Eslovaquia: un secreto en el este de Europa

Destino turístico emergente, la joven República Eslovaca nos sumerge en los fastos del imperio austrohúngaro en un año especial para ella. Este 2023, Eslovaquia celebra el 30 aniversario de su nacimiento como país independiente.

Thierry Maliniak
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Foto: TomasSereda / ISTOCK

Adivinanza: ¿qué ciudad europea es hoy capital de un país tras haberlo sido de otro durante un siglo y medio? Respuesta: Bratislava. La capital del nuevo Estado independiente eslovaco, que celebrará el 1 enero de 2023 sus 30 años de existencia, fue durante un siglo y medio capital de Hungría. Fue en pleno siglo XVI, cuando los reyes magiares, ante la amenaza militar turca llegada del Este, abandonaron Budapest y se refugiaron en esta ciudad situada 160 kilómetros más al oeste. Incluso tras la vuelta de la capitalidad a Budapest, los soberanos austrohúngaros siguieron utilizando hasta 1830 la gótica catedral de San Martín de Bratislava como lugar de coronación. Lo atestigua hoy la punta de la torre del edificio, que en vez de una cruz ostenta una réplica de la corona de Esteban, el primer rey de Hungría.

Plaza del Ayuntamiento de Bratislava
Plaza del Ayuntamiento de Bratislava | saiko3p / ISTOCK

Esta peculiaridad contribuye hoy al encanto de esta nueva/viaja capital. La nobleza y la burguesía húngaras tuvieron tiempo de desplegar aquí sus fastos. La opulencia del pasado se refleja en su pequeña y encantadora ciudad vieja a orillas del Danubio. Refugio de paz al abrigo del tráfico caótico del resto de la ciudad, es totalmente peatonal: solo la recorren unos bonitos tranvías rojos que contribuyen a su ambiente algo anticuado. El casco viejo es una sucesión de namestie, como se llama aquí a estos espacios intermedios entre plazas y bulevares con los que cuenta cualquier casco viejo eslovaco digno de este nombre. Bratislava cuenta con tres namestie sucesivas, pavimentadas y bordeadas de edificios señoriales de los estilos arquitectónicos más variados, con la magnificencia como punto común. Palacio episcopal, palacio del antiguo ayuntamiento (que abriga hoy el museo de la ciudad), palacio Grassalkovich, entre otros: el ambiente principesco sigue caracterizando Bratislava.

Calle Michalska, Puerta de Miguel, Bratislava
Calle Michalska de Bratislava con la Puerta de Miguel al fondo | e55evu / ISTOCK

Pero es un edificio más plebeyo el que se ha convertido en el nuevo icono turístico de la ciudad: la iglesia modernista de Santa Isabel, la Iglesia Azul. Tras la caída del comunismo y para dar más alegría a la zona, se decidió pintar este templo entonces gris y anodino en un azul algo chillón y añadirle todo un ritual: los bancos en su interior también son azules, y se ha convertido entre los lugareños en un lugar favorito para casarse, pero con la condición… de que los novios lleven una prenda azul. Paseando por las calles del centro, uno se encuentra con otra de las iniciativas destinadas a alegrar Bratislava: una veintena de estatuas que reflejan el día a día de la ciudad, como la de un operario asomando desde una alcantarilla. Dominando la cima de un cerro de 85 metros que da sombra a la ciudad, el castillo de Bratislava tiene una larga historia: las primeras fortificaciones fueron erigidas en este lugar estratégico que domina el Danubio hace unos 5.000 años. Sufrió múltiples renovaciones cuando se convirtió en sede de los monarcas húngaros, la principal en la época de María Teresa de Habsburgo, cuya lujosa residencia de estilo barroco todavía se puede visitar. Hoy es sede del Museo Nacional Eslovaco, la colección más completa sobre la historia convulsa de este país, tradicionalmente a caballo entre los húngaros, que lo dominaron durante la mayor parte de su historia, y los checos, a los que se aliaron en 1918 con la formación de Checoslovaquia para escapar de la tutela magiar. Checos y eslovacos se separaron tres cuartos de siglo después de manera consensuada: fue el Divorcio de Terciopelo.

Obelisco de Slavín, Bratislava, Eslovaquia
Obelisco de Slavín, Bratislava | saiko3p / ISTOCK

Bajando desde el castillo, se atraviesan los restos del barrio judío, que fue en gran parte arrasado para construir una autovía. Hoy solo queda un modesto Museo Judío, muy poco explícito sobre lo que fue la vertiente eslovaca del Holocausto: a principio de la Segunda Guerra Mundial, la Alemania nazi logró imponer en Eslovaquia un régimen títere aliado, dirigido por un sacerdote católico, Jozef Tiso, que mandó deportar a 73.000 judíos eslovacos a los campos de concentración. Hasta entonces, la yeshivá de Bratislava, particularmente tradicionalista, había tenido, a través de un rabino famoso, Chatam Sofer, una gran influencia sobre el judaísmo ortodoxo en toda Europa.

Calvario de Banska Stiavnica, montaña de Scharfenberg, Eslovaquia
Calvario de Banska Stiavnica, situado en la montaña de Scharfenberg | rusm / ISTOCK

En esta ciudad crisol de regímenes políticos, de estilos arquitectónicos, de culturas, de idiomas, de nacionalidades (hay un Museo de la Cultura Húngara en Eslovaquia, otro de la Cultura Alemana, un tercero de la Cultura Croata), la época comunista también ha dejado su huella. Por ejemplo, en el principal monumento al Ejército soviético en Europa Central: erigido en un cerro desde el que se domina toda la ciudad, el enorme obelisco de Slavín, coronado por una estatua de 11 metros de un soldado, rinde homenaje a los 6.845 militares soviéticos que murieron en la batalla para librar Bratislava del nazismo. También ha dejado huella el régimen anterior con la sede de la radio pública: construida en 1983, cuando los imperativos del realismo socialista empezaban a flexibilizarse, es un insólito edificio en forma de pirámide invertida.

Teatro estatal de Kosice, Catedral de Santa Isabel, Eslovaquia
Vista del teatro estatal de Kosice desde el campanario de la catedral de Santa Isabel | TomasSereda / ISTOCK

Pero para mejor apreciar la huella de la época de la hoz y el martillo lo mejor es cruzar el Danubio por el Novy Most, el Puente Nuevo, coronado por una insólita estructura en forma de platillo volante. En la otra orilla se cambia de arquitectura, de época, de régimen, de mundo. Aquí, en el gran barrio de Petrzalka, reinan la uniformidad, el hormigón gris (aunque algunos inmuebles se han vuelto a pintar de colores alegres). Pero nada tiene de triste: se vive agradablemente allende el Danubio y, sobre todo, de manera más económica. Nada sorprendente si, en este país donde el salario mínimo no pasa de 650 euros, la mitad de la población de la capital vive hoy en Petrzalka. 

Calle del centro de Piestany, Eslovaquia
Calle del centro de Piestany | Marco Ciccolella / ISTOCK

Antes de dejar Bratislava conviene rendir homenaje a este Danubio omnipresente que atraviesa la ciudad. Una agradable excursión lleva, surcando el río, al castillo de Devín, en la cercana frontera austriaca y en la estratégica confluencia del Danubio y el Morava. Encaramado de manera acrobática encima de un peñón, tiene un valor simbólico tanto para los eslovacos como para los húngaros, ya que representaba el punto más occidental que llegó a alcanzar el reino de Hungría. Fue en gran parte destruido por las tropas de Napoleón.

Museo de la SNP de Banska Bystrica, Eslovaquia
Museo de la SNP de Banska Bystrica | Stefan Sutka / ISTOCK

Ya es hora de adentrarse en el interior del país siguiendo su gran eje ferroviario, el que une sus dos principales ciudades, Bratislava y Kosice. Primera etapa: Piestany, la principal estación termal de Eslovaquia, un país que cuenta con muchas aguas medicinales. En una isla bucólica, el complejo termal se erige en torno al lujoso hotel Thermia Palace y su entorno de edificios neoclásicos, y ofrece piscinas para tomar baños de barro, unos masajes y hasta una cueva de sal. Las matrículas cosmopolitas de los coches aparcados delante del Thermia Palace (austriacas, polacas, húngaras, ucranianas, checas) demuestran la fama de la que sigue gozando hoy Piestany en toda Europa Central. Sus habitantes parecen convencidos de la virtud curativa de sus aguas: el símbolo de la ciudad, representado en varias estatuas por el centro, es un (ex) discapacitado que rompe sus muletas con el lema (en latín) “levántate y anda”.

Edificio de la Radio Eslovaca, Bratislava, Eslovaquia
Edificio de la Radio Eslovaca en Bratislava | fightbegin / ISTOCK

De Piestany, el tren sigue su recorrido para llevarnos a Trencin. Tiene, cómo no, su agradable namestie rodeada de cafés y restaurantes y dominada por la Torre del Reloj. Pero lo más llamativo es su castillo, encaramado encima de un cerro plantado cual meteorito en pleno centro de la ciudad. Al lado del hotel Tatra, una inscripción en latín grabada en la roca al pie del castillo, fechada en el 179 d. C., muestra el atractivo que este sitio estratégico ejercía ya hace un milenio. Se cree que representa el punto más septentrional jamás alcanzado por los romanos. Se puede acceder al castillo por una pintoresca escalera de madera cubierta, y trepar después por un camino empinado que sigue un antiguo muro, último recuerdo de las viejas fortificaciones. Vistas desde lo alto, las calles centrales de Trencin dan al lugar un aspecto de ciudad hanseática. Caminar por el cerro del castillo es adentrarse por un universo laberíntico de bastiones, fortificaciones, rotondas, torreones y casamatas. 

Rumbo a la ciudad minera

Abandonamos el eje ferroviario para dirigirnos hacia el este: una combinación de dos trayectos en autobús nos lleva a uno de los sitios más atractivos del país: la ahora pequeña localidad de Banska Stiavnica. No hay que desanimarse por el aspecto tristón que ofrece al llegar a la estación de autobuses. Conforme uno va subiendo por las calles empinadas de este pueblo situado en la ladera de un cerro (en Banska Stiavnica andar se traduce siempre por subir o bajar), surge el encanto de este sitio que, desde el siglo XII, vivió al ritmo de sus minas (banska significa ciudad minera) de oro y plata. Este sitio hoy adormecido, declarado Patrimonio Mundial por la Unesco en 1993, fue en su época pionero a nivel internacional. Aquí se fundó la primera Escuela Superior de Minas del mundo (hacia 1735), aquí se utilizó por primera vez pólvora para fragmentar la roca. Un Museo de la Minería Eslovaca detalla el papel histórico de las minas de esta ciudad, de las que se obtenían todavía en el siglo XIX las tres cuartas partes de los metales preciosos que se extraían en toda Europa, y sobre las que se apoyaron en gran parte las finanzas del imperio austrohúngaro. El museo está ubicado en la antigua sede de la compañía que gestionaba las minas. Otro museo a la salida de la ciudad, este al aire libre, permite adentrarse directamente en la mina (con casco y linterna obligatorios). 

Escultura de bronce de un trabajador saliendo de una alcantarilla, Bratislava, Eslovaquia
Escultura de bronce de un trabajador saliendo de una alcantarilla en Bratislava | moomusician / ISTOCK

Con tanta riqueza, los habitantes de Banska Stiavnica necesitaban protegerse, especialmente de las incursiones otomanas. Tanto que erigieron para ello no uno, sino dos castillos: el Castillo Antiguo, que pronto les pareció insuficiente, y el Castillo Nuevo, para sustituirle. El primero, el más interesante, es un resumen de la historia de la arquitectura, ya que reúne varios estilos: románico, gótico, barroco. Tiene unas secciones siniestras, como las de las celdas de los condenados, entre otros por los frecuentes alzamientos de los mineros, con sus cepos y grilletes. Muchos solo salían de aquí para ser ejecutados. Totalmente pavimentada y rodeada de espectaculares edificios neoclásicos que dan fe de la opulencia pasada de esta ciudad que nutrió las finanzas de todo un territorio, la plaza principal de la ciudad es encantadora, como lo son las calles que llevan a ella. El centro está salpicado de pequeñas pensiones que demuestran el atractivo que ejerce hoy Banska Stiavnica entre los propios eslovacos. Varios establecimientos de la ciudad, como la Oficina de Turismo o la pizzería Mestianska, tienen todavía acceso directo a los antiguos túneles de la mina.

Recuerdos de un levantamiento popular

A unos 50 kilómetros nos espera otra banska, otra ciudad minera, y también comercial en este caso: Banska Bystrica. Con una agradable plaza principal bordeada de casas renacentistas y barrocas de los otrora poderosos mercaderes locales, es un lugar emblemático en la memoria colectiva de los eslovacos, ya que en esta zona tuvo lugar el SNP: estas siglas enigmáticas que dieron su nombre a multitudes de calles, de plazas, de puentes, de edificios en todo el país, se refieren al levantamiento popular contra el régimen pronazi que tuvo lugar aquí en agosto de 1944. El movimiento acabó fracasando, y la represión alemana fue sangrienta. En un ambiente algo militarista, con aviones de combates y tanques expuestos en los jardines cercanos, el Museo de la SNP de Banska Bystrica relata detalladamente cómo fue esta gesta de la que los eslovacos se sienten todavía hoy especialmente orgullosos.

Tren regional en la estación de Poprad
Tren regional en la estación de Poprad | kmn-network / ISTOCK

Siguiendo hacia el norte, uno se vuelve a juntar con el gran eje ferroviario del país en Poprad. El interés de esta ciudad más bien moderna reside en su ubicación a la entrada de los Altos Tatra, unos montes que marcan la frontera con Polonia y constituyen el lugar preferido de esparcimiento de muchos eslovacos, que practican aquí desde kayak a deportes de invierno. Desde la ciudad se ve la barrera rocosa y marrón, que empieza de manera abrupta. Para recorrerla, la compañía eslovaca de ferrocarriles ha instalado una red de vía estrecha, incluyendo un trayecto de cremallera: es el TEZ, sigla de Ferrocarriles Eléctricos de los Tatras. Unos pintorescos trenecitos rojos trepan las pendientes boscosas en medio de un mar de abedules amarillos, y serpentean entre las cumbres desnudas, parando cada pocos minutos al lado de alguna aglomeración de hoteles, de pensiones, de chalés de madera. 

Catedral de Santa Elisabeth, Kosice, Eslovaquia
Catedral de Santa Elisabeth en Kosice  | benedek / ISTOCK

Un último trayecto en tren nos lleva a la última parada: a unos 20 kilómetros ya de la frontera húngara, Kosice, la segunda ciudad del país, se enorgullece de ofrecer la mayor densidad de edificios históricos de Eslovaquia (nada menos que 556 monumentos varios según el optimista recuento oficial). Totalmente separada de la ciudad moderna, el casco viejo de Kosice parece preservado como un museo. Se articula en torno a su namestie central, donde se acumulan la catedral, el neobarroco teatro municipal, varias iglesias, unos museos, unos bonitos edificios con su fachada neoclásica, algunas de las cuales están decoradas de estatuas con pretensiones griegas: uno no se cansa de recorrer la enorme plaza. El monumento más llamativo es la catedral de Santa Isabel, que se precia de ser el monumento gótico situado más al Este en Europa, y que evoca los edificios religiosos similares de Europa occidental. Es algo asimétrico ya que solo tiene la torre de la izquierda: no se pudo construir la otra por falta de fondos. Uno de los altares está hecho con municiones y armas que se utilizaron durante la Primera Guerra Mundial. La silueta de la catedral refleja el gran peso de la Iglesia Católica en esta región: lo atestiguan la magnificencia del palacio episcopal, el ruido de las campanas que suenan a las horas más intempestivas, la omnipresencia de las iglesias (cuatro solo en la plaza principal). Conviene perderse por el dédalo de callejuelas que rodean la plaza, algunas escondidas, como la calle Hrnciarska, donde se alinean las tiendas de artesanos.