Descubre el Madrid del misterio

Estos rincones de la capital esconden escalofriantes leyendas negras.

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Foto: ManuelVelasco / GETTY

Madrid esconde entre sus calles miles de extrañas leyendas que se han ido escribiendo a lo largo de los siglos. Crímenes, romances, traiciones, palacios encantados, almas en pena… Todo tipo de historias ocultas bajo un halo oscuro han ido despertando el interés y los miedos de los madrileños durante años quienes, no sin cierto morbo, han ido siguiendo de cerca la crónica negra de su ciudad. 

Los crímenes de la calle Fuencarral fue el caso más popular entre las páginas de sucesos, pero no es el único acontecimiento sangriento y fantasmagórico de la capital. Estos son algunos de los mitos inquietantes y sin aparente explicación racional que, entre susurros a la luz de la luna, se cuentan sobre “el otro Madrid”.

La calle Arenal es una vía de tránsito constante entre la Puerta del Sol y Ópera. Cientos de personas pasan a diario por delante de la Iglesia de San Ginés, ignorando la antigua historia que se esconde detrás de sus puertas. Una noche de 1353, unos ladrones entraron en la iglesia para saquear los objetos litúrgicos y otras obras de valor que allí se guardaban. Se toparon con un anciano que estaba rezando en silencio y, sin la menor piedad, le atacaron violentamente, rematando su crimen decapitándole. El terrible suceso conmocionó a toda la vecindad que, días más tarde, asistió a un evento todavía más terrorífico. Según los antiguos rumores, una sombra sin cabeza se apareció en la iglesia para revelar la identidad de los asesinos, que fueron capturados y sancionados por la ley. Pero los ecos del crimen no terminan aquí, sino que distintas personas aseguran que, a día de hoy, desde el interior de la capilla se emiten ruidos extraños mientras perciben la escalofriante sensación de sentirse observados.

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Los romances imposibles suelen ser el detonante para que la intriga se adueñe de los lugares donde los amantes sufrieron un trágico destino. El Palacio de Linares esconde una de las leyendas fantasmagóricas más extendidas de Madrid. Este bonito edificio del Paseo de Recoletos, reconocido como Monumento Histórico Artístico, es la actual sede de la Casa de América. Su oscura historia se remonta al siglo XIX, cuando José de Murga y Reolid le confesó a su padre que estaba enamorado de una humilde cigarrera. En ese momento, el marqués de Linares envía a su hijo a Londres, poco antes del fallecimiento del patriarca. José, que ya ostentaba el título de marqués de Linares, regresó a España y felizmente se desposó con Raimunda de Osorio y Ortega, la cigarrera de Lavapiés. La felicidad duró poco en palacio, ya que José encontró una carta del puño y letra de su padre en la que le confesaba que Raimunda era, en realidad, su hermanastra. Tras este duro revés, el matrimonio consiguió un bulo papal Casti convivere (vivir juntos pero en castidad) de León XIII. Aunque los amantes decidieron ir más allá y tuvieron una hija a la que llamaron Raimundita y que fue asesinada nada más nacer.  

Ya en 1990, mientras se realizaban las obras de rehabilitación a manos del Ayuntamiento de Madrid, los obreros aseguraron haber escuchado extraños ruidos y voces de ultratumba que decían: "Yo tuve una hija", "¿Mi hija Raimunda? Nunca oí decir mamá”. El revuelo que se despertó fue de tal magnitud que varios expertos en fenómenos paranormales, realizaron una serie de experimentos dentro del Palacio de Linares, de las que extrajeron la grabación de diversas psicofonías y fotografías que retrataban inquietantes manchas de luz. A pesar de esto, las pruebas nunca llegaron a considerarse del todo fiables y no fueron pocas las voces que pusieron en duda la veracidad de la leyenda.

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Otro caso de fatal desventura romántica se vivió a pocos metros de Gran Vía, en el barrio de Chueca, en La Casa de las Siete Chimeneas. Este edificio de ladrillo rojo, de cara a la Plaza del Rey, se identifica fácilmente por las siete chimeneas dispuestas en el tejado. La fachada de la entrada la custodian cinco columnas puramente decorativas. Este palacete, a primera vista sin mayor relevancia, se construyó en el siglo XVI como hogar de la hija de un montero de la corte de Felipe II. La bella dama se llamaba Elena y era la esposa del capitán Zapata, quien fue llamado a combatir en la Guerra de Flandes, donde encontró la muerte. Desde entonces, una profunda tristeza invadió a la muchacha, haciendo que se encerrase en su palacete hasta que ella misma también murió de pena. Encontraron el cadáver de la mujer con una siniestra sonrisa en los labios y marcas de puñaladas; días más tarde, su cuerpo desapareció sin dejar rastro. Nació la leyenda de que, por las noches, una mujer vestida de blanco se paseaba entre las chimeneas del tejado, portando una antorcha y señalando hacia el Alcázar, el hogar de Felipe II, del que se rumoreaba que era el amante de Elena. 

En el siglo XIX, durante las obras de reacondicionamiento ejecutadas por el Banco de Castilla, se encontró el esqueleto de una mujer enterrado en el suelo, junto a siete monedas de la época de Felipe II que, según cuentan, simbolizan los siete pecados capitales.

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La leyenda negra de la capital no se circunscribe únicamente a grandes edificios. El misterio también circula en el subsuelo. El caso del metro de Tirso de Molina es uno de los más conocidos. Se cuenta que cuando se desarrollaban las obras de infraestructura del metro, en torno a 1920, se destapó la fosa donde se enterraban a los monjes del Convento de la Merced. Los peones de la obra decidieron dejar los restos óseos de los clérigos bajo los andenes, recubiertos por azulejos. La tétrica historia del metro de Tirso de Molina continúa, cristalizándose en la leyenda del último vagón. En los corrillos del misterio madrileño se cuenta que una chica subió sola al último vagón del último tren de la noche. Sus únicos compañeros de viaje eran dos hombres que parecían custodiar a una mujer, todos ellos vestidos de riguroso negro y con sus miradas frías clavadas en la chica. En la siguiente parada, una extraña mujer se subió al metro y se sentó al lado de la chica. Sigilosamente, se acercó a su oído y le susurró: “No te muevas, no hables, no le mires a la cara, y bájate conmigo en la siguiente parada”. La asustada chica le hizo caso, y una vez que ambas salieron del vagón, la mujer que le había dado esa extraña advertencia, le confesó: “Soy médium. La mujer que teníamos enfrente estaba muerta, sujeta por esos dos hombres”.