientos. No tardaríamos en ver nuestra meta.

Un edificio rectangular y moderno levantado en el centro de un espacio desierto; un corredor muy largo; una lámpara de petróleo; una sala de espera con espesas cortinas; mesas y sillas tapizadas de felpa; tal fue nuestra primera noche afgana. Desenvolvimos nuestros sacos de dormir cerca de la ventana con la esperanza de un poco de frescor y nos dormimos con una sonrisa victoriosa en los labios...para volver a despertarnos muy pronto, inquietas, desveladas por un murmullo. Sí, no cabía duda, era una voz masculina procedente de la ventana. ¿Habría llegado el momento de defenderse? No llevábamos armas. Entonces fue cuando nos reímos por última vez en aquella jornada, y probablemente la que lo hicimos más a gusto: comprendimos que el bandido mendigaba: "¡Janum, chigret!" ("¡Señora, cigarrillo!").

Texto extraído de "El camino cruel. Un viaje por Turquía, Persia y Afganistán con Annemarie Schwarzenbach".
Ella Maillart. La Línea del Horizonte Ediciones, 2015.