Manresa, el desconocido corazón de Cataluña que comienza a latir con fuerza

El más sorprendente balcón de la mítica Montaña de Montserrat

José Miguel Barrantes Martín
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Es la cabecera de una comarca sin la que no sería posible entender Cataluña. Una comarca clave en la encrucijada de caminos de la región más oriental de la península ibérica. Manresa respira hondo, toma impulso y se da a conocer como la población que encarna el corazón geográfico catalán. Una localidad cargada de historia que sorprende a quien la visita por primera vez. Un rincón desconocido para el turismo que quiere mostrar todo su esplendor frente a la imponente Montaña de Montserrat. Un lugar cargado de misticismo que resulta ser, al mismo tiempo, el mejor balcón para asomarnos a la sobrecogedora silueta del macizo rocoso más importante de toda Cataluña.

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Una ciudad que late entre cerros y ríos

Lo primero que llama la atención y sorprende al llegar a Manresa es su fisionomía como ciudad. Nos encontramos rodeados de macizos montañosos pero situados en la amplia llanura del Bages. Sin embargo, los barrios se distribuyen dispuestos a lo largo de varios cerros, que dan como resultado un paisaje urbano sobresaliente del entorno. Esta característica es quizás uno de los rasgos más llamativos y bellos de esta localidad, otorgándola una personalidad especial. Perteneciente a la provincia de Barcelona, de cuya capital se encuentra a tan sólo 65 kilómetros por carretera, Manresa se sitúa en un área de confluencia del río Llobregat y el río Cardener, siendo este último el que marca la frontera de lo urbano y el comienzo de los campos que avanzan hacia el sur hacia la cercana y mítica Montaña de Montserrat.

El icónico Puente Viejo salvando el río Cardener es sin duda una de las postales más bonitas de esta población y una imagen llena de significado que se clava en la retina del visitante.

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Frente a él, en lo alto de un cerro, se alza majestuosa La Seu, como se conoce popularmente, es decir, la Colegiata Basílica de Santa María de l’Alba, uno de los mejores edificios góticos de Cataluña y la atalaya de Manresa, en cuyo interior no podemos dejar de admirarnos con su conjunto de excelentes vidrieras. A sus pies, otro edificio formidable se levanta frente al río, el Santuario de la Cueva de San Ignacio, un colosal monumento que se construyó en torno a la legendaria cueva en la que habitó San Ignacio de Loyola durante su estancia en Manresa.

Avanzando por el entramado urbano, entre cuestas, tramos de muralla y calles empedradas, se sienten los más de mil años de historia que tiene a sus espaldas como ciudad. Su rico pasado medieval, en cuyas postrimerías alcanzó su época de mayor brillo, se puede palpar en las calles del casco antiguo. La calle del Balç es justamente la quinta esencia de este ambiente medieval y una de las travesías mejor conservadas de esta etapa de toda Cataluña. Penetrar en ella aviva la imaginación para transportarnos a tiempos pasados, pero también nos puede ayudar a este fin el Centro de Interpretación de esta calle, en el que nos trasladamos fácilmente al siglo XIV y la etapa de esplendor de Pedro III el Cerimonioso.

De este siglo coincide también la construcción de otro de los puntos que más valor patrimonial tiene para los habitantes de Manresa. Nos referimos al Parc de la Sèquia, el punto de partida de una ruta que acompaña el discurrir de una antigua acequia que lleva agua a la villa desde el río Llobregat.

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Ya en tiempos más modernos, hay que apuntar la importancia industrial que vivió Manresa durante los siglos XIX y XX, especialmente en el sector textil, de la que fue uno de los mayores exponentes de la región. Gracias a la bonanza que vivió en esta segunda etapa dorada de la ciudad surgieron edificios modernistas que, hoy en día, suponen un magnífico ejemplo de este estilo y un importante patrimonio que se ha conservado en buen estado. El entorno del Paseo Pere III se ha engalanado como su epicentro y no es de extrañar que en la actualidad se haya convertido en la principal arteria de Manresa.

El corazón de Manresa: San Ignacio de Loyola

«Manresa, corazón de Cataluña». Así reza el eslogan turístico de la ciudad. Una frase bien expresiva del sentir como centro geográfico catalán de esta localidad. Pero el corazón propio de Manresa está representado por una de las figuras más importantes del cristianismo: San Ignacio de Loyola. Fue en 1522 cuando el santo que fundó la Compañía de Jesús – la célebre orden de los jesuitas - llegó a Manresa procedente del Monasterio de Montserrat donde, frente a «La Moreneta» - según se conoce a la imagen de la Virgen que se custodia -, abandonó sus hábitos militares para comenzar a vestir un simple saco, en señal de austeridad. Al llegar a la ciudad manresana y cruzar su emblemático puente sobre el río Cardener, encontró una cueva en la que se retiró a meditar, donde permanecería casi un año. De esta experiencia nacería su obra cumbre, los Ejercicios Espirituales.

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Hoy en día – y así ha sido durante siglos -, este punto es la meta de una de las rutas más carismáticas de la cristiandad, el «Camino ignaciano», que finaliza justo en la cueva que aún podemos admirar. Un lugar sobrecogedor abrazado por todo un santuario que es símbolo de la importancia del santo. Un espacio que hace honor al personaje más relevante que ha vivido en Manresa a lo largo de su historia y que se ha convertido en todo un reclamo en los tiempos modernos. Un lugar pleno de misticismo que, como no podía ser de otra manera, se sitúa justo enfrente del rincón más sagrado de Cataluña, la Montaña de Montserrat, el imponente macizo dentado cuya figura ampara esta localidad del Bages.