Abrir, romper ciudades, por Jesús Torbado

En la estación baja, en los meses tal vez aburridos o grises y que no ofrecen regalos para el alivio del viaje, aparece ahora una solución entretenida e ingeniosa.

Jesús Torbado

En la estación baja, en los meses tal vez aburridos o grises y que no ofrecen regalos para el alivio del viaje, aparece ahora una solución entretenida e ingeniosa. Con el viento a favor de las grandes autopistas, los trenes ultrarrápidos y muy especialmente de los aviones baratos y saltarines. Desde luego, le han dado ya algunos nombres, todos en inglés. City-break es el más usado. Y el más ambiguo, porque el verbo to break, como sabrá enseguida la siguiente generación de españoles escolarizados, sirve para un roto y para un descosido; significa en castellano al menos dos docenas de cosas y muchas contrarias en apariencia: romper, abrir, cambiar, violar, domar, deshacer..., según los sustantivos que le sigan.
Lo que sucede es que los findes, como llaman ahora a los finales de semana entreverados de viernes medio inactivos, de absentismo laboral, de gripes repentinas, de pontones disimulados, permiten viajecillos rápidos e ilustrados, escapadas fugaces a precios que mientras la recesión no nos agobie pueden soportarse. Leemos, por ejemplo, en una de las múltiples revistas turísticas que corren por ahí la noticia de que "Estonian Air volará de Munich a Tallín a partir de esta primavera". ¿Qué bobada? No. Qué suerte para muniqueses y tallinanos. Centenares de ciudades europeas, incluso de envergadura modesta, van poco a poco conectándose con vuelos de cualesquiera de las múltiples compañías aéreas más o menos baratas que proliferan con insólita frondosidad. Lo que permite excursiones de día y medio o de un par de días a lugares que solían considerarse casi inaccesibles. Como, por otro lado, los precios de la diversión en España se han encaramado a la estratosfera, como nuestros establecimientos hoteleros, restaurantes y escondrijos de ocio son prohibitivos, resulta que con el mismo puñado de euros y destinando una parte al avión o a la gasolina se puede disfrutar del fin de semana en Verona, en Oporto, en Helsinki o en Hamburgo. Incluso en Nueva York, que hasta allí llega la gente con un pequeño esfuerzo añadido. De hecho, cada nada aparecen anuncios de ofertas de ciudades incorporadas a esta jugosa tentación, gracias a los vuelos de bajo coste.
Los jóvenes son los que mejor suelen aprovechar estos requerimientos, pues a su curiosidad y carácter se añaden por lo general una menor esclavitud laboral y más facilidad para abrirse paso allí donde vayan, con amigos o conocidos. Por eso un sábado por la noche se encuentran ruidosas pandillas multinacionales en cualquier calle de Europa, sobre todo en las más codiciadas, como Madrid, Amsterdam y Londres.
El descubrimiento es bueno, sin duda. Así acabará siendo verdad el indeciso invento de Europa. Romper o abrir ciudades, varias en estos meses en que no hay playas ni Navidad ni propuestas de ocio mayores, implica una riqueza que no pudieron lograr los padres y los abuelos de estos afortunados saltimbanquis, aunque también a aquellos les llegue el maná del hisopo. Por eso se anuncian ya fuera de las propias fronteras atracciones que antes estaban limitadas a un cerco estrecho. Y hay gente numerosa, de toda edad, que ya abandona el viernes su ciudad conocida y se embarca en la aventura de ir a ver una exposición, una obra de teatro, una moda, un concierto, un hito arquitectónico, una mesa bien surtida, un ambiente peculiar... a dos mil kilómetros de casa.
También eso es un viaje, incluso a veces muy radical e intenso en su desnuda brevedad. Como no resulta difícil organizarlas razonablemente bien (para eso está la samaritana magia de Internet), estas escapadas rinden a veces más que largas expediciones con guías engorrosos, fugaces bajadas del autobús ante cada monumento oficial y tiempo burdamente perdido en la recepción de los hoteles. Desde luego -y no se descubre nada-, se requieren también algunas condiciones en estos rompedores de ciudad, nuevos domingueros de postín. Hay que poseer cierta habilidad para moverse fuera del propio ambiente, tener un conocimiento al menos mediano de lenguas (bastará el inglés, en puridad) y la conocida y curiosa templanza del buen viajero.