Logroño, mucho más que buenos vinos

La capital de La Rioja, rodeada de vides que desprenden su dulce perfume durante la vendimia, exhibe orgullosa una inmensa riqueza histórica, artística y cultural, mezclada con alimentos y vinos que no necesitan más presentación. Todo ello conjugado con la amabilidad y la hospitalidad de los bellos enclaves de la Ruta Jacobea.

Mónica Falces

Ya estoy llegando a Logroño y pienso en mi primera visita de hace un año. Entonces sólo suponía para mí una escala más en la Ruta Jacobea. Eso creía cuando atravesaba a pie el puente de piedra sobre el Ebro, construido por San Juan Ortega pa- ra facilitar el camino a los peregrinos. Antes de salir hacia Navarrete, Nájera y Santo Domingo de la Calzada, ya había decidido volver para conocer más la ciudad y recorrer La Rioja. Y es que esta tierra de viñedos había despertado mi curiosidad, pero entonces me aguardaba el Camino hasta Santiago.

Mientras entro a la urbe recuerdo la "aguja" de la torre de la Iglesia de Palacio, la portada de la de San Bartolomé, las torres gemelas de la Concatedral de La Redonda y la Iglesia del Santo, en cuya plaza se organizó la defensa de la ciudad contra los franceses en el siglo XVI. Entonces descansé en el albergue del siglo XVIII de la Calle Ruavieja. Esta vez velará por mis sueños un coqueto hotel del casco antiguo, el Marqués de Vallejo, recientemente habilitado y con una privilegiada situación. Ya en la calle -peatonal, como muchas aquí-, pienso entre tomar un vino o un café. Es esa hora tardía para unas cosas y temprana para otras. Camino por la calle situada frente al hotel y el aroma de una cafetería, Cafés El Pato, decide por mí. Centenaria -como la cercana farmacia neogótica de Carlos Martínez Gil-, sirve un café que nada tiene que envidiar a los de La Casa del Café y a los de las Cafeterías Greiba, marca de café autóctona.

Antes de llegar a El Espolón -un espacio ajardinado del siglo XVIII y centro neurálgico de la ciudad-, entro en el Mercado de Abastos, que, sobre la antigua Ermita de San Blas, ofrece exquisitos productos culinarios. La verdad es que, ante tanta riqueza gastronó remica, me alegro del gran tamaño del maletero de mi coche... Más cuando salgo y veo, en un lateral del mercado -en la Calle El Peso-, el colorido escaparate que forman las frutas, verduras y hortalizas de Frutas Pedro.

De El Espolón, con la estatua ecuestre de Espartero y la oficina de turismo detrás de La Concha (cuyos servicios se han ampliado con la abierta en Portales, ? 941 27 33 53), me dirijo a la Calle San Juan. Ahora sí que es la hora de un vino y un pincho. No hay que contradecir las tradiciones locales. (Advertencia: aquí se paga el pincho). Aunque lo típico del García son las zapatillas de jamón y tomate, me decido por una de queso con paté. Sin palabras. Uno de los bares de San Juan con mayor variedad de vinos, haciendo honor a su nombre, es el Vinissimo. Pero todos los de esta calle son recomendables.

Mientras saboreo el vino, recuerdo el encanto de aquella bodega de la calle del albergue: La Reja Dorada. Un calao de los muchos del casco antiguo y que tanto supusieron para la economía logroñesa entre los siglos XVI y XVIII hasta la aparición de las grandes bodegas. Propiedad de la familia de la esposa de Espartero, hoy mantiene su encanto reconvertido en restaurante para grupos.

Tras el tentempié, bajo hasta la Calle Portales, donde Bardem grabó su película Calle Mayor. Tiendas centenarias -o casi- salpican esta calle: la golmajería La Golosina, la ferretería La Inglesa, los regalos de El Plus Ultra, la sombrerería Dulín frente a la confitería La Mariposa de Oro...

Centro de la vida cultural
También conviene visitar las Librerías Gurmensido Cerezo y La Rioja, origen de los libreros Santos Ochoa, con varios establecimientos en la ciudad. El más antiguo, el situado en la Calle Sagasta, aunque el de Doctores Castroviejo -con su cafetería en la que hojear revistas- se ha convertido en un referente de la actividad cultural, con exposiciones, conferencias y presentaciones de libros.

Paso por la Plaza del Mercado, con la Concatedral de la Redonda, y después por la de San Agustín, con el barroco Palacio de Espartero, hoy Museo de La Rioja, y el edificio modernista de Correos, antiguo Convento de las Agustinas. Casi al final de calle se levanta, majestuoso, el Convento de la Merced. Otrora fábrica de tabaco, hoy en día es la sede de la biblioteca, de la sala de exposiciones Amós Salvador y del Parlamento regional. En las inmediaciones observo los restos de las antiguas murallas del siglo XII con la Puerta del Revellín, escenario todos los años de la conmemoración de la resistencia en el siglo XVI frente a las tropas francesas de Francisco I.

Con tanto paseo, he digerido la zapatilla del almuerzo y mi estómago me vuelve a pedir comida. Difícil elegir ante tanta oferta. Como el gusanillo se me ha despertado en esta parte de la ciudad, decido estirar el bolsillo y comer en El Rincón del Vino, a un paso del Parlamento. Comida tradicional riojana con toques modernos y una inmensa carta de vinos. Todo en un marco incomparable de piedra, dispuesto de tal forma que mantiene la absoluta intimidad de cada mesa.

Una comida tan copiosa bien merece un paseo y me acerco hasta el Parque del Ebro, con sus cuatro puentes. Descubro la plaza de toros cubierta, el Palacio de Congresos Riojafórum y, al otro lado del río, la Casa de las Ciencias. Dejo la tranquilidad del parque y llego a la Plaza del Ayuntamiento, edificio de Moneo. Tras pasar por la Glorieta del Doctor Zubía, me encuentro en el Paseo -peatonal- de las 100 Tiendas. Ropa, zapatos, complementos, regalos y menaje acaban con el saldo de mi tarjeta de crédito, pero ha merecido la pena. Hechas las compras, el Café Bretón, frente al teatro del mismo nombre, parece el sitio ideal para tomarse una copa vespertina. Y más cuando descubro la terraza. Elijo la especialidad de la casa: café, licor de mandarina, nata y canela. No me defrauda.

El café con el solecito hace que me pierda en mis planes para el día siguiente. Sería inconcebible no conocer una bodega riojana como Juan Alcorta o las centenarias Marqués de Murrieta y Franco Españolas. Ha sido difícil descartar las demás, la verdad, pero no da tiempo a todo; tampoco de disfrutar de ese balneario de enoterapia de la Calle Padre Marín, pero ya surgirá otra ocasión...

La "senda de los elefantes"
Casi a la hora de cenar decido pasarme por la Calle Laurel. Imperdonable perdérsela. Como la de San Juan, pero más amplia: más bares, más pinchos y más vinos. Lo típico es ir de bar en bar y en cada uno pedir un vino y un pincho (se sigue pagando). De ahí lo de la "senda de los elefantes", por la posible "trompa". Los pinchos no son muy elaborados en su mayoría, pero no les hace falta. La materia prima, de La Rioja, no necesita más. Y menos cuando es servida con conversación. Esta es tierra amable, de cercanía. Los champiñones de El Soriano; la ensalada y los bocatas de Manolo en El Soldado de Tudelilla; los cojonudos de Javi en el Simpatía; los espárragos rellenos de Sergio de El Pali; el matrimonio de El Blanco y Negro; las migas de Blanca y Chusa de El Baco, y tantos, tantos otros...

No sé si cenar de pincho en pincho o sentarme en un restaurante. Dado que mañana me espera un día duro, mejor dejo la experiencia de un Laurel completo para otra ocasión. Me acomodo en una de las mesas del cercano Las Cubanas. El restaurante tradicional del mismo nombre y ubicación se ha transformado en otro de cocina moderna, con una decoración acorde con la comida. La carta de vinos, para todos los gustos y bolsillos. Mientras degusto la cena, pienso en el agradable restaurante que elegí en mi primera visita: En Ascuas. Cocina de La Rioja de toda la vida, de carnes a la brasa, patatas y caparrones, y con precios asequibles.

La copa poscena, en el Noche y Día (Portales), y de ahí, a Sietemonos (Calle Murrieta), uno de los locales de moda junto a los de ambiente latino de la zona de los Cines Golem -junto a los pubs de la Plaza del Mercado-. La vida en esta ciudad no se detiene. Cuando cierran los bares de copas, todos a la discoteca: la nueva Concept parece haber cogido el testigo a Aural... Pero esto me lo pierdo: mañana tengo que madrugar.

Me despierto pronto y decido quedarme un par de días más para conocer el Museo del Vino de Vivanco en Briones, la vitivinícola Haro y los yacimientos de icnitas, además de la Ruta de los Monasterios, con San Millán, Cañas y Santa María la Real en Nájera... No puedo obviar que toda La Rioja se encuentra a un paso de Logroño