El Nido, o el sueño húmedo de Jacques Cousteau

Este paraje del norte de la isla de Palawán, en Filipinas, es un paraíso para los amantes del buceo

Noelia Ferreiro
 | 
Foto: Cris Tagupa

Cuesta creer lo que aparece ante los ojos: un puzzle desbaratado de 45 riscos cubiertos de vegetación tropical y ribeteados de un anillo de arena blanquísima. Un rosario de playas como sacadas de una postal retocada, que reciben casi en sus propias orillas delfines, tortugas en peligro de extinción y más de 800 clases de peces multicolores que serpentean entre los arrecifes de coral.

Alejandro Luengo

Jacques Cousteau quedó prendado con este paraje que encontró en el norte de la isla de Palawan, en Filipinas. Tanto, que hasta llegó a afirmar que este puntito en el mapa constituía “el último refugio”. Al hombre que dedicó su vida entera a desvelar las maravillas del océano ningún mar le marcaría más que aquella “jungla submarina” que encontró en este pliegue remoto. Lo dijo al final de sus días, convertido ya en el padre del submarinismo moderno y adalid de la causa ecologista: “El Nido es el lugar más increíble de todos los que he explorado”.

Nirvana acuático

Como Cousteau, todo el que visita estas islas de robinsones acaba cayendo rendido al nirvana acuático que esconde, a sus lagunas de coral encajadas entre piedra caliza, cuevas sinuosas y playas oníricas. Pero probablemente también ante la soledad y el silencio que reina en este archipiélago de belleza inexplicable. 

Giachen S World

El Nido, que podría ser nada más –y nada menos- que un tesoro natural en un enclave perfecto, tiene además el privilegio de ser un rincón sin profanar, salvaje, alejado de esas otras porciones del paraíso que se venden enlatadas y a granel. Muchos lo comparan con la Bahía vietnamita de Ha Long o las islas tailandesas de Ko Phi-Phi. Pero su posición recóndita –y su ausencia de turistas- lo convierte en más especial si cabe. Hay quien lo ha definido como el lugar donde sopla el viento de los sueños perdidos.

Fondos espectaculares

Lejano y arrinconado, El Nido es una de las joyas de Palawán, la provincia más grande del microcosmos tropical que conforma el país de Filipinas. Una isla alargada como un dedo que apunta hacia Borneo desde la esquina suroccidental, y en cuyo norte, desmigajada de la bahía de Bacuit, descansa esta reserva ecológica formada por montañas cubiertas de jungla que parecen flotar sobre el mar esmeralda. 

Ehmir Bautista

Pero si en la superficie la belleza es suprema, lo que aguarda bajo el mar resulta aún más sorprendente. La diversidad de sus fondos convierte al lugar en un paraíso para el submarinismo. Miles de peces de colores que se codean con meros enormes, pargos estrambóticos y hermosos jardines de coral que crecen sobre barcos hundidos de la Segunda Guerra Mundial. Menos común es hallar en sus lagunas diáfanas al dudong o vaca marina, uno de los más raros mamíferos del mundo a los que dan cobijo las aguas de El Nido.

Nidos de salangana

A El Nido el nombre le viene de ser un relevante escondite para las salanganas, unas aves similares a las golondrinas que aprovechan los recovecos del mármol negro para construir sus nidos. Los hacen con saliva solidificada, un ingrediente codiciado por la gastronomía china, que acabará en un lujoso restaurante convertido en una sopa carísima. Dicen que un kilo de nidos de salanganas cotiza sobre los 10.000 euros.

Lip Kee

Esta es la razón por la que se puede ver a los recolectores de nidos colgados de vertiginosos riscos, trepando hasta lo más alto de las cuevas de difícil acceso, abiertas únicamente en horas de marea baja. Son hombres que se juegan la vida por este manjar que después venderán a los mercados de Hong Kong y la China continental.

Dolce fare niente

BKD

Más allá de nadar, las horas pasan en este lugar con la parsimonia con la que una lagartija recibe las propiedades del sol, mientras se disfruta del maravilloso paisaje. Otra opción es visitar el único núcleo urbano, una adormecida población erigida en el continente y llamada asimismo El Nido. Aquí se puede comer en los puestos de comida callejeros que se montan cada noche y que ofrecen sobre todo pescado cocinado a la parrilla a unos precios más que asequibles.

Si no, siempre quedará el mar y con él las posibilidades de navegación. Mucho mejor si es con la agradable cadencia de una banca, la típica embarcación filipina con un tronco de bambú a cada lado. 

Nachelle Nocom