Pai, el pueblo hippy de Tailandia

Encajado en un entorno maravilloso, esta pequeña y remota aldea del norte es un imán para los mochileros de todos los rincones del mundo

Noelia Ferreiro
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Foto: Boogich

Es, para muchos, el último paraíso, un remoto rincón que deslumbra por la naturaleza que lo envuelve, el ambiente relajado y ese aura a medio camino de lo espiritual y lo social. Pai, el pueblo emplazado a unos 80 kilómetros de la ciudad de Chiang Mai tras una legendaria carretera de 762 curvas (y tres sufridas horas de trayecto) es la joya del norte de Tailandia. El lugar que todos quieren descubrir en un viaje por el país de la sonrisa.

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Encajado en un pintoresco valle rodeado de montañas selváticas, el paisaje que dibuja su entorno es uno de los más hermoso del país. Bosques, cascadas, aguas termales entre la vegetación, cuevas en las que adentrarse en un mundo de fantasía gótica e incluso un cañón (el Gran Cañón de Pai, lo llaman) al que se llega tras una bonita caminata para contemplar uno de los atardeceres más impresionantes del sudeste asiático.

Artistas y bohemios

Justo aquí, en esta naturaleza rabiosa, se oculta este pueblo hippy que, precisamente por su aislamiento, atrajo hace un puñado de décadas a viajeros llegados de todos los rincones y dotados de una especial sensibilidad. Artistas, músicos y escritores. Soñadores de un mundo más amable alejado del ruido y de las prisas. Bohemios, en definitiva, ávidos de dar rienda suelta a su creatividad. Fue la época dorada de Pai, allá por los años 60, cuando aún era un refugio secreto en la desconocida Tailandia.

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Hoy, claro, el lugar no ha podido evitar sucumbir a las fauces del turismo. Sobre todo de mochileros, dado su complicado acceso. Tanto, que los albergues se han multiplicado, las multitudes se han hecho hueco y las fiestas hasta altas horas de la noche se han convertido en una (solo una, por suerte) de sus señas de identidad. Pai es ahora una válvula de escape para los urbanitas del mundo. Un lugar donde desconectar pero sin olvidar la animación. Por eso, y especialmente en la temporada más alta (en diciembre y enero) muchos lo llegan a comparar con la calle Khao San de Bangkok… sólo que (claro) en un entorno salvaje.

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Esencia intacta

Con todo, sería injusto olvidar sus encantos. Pai sigue siendo una joya única, más parecida a un mercado que a un recóndito pueblo. Y mucho más que un decorado, es un enclave maravilloso. A poco que uno se salga de los caminos más trillados, descubrirá su sosegado universo. Existen muchos alojamientos tranquilos fuera de la vía principal, una gran oferta de actividades de aventura, prácticas de bienestar y un vibrante ambiente artístico y musical. 

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También sus raíces siguen visibles en sus templos. Entre ellos destaca el Wat Phra That Mae Yen, situado sobre una colina y visible desde todo el pueblo. Hay que caminar un kilómetro hacia el este y atreverse con los 350 escalones que llevan a la cima. Pero merece la pena: desde arriba se vierten fabulosas vistas hacia el valle.

El entramado urbano es fácil de conquistar. Pai es una pequeña villa de apenas cuatro calles que se recorren bien a pie, aunque muchos (los más perezosos) no dudan en alquilar una moto. Son calles repletas de hotelitos con encanto, bares curiosos, cafés apacibles y tiendas, muchas de las cuales exponentes de las últimas tendencias.  

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Mercado nocturno

En ellas se monta el mercado vespertino, que es tal vez el mejor aliciente. Puestos de artesanía (mucho souvenir también) y tenderetes de comida con reconfortantes opciones saludables. La atmósfera es sosegada y el ambiente cordial. No falta la música en vivo que resuena de los bares cercanos.

Quienes quieran calma, no obstante, también pueden encontrarla. Que para eso estamos en Tailandia, lo cual implica que existen numerosos locales donde entregarse a masajes y tratamientos económicos. Además, por su carácter hippy, abundan en la ciudad los lugares donde apuntarse a todo tipo de clases de yoga. Puede que se tenga la suerte de hacerlo junto al río, escuchando el rumor de las aguas en el rincón más bonito del pueblo. Entonces Pai, ahora sí, acabará de conquistarnos.